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Relatos Ardientes

La noche en el hotel con mamá y la abuela

El viaje hasta el pueblo de sus abuelos era largo, y Mariela llevaba al volante desde el mediodía. En el auto iban su hijo Bruno, de veinte años, su madre Carmen y su sobrino Andrés, que acababa de cumplir veintiuno. Las fiestas patronales no empezaban hasta el día siguiente, así que cuando cayó la noche decidieron parar en un hotel de paso al borde de la carretera. Más valía descansar que llegar agotados.

Mariela tenía un cuerpo que todavía hacía girar cabezas: pecho generoso, piernas firmes y unas caderas que ningún vestido lograba disimular. Su madre, Carmen, a pesar de los años conservaba la misma figura llamativa, con un trasero aún más rotundo que el de su hija. Eran dos mujeres acostumbradas a las miradas, aunque fingieran no notarlas.

En la recepción, el empleado tardó en aparecer. Cuando lo hizo, Mariela apoyó los codos en el mostrador.

—Dos habitaciones dobles, por favor —pidió.

—Lo lamento, señora, el hotel está casi lleno. Solo me quedan sencillas.

Mariela miró a su madre. Repartir cuatro personas en camas individuales no era sencillo.

—¿Te molestaría dormir con la abuela esta noche? —preguntó Carmen a Andrés—. El lugar no me da confianza para quedarme sola.

—Para nada, abuela —respondió el muchacho, encogiéndose de hombros—. No hay problema.

—Listo, entonces —dijo Mariela—. Andrés contigo, mamá, y Bruno se queda conmigo.

El empleado les dio las llaves. Subieron hasta el último piso. Las habitaciones eran contiguas: la doce y la trece, una pared de por medio.

—Tengo la doce —dijo Mariela—. ¿Y tú?

—La trece. Justo al lado —contestó Carmen.

Cada quien entró con su pareja de habitación, y la puerta se cerró tras ellos.

***

Carmen dejó la maleta sobre el sillón y se sentó al borde de la única cama. El calor era pegajoso. Andrés se asomó al balcón mientras se aflojaba el cuello de la camisa.

—Espero que no te dé vergüenza dormir conmigo —dijo ella—. Ya soy una vieja.

—Por favor, abuela. Estás más guapa que muchas chicas de mi facultad.

Carmen soltó una risa corta, incrédula.

—Qué cosas dices. ¿Me crees tonta?

—Es en serio. Hasta mis compañeros dicen cosas de ti que, si las escucharas, sabrías que no miento.

Ella se recostó en la cama, mirando el techo, sofocada por el bochorno.

—¿Qué clase de cosas?

—No pienso decírtelas. Eres mi abuela.

—¿Tienen que ver con mi cuerpo?

El silencio fue suficiente respuesta.

—No te burles de mí —murmuró Carmen.

—Todo lo contrario. Les gustas, y mucho.

Las palabras se quedaron flotando en el cuarto. Hacía años que Carmen no tenía a nadie. La idea de gustarle a un veinteañero no le resultó tan absurda como debería.

—Anda, dime qué dicen y no te molesto más.

—¿Estás segura? Son cosas fuertes.

—No soy ninguna mojigata. También fui joven, aunque no lo creas. Estoy curada de espanto.

Andrés la miró un instante, dudando.

—Dicen que mi abuela tiene un trasero como para no bajarse de él en todo el día.

Carmen abrió los ojos y se llevó una mano a la boca.

—¿En serio? ¿Eso dicen?

—No solo eso. También hablan de tus pechos.

—Madre santa, qué muchachos. ¿Por qué no se fijan en alguna de su edad?

—Porque ninguna de nuestra edad tiene lo que tú tienes.

—Oye, más respeto, que hablas con tu abuela.

—Se me escapó. Perdón.

***

En la doce, Mariela ya se había puesto un camisón de encaje y estaba recostada sobre la colcha. Bruno se tumbó a su lado, con las manos detrás de la nuca.

—Hijo, quiero preguntarte algo sin que te molestes —dijo ella.

—Claro, mamá. Dime.

—En la recepción noté algo raro. Tu mirada estaba clavada en la abuela. ¿Hay algo que quieras contarme?

El silencio se apoderó del cuarto. Bruno no supo qué responder a una pregunta tan directa.

—Mamá, ¿cómo se te ocurre?

—Solo respóndeme. ¿Te gustó lo que viste?

—No la estaba mirando.

—Yo creo que sí, pero te da vergüenza admitirlo.

—¿Y si así fuera, qué? —contestó él, un poco alterado.

—No te enojes. No voy a regañarte ni a decirte nada. Solo quiero entender.

—¡Es mi abuela!

—Mi madre todavía es una mujer guapa. Es natural que un hombre se fije. Ya eres todo un hombre, distingues a una mujer hermosa cuando la ves.

—Bueno, sí —admitió Bruno, bajando la voz—. La abuela todavía tiene unas curvas increíbles.

—Lo sabía. Sí la estabas mirando.

—Está bien, la miraba. ¿Contenta?

—Es lo más normal del mundo. Con ese cuerpo que tiene mi madre, dudo que su nieto sea el único.

Bruno se giró de lado para verla mejor.

—¿Y tú crees que sea normal?

—A ver, dime: ¿qué te gusta de una mujer? —preguntó ella, acomodándose para mirarlo de frente.

—No sé si deba hablar de esto contigo, mamá.

—Ya, vamos. Ahora mismo somos amigos, no madre e hijo.

—Me gustan las mujeres de pecho grande. Y con buenas caderas.

—A casi todos los hombres les gusta eso, ¿no?

—Supongo. Nos gusta sentir placer.

—¿Y ese tipo de cuerpo da placer?

—No es lo mismo estar con alguien voluptuoso que con alguien que no lo es.

—Explícame la diferencia.

—La diferencia está en lo que uno imagina. Por ejemplo, ahora mismo… tú…

—¿Yo qué? —preguntó Mariela.

Bruno tenía la mirada fija en el escote de su madre, que se desbordaba por el encaje del camisón. Mariela bajó la vista y descubrió que la mitad del pecho se le salía de la tela.

—Ay, perdón, hijo.

—No, mamá. Sirve perfecto para el ejemplo.

—¿Cómo crees? Te voy a traumar.

—Por favor. Estás estupenda. ¿Qué trauma ni qué nada?

—¿Tú crees?

—Lo que acabo de ver no deja trauma. Deja satisfacción.

Ella se rió, nerviosa, sin terminar de subirse la tela.

—Eres tremendo. ¿Quieres que siga explicándote o no?

—Un poco más, mamá. Deja que se vea un poco más.

—Que no se te olvide que soy tu madre.

—Es solo para que entiendas. No seas mojigata, estás con tu hijo.

Mariela deslizó el tirante hacia abajo, dejando casi todo el pecho a la vista, el borde del pezón asomando apenas.

No sé ni por qué estoy haciendo esto, pensó.

***

En la trece, Andrés se había encerrado en el baño y llevaba un buen rato sin salir. Carmen golpeó la puerta con los nudillos.

—Hijo, ¿está todo bien? Tardas mucho.

—No puedo salir, abuela.

—¿Por qué no?

—Me da vergüenza.

—¿Vergüenza? Si hace un rato me contabas que a tus amigos les gusta mi trasero.

—Esa es justo la razón por la que no puedo salir.

Carmen apoyó la frente en la puerta y entendió.

—¿Estás… así?

—Tengo una erección, abuela. Ya está, lo dije.

—Ay, por Dios. ¿Era necesario tanto detalle?

—Por eso no quería decir nada.

—Tranquilo, mi amor. No pasa nada, puedes confiar en mí.

—Gracias por entender.

—De nada. ¿Te estás masturbando?

—¡No!

—Pues tal vez deberías.

—¿Cómo dices?

—Que quizás deberías desahogarte. A los jóvenes les hace bien. No me asusto, hijo. ¿Crees que nunca fui joven?

—Es justo lo que no logro, abuela.

—¿Y por qué no?

—Me falta estímulo.

—Usa el teléfono, cielo. Busca a una mujer que te guste. ¿Cuál prefieres, tetona o de buenas caderas?

—De buenas caderas.

—Pues búscate una y desahógate.

—No es suficiente. No sé qué me pasa.

—A ver, dame un segundo.

***

En la doce, Mariela había notado el bulto que tensaba el pantalón de su hijo. No apartó la mirada.

—Veo que la charla te afectó.

—Lo siento, mamá. No era mi intención incomodarte.

—No me incomoda. De hecho, me halaga.

—¿En serio?

—Para una mujer de mi edad, es muy estimulante que un joven se fije en ella. ¿Esa erección es por mí?

—Sí, mamá. La verdad es que me encantaste.

—Ay, Dios. Ni siquiera sé por qué hago esto.

Mariela bajó el camisón del todo, dejando los pechos al descubierto.

—Qué pechos tienes, mamá.

—¿Te gustan?

—Muchísimo. Se ven increíbles.

—Te los muestro para que no te quedes con la duda. Para que no tengas que escucharlo de nadie.

—¿Sería mucho pedir que me dejaras tocarlos?

—¿De verdad te hace ilusión?

—Yo jamás voy a tener a una mujer como tú. Al menos quiero saber cómo se sienten.

—La vida me va a castigar por esto, pero tampoco puedo dejarte así. Mira nada más cómo estás.

Bruno se acercó y los abarcó con las manos. Eran suaves, pesados.

—Son muy suaves, mamá.

—¿Verdad que sí? Son tuyos. Disfrútalos.

—Siempre quise saber a qué saben los pezones de una mujer.

—¿Nunca probaste unos?

—Nunca. ¿Puedo?

—Anda, mi chiquito. Se nota que lo deseas con el alma.

Bruno bajó la cabeza y empezó a succionar. Mariela gimió por lo bajo al sentir la boca de su hijo cerrarse sobre ella.

—¿Te gusta lo que te hago?

—Me fascina. Sigue así.

***

Carmen volvió a tocar la puerta del baño, esta vez con algo en la mano.

—Hijo, ábreme un poco. No tienes que salir.

Andrés entreabrió la puerta. Su abuela metió la mano por la rendija. Entre los dedos sostenía una prenda de encaje negro.

—Toma.

—Abuela, ¿esto para qué? ¿Quieres que lo cuelgue?

—No, tonto. Es para ti. Lo necesitas.

—Abuela… ¿es para…?

—Sí. Para que te desahogues. Anda, tómala.

Andrés la tomó y cerró la puerta de nuevo. La voz de Carmen llegó amortiguada por la madera.

—Sabes usarla, ¿verdad?

—¿Me la pongo en la cara?

—Si quieres, pero es mejor si la enredas alrededor. El encaje roza y se disfruta más.

—Gracias por el consejo. Lo pondré en práctica.

—Que sepas que es mi favorita. Disfrútala.

***

En la doce, Bruno seguía con la boca pegada al pecho de su madre cuando se detuvo un segundo.

—Mamá, tengo que confesarte algo.

—Dime, cariño.

—Te he robado ropa interior del cajón.

—¿Que hiciste qué?

—Lo siento. Nunca creí que podría tenerte así. Necesitaba calmar la curiosidad de alguna forma.

Mariela suspiró, acariciándole el pelo mientras él volvía a su pecho.

—Quizás todo esto sea culpa mía.

—¿A qué te refieres?

—Siempre tuve mucho pecho y nunca lo escondí de ti. Debí entender que ya eras un hombre, que despertaría algo en ti. Tal vez te hice mal.

Él no respondió. La lengua le recorría los pezones, dejándolos brillantes de saliva.

—Así que lo más justo es que, si yo provoqué esto, sea yo quien lo calme.

—¿De verdad, mamá?

—Dime qué quieres hacerle a tu madre.

—Siempre me imaginé… entre tus pechos.

—Hecho. Pero de esto, ni una palabra a nadie. ¿Cómo me pongo?

***

—¿Cómo vas, mi amor? —preguntó Carmen desde el otro lado de la puerta.

—Se siente riquísima, abuela. Gracias.

—Me alegro, pero necesito que termines pronto.

—¿Por qué?

—Porque quiero usar el baño y ya no aguanto.

—No puedo terminar, abuela. Se siente bien, pero necesito más.

—Ábreme, anda.

—¿Cómo crees? Me da vergüenza.

—Hijo, te estás masturbando con mi ropa interior. ¿Y ahora te da vergüenza?

—Tienes razón.

Andrés abrió despacio. Carmen entró y lo encontró sentado en el borde del retrete, las manos sobre el regazo. Cuando él las apartó, ella se quedó mirando.

—Mira nada más cómo estás, cielo.

—Lo siento, abuela.

—No hay nada que perdonar. Eres joven, lo necesitas. Y me halaga que un muchacho así piense en mí.

—A veces se me pone tan dura que no logro calmarme.

—Claro que no, así nunca vas a poder dormir. Lo mejor será un estímulo directo.

—¿Directo?

—Esto pasa una sola vez en la vida, papito. Disfrútalo, y ni una palabra a tu tía ni a tu primo.

Carmen se bajó el pijama, descubriendo aquel trasero amplio y firme. Se puso de espaldas y, despacio, se sentó sobre él. Andrés contuvo el aire.

—Qué caderas tienes, abuela.

—¿Te gustan? Ahora mismo son tuyas.

***

En la doce, Mariela se había arrodillado frente a la cama y Bruno se sentó en el borde.

—Lo voy a pasar entre tus pechos, ¿está bien? —preguntó él.

—Adelante, mi amor.

—Mamá, me raspa un poco.

—¿Y eso cómo se arregla?

—Deja caer un poco de saliva entre ellos.

—¿Seguro que es así?

—Segurísimo.

Mariela dejó caer un hilo de saliva que resbaló por su escote. Después juntó los pechos con las dos manos y empezó a moverlos despacio, arriba y abajo. Bruno cerró los ojos.

—Así, mamá. Aprendiste rápido.

—Disfruta, mi vida. Eres el mejor hijo que pude tener.

El ritmo subió. Mariela apretaba más fuerte, los pechos resbalando una y otra vez.

—Mamá, me voy a correr.

—Adelante. Tienes todo el derecho. Córrete para tu madre.

Bruno se tensó, dejó escapar un gemido largo y terminó sobre el pecho de Mariela, que no dejó de moverse hasta la última gota. Se quedaron así, jadeando, ella mirándolo con una sonrisa que no era del todo inocente.

***

En la trece, Carmen había empezado a moverse sobre su nieto, las caderas subiendo y bajando con un ritmo cada vez más firme.

—Qué caderas, abuela.

—¿Te gusta cómo te lo hago?

—Me encanta. Y todavía aprietas muchísimo.

Andrés se aferró a su cintura. El calor del cuarto, el sonido de la piel y la voz ronca de su abuela lo empujaban al límite.

—Abuela, ya no aguanto.

—Yo tampoco, hijo. Aprovecha, que conmigo puedes terminar dentro sin problema.

Él la sujetó con fuerza y se dejó ir. Carmen se quedó quieta, sintiéndolo, y después soltó una risa baja, satisfecha, mientras recuperaba el aliento.

—Ya está, mi amor. Ahora sí podrás dormir.

Al otro lado de la pared, en la doce, Mariela escuchaba todo y entendía perfectamente lo que ocurría. Sonrió en la penumbra y se acomodó junto a su hijo. Nadie volvería a hablar de esa noche, pero ninguno de los cuatro la olvidaría.

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Comentarios (5)

Facundo_C

tremendo relato, me tuvo enganchado de principio a fin!

juancho88

que situacion la del hotel jajaja. esperando la segunda parte si la hay!

CarlosT_98

me recordo a un viaje familiar de cuando era chico, aunque obviamente nada que ver con esto jaja. muy buen relato, bien escrito

LaGata_nocturna

increible como lo escribiste, se siente todo muy real. like

LecturaViva_33

buen ritmo y bien narrado desde el principio. la tension esta muy bien lograda, sigue escribiendo

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