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Relatos Ardientes

Lo que mi sobrina planeó en la casa de campo

Marina entró en el salón con las mejillas todavía rojas del sol y me miró como si nada hubiera pasado esa mañana. Después giró la cabeza hacia su madre, que acababa de sentarse en el sofá.

—Mamá, qué cara traes, ni que hubieras corrido una maratón.

—Estoy un poco cansada, voy a recostarme un rato —respondió Lucía, y se perdió por el pasillo hacia el dormitorio.

Cuando nos quedamos solos, mi sobrina se acercó con esa sonrisa que ya empezaba a conocer demasiado bien.

—¿Y qué tal fue con ella? —preguntó en voz baja.

—Increíble. Seguro que va a querer más —admití.

—Ven, tío. Vamos al cuarto de la bomba y las herramientas, tengo algo para ti.

Dentro, entre el olor a tierra húmeda y aceite de motor, Marina cerró la puerta con el pestillo. Antes de que pudiera decir nada, ya tenía su mano metida dentro de mi pantalón.

—Ahora me toca a mí —susurró.

Se bajó los leggings y la tanga de un tirón, me besó con la lengua hundida casi en mi garganta y me apretó contra ella.

—Quiero sentirte dentro otra vez.

—Sabes perfectamente por dónde tienes que empezar —le dije, y ella no necesitó más.

Se arrodilló sobre el cemento frío, me bajó el pantalón y se la metió en la boca con una avidez que no fingía. La sacaba, la lamía despacio de la base a la punta y volvía a tragarla entera, como si quisiera comérsela. Después se subió a una mesa de trabajo, se quitó la camiseta y levantó las piernas, abriéndose para mí sin un gramo de pudor.

Me arrimé y la penetré de una sola embestida. Marina se agarró de mis hombros y me cruzó las piernas por detrás de la cintura. Fue una follada dura, rápida, los dos sabiendo que su madre dormía a treinta metros. Acabamos casi a la vez, ahogando los gemidos contra el hombro del otro.

Pasamos buena parte de la tarde cortando el césped y fingiendo normalidad. Merendamos los tres en la galería. Luego Marina anunció que se iba a casa de una amiga, y me guiñó el ojo cuando su madre no miraba. Sabía exactamente lo que hacía al dejarme solo con Lucía.

***

Estaba sentado en el sillón hamaca, fumando un cigarrillo, cuando me entraron ganas de ir al baño. Entré en la casa, crucé el pasillo en penumbra y me encerré. Acababa de terminar cuando la puerta se abrió sin aviso.

Era Lucía. No dijo una palabra. Me agarró la polla con la mano todavía fresca y empezó a masturbarme mientras me pasaba la lengua por el lóbulo de la oreja. No tardé nada en ponerme duro. Mi cuñada se sentó en la tapa del inodoro, se la metió en la boca y, entre lametazos, murmuró:

—Quiero más. Más polla y más de lo de antes.

Estábamos en plena faena cuando una voz nos congeló:

—¡Mamá!

Marina estaba parada en el umbral. Había vuelto antes de tiempo. Lucía se quedó blanca, con la polla todavía entre los labios, sin atreverse a moverse.

—Mamá, no seas egoísta —dijo mi sobrina avanzando un paso—. Dame un poco a mí también.

Se acercó con una calma que no encajaba con la escena, apartó a su madre con suavidad y se la metió en la boca dándome un par de chupadas largas. Lucía la miraba como si no la reconociera.

—Qué grandota la tienes, tío —dijo Marina con una naturalidad pasmosa—. Sigue, que me voy a poner cómoda.

Lucía seguía paralizada, los ojos clavados en mí, preguntándome en silencio qué demonios hacíamos. La tomé de la cabeza y guié su boca de vuelta a mi polla. Empezó a moverse de nuevo, primero por inercia, luego con ganas, mientras su hija se desnudaba a un metro de nosotras.

Marina se arrodilló otra vez, le sacó la polla a su madre de la boca, me la masturbó despacio y volvió a chupármela como solo ella sabía. Lucía la observaba mamar sin decir nada, atrapada entre el escándalo y algo que se parecía mucho al deseo.

—Mamá, ¿qué haces vestida? —dijo Marina sin soltarme—. Quítate la ropa.

Como en sueños, Lucía obedeció a su hija. Se puso de pie y se desnudó despacio, prenda por prenda, mientras mi sobrina no paraba de mamármela.

—Quiero ver cómo te portas con el tío. A ver si te animas a tragártela toda.

Me senté en la tapa del inodoro y tiré de la mano de mi cuñada hacia mí. Lucía se arrodilló y me la chupó con fuerza, intentando metérsela entera hasta atragantarse.

—Lo haces muy bien, mamá —la animaba Marina, pasándose la mano entre las piernas.

Lucía succionaba, la sacaba, me recorría el tronco con la lengua y volvía a hundírsela en la garganta. Yo atraje a Marina hacia mí y le metí la mano entre las piernas; ella se apoyó de espaldas en el lavabo, inclinada hacia delante, mojada y abierta para mis dedos.

De pronto, mi cuñada dejó de chupar, se incorporó, se montó a horcajadas sobre mí y se enterró toda la polla de un golpe.

—Ahhh… —gimió, larga y grave.

—Mamá, déjame un poco a mí también —protestó Marina girando la cabeza.

Lucía cabalgaba como si quisiera recuperar años perdidos. Cuando oyó a su hija, jadeó sin dejar de moverse:

—Te vas a follar a mi hija también, Ramón… ahhh… no puedo más…

No terminó la frase. Se estremeció entera, apretó los muslos contra los míos y se corrió temblando sobre mí, hasta quedar quieta, apoyada en mi hombro y respirando entrecortada. A mi lado, Marina se contoneaba contra mis dedos.

Lucía se levantó, me limpió la polla con un par de chupadas y le cedió el sitio a su hija. Marina se sentó encima y empezó a cabalgarme como una loca. No aguantó mucho: se corrió con un orgasmo que la sacudió de arriba abajo.

—¡Ahhh… esto es una locura! —gritó.

En ese mismo instante me vacié dentro de ella.

***

Nos pusimos unas batas y fuimos a la cocina, las piernas todavía flojas. Lucía me miró por encima de la taza de café.

—Te has acostado con mi hija, Ramón.

Marina la miró sin pestañear.

—Mamá, no es la primera vez. El tío y yo lo hemos hecho más veces.

Lucía abrió mucho los ojos, pero no había reproche en ellos.

—No te puedo decir nada, Marina. Tiene un instrumento increíble.

—Mamá, no sabía que eras tan fogosa —rió mi sobrina.

—Es que hace mucho que tu padre no me toca. Y cuando sentí esto detrás de mí, no pude contenerme.

Seguimos así el resto de la tarde, entre manoseos, caricias y bocas que iban de un cuerpo a otro, parando solo para comer algo, hasta quedar exhaustos.

Dormimos los tres en la cama de matrimonio, yo en el medio y ellas a cada lado. De madrugada, con el primer canto de los pájaros, sentí una mano que hurgaba entre mis piernas. Se me puso dura enseguida. Era Lucía. Me acarició y empezó a chupármela en silencio, mientras Marina dormía profundamente.

Estuvimos un buen rato así, sin más ruido que las aves del campo. Luego nos levantamos y salimos a la galería para no despertar a la chica. Allí, en el sillón hamaca, Lucía se puso a cuatro patas. La ensarté despacio y la follé largo, sin prisa, hasta que acabamos los dos disfrutando cada segundo.

Estábamos preparando café cuando Marina entró en la cocina, estirándose.

—Buenos días.

—Buenos días, hija —dijo Lucía.

—Buenos días —murmuré yo.

—¿Lleváis mucho rato levantados? —preguntó con una ceja arqueada.

—Sí, el canto de los pájaros nos despertó —contestó su madre.

—¿Y no habréis hecho nada, no? —dijo con guasa.

—Ya empezamos —respondí—. Tu madre es muy fogosa.

—Hija, tengo que recuperar el tiempo perdido. ¿O no?

—Claro que sí, mamá. Hoy el tío es todo para ti, yo he quedado con mis amigas.

Y así fue. Pasé el día con Lucía, en la cama, follando de todas las formas que se nos ocurrieron. Mi cuñada estaba cada vez más caliente, pedía más y más. Yo quería más, también: quería su culo. Pero cada vez que lo intentaba, la respuesta era un «no» rotundo.

***

Días después se lo comenté a Marina.

—Yo hablaré con ella —dijo, segura—. Ya verás cómo la convenzo.

El fin de semana siguiente volví a la casa de campo. Mi hermano estaba otra vez de viaje. Marina me recibió en la puerta con los ojos brillantes.

—Ven, tío, tengo una sorpresa para ti.

Me llevó hasta el dormitorio. Y allí, en la cama, encontré lo que no esperaba: Lucía a cuatro patas, con un dedo metido en el trasero.

—Lucía… ¿te decidiste?

—Marina me explicó que es bonito —dijo, y se sentó despacio en el borde del colchón—. Ven aquí.

Me acerqué y ella me acarició la polla por encima del pantalón, después me la sacó y empezó una mamada lenta y dedicada. Cuando la tuvo dura como una piedra, me detuve.

—Bueno, Lucía, creo que es la hora.

Se la sacó de la boca y bajó la mirada.

—Tengo miedo.

—¡Otra vez, mamá! —protestó Marina—. Ya lo hablamos.

—Sí, pero mira qué grande es. No me quiero imaginar eso ahí dentro.

—Vas a gozar muchísimo, te lo prometo.

—Que tengo miedo, te digo.

Decidí jugar mi carta.

—Marina, no insistas. Si tu madre no quiere, no la voy a obligar. Entonces tendrás que ser tú la que se lo tome.

—¿A mí no me vas a follar? —saltó Lucía, molesta.

—No, si no quieres. No te obligo a nada. Pero entonces no hay polla para ti; toda es para Marina.

Mi sobrina, ni corta ni perezosa, ya se había desnudado.

—Ven, tío.

Me desnudé y tuvimos sexo salvaje delante de Lucía, que se masturbaba con un juguete a pilas, mordiéndose el labio. Más tarde me la follé por el culo a Marina, que gozó sin contención bajo la mirada atónita de su madre. Así pasó el fin de semana: yo con mi sobrina, y Lucía mirando y tocándose.

***

Pasaron unas semanas sin tocar a mi cuñada. En uno de mis encuentros con Marina, me contó que su madre se masturbaba a todas horas con el dildo, que estaba triste, que su padre seguía sin tocarla y que yo la había dejado de lado a propósito.

—Dile que, si se deja, la follo siempre que quiera. Pero por el culo.

Dos días después sonó el teléfono.

—Tío, mamá dice que sí. Que ya no aguanta más. El sábado, en la casa de campo.

Cuando llegué, Lucía estaba sola y me esperaba desnuda. Apenas crucé la puerta, la cerró, se arrodilló y empezó a chupármela con una desesperación nueva, como si fuera la última vez. Después se levantó, me tomó de la mano y me llevó al dormitorio.

Se sentó al borde de la cama, me cogió la polla y la miró de frente.

—¿Así que me vas a meter todo esto por detrás?

—Todo. Hasta el final.

Sin decir más, se puso a cuatro patas y se abrió las nalgas con las dos manos.

—Dale. Métemela.

Me unté la polla con gel y le puse más en el ano. Apoyé la cabeza y empujé despacio, sujetándola de las caderas.

—¡Ahhh, me duele mucho!

—Se te pasará. Y todavía falta un buen trozo.

Le había entrado solo la punta. La fui metiendo poco a poco, parando cada vez que se quejaba, y con un empujón firme le hundí el resto.

—¡Me estás rompiendo! —gritó.

La culeé largo rato, entre gemidos, quejas y algún grito. En un momento Lucía empezó a frotarse el clítoris, respirando hondo, y la queja se convirtió en otra cosa.

—Dámela toda… sigue… —jadeaba.

La embestí con fuerza. Ella se retorcía, ya no de dolor.

—Córrete dentro, por favor —suplicó.

Se la metí hasta el fondo y me vacié allí mismo, mientras Lucía tenía un orgasmo que la dejó rendida sobre el colchón.

—Ahhh… Marina tenía razón… es increíble —murmuraba, mientras me la sacaba despacio.

Cuando nos levantamos, caminaba con dificultad.

—Me duele un poco —dijo.

—Después de unas cuantas veces, dejará de dolerte.

Y vaya si hubo unas cuantas. Pasamos el fin de semana entero entre cogidas y culadas, Lucía disfrutando como hacía años que no disfrutaba. Volvió a casa caminando raro y con una sonrisa que su marido jamás sabría descifrar.

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Comentarios (5)

DarkLector22

increible relato, de los mejores que lei en mucho tiempo!!!

HoracioRdz

Por favor seguila, quede totalmente enganchado. Quiero saber como termina todo esto

MarceloTdZ

Que manera de construir tension... el detalle de la casa de campo le da un ambiente muy particular. Me quede con ganas de mas

LucasBA_rd

jaja la sobrina sabia exactamente lo que hacia, demasiado calculadora esa chica 😄

Flor_71

tremendo!!! seguí así

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