Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El secreto que mi hermana y yo guardamos en casa

Los viernes paso a recoger a Lara cuando termina sus clases en la facultad, a las tres en punto. A mí la semana se me acaba los jueves, así que tengo la tarde libre, y hoy con más motivo que nunca quiero que estemos juntos cuanto antes. Hace días que cuento las horas.

Dejo el coche mal aparcado en una zona de carga y, mientras espero, repaso el teléfono. Tengo dos mensajes: el del encargado del almacén y el de la dueña de la cafetería donde echo turnos los fines de semana. Los dos me confirman que puedo faltar. Por una vez, me las devuelven en tiempo y no en dinero.

Si algo me ha definido estos últimos años es la constancia. Necesitaba ahorrar para independizarme y acumulé tantas horas extra que a veces las antepuse al sueño o a clases que sabía aprobar con los ojos cerrados. Hoy cobro parte de ese esfuerzo: libre de la cafetería esta noche, libre del almacén mañana. Solo me queda pasar el sábado por el campus para un trabajo de grupo con Daniela y Marcos.

Vuelvo a mirar hacia la calle y, puntual como un reloj, distingo la melena rubia de mi hermana entre la marea de estudiantes que cruza las verjas. Me localiza enseguida y viene corriendo hacia el coche.

—Hola, cariño —me abraza nada más entrar, rodeándome el cuello y llenándome la cara de besos. Me vuelve loco que haga eso.

—¿Qué tal el día, guapísima? —le pregunto, devolviéndole el abrazo y besándole la coronilla.

—Pfff, un rollo, como siempre. Había un seminario sobre un libro en inglés y el tiempo no avanzaba. —De pronto alza las cejas, como si acabara de acordarse de algo—. Oye, Hugo, ¿te han contestado del trabajo?

—Sí, ya está todo en regla. Lo único que no puedo cancelar es la quedada del sábado.

—Bueeeno —resta importancia poniendo los ojos en blanco—, pero con lo mucho que te esfuerzas no se enfadarán si llegas un pelín tarde, jijiji.

—Ya me gustaría, pero no es plan. Tengo buen grupo, no quiero dejarlos tirados.

***

Ansioso por llegar, piso el acelerador y, aun con tráfico, aparcamos en quince minutos. El coche de nuestro padre no está. Perfecto: hoy la casa es nuestra hasta mañana.

Subimos en el ascensor y ahí ya no me aguanto. Le doy un beso que la deja temblando y sin aliento. La sujeto fuerte por la cintura y la nuca, y la siento gemir bajito contra mi boca mientras noto cómo se me empieza a tensar el pantalón.

—Mmm, Hugo, me pierdes —me susurra, mordiéndome el labio inferior y mirándome con esos ojos azules que me desarman.

—Lo sé —contesto en su oído—. Y más vas a perder hoy. Te voy a hacer el amor tan bien que vas a perder hasta el sentido.

Justo cuando va a llevar la mano a mi entrepierna, el ascensor se detiene en nuestra planta. Salimos medio abrazados, con los labios ya húmedos.

—Ahora estate quieta —le pido, buscando la llave con prisa y las manos algo sudadas—. Solo falta que papá siga en casa, nos vea así y se arme la de Dios.

Lara asiente en silencio. Abro, entramos, cerramos. Recorro las habitaciones para asegurarme de que estamos solos.

—Hermanita —anuncio con voz triunfal y una sonrisa de oreja a oreja—, que empiece la fies…

No termino la frase. Lara se me lanza al cuello con tanta hambre que por un instante temo que caigamos hacia atrás. Por suerte, basta con que retroceda un par de pasos para frenar la embestida.

—Por fin —jadea entre beso y beso—. Por fin tenemos un rato para nosotros. Te quiero, cariño. No sabes las ganas que tenía de besarte así, en casa, sin mirar el reloj, sin preocupaciones.

Tiene un don para esto. Retuerce todo el cuerpo contra el mío, me abraza el cuello y me besa hasta dejarme sin aire. Un disfrute en toda regla.

—Lara, mi vida… ¿no prefieres quitarte la chaqueta y ponerte cómoda? —le pregunto, porque, salvo la mochila que ha soltado en su cuarto, sigue vestida de calle.

—Jijiji, ay, Hugo… —suspira con voz cantarina, negando con la cabeza y clavándome los ojos—. Si quieres que me desnude, solo tienes que pedírmelo.

—No vaya a ser que cojas frío.

—Me abrazaré a ti si lo cojo —responde, apretando los labios con una sonrisa pícara y deslizando las manos por mi pecho.

—De hecho ya lo estás haciendo —me río, volviendo a besarla—. Vamos al cuarto, no perdamos el tiempo.

—Espera. —Se aparta sonriendo—. Voy a la cocina a por agua.

—Tranquila, te espero en la cama.

Entro en mi habitación y empiezo a desvestirme. Mientras imagino lo que nos espera, tengo un destello de sentido común y le grito desde el cuarto:

—¡Echa la llave a la puerta!

—¡Pero si estamos solos hasta mañana! —contesta desde la otra punta del piso.

—¡Da igual, échala! Papá es capaz de volver porque se ha dejado algo, y así nos da tiempo a disimular antes de abrir. —«Mejor pecar de precavidos», pienso, quitándome los zapatos.

—¡Vaaale, ahora la pongo! —acepta, y un momento después oigo la nevera cerrarse.

Asegurada la puerta, me dejo caer en la cama y espero. No tarda en aparecer. Entra con una sonrisa enorme y una mirada de deseo que solo aviva la mía.

—Hola, hermanito —saluda, ahora con un tono más lento y sensual, caminando despacio para provocarme—. ¿Listo para hacer travesuras? Veo que ya te has puesto cómodo.

—Por supuesto —suspiro, con la respiración acelerada y un bulto más que evidente bajo la ropa interior—. No quiero perder ni un instante, cielo. Que sea una tarde de las que hacía tiempo que no teníamos. Ven aquí, anda. Deja de hacerte la difícil.

—Tranquilo, no hay prisa —dice, y empieza a gatear por la cama hacia mí, con el escote a la vista—. Vas a poder hacerme tuya tantas veces como quieras.

Avanza sobre mi cuerpo hasta que su cara queda a la altura de mi entrepierna. La roza con la nariz, con los labios, demorándose ahí a propósito, presionando por encima de la tela. Después sube hasta mis ojos, apoya los codos a los lados de mis hombros y me besa despacio, con una ternura que contrasta con lo que estamos a punto de hacer. Es un beso de hermanos que escandalizaría a cualquiera que conociera nuestro vínculo, y precisamente por eso nos encanta.

La rodeo con los brazos, pero a los pocos segundos noto que se desliza de nuevo hacia abajo, hasta mi cintura.

—¿Qué haces ahí, cariño? —pregunto, con el sabor de su boca todavía en la lengua.

Su respuesta no es con palabras. Sin dejar de mirarme a los ojos, besa por encima de la tela, provocando, alargando la espera. Quiere torturarme un poco antes, y me parece perfecto.

Después me baja la ropa interior con calma y me deja al descubierto. Lo observa todo a escasos centímetros, con una devoción que me pone más.

—Mmm —murmura al fin, pasándose la lengua por los labios—. Ya tenía ganas de estar así, contigo, hermanito. —Y empieza a repartir besos cortos por toda la zona, un caminito que me pone a cien.

—No me tortures más, por favor —le ruego casi suplicando, mordiéndome el labio y tensando cada músculo—. Si supieras el calentón que arrastro desde hace días. Verte por casa con poca ropa al llegar de noche, recién salida de la ducha, tirada en el sofá… y yo sin poder hacer nada porque la abuela está delante.

—Jijiji, ¿te gusta llegar agotado de la facultad y que lo primero que veas sea a mí, tumbada y con escote, con el cuerpo que tú me has ayudado a ponerme en el gimnasio?

—Hmmm —gruño, visualizando cada escena que me recuerda—. Qué perversa eres. Sé de sobra que lo haces para provocarme. Que eliges el pijama según lo bruto que me quieres poner.

—¿Acaso lo habías dudado? —pregunta, retórica, mientras sigue su camino de besos.

—La verdad es que no. Eres una pequeña incorregible a la que le encantaría que su hermano mayor la besara delante de toda la familia. —Lo digo con una mezcla de fastidio sexual y calentón puro.

—Mmm, cielo —resopla ella, envolviéndome con sus labios y dejándome sentir su calor húmedo—. Esa fantasía queda apuntada en mi lista de cosas que algún día quiero probar contigo, jijiji.

Los dos sabemos que es imposible. Pero las palabras tienen su poder, y no voy a negar que me enciende imaginarla ofreciéndose así, mostrando lo nuestro. Visualizarme haciéndola mía sobre cualquier rincón de la casa me dispara, y eso se nota.

—¿En qué piensas, mi amor? —se interesa Lara, que me conoce demasiado bien como para saber cuándo tengo la cabeza en otra parte.

—En todas las guarradas que quiero hacerte —respondo sin pudor—. En las maneras obscenas en que quiero hacerte el amor y devorarte entera. —Gimo cuando por fin se entrega del todo a la tarea—. Lara… qué gusto, joder.

—Mmm, qué rico —murmura ella, mirándome desde abajo—. Te he puesto muy duro enseguida. Se nota que llevas días aguantando. No irás a terminar pronto, ¿verdad?

—No… yo… ooh, Dios —gimo de nuevo, con las piernas en tensión—. Me voy a correr.

—¿Ah, sí? —pregunta, deteniéndose un momento—. ¿Y dónde quieres terminar?

—Pfff, no me tientes, cariño —le aseguro, reviviendo esa fantasía morbosa que tantas veces hemos jugado—. Sabes que me encantaría dejarte llena.

—Mmm, vamos, si no pasa nada —insiste, sonriendo de esa forma encantadora con la que me seduce, jugando con la idea solo para calentarme—. Estoy segura de que sería perfecto.

Me tiembla todo al imaginarlo y, sabiendo que es solo un juego entre los dos —siempre vamos sobre seguro, esto es pura fantasía compartida—, decido seguirle la corriente.

—¿Tan claro lo tienes, hermanita? —pregunto, dejando la puerta abierta para ver con qué me sale.

—Ohhh, sí, clarísimo —se reafirma, con los ojos brillantes de ilusión fingida—. Te imagino entregado, sin freno. Es lo que más me pone, Hugo. De verdad que sí.

No puedo negar que la idea, como juego, me dispara ese instinto primario que todos llevamos dentro. La fantasía me seduce más de lo que admitiría si en este momento no estuviera tan excitado.

—Vale, pues sigamos el juego —sentencio con una sonrisa traviesa—: hagamos el amor como si no hubiera mañana.

Mis palabras tienen justo el efecto buscado. La encienden todavía más y se entrega con ganas, marcando un ritmo que me deja sin aliento, resoplando ella, gimiendo yo, con la tranquilidad de estar solos en casa.

—Eres lo mejor que me ha pasado, hermanito —me dice en una pausa para respirar, repartiendo besos suaves—. No me cabe duda. Te quiero. —Y vuelve a lo suyo.

Pero la falta de sexo de los últimos días pesa, y al poco rato siento que llego al límite.

—Lara… aaah… me corro…

Ante el aviso, no afloja: al contrario, intensifica el ritmo, clavándome los ojos azules para no perderse mi reacción. Yo no puedo más que tensar el cuerpo entero mientras estallo en un orgasmo largamente postergado. Ella lo recibe sin desperdiciar apenas nada; solo unas gotas se le escapan y le resbalan por la barbilla.

Una vez termino, cierro los ojos y me quedo quieto unos segundos, deshecho, mientras ella me deja completamente limpio con una ternura que me derrite.

—¿Te has quedado a gusto? —pregunta con voz suave, todavía entre mis piernas, acariciándome con la mejilla.

—Mmm —suspiro, relajado, llevando la mano a su pelo en señal de gratitud—. Lara, hermanita, eres un cielo. Pues claro que sí. No tenías por qué hacerlo.

—Lo sé, jijiji, pero me apetecía —responde, acomodándose y subiendo de nuevo hacia mí—. Ya sabes cuánto me gusta. Al fin y al cabo, soy tu mujer, Hugo, y me enorgullece provocarte esto. —Llega hasta mi cara y, antes de besarme, concluye—: Quiero llevarte conmigo a todas partes.

Nos besamos con hambre, los dos imbuidos por el morbo de la situación. Nos abrazamos y nos acariciamos a gusto, pero su ropa ya empieza a sobrar, así que, sin decir gran cosa —tengo la lengua ocupada con la suya—, la voy desnudando. Ella capta enseguida mis intenciones y colabora.

Su ropa va quedando desperdigada por la cama y el suelo, sobre la mía, y sus curvas no tardan en quedar a la vista, para mi deleite. Bajo por su barbilla y su cuello en dirección a los pechos; le noto la respiración acelerada y la piel suavísima, como siempre.

—Mmm —le gruño entre besos al llegar a la base del cuello—. Estás mojadita, cariño. —Mis dedos acarician su ropa interior por encima de la tela, notando lo encendida que está.

—Sííí —suspira, ronroneando sobre mi cabeza—. ¿Cómo no voy a estarlo, con lo bien que me tocas? No puedo ni con tus besos, mi amor. No pares. Me vuelves loca.

Llevado por el impulso, la rodeo con los brazos y nos doy la vuelta, para ponerme encima y poder atenderla mejor. Ahora le toca a ella disfrutar.

—Veo que ahora el que quiere travesuras eres tú, ¿eh, pillín? —me pincha Lara, sonriente, con la cabeza en la almohada y los ojos clavados en mí.

—Claro —le aseguro, bajando con la boca hacia sus pechos mientras mis manos se entretienen en su parte más íntima, todavía por encima de la tela—. Pero antes me apetece tomarme mi tiempo aquí.

Mis labios aterrizan por fin sobre su busto y la reacción no se hace esperar.

—Aaah, aaah —gime abiertamente, arqueando la espalda y tensando las piernas—. Hu… Hugo… qué rico. Cómo… cómo besas. Tenías ganas. Sigue.

Sin avisar, deslizo los dedos bajo la última prenda y empiezo a acariciarla donde más lo necesita.

—¡Ooohhh! ¡Dios! ¡Sííí! ¡Qué gusto, joder! —exclama, frenética, llevando una mano a mi nuca para que no me separe ni un milímetro.

Le doy a sus pechos el trato que sé que le gusta: lento e intenso, en el punto justo para arrancarle los jadeos sin pasarme. A la vez, mis dedos entran y salen despacio, y noto cómo se enciende cada vez más.

—¡Aaah! ¡Sigue! ¡Así! ¡No pares, por favor! —resopla, arqueándose de nuevo, liberándose de varios días de espera—. ¡Más rápido!

—No tengas prisa, cielo —la calmo, sin dejar de atenderla—. Tenemos toda la tarde y toda la noche. Podemos ir despacio y hacerlo más dulce.

—¡Aaah, Hugo! ¡Qué gustooo! ¡Eres un cabrón! Me calientas, me pones como una moto… y luego me haces esperar.

—No es eso, mi amor —le explico, sin detener las caricias—. Créeme que nada me apetece más que perderme en ti hasta caer rendidos. Hacerte mi mujer, poseerte, quererte despacio. Eres mi hermana, mi novia y mi vida, y lo sabes. Solo te pido un poco de paciencia para disfrutarlo más.

Un profesor me dijo una vez que, cuando me lo propongo, tengo un pico de oro capaz de hacer entrar en razón a cualquiera. Debe de notarse, porque Lara me dedica una mirada que no admite réplica.

—Quiero que me hagas todo lo que acabas de describir, Hugo —me ordena, apoyando los codos en la cama—. Me has puesto muy perra, cariño.

Retomo la tarea con todo, hundiéndome en ella con un ritmo que le arranca jadeos de quien ya no se contiene.

—¡Aaah! ¡Sííí! ¡Así! ¡Más rápido! —me suplica, desbocada—. ¡Te adoro, Hugo! ¡Más hondo! ¡Me corrooo!

Su placer estalla a gran velocidad, y yo me quedo a su lado, acogiéndola entre mis brazos mientras todavía suspira, con la cara enrojecida, y se acurruca contra mi pecho para descansar.

—¿Te has quedado bien, mi reina? —le pregunto, recorriéndole la espalda con las yemas de los dedos, trazando una línea de mimos por su columna.

—Mmm —ronronea, estremeciéndose, relajada y adorable—. Sí. Necesitaba esto. Gracias, mi vida. —Y levanta apenas la cabeza, lo justo para depositar unos besos suaves en mi cuello y subir despacio por el borde de mi mandíbula.

Afuera, la tarde se va apagando sin que ninguno tenga la menor intención de moverse de esta cama. Por una vez, el tiempo es solo nuestro.

Ver todos los relatos de Incesto y Amor Filial

Valora este relato

Comentarios (5)

Gonza_bsas

increible, me tuvo enganchado de principio a fin!!!

SebasCordoba

Por favor que haya segunda parte, me dejo con muchas ganas de saber como sigue

Fabricio_mx

muy bien escrito, se siente cercano y real. Sin dudas de los mejores que lei en esta pagina

Tomi_lectora

jajaja los nervios que deben sentir cada vez que llega alguien a casa... me encanto

Confeso99

Me recuerda a algo parecido que viví hace años, esas situaciones se quedan grabadas para siempre. Excelente relato

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.