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Relatos Ardientes

El secreto que mi hermana y yo guardamos en casa

Los viernes paso a recoger a Lara cuando termina sus clases en la facultad, a las tres en punto. A mí la semana se me acaba los jueves, así que tengo la tarde libre, y hoy con más motivo que nunca quiero que estemos juntos cuanto antes. Hace días que cuento las horas.

Dejo el coche mal aparcado en una zona de carga y, mientras espero, repaso el teléfono. Tengo dos mensajes: el del encargado del almacén y el de la dueña de la cafetería donde echo turnos los fines de semana. Los dos me confirman que puedo faltar. Por una vez, me las devuelven en tiempo y no en dinero.

Si algo me ha definido estos últimos años es la constancia. Necesitaba ahorrar para independizarme y acumulé tantas horas extra que a veces las antepuse al sueño o a clases que sabía aprobar con los ojos cerrados. Hoy cobro parte de ese esfuerzo: libre de la cafetería esta noche, libre del almacén mañana. Solo me queda pasar el sábado por el campus para un trabajo de grupo con Daniela y Marcos.

Vuelvo a mirar hacia la calle y, puntual como un reloj, distingo la melena rubia de mi hermana entre la marea de estudiantes que cruza las verjas. Me localiza enseguida y viene corriendo hacia el coche.

—Hola, cariño —me abraza nada más entrar, rodeándome el cuello y llenándome la cara de besos. Me vuelve loco que haga eso.

—¿Qué tal el día, guapísima? —le pregunto, devolviéndole el abrazo y besándole la coronilla.

—Pfff, un rollo, como siempre. Había un seminario sobre un libro en inglés y el tiempo no avanzaba. —De pronto alza las cejas, como si acabara de acordarse de algo—. Oye, Hugo, ¿te han contestado del trabajo?

—Sí, ya está todo en regla. Lo único que no puedo cancelar es la quedada del sábado.

—Bueeeno —resta importancia poniendo los ojos en blanco—, pero con lo mucho que te esfuerzas no se enfadarán si llegas un pelín tarde, jijiji.

—Ya me gustaría, pero no es plan. Tengo buen grupo, no quiero dejarlos tirados.

***

Ansioso por llegar, piso el acelerador y, aun con tráfico, aparcamos en quince minutos. El coche de nuestro padre no está. Perfecto: hoy la casa es nuestra hasta mañana.

Subimos en el ascensor y ahí ya no me aguanto. La empujo contra la pared del fondo y le meto la lengua hasta la garganta, comiéndole la boca como llevo días queriendo hacer. La sujeto fuerte por la cintura y la nuca, y siento cómo gime bajito contra mi lengua mientras se me pone la polla dura de golpe, apretándome contra la bragueta hasta hacerme daño. Ella lo nota enseguida y frota la cadera contra mi bulto, sin cortarse.

—Mmm, Hugo, me pierdes —me susurra, mordiéndome el labio inferior y mirándome con esos ojos azules que me desarman—. Se te ha puesto durísima, cariño. La noto aquí, apretándome…

—Lo sé —contesto en su oído, mientras le meto la mano por debajo de la falda y le acaricio el culo por encima de las bragas—. Y más vas a perder hoy. Te voy a follar tan bien que vas a olvidarte hasta de cómo te llamas. Te voy a dejar el coño en carne viva, hermanita.

Justo cuando va a llevarme la mano a la polla, el ascensor se detiene en nuestra planta. Salimos medio abrazados, con los labios ya húmedos y ella con la mejilla encendida.

—Ahora estate quieta —le pido, buscando la llave con prisa y las manos algo sudadas—. Solo falta que papá siga en casa, nos vea así y se arme la de Dios.

Lara asiente en silencio. Abro, entramos, cerramos. Recorro las habitaciones para asegurarme de que estamos solos.

—Hermanita —anuncio con voz triunfal y una sonrisa de oreja a oreja—, que empiece la fies…

No termino la frase. Lara se me lanza al cuello con tanta hambre que por un instante temo que caigamos hacia atrás. Por suerte, basta con que retroceda un par de pasos para frenar la embestida.

—Por fin —jadea entre beso y beso—. Por fin tenemos un rato para nosotros. Te quiero, cariño. No sabes las ganas que tenía de besarte así, en casa, sin mirar el reloj, sin preocupaciones.

Tiene un don para esto. Retuerce todo el cuerpo contra el mío, me abraza el cuello y me besa hasta dejarme sin aire, restregándome las tetas contra el pecho y metiendo una pierna entre las mías para frotarme el muslo contra la polla. Un disfrute en toda regla.

—Lara, mi vida… ¿no prefieres quitarte la chaqueta y ponerte cómoda? —le pregunto, porque, salvo la mochila que ha soltado en su cuarto, sigue vestida de calle.

—Jijiji, ay, Hugo… —suspira con voz cantarina, negando con la cabeza y clavándome los ojos—. Si quieres que me desnude, solo tienes que pedírmelo.

—No vaya a ser que cojas frío.

—Me abrazaré a ti si lo cojo —responde, apretando los labios con una sonrisa pícara y deslizando las manos por mi pecho hasta bajar y agarrarme la polla por encima del pantalón, apretándomela con descaro.

—De hecho ya lo estás haciendo —me río, volviendo a besarla—. Vamos al cuarto, no perdamos el tiempo.

—Espera. —Se aparta sonriendo—. Voy a la cocina a por agua.

—Tranquila, te espero en la cama.

Entro en mi habitación y empiezo a desvestirme. Mientras imagino lo que nos espera, tengo un destello de sentido común y le grito desde el cuarto:

—¡Echa la llave a la puerta!

—¡Pero si estamos solos hasta mañana! —contesta desde la otra punta del piso.

—¡Da igual, échala! Papá es capaz de volver porque se ha dejado algo, y así nos da tiempo a disimular antes de abrir. —«Mejor pecar de precavidos», pienso, quitándome los zapatos.

—¡Vaaale, ahora la pongo! —acepta, y un momento después oigo la nevera cerrarse.

Asegurada la puerta, me dejo caer en la cama en calzoncillos y espero. No tarda en aparecer. Entra con una sonrisa enorme y una mirada de deseo que solo aviva la mía. Le brillan los ojos al ver el bulto tenso que se me marca ya en la ropa interior.

—Hola, hermanito —saluda, ahora con un tono más lento y sensual, caminando despacio para provocarme—. ¿Listo para hacer travesuras? Veo que ya te has puesto cómodo… y que alguien está muy contento de verme, jijiji.

—Por supuesto —suspiro, con la respiración acelerada—. No quiero perder ni un instante, cielo. Que sea una tarde de las que hacía tiempo que no teníamos. Ven aquí, anda. Deja de hacerte la difícil.

—Tranquilo, no hay prisa —dice, y empieza a gatear por la cama hacia mí, con el escote a la vista y las tetas balanceándose bajo la camisa entreabierta—. Vas a poder follarme tantas veces como quieras. Vas a llenarme entera, Hugo.

Avanza sobre mi cuerpo hasta que su cara queda a la altura de mi entrepierna. Roza la polla con la nariz, con los labios, demorándose ahí a propósito, presionando por encima de la tela hasta que un cerco húmedo aparece donde su boca se pega a la punta. Después sube hasta mis ojos, apoya los codos a los lados de mis hombros y me besa despacio, con una ternura que contrasta con lo que estamos a punto de hacer. Es un beso de hermanos que escandalizaría a cualquiera que conociera nuestro vínculo, y precisamente por eso nos encanta.

La rodeo con los brazos, pero a los pocos segundos noto que se desliza de nuevo hacia abajo, hasta mi cintura, dejando un reguero de besos por el pecho y el abdomen.

—¿Qué haces ahí, cariño? —pregunto, con el sabor de su boca todavía en la lengua, aunque de sobra sé la respuesta.

Su respuesta no es con palabras. Sin dejar de mirarme a los ojos, besa la polla por encima de la tela, alargando la espera, mordisqueando la punta a través del algodón y frotando la mejilla contra el bulto. Quiere torturarme un poco antes, y me parece perfecto.

Después me baja los calzoncillos con calma y me la deja al descubierto. La polla salta hacia arriba, dura, hinchada, con la punta ya brillando de líquido. Ella la observa a escasos centímetros, con una devoción que me pone todavía más, y se relame los labios con una lentitud que me arranca un gruñido.

—Mmm —murmura al fin, envolviendo la base con los dedos y pasándomela por la mejilla—. Ya tenía ganas de tenerla así, en la cara, hermanito. Qué gorda la tienes. Se te marcan hasta las venas. —Y empieza a repartir besos cortos por toda la polla, desde los huevos hasta la punta, un caminito lento que me pone a cien.

Saca la lengua y me la recorre entera de abajo arriba, muy despacio, como si estuviera saboreando un helado. Repite el gesto varias veces, alternando con lametones en los huevos que me arquean la espalda de gusto. Cuando llega arriba, envuelve el glande con los labios y lo chupa con succión suave, sin metérsela todavía, jugando con la punta de la lengua sobre la corona.

—No me tortures más, por favor —le ruego casi suplicando, mordiéndome el labio y tensando cada músculo—. Si supieras el calentón que arrastro desde hace días. Verte por casa con poca ropa al llegar de noche, recién salida de la ducha, tirada en el sofá… y yo sin poder hacer nada porque la abuela está delante, con la polla dura debajo del cojín aguantándome las ganas de comerte el coño ahí mismo.

—Jijiji, ¿te gusta llegar agotado de la facultad y que lo primero que veas sea a mí, tumbada y con escote, con el cuerpo que tú me has ayudado a ponerme en el gimnasio? —Habla con los labios pegados a la punta, y cada palabra me hace vibrar la polla.

—Hmmm —gruño, visualizando cada escena que me recuerda—. Qué perversa eres. Sé de sobra que lo haces para provocarme. Que eliges el pijama según lo bruto que me quieres poner.

—¿Acaso lo habías dudado? —pregunta, retórica, mientras vuelve a besarme la polla por toda su longitud.

—La verdad es que no. Eres una pequeña incorregible a la que le encantaría que su hermano mayor la besara delante de toda la familia. —Lo digo con una mezcla de fastidio sexual y calentón puro.

—Mmm, cielo —resopla ella, y por fin abre la boca del todo y me la traga hasta el fondo, envolviéndomela con ese calor húmedo que llevo días imaginando—. Esa fantasía queda apuntada en mi lista de cosas que algún día quiero probar contigo, jijiji.

Habla con la polla dentro y la vibración de su voz me sube por toda la columna. Empieza a mamármela en serio, subiendo y bajando la cabeza con un ritmo pausado, chupando fuerte cada vez que llega a la punta, dejándome ver un hilo de saliva que le une los labios al glande cuando la saca del todo. Se la vuelve a tragar hasta hacer ruido al fondo de su garganta, y me clava esos ojos azules sin apartarlos ni un segundo.

Los dos sabemos que lo de la fantasía en familia es imposible. Pero las palabras tienen su poder, y no voy a negar que me enciende imaginarla ofreciéndose así, mostrando lo nuestro. Visualizarme follándomela sobre cualquier rincón de la casa me dispara, y eso se nota: la polla se me pone todavía más gorda dentro de su boca.

—¿En qué piensas, mi amor? —se interesa Lara, sacándomela un momento para pasarse la lengua por la comisura y limpiarse la saliva—, que me conoce demasiado bien como para saber cuándo tengo la cabeza en otra parte.

—En todas las guarradas que quiero hacerte —respondo sin pudor—. En doblarte sobre la mesa del comedor y follarte por detrás. En ponerte a cuatro patas en el sofá y llenarte el coño hasta que se me caiga la corrida por los muslos. —Gimo cuando por fin se entrega del todo a la tarea y me la mete hasta el fondo—. Lara… qué gusto, joder, cómo la mamas, hostia…

—Mmm, qué rica —murmura ella, con la baba corriéndole por la barbilla, escupiendo un poco sobre el glande para deslizar mejor los labios—. Te he puesto muy duro enseguida. Se nota que llevas días aguantando. No irás a correrte pronto, ¿verdad?

Empieza a masturbarme con la mano al mismo tiempo que se concentra en la punta, chupándome la cabeza mientras el puño sube y baja por el tronco con una firmeza que me hace ver las estrellas. Se moja los dedos con la lengua y me acaricia los huevos con la otra mano, apretándolos con delicadeza. Yo no sé dónde meterme.

—No… yo… ooh, Dios —gimo de nuevo, con las piernas en tensión y los dedos hundidos en las sábanas—. Me voy a correr, Lara, joder, si sigues así me corro ya.

—¿Ah, sí? —pregunta, deteniéndose un momento y sacándosela con un chasquido húmedo—. ¿Y dónde quieres terminar, hermanito? ¿Dónde te suelto la corrida?

—Pfff, no me tientes, cariño —le aseguro, reviviendo esa fantasía morbosa que tantas veces hemos jugado—. Sabes que me encantaría dejarte el coño lleno, hermanita. Encharcarte por dentro hasta que te chorree.

—Mmm, vamos, si no pasa nada —insiste, sonriendo de esa forma encantadora con la que me seduce, jugando con la idea solo para calentarme, mientras sigue masturbándome despacio—. Métemela sin nada. Preñame, hermanito. Deja que se me quede tu corrida dentro toda la noche. Estoy segura de que sería perfecto.

Me tiembla todo al imaginarlo y, sabiendo que es solo un juego entre los dos —siempre vamos sobre seguro, esto es pura fantasía compartida—, decido seguirle la corriente.

—¿Tan claro lo tienes, hermanita? —pregunto, dejando la puerta abierta para ver con qué me sale.

—Ohhh, sí, clarísimo —se reafirma, con los ojos brillantes de ilusión fingida, y me pasa la lengua por el glande mientras habla—. Te imagino entregado, sin freno, corriéndote dentro de mí como un animal. Es lo que más me pone, Hugo. Notar cómo te vacías en mi coño. De verdad que sí.

No puedo negar que la idea, como juego, me dispara ese instinto primario que todos llevamos dentro. La fantasía me seduce más de lo que admitiría si en este momento no estuviera tan excitado.

—Vale, pues sigamos el juego —sentencio con una sonrisa traviesa—: te voy a follar como si no hubiera mañana.

Mis palabras tienen justo el efecto buscado. La encienden todavía más y se la vuelve a tragar entera, marcando un ritmo que me deja sin aliento. Baja y sube con la cabeza cada vez más rápido, chupando con las mejillas hundidas, resoplando por la nariz, con la garganta abierta para poder metérsela hasta la campanilla. La saliva le chorrea por el mentón y le cae sobre las tetas todavía cubiertas, empapándole la camisa. Yo gruño, ella gime con la polla dentro, y las paredes del cuarto se llenan de ruidos húmedos y de nuestras respiraciones descontroladas.

—Eres lo mejor que me ha pasado, hermanito —me dice en una pausa para respirar, repartiendo besos suaves por toda la polla y volviendo a masturbarme con la mano llena de saliva—. No me cabe duda. Te quiero. —Y vuelve a metérsela, esta vez sacándome también la lengua para lamerme desde los huevos hasta la punta, en un lametón largo y sucio que casi me hace estallar.

Pero la falta de sexo de los últimos días pesa, y al poco rato siento que llego al límite. Los huevos se me contraen, la polla se hincha todavía más dentro de su boca y noto ese cosquilleo que anuncia lo inevitable.

—Lara… aaah… me corro… hermanita, que me corro ya, joder…

Ante el aviso, no afloja: al contrario, intensifica el ritmo, chupándome la punta con avidez y masturbándome el tronco con el puño cerrado, clavándome los ojos azules para no perderse mi reacción. Yo no puedo más que tensar el cuerpo entero mientras estallo en un orgasmo largamente postergado. La primera oleada de semen le llena la boca de golpe, y ella se traga cada chorro sin dejar de chuparme, sacándome la corrida hasta la última gota. Yo me sacudo, gimo su nombre, le hundo la mano en el pelo, y ella no aparta la boca, tragando y tragando mientras yo sigo descargando en ráfagas espasmódicas. Solo unas gotas se le escapan y le resbalan por la barbilla, blancas y espesas, hasta gotearle sobre las tetas.

Una vez termino, cierro los ojos y me quedo quieto unos segundos, deshecho, mientras ella me chupa hasta dejarme la polla completamente limpia con una ternura que me derrite. Se recoge con el dedo lo que se le ha escapado por la barbilla y también se lo lleva a la boca, mirándome fijamente.

—¿Te has quedado a gusto? —pregunta con voz suave, todavía entre mis piernas, acariciándome con la mejilla la polla todavía dura.

—Mmm —suspiro, relajado, llevando la mano a su pelo en señal de gratitud—. Lara, hermanita, eres un cielo. Pues claro que sí. No tenías por qué tragártela.

—Lo sé, jijiji, pero me apetecía —responde, acomodándose y subiendo de nuevo hacia mí—. Ya sabes cuánto me gusta tu corrida. Al fin y al cabo, soy tu mujer, Hugo, y me enorgullece sacarte hasta la última gota. —Llega hasta mi cara y, antes de besarme, concluye—: Quiero llevarte conmigo a todas partes, dentro de mi boca.

Nos besamos con hambre, los dos imbuidos por el morbo de la situación, y me da igual notar mi propio sabor en su lengua. Nos abrazamos y nos acariciamos a gusto, pero su ropa ya empieza a sobrar, así que, sin decir gran cosa —tengo la lengua ocupada con la suya—, la voy desnudando. Ella capta enseguida mis intenciones y colabora, levantando los brazos para que le saque la camisa y arqueando la espalda para que le desabroche el sujetador.

Su ropa va quedando desperdigada por la cama y el suelo, sobre la mía, y sus curvas no tardan en quedar a la vista, para mi deleite. Las tetas le saltan libres, redondas, con los pezones rosados y ya duros como piedras. Le bajo la falda y las bragas de un tirón, dejándola completamente desnuda salvo por los calcetines, que le arranco a la vez. Bajo por su barbilla y su cuello en dirección a los pechos, deteniéndome a lamerle la clavícula y a chuparle el lóbulo de la oreja; le noto la respiración acelerada y la piel suavísima, como siempre.

Le atrapo un pezón entre los labios y lo succiono despacio, jugando con la punta de la lengua alrededor de la aréola. Ella arquea la espalda y gime, ofreciéndomelo más. Cambio al otro y le hago lo mismo, mordisqueándoselo con cuidado mientras el primero lo pellizco entre dos dedos.

—Mmm —le gruño entre besos al llegar a la base del cuello y bajar la mano entre sus piernas—. Estás empapada, cariño. Se te cae hasta las sábanas. —Mis dedos se hunden entre sus pliegues, resbalando por la humedad que le baja por la cara interna de los muslos—. Tienes el coño chorreando, hermanita.

—Sííí —suspira, ronroneando sobre mi cabeza y abriendo las piernas para mí—. ¿Cómo no voy a estarlo, con lo bien que me tocas? Llevo empapada desde que me has metido la lengua en el ascensor, Hugo. No puedo ni con tus besos, mi amor. No pares. Me vuelves loca. Métemelos ya, por favor.

Llevado por el impulso, la rodeo con los brazos y nos doy la vuelta, para ponerme encima y poder atenderla mejor. La miro tumbada bajo mi cuerpo, con el pelo revuelto sobre la almohada, las tetas duras subiendo y bajando al ritmo de su respiración, las piernas abiertas y el coño brillante de flujo. Ahora le toca a ella disfrutar.

—Veo que ahora el que quiere travesuras eres tú, ¿eh, pillín? —me pincha Lara, sonriente, con la cabeza en la almohada y los ojos clavados en mí.

—Claro —le aseguro, bajando con la boca hacia sus pechos mientras mis manos le separan más los muslos—. Pero antes me apetece tomarme mi tiempo aquí.

Mis labios aterrizan por fin sobre su busto y la reacción no se hace esperar. Le chupo un pezón hasta hacerlo desaparecer entero dentro de mi boca, tirando con succión, y la lengua le rodea la punta sin parar. Con la mano libre le agarro la otra teta y se la aprieto, jugando con el pezón entre los dedos, pellizcándoselo justo lo suficiente para arrancarle un jadeo agudo.

—Aaah, aaah —gime abiertamente, arqueando la espalda y tensando las piernas—. Hu… Hugo… qué rico. Cómo… cómo besas. Tenías ganas. Sigue. Chúpamelas más fuerte.

Sin avisar, deslizo dos dedos entre sus pliegues y empiezo a acariciarle el clítoris con la yema del pulgar mientras los otros dos se hunden despacio dentro del coño, notando cómo se cierra alrededor, apretándome, empapándomelos hasta los nudillos.

—¡Ooohhh! ¡Dios! ¡Sííí! ¡Qué gusto, joder! —exclama, frenética, llevando una mano a mi nuca para que no me separe de sus tetas ni un milímetro—. Métemelos más, Hugo, así, así, no pares.

Le doy a sus pechos el trato que sé que le gusta: lento e intenso, alternando lametones lentos con succiones fuertes y algún mordisco suave en el punto justo para arrancarle los jadeos sin pasarme. A la vez, mis dedos entran y salen despacio del coño, curvándose hacia arriba para buscarle ese punto interno que la vuelve loca, mientras el pulgar traza círculos firmes sobre el clítoris hinchado. Noto cómo se enciende cada vez más: la humedad le chorrea entre los dedos y le baja por la raja del culo hasta la sábana.

—¡Aaah! ¡Sigue! ¡Así! ¡No pares, por favor! —resopla, arqueándose de nuevo, moviendo las caderas contra mi mano, liberándose de varios días de espera—. ¡Más rápido! ¡Más dedos, cabrón, méteme más!

Le añado un tercer dedo y aumento el ritmo, follándole el coño con la mano mientras sigo devorándole las tetas. Los ruidos húmedos que salen de entre sus piernas son obscenos, un chapoteo constante que llena el cuarto junto a sus gemidos.

—No tengas prisa, cielo —la calmo, sin dejar de atenderla, aunque yo mismo tenga la polla otra vez a punto de estallar—. Tenemos toda la tarde y toda la noche. Podemos ir despacio y hacerlo más dulce.

—¡Aaah, Hugo! ¡Qué gustooo! ¡Eres un cabrón! Me calientas, me pones como una moto… y luego me haces esperar. Fóllame ya con la polla, joder, méteme esa verga de una vez.

—No es eso, mi amor —le explico, sin detener las caricias, curvando los dedos dentro de ella y provocándole una nueva sacudida—. Créeme que nada me apetece más que perderme en ti hasta caer rendidos. Follarte hasta que te desmayes, correrme dentro, comerte el coño hasta que me supliques que pare. Eres mi hermana, mi novia y mi vida, y lo sabes. Solo te pido un poco de paciencia para disfrutarlo más.

Un profesor me dijo una vez que, cuando me lo propongo, tengo un pico de oro capaz de hacer entrar en razón a cualquiera. Debe de notarse, porque Lara me dedica una mirada que no admite réplica.

—Quiero que me hagas todo lo que acabas de describir, Hugo —me ordena, apoyando los codos en la cama y clavándome los ojos, con las tetas subiendo y bajando al ritmo de mi mano entre sus piernas—. Me has puesto muy perra, cariño. Muy zorra, para tu hermano.

Retomo la tarea con todo, hundiéndole los dedos hasta el fondo con un ritmo rápido y sin tregua, frotándole el clítoris con la palma de la mano en cada embestida. Bajo la boca hasta su vientre, le beso el ombligo, y voy trazando un camino de saliva hasta llegar entre sus muslos abiertos. Le retiro los dedos un instante para clavarle la lengua directamente en el clítoris, chupándolo con fuerza mientras vuelvo a meterle dos dedos y los muevo dentro sin parar.

—¡AAAHH! —grita, arqueándose entera y agarrándome del pelo—. ¡SÍ! ¡Ahí! ¡Cómemelo, Hugo, cómemelo entero!

Le abro los labios del coño con los dedos de la otra mano y le paso la lengua desde abajo hasta arriba, recogiendo todo su sabor, para volver a hundirla sobre el clítoris hinchado. Chupo, lamo, muerdo suave, mientras los dos dedos siguen entrando y saliendo dentro de ella cada vez más rápido. Ella se retuerce, cierra los muslos contra mis orejas, empuja las caderas contra mi cara buscando más.

—¡Aaah! ¡Sííí! ¡Así! ¡Más rápido! —me suplica, desbocada—. ¡Te adoro, Hugo! ¡Más hondo! ¡Me corrooo! ¡Me estás haciendo correr, joder, no pares, no pares!

Su placer estalla a gran velocidad. El cuerpo entero se le sacude en un espasmo largo, las piernas le tiemblan a los lados de mi cabeza, y noto cómo el coño se le cierra en oleadas alrededor de mis dedos, empapándome la mano y la barbilla con un chorro cálido que me cae por la muñeca. Yo no aflojo hasta que la oigo pedir tregua, y solo entonces le saco los dedos con cuidado, me limpio la boca con el dorso de la mano y subo a su lado, acogiéndola entre mis brazos mientras todavía suspira, con la cara enrojecida y las mejillas mojadas, y se acurruca contra mi pecho para descansar.

—¿Te has quedado bien, mi reina? —le pregunto, recorriéndole la espalda con las yemas de los dedos, trazando una línea de mimos por su columna hasta llegar a la curva del culo.

—Mmm —ronronea, estremeciéndose, relajada y adorable—. Sí. Necesitaba esto. Muchísimo. Gracias, mi vida. —Y levanta apenas la cabeza, lo justo para depositar unos besos suaves en mi cuello y subir despacio por el borde de mi mandíbula, notando en mi cadera cómo la polla ya vuelve a estar dura, apretándole el muslo—. Y me parece, hermanito, que aquí abajo alguien todavía tiene ganas de más.

Afuera, la tarde se va apagando sin que ninguno tenga la menor intención de moverse de esta cama. Por una vez, el tiempo es solo nuestro.

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Comentarios(8)

Gonza_bsas

increible, me tuvo enganchado de principio a fin!!!

SebasCordoba

Por favor que haya segunda parte, me dejo con muchas ganas de saber como sigue

Fabricio_mx

muy bien escrito, se siente cercano y real. Sin dudas de los mejores que lei en esta pagina

Tomi_lectora

jajaja los nervios que deben sentir cada vez que llega alguien a casa... me encanto

Confeso99

Me recuerda a algo parecido que viví hace años, esas situaciones se quedan grabadas para siempre. Excelente relato

elvisitante77

Lo que mas me gusto es que se nota que los dos estaban esperando ese momento. Eso hace que todo sea mucho mas creible y no parece forzado. Esperando el proximo sin falta!

LectoFanatico

¿Es real esto? porque lo contaste tan natural que parece de verdad

Rodrigo_Salta

10 puntos, de los mejores de la categoría

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