Lo que pasó en las duchas mixtas con mi hermanastro
Me llamo Renata y no soy una mujer vergonzosa. Tengo treinta años, un cuerpo que cuido con disciplina y una curiosidad que casi siempre me mete en problemas de los que después no me arrepiento. Esto que voy a contar es una de esas veces. La más morbosa, la más caliente, la que todavía me hace cerrar las piernas con fuerza cuando la recuerdo en la cama.
Entreno en un gimnasio del centro donde una parte de los vestuarios son mixtos. Conviene que lo explique para que se entienda lo que pasó. Hay dos habitáculos separados, uno para hombres y otro para mujeres, donde cada uno se cambia. De ahí sale un pasillo común que lleva a las duchas, y en ese pasillo y en las propias duchas nos cruzamos todos sin distinción.
Las duchas están repartidas en dos bloques enfrentados, con una pared entre medio que solo deja ver a quien se coloca en la del centro, justo donde se accede. Hay siete duchas por bloque. Existe una norma que nadie escribió nunca: las mujeres usamos el bloque de la derecha y los hombres el de la izquierda. Pero como digo, nadie la firmó, y hay quien la rompe a propósito.
Por eso no es raro terminar con alguien del otro sexo desnudo a un lado. Algunos se duchan en traje de baño por pudor. Otros no. Yo nunca he sido de las primeras.
Aquel día había entrenado dos horas duras con las pesas, de esas que dejan los brazos temblando y la cabeza despejada. Cuando terminé, fui directa al vestuario y decidí ducharme sin nada encima, como tantas veces. Al salir al pasillo me encontré con que venía igual de desnudo Iván, el profesor de boxeo.
Iván era el hombre que más me alteraba de todo el gimnasio. Caminar a su lado rumbo a las duchas, sin una sola prenda entre los dos, hacía imposible no bajar la mirada. Y la bajé. La tenía a medio despertar, pesada, balanceándose con cada paso.
—Qué suerte coincidir contigo —me dijo sin disimular que me repasaba entera—. Hoy me ducho en la del centro, aunque me vean. Así igual tengo premio.
Aquello me trastocó. Me encendió en un segundo. Sabía que Iván era de los que juegan, de los que calientan por deporte y luego se van a su casa con su mujer. Tiempo atrás hubo algo entre nosotros, una vez, nada más. Si este quiere jugar, yo juego mejor.
Entramos cada uno a su bloque, pero los dos nos quedamos en la ducha del centro, mirándonos a través del pasillo. Era como estar frente a frente y a la vez lejos, con la certeza de que solo el otro nos veía. Y con el morbo añadido de que cualquiera podía aparecer en cualquier momento y descubrirnos.
Iván se puso bajo el chorro. El agua le recorría los hombros, el pecho, bajaba. Lo primero que hizo fue rodearse con la mano. Ya estaba completamente duro: el camino, la conversación, mi cuerpo mojado a unos metros. Empezó a masturbarse despacio, sin apartar los ojos de mí.
Yo dejé que el agua me cayera encima y me llevé las manos a los pechos. Me los apreté, jugué con ellos, se los ofrecí. No iba a pasar nada entre nosotros, pero quería darle motivos. Quería ser yo la imagen que tuviera en la cabeza esa noche.
Una de mis manos empezó a bajar. Acaricié mis labios, me abrí, se lo mostré entero. Él aceleraba el ritmo, lo estaba disfrutando tanto como yo. Imaginar la escena desde fuera me ponía a mil: en unas duchas públicas, a pocos metros un hombre con un cuerpo de escándalo, los dos tocándonos sin tocarnos.
Alcancé el bote de champú del estante y lo dirigí hacia mí. Me lo metí un poco, jugando, como si fuera otra cosa. Frente a mí, Iván seguía. Decidí subir la apuesta. Me di la vuelta, le di la espalda y, doblada apenas hacia adelante, seguí jugando con el bote, ahora ofreciéndole la vista que sabía que más lo enloquecería.
Cerré los ojos. Me olvidé del lugar, del agua, del riesgo. Solo pensaba en lo que él estaría viendo, en cuánto se estaría calentando con cada movimiento. Me dejé llevar de verdad, perdida en mi propia cabeza, imaginándolo a punto.
***
No sé cuánto tiempo pasó. Un minuto, quizá menos, sin girarme a mirar. Entonces noté algo. Una erección que me rozaba por detrás, dos manos que se posaban en mis caderas. Estaba tan excitada, tan entregada al juego, que no abrí los ojos. Pensé que era Iván, que había cruzado el pasillo, y decidí dejarlo hacer.
Esas manos me apartaron el bote sin prisa. Y sin una palabra, sin preámbulo, me la metió. Hasta el fondo, de una vez. Me sujetó por la cintura, me apretó contra los azulejos fríos y empezó a embestirme. La sorpresa y el calor se mezclaron en algo que me arrancó un gemido contra la pared.
Fue entonces cuando habló. Y me dejó helada.
No era Iván quien me follaba. Era Adrián. Mi hermanastro.
Por un instante no supe qué hacer, cómo reaccionar. Adrián siempre había sido el serio de la familia, distante incluso, de los que apenas levantan la vista del plato en las comidas. Jamás imaginé que me viera como a una mujer. Y ahí estaba, dentro de mí, sin que yo lo hubiera sabido hasta esa frase.
Noté su tamaño, la manera en que me llenaba. Sabía que ya no había marcha atrás, que esto iba a terminar de pasar. Pero algo en mí quería resistirse, dar mi palabra antes de rendirme. Intenté zafarme, girar el cuerpo.
No pude. Me tenía sujeta de tal forma que no había escapatoria. Con una mano me retenía las muñecas contra la pared y con la otra me guiaba las caderas a su antojo. Abierta de piernas, mi hermanastro me embestía y yo no podía hacer nada salvo sentirlo. Y el morbo de la situación, sus movimientos firmes, el lugar prohibido, todo me empujaba a dejar de luchar. Así que me rendí y me dediqué a disfrutar.
Él me amasaba los pechos por detrás, me mordía el hombro. En ese punto ya ni me acordaba de Iván, ni sabía dónde había quedado. Hasta que giré la cabeza hacia un lado y lo vi. Justo ahí, a un par de metros, observándonos con la mano ocupada.
—Sé que no quieres volver a follar conmigo —me dijo Iván con la voz tomada—. Solo te pido una cosa. ¿Me la chupas?
Después de todo lo que estaba pasando, no podía decirle que no. Le dije que sí, que con él no iba a llegar más lejos, pero que eso se lo daba. Adrián aflojó y me soltó las muñecas.
***
Mi hermanastro se tumbó en el suelo mojado y yo me coloqué encima, de cuclillas, en la posición justa para cabalgarlo. Iván se puso de pie, su erección a la altura de mi cara. Me la metí entera en la boca de un solo movimiento, hasta saborearla, y empecé a chupársela mientras subía y bajaba sobre Adrián.
Iván llevaba demasiado rato al límite. No tardó nada en correrse. Cuando terminó, se marchó sin decir más y me dejó a solas con mi hermanastro, cabalgándolo cada vez más rápido, buscando mi propio ritmo.
Y entonces hubo otra interrupción que no esperaba. Entró Mateo. Mi primo.
Con Mateo nunca había tenido nada, aunque siempre me había dado morbo esa media sonrisa suya. Nos vio de lleno, a su prima montada sobre nuestro hermanastro común en el suelo de las duchas. Se quedó clavado en el sitio, sin saber qué hacer, pero el bulto bajo su toalla crecía a ojos vista. La escena lo estaba poniendo.
—Acércate —le dije.
Mi mano fue directa hacia él. Llevé la lengua a la punta, sin metérmela todavía, solo besando, lamiendo, calentándolo al máximo mientras lo masturbaba despacio. La situación lo tenía todo: me follaba Adrián, mi hermanastro, debajo de mí; tenía en la boca a Mateo, mi primo; y minutos antes había sido la de Iván. Una cadena imposible que mi cuerpo recibía sin protestar.
Adrián se corrió dentro de mí con un gruñido ahogado. Me levanté, lo dejé salir y seguí dedicándome a Mateo sin parar de tocarlo. Fue entonces cuando mi primo, que hasta ese momento se había dejado hacer en silencio, pareció despertar.
Me hizo ponerme de pie, me rodeó con los brazos y me llevó contra la pared. Me sujetó las piernas, me abrió y me alzó. Así, suspendida entre sus brazos y los azulejos, me penetró de una embestida.
—No sabes la cantidad de veces que me he tocado pensando en ti —me dijo al oído—. Hoy lo voy a aprovechar.
Y me comió la boca. Su lengua jugaba con la mía mientras me embestía contra la pared, sosteniéndome sin esfuerzo. Lo estaba gozando muchísimo, más de lo que quería admitir. Hasta que sacó la boca de la mía y me miró con una idea nueva en los ojos.
—Déjame el culo.
El momento entero me superaba ya. Lo dejé hacer. Me cambió de postura, me inclinó hacia adelante y, despacio, fue entrando en mi otro agujero. Cogió el bote de champú que seguía en el suelo y, mientras me follaba por detrás, me lo deslizó en el coño. Las dos cosas a la vez, su erección y el bote, hasta que perdí la cuenta de dónde terminaba una sensación y empezaba la otra.
Fue un polvo descomunal, el cierre de una mañana que jamás olvidaré. Salí de aquellas duchas con las piernas temblando, no por las pesas, sino por todo lo demás. Y desde entonces, cada vez que entro al pasillo de los vestuarios mixtos y escucho el agua correr al otro lado de la pared, una parte de mí espera, en secreto, volver a coincidir con quien no debería.