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Relatos Ardientes

La noche en el hotel con mamá y la abuela

El viaje hasta el pueblo de sus abuelos era largo, y Mariela llevaba al volante desde el mediodía. En el auto iban su hijo Bruno, de veinte años, su madre Carmen y su sobrino Andrés, que acababa de cumplir veintiuno. Las fiestas patronales no empezaban hasta el día siguiente, así que cuando cayó la noche decidieron parar en un hotel de paso al borde de la carretera. Más valía descansar que llegar agotados.

Mariela tenía un cuerpo que todavía hacía girar cabezas: pecho generoso, piernas firmes y unas caderas que ningún vestido lograba disimular. Su madre, Carmen, a pesar de los años conservaba la misma figura llamativa, con un trasero aún más rotundo que el de su hija. Eran dos mujeres acostumbradas a las miradas, aunque fingieran no notarlas.

En la recepción, el empleado tardó en aparecer. Cuando lo hizo, Mariela apoyó los codos en el mostrador.

—Dos habitaciones dobles, por favor —pidió.

—Lo lamento, señora, el hotel está casi lleno. Solo me quedan sencillas.

Mariela miró a su madre. Repartir cuatro personas en camas individuales no era sencillo.

—¿Te molestaría dormir con la abuela esta noche? —preguntó Carmen a Andrés—. El lugar no me da confianza para quedarme sola.

—Para nada, abuela —respondió el muchacho, encogiéndose de hombros—. No hay problema.

—Listo, entonces —dijo Mariela—. Andrés contigo, mamá, y Bruno se queda conmigo.

El empleado les dio las llaves. Subieron hasta el último piso. Las habitaciones eran contiguas: la doce y la trece, una pared de por medio.

—Tengo la doce —dijo Mariela—. ¿Y tú?

—La trece. Justo al lado —contestó Carmen.

Cada quien entró con su pareja de habitación, y la puerta se cerró tras ellos.

***

Carmen dejó la maleta sobre el sillón y se sentó al borde de la única cama. El calor era pegajoso. Andrés se asomó al balcón mientras se aflojaba el cuello de la camisa.

—Espero que no te dé vergüenza dormir conmigo —dijo ella—. Ya soy una vieja.

—Por favor, abuela. Estás más guapa que muchas chicas de mi facultad.

Carmen soltó una risa corta, incrédula.

—Qué cosas dices. ¿Me crees tonta?

—Es en serio. Hasta mis compañeros dicen cosas de ti que, si las escucharas, sabrías que no miento.

Ella se recostó en la cama, mirando el techo, sofocada por el bochorno.

—¿Qué clase de cosas?

—No pienso decírtelas. Eres mi abuela.

—¿Tienen que ver con mi cuerpo?

El silencio fue suficiente respuesta.

—No te burles de mí —murmuró Carmen.

—Todo lo contrario. Les gustas, y mucho.

Las palabras se quedaron flotando en el cuarto. Hacía años que Carmen no tenía a nadie. La idea de gustarle a un veinteañero no le resultó tan absurda como debería.

—Anda, dime qué dicen y no te molesto más.

—¿Estás segura? Son cosas fuertes.

—No soy ninguna mojigata. También fui joven, aunque no lo creas. Estoy curada de espanto.

Andrés la miró un instante, dudando.

—Dicen que mi abuela tiene un culo como para no bajarse de él en todo el día. Que se la follarían por horas hasta dejarla llena de leche.

Carmen abrió los ojos y se llevó una mano a la boca.

—¿En serio? ¿Eso dicen?

—No solo eso. También hablan de tus tetas. Que quieren mamártelas hasta cansarse.

—Madre santa, qué muchachos. ¿Por qué no se fijan en alguna de su edad?

—Porque ninguna de nuestra edad tiene lo que tú tienes.

—Oye, más respeto, que hablas con tu abuela.

—Se me escapó. Perdón.

***

En la doce, Mariela ya se había puesto un camisón de encaje y estaba recostada sobre la colcha. Bruno se tumbó a su lado, con las manos detrás de la nuca.

—Hijo, quiero preguntarte algo sin que te molestes —dijo ella.

—Claro, mamá. Dime.

—En la recepción noté algo raro. Tu mirada estaba clavada en la abuela. ¿Hay algo que quieras contarme?

El silencio se apoderó del cuarto. Bruno no supo qué responder a una pregunta tan directa.

—Mamá, ¿cómo se te ocurre?

—Solo respóndeme. ¿Te gustó lo que viste?

—No la estaba mirando.

—Yo creo que sí, pero te da vergüenza admitirlo.

—¿Y si así fuera, qué? —contestó él, un poco alterado.

—No te enojes. No voy a regañarte ni a decirte nada. Solo quiero entender.

—¡Es mi abuela!

—Mi madre todavía es una mujer guapa. Es natural que un hombre se fije. Ya eres todo un hombre, distingues a una mujer hermosa cuando la ves.

—Bueno, sí —admitió Bruno, bajando la voz—. La abuela todavía tiene unas curvas increíbles.

—Lo sabía. Sí la estabas mirando.

—Está bien, la miraba. ¿Contenta?

—Es lo más normal del mundo. Con ese cuerpo que tiene mi madre, dudo que su nieto sea el único.

Bruno se giró de lado para verla mejor.

—¿Y tú crees que sea normal?

—A ver, dime: ¿qué te gusta de una mujer? —preguntó ella, acomodándose para mirarlo de frente.

—No sé si deba hablar de esto contigo, mamá.

—Ya, vamos. Ahora mismo somos amigos, no madre e hijo.

—Me gustan las tetonas. Y con buen culo.

—A casi todos los hombres les gusta eso, ¿no?

—Supongo. Nos gusta sentir placer.

—¿Y ese tipo de cuerpo da placer?

—No es lo mismo follarte a alguien voluptuoso que a alguien que no lo es.

—Explícame la diferencia.

—La diferencia está en lo que uno imagina. Por ejemplo, ahora mismo… tú…

—¿Yo qué? —preguntó Mariela.

Bruno tenía la mirada fija en el escote de su madre, que se desbordaba por el encaje del camisón. Mariela bajó la vista y descubrió que la mitad del pecho se le salía de la tela.

—Ay, perdón, hijo.

—No, mamá. Sirve perfecto para el ejemplo.

—¿Cómo crees? Te voy a traumar.

—Por favor. Estás estupenda. ¿Qué trauma ni qué nada?

—¿Tú crees?

—Lo que acabo de ver no deja trauma. Deja la polla dura, mamá.

Ella se rió, nerviosa, sin terminar de subirse la tela.

—Eres tremendo. ¿Quieres que siga explicándote o no?

—Un poco más, mamá. Deja que se vea un poco más.

—Que no se te olvide que soy tu madre.

—Es solo para que entiendas. No seas mojigata, estás con tu hijo.

Mariela deslizó el tirante hacia abajo, dejando casi toda la teta a la vista, el pezón oscuro y grueso asomando apenas por el borde del encaje.

No sé ni por qué estoy haciendo esto, pensó.

***

En la trece, Andrés se había encerrado en el baño y llevaba un buen rato sin salir. Carmen golpeó la puerta con los nudillos.

—Hijo, ¿está todo bien? Tardas mucho.

—No puedo salir, abuela.

—¿Por qué no?

—Me da vergüenza.

—¿Vergüenza? Si hace un rato me contabas que a tus amigos les gusta mi trasero.

—Esa es justo la razón por la que no puedo salir.

Carmen apoyó la frente en la puerta y entendió.

—¿Estás… así?

—Se me paró, abuela. Tengo la verga tiesa. Ya está, lo dije.

—Ay, por Dios. ¿Era necesario tanto detalle?

—Por eso no quería decir nada.

—Tranquilo, mi amor. No pasa nada, puedes confiar en mí.

—Gracias por entender.

—De nada. ¿Te estás masturbando?

—¡No!

—Pues tal vez deberías.

—¿Cómo dices?

—Que quizás deberías cascártela y correrte. A los jóvenes les hace bien. No me asusto, hijo. ¿Crees que nunca fui joven?

—Es justo lo que no logro, abuela.

—¿Y por qué no?

—Me falta estímulo.

—Usa el teléfono, cielo. Busca alguna cochinada. ¿Cuál prefieres, tetona o culona?

—Culona.

—Pues búscate una y hazte una paja tranquilo.

—No es suficiente. No sé qué me pasa.

—A ver, dame un segundo.

***

En la doce, Mariela había notado el bulto que tensaba el pantalón de su hijo. No apartó la mirada. La polla marcaba el algodón del pantalón, gruesa, palpitando por su cuenta.

—Veo que la charla te afectó.

—Lo siento, mamá. No era mi intención incomodarte.

—No me incomoda. De hecho, me halaga.

—¿En serio?

—Para una mujer de mi edad, es muy estimulante que un joven se le ponga dura. ¿Esa erección es por mí?

—Sí, mamá. La verdad es que me tienes loco. Se me puso así con solo verte las tetas.

—Ay, Dios. Ni siquiera sé por qué hago esto.

Mariela bajó el camisón del todo, dejando las tetas al descubierto, pesadas, cayendo apenas por su propio peso, los pezones oscuros y despiertos apuntando al techo.

—Qué tetas tienes, mamá. Joder.

—¿Te gustan?

—Muchísimo. Están tremendas. Me quiero correr encima de ellas.

—Te las muestro para que no te quedes con la duda. Para que no tengas que escucharlo de nadie.

—¿Sería mucho pedir que me dejaras tocarlas?

—¿De verdad te hace ilusión?

—Yo jamás voy a tener a una mujer como tú. Al menos quiero saber cómo se sienten.

—La vida me va a castigar por esto, pero tampoco puedo dejarte así. Mira nada más cómo estás.

Bruno se acercó y las abarcó con las manos. Eran suaves, pesadas, la carne desbordándose entre los dedos por más que apretara. Los pezones se le endurecieron contra las palmas, gruesos como frambuesas maduras. Mariela dejó escapar un jadeo cuando su hijo se los pellizcó y los rodó entre los dedos, tirando de ellos con la torpeza del que nunca ha tocado unos así.

—Son muy suaves, mamá.

—¿Verdad que sí? Son tuyas. Disfrútalas. Chúpamelas si quieres.

—Siempre quise saber a qué saben los pezones de una mujer.

—¿Nunca probaste unos?

—Nunca. ¿Puedo?

—Anda, mi chiquito. Se nota que lo deseas con el alma.

Bruno bajó la cabeza y se metió el pezón entero en la boca. Chupó con hambre, sin medida, la lengua girando alrededor del botón duro, los dientes rozándolo apenas. Mariela gimió por lo bajo al sentir la boca de su hijo cerrarse sobre ella, y arqueó la espalda para meterle más carne. El chico pasó al otro pecho, lo mamó igual de fuerte, dejando la piel brillante de saliva. Le mordió el pezón con cuidado y Mariela apretó los muslos: la humedad entre las piernas la había traicionado hacía rato.

—¿Te gusta lo que te hago?

—Me fascina. Sigue así, chúpame las tetas como si fueras un bebé. Dios, qué caliente estás.

Bruno le agarró las dos tetas al mismo tiempo, las juntó y saltó de un pezón al otro, chupándolos alternado, mordiéndolos, embadurnándolos de saliva. Mariela le pasó la mano por la nuca y lo apretó contra su pecho.

—Así, mi vida. Mama de tu madre. Mama todo lo que quieras.

***

Carmen volvió a tocar la puerta del baño, esta vez con algo en la mano.

—Hijo, ábreme un poco. No tienes que salir.

Andrés entreabrió la puerta. Su abuela metió la mano por la rendija. Entre los dedos sostenía una tanga de encaje negro.

—Toma.

—Abuela, ¿esto para qué? ¿Quieres que lo cuelgue?

—No, tonto. Es para ti. Lo necesitas.

—Abuela… ¿es para…?

—Sí. Para que te hagas una paja rico. Anda, tómala. Todavía está tibia.

Andrés la tomó y cerró la puerta de nuevo. La voz de Carmen llegó amortiguada por la madera.

—Sabes usarla, ¿verdad?

—¿Me la pongo en la cara?

—Si quieres, pero es mejor si la enredas alrededor de la verga. El encaje roza y se disfruta más.

—Gracias por el consejo. Lo pondré en práctica.

—Que sepas que es mi favorita. La tenía puesta hace dos días. Huélela bien y disfrútala.

Andrés se sentó en el retrete y se hundió la tanga en la cara. Olía a jabón viejo y a algo más, algo íntimo, el rastro tibio del sexo de una mujer. Se le tensó la polla como si le hubieran dado un latigazo. La enredó despacio alrededor del glande, el encaje raspando la punta, y empezó a bombear con el puño cerrado. Cada pasada le arrancaba un jadeo. Se imaginaba a su abuela poniéndose esa tanga, subiéndola por aquellos muslos gruesos, ajustándola sobre aquel culo enorme que se sacudía al caminar.

***

En la doce, Bruno seguía con la boca pegada a la teta de su madre cuando se detuvo un segundo. Se apartó con los labios brillantes y el pezón salió de su boca con un chasquido húmedo.

—Mamá, tengo que confesarte algo.

—Dime, cariño.

—Te he robado ropa interior del cajón. Bragas usadas. Las que dejas en la cesta.

—¿Que hiciste qué?

—Lo siento. Me hacía pajas con ellas. Me las metía en la boca mientras me la sacudía. Nunca creí que podría tenerte así. Necesitaba calmar la curiosidad de alguna forma.

Mariela suspiró, acariciándole el pelo mientras él volvía a chuparle el pecho.

—Quizás todo esto sea culpa mía.

—¿A qué te refieres?

—Siempre tuve mucho pecho y nunca lo escondí de ti. Debí entender que ya eras un hombre, que despertaría algo en ti. Tal vez te hice mal.

Él no respondió. La lengua le recorría los pezones, dejándolos brillantes de saliva, tirando de ellos entre los dientes hasta hacerla gemir.

—Así que lo más justo es que, si yo provoqué esto, sea yo quien te lo calme. Yo te voy a vaciar las bolas, mi amor. Nadie más que tu madre.

—¿De verdad, mamá?

—Dime qué quieres hacerle a tu madre. Sin pena. Dilo sucio.

—Siempre me imaginé follándote las tetas. Metértela entre las tetas y correrme en tu cara.

—Hecho. Pero de esto, ni una palabra a nadie. ¿Cómo me pongo?

***

—¿Cómo vas, mi amor? —preguntó Carmen desde el otro lado de la puerta.

—Se siente riquísima, abuela. Gracias. Me la estoy meneando bien duro.

—Me alegro, pero necesito que termines pronto.

—¿Por qué?

—Porque quiero usar el baño y ya no aguanto.

—No puedo terminar, abuela. Se siente bien, pero necesito más. Me hace falta algo de verdad.

—Ábreme, anda.

—¿Cómo crees? Me da vergüenza.

—Hijo, te estás cascando la polla con mis bragas. ¿Y ahora te da vergüenza?

—Tienes razón.

Andrés abrió despacio. Carmen entró y lo encontró sentado en el borde del retrete, las manos sobre el regazo, la tanga colgando entre los dedos. Cuando él las apartó, ella se quedó mirando. La polla del nieto era gruesa, oscura, apuntando al techo, la punta hinchada y mojada del líquido que se le escapaba.

—Mira nada más cómo estás, cielo. Mira qué vergota tienes.

—Lo siento, abuela.

—No hay nada que perdonar. Eres joven, la necesitas usar. Y me halaga que un muchacho así piense en mí para acabar.

—A veces se me pone tan dura que no logro correrme yo solo.

—Claro que no, así nunca vas a poder dormir. Lo mejor será un estímulo directo. Necesitas coño, hijo. Necesitas un buen culo apretado.

—¿Directo?

—Esto pasa una sola vez en la vida, papito. Disfrútalo, y ni una palabra a tu tía ni a tu primo.

Carmen se bajó el pijama despacio, deslizándolo por aquellos muslos gruesos, y se quedó en cueros de la cintura para abajo, descubriendo aquel trasero amplio y firme, las dos nalgas pesadas separándose apenas al agacharse. El vello del sexo apenas se veía, recortado, oscuro, y la carne del pubis se abría en dos labios gruesos que ya brillaban de humedad. Se puso de espaldas y, despacio, se sentó sobre él, encajándole la polla entre las nalgas. Andrés contuvo el aire al sentir toda esa carne caliente engullirle la verga.

—Qué culo tienes, abuela. Joder, es enorme.

—¿Te gusta? Ahora mismo es tuyo.

Carmen empezó a moverse. No lo tenía dentro del coño todavía, solo restregaba la raja del culo contra la verga del nieto, aplastándola entre las nalgas, dejando que el glande le rozara la entrada. Andrés le agarró la cintura con las dos manos, hundiendo los dedos en la carne blanda. Le tocó las nalgas, las abrió, las apretó, incrédulo de tener aquello entre las manos.

—Métemela ya, hijo. Métemela en el coño y fóllame como te mereces.

Andrés echó mano de su polla y la guió. La cabeza se hundió sin esfuerzo entre los labios empapados de su abuela, y el resto entró de una sola embestida. Carmen soltó un jadeo grave, casi un ronroneo, y empezó a rebotar sobre él. El culo enorme le golpeaba los muslos al chico con un sonido húmedo, plaf, plaf, plaf, la carne temblando en cada bajada. Andrés miraba embobado cómo aquellas dos nalgas se abrían y se cerraban sobre su verga, tragándosela entera cada vez.

—Así, hijo, así se folla a tu abuela. Rómpeme el coño. Vacíamela dentro.

***

En la doce, Mariela se había arrodillado frente a la cama y Bruno se sentó en el borde. Ella le bajó el pantalón y el bóxer de un tirón. La polla del chico saltó fuera, dura, roja, la punta mojada. Mariela abrió los ojos y sonrió despacio, como si valorara a un caballo antes de comprarlo.

—Mira lo que tenía escondido mi hijo. Ven, deja que mamá le dé un beso primero.

Se agachó y le pasó la lengua por toda la verga, de la base hasta la punta. Después se metió el glande en la boca y empezó a mamársela con calma, girando la lengua por la corona, chupando la punta con los labios apretados. Bruno gimió y le agarró el pelo con las dos manos.

—Mamá, no me lo puedo creer. Me la estás chupando de verdad.

Mariela se la sacó de la boca con un pop húmedo y le sopló despacio sobre la punta.

—Es que primero hay que dejarla bien mojada, mi vida. Para que resbale rico entre las tetas.

Volvió a metérsela hasta el fondo, ahora más profundo, y ahogó una arcada cuando el glande le tocó la garganta. Sacó la lengua bajo la polla y la lamió mientras la tenía dentro, con los ojos llorosos y el rímel corrido, mirándolo desde abajo como una guarra. Después se apartó, jadeando, dejando un hilo de saliva colgando de la barbilla al glande.

—Lo voy a pasar entre tus tetas, ¿está bien? —preguntó él.

—Adelante, mi amor. Fóllame las tetas.

Bruno le puso la polla en el escote y empezó a empujar. Ella se apretó las tetas alrededor.

—Mamá, me raspa un poco.

—¿Y eso cómo se arregla?

—Deja caer un poco de saliva entre ellas.

—¿Seguro que es así?

—Segurísimo.

Mariela sacó la lengua y dejó caer un hilo espeso de saliva que resbaló por el escote hasta el nacimiento del vientre. Después juntó las tetas con las dos manos y empezó a moverlas despacio, arriba y abajo, envolviendo la verga de su hijo en un canal de carne resbalosa. La punta le asomaba entre los pechos en cada empuje y Mariela agachaba la cabeza para lamerla cada vez que aparecía. Bruno cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás.

—Así, mamá. Aprendiste rápido. Dios, se siente increíble.

—Disfruta, mi vida. Eres el mejor hijo que pude tener. Fóllame las tetas, hijo, dale duro.

El ritmo subió. Mariela apretaba más fuerte, las tetas resbalando una y otra vez sobre la polla mojada de saliva. Bruno empezó a embestirle el escote, moviendo las caderas, follándole las tetas como si fueran un coño. Cada empuje hacía saltar la carne. La madre sacaba la lengua y lamía la punta cuando pasaba, chupándola apenas, jadeando entre los pechos apretados.

—Chúpala, mamá, chupa la punta.

Mariela obedeció. En cada aparición del glande, ella lo atrapaba con los labios y lo besaba, lo lamía, lo dejaba brillante. Bruno sintió que las bolas se le tensaban.

—Mamá, me voy a correr.

—Adelante. Tienes todo el derecho. Córrete para tu madre. Córrete en mis tetas, en mi cara, donde quieras.

—¿Dónde te la echo?

—Todo encima, mi amor. Que me chorree por todos lados.

Bruno se tensó, dejó escapar un gemido largo y empezó a correrse. El primer chorro le salpicó la cara a Mariela, cruzándole la mejilla y la boca abierta. El segundo cayó sobre las tetas, blanco y espeso, resbalando entre ellas. El tercero, el cuarto, el quinto, todos sobre el pecho, sobre el cuello, un charco de semen tibio que la madre siguió repartiendo con la polla, sin dejar de mover las tetas hasta la última gota. Se quedaron así, jadeando, ella mirándolo con una sonrisa que no era del todo inocente, el semen chorreándole por el escote, la lengua fuera relamiéndose una gota de la comisura.

—Qué rico se te sale, hijo. Está calentito.

***

En la trece, Carmen había empezado a moverse sobre su nieto, las caderas subiendo y bajando con un ritmo cada vez más firme. Se habían pasado a la cama. Ella estaba a cuatro patas sobre el colchón y Andrés la embestía por detrás, agarrado a aquellas caderas anchas. Cada nalgada le sacaba a la abuela un grito ronco.

—Qué culo, abuela. Qué culo enorme tienes.

—¿Te gusta cómo te lo hago? Rompe el coño de tu abuela, papito.

—Me encanta. Y todavía aprietas muchísimo. Estás bien apretada por dentro.

—Es que hace años que nadie me la mete. Métemela hasta el fondo, mi amor. Toda la vergota adentro.

Andrés se aferró a su cintura y aceleró. Le agarró el pelo y tiró de él, arqueándole la espalda. Carmen soltó un gemido gutural y empezó a echar el culo hacia atrás, saliendo al encuentro de cada embestida. El sonido de las nalgas chocando contra las caderas del nieto llenaba el cuarto. El chico le pasó una mano por el costado y le atrapó una teta, apretándola, pellizcándole el pezón. La abuela colgaba de la cama como una perra en celo.

—Toca mi culo, hijo. Ábrelo. Mira cómo te lo estás follando.

Andrés le separó las nalgas con las dos manos. Vio su propia polla entrando y saliendo del coño de su abuela, brillante, cubierta de flujo, la carne rosada abriéndose a su paso. Se le escapó un jadeo.

—Joder, abuela, se te ve todo.

—Pues mira, cielo. Mira cómo se folla a una mujer de verdad.

Ella se giró de pronto, se lo quitó de encima y lo tumbó boca arriba. Volvió a montarlo, ahora de frente, dejando caer todo el peso sobre él. Las tetas le colgaban delante de la cara. Andrés estiró el cuello y se metió una en la boca. Carmen empezó a cabalgarlo, las caderas moviéndose en círculos, aplastándole las bolas contra sus propias nalgas. El calor del cuarto, el sonido de la piel golpeando piel, la voz ronca de su abuela y el olor a sexo que se había apoderado del aire lo empujaban al límite.

—Abuela, ya no aguanto.

—Yo tampoco, hijo. Aprovecha, que conmigo puedes correrte dentro sin problema. Lléname el coño, mi amor. Lléname toda.

—¿Seguro?

—Segurísimo. Suelta toda la leche adentro de tu abuela.

Él la sujetó con fuerza por las caderas y clavó los dedos en la carne mientras ella se dejaba caer una última vez, hundiéndose entera. Andrés soltó un rugido y se dejó ir. Sintió cómo se corría a chorros dentro de ella, oleada tras oleada, la polla latiendo contra las paredes calientes del coño de su abuela. Carmen se quedó quieta, sintiéndolo, apretando los músculos por dentro para ordeñarlo hasta la última gota. Después soltó una risa baja, satisfecha, mientras recuperaba el aliento. Se levantó despacio y el semen del nieto empezó a escurrirle por el muslo.

—Ya está, mi amor. Ahora sí podrás dormir. Mira cómo me dejaste el coño, chorreando.

Al otro lado de la pared, en la doce, Mariela escuchaba todo, cada gemido, cada golpe de la cama contra el tabique, y entendía perfectamente lo que ocurría. Se pasó los dedos por el pecho, recogiendo un poco del semen de su hijo, y se los llevó a la boca. Sonrió en la penumbra y se acomodó junto a Bruno, apoyándole la mejilla en el hombro. Nadie volvería a hablar de esa noche, pero ninguno de los cuatro la olvidaría.

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Comentarios(9)

Facundo_C

tremendo relato, me tuvo enganchado de principio a fin!

juancho88

que situacion la del hotel jajaja. esperando la segunda parte si la hay!

CarlosT_98

me recordo a un viaje familiar de cuando era chico, aunque obviamente nada que ver con esto jaja. muy buen relato, bien escrito

LaGata_nocturna

increible como lo escribiste, se siente todo muy real. like

LecturaViva_33

buen ritmo y bien narrado desde el principio. la tension esta muy bien lograda, sigue escribiendo

Lautaro_CR

se hizo corto, quede con ganas de saber como siguio todo. mas por favor

SebaSol77

excelente!!!

nocheslocas22

muy bueno, me gusto como fuiste construyendo la situacion de a poco. ojala haya continuacion

RobertoM_Sur

interesante planteo, aunque me hubiera gustado un poco mas de desarrollo. igual buen trabajo

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