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Relatos Ardientes

El regalo que le pedí a mi madre por mis 18

La comida fue idea de mi padre. Decía que cumplir dieciocho años era importante y que la fiesta del sábado iba a estar llena de tíos y primos, así que mejor compartíamos un almuerzo tranquilo los tres antes. Reservó en un italiano del centro, mesa redonda junto a la ventana, esos manteles blancos almidonados que crujen cuando los tocas.

Mi madre se había puesto un vestido cruzado azul oscuro que le marcaba la cintura. Llevaba semanas sin verla así, fuera del uniforme de la oficina. Mientras mi padre brindaba con una copa de Lambrusco y enumeraba lo que faltaba para el sábado —el catering, la música, la lista de invitados—, yo intentaba no mirarla demasiado.

—¿Está rica la pasta, cariño? —preguntó ella sin alzar la vista del plato.

—Mucho.

—Casi no la has tocado.

Aparté la mirada del escote y empujé los ravioles con el tenedor. Era ridículo. Llevaba meses así. Cualquier rato que ella se inclinara a recoger algo del suelo o se estirara para alcanzar un cuenco en la cocina, yo tenía que salir al patio a respirar.

Mi padre se levantó hacia el final del segundo plato y dijo que iba al baño. En cuanto desapareció detrás de la barra, mi madre se inclinó hacia mí con esa sonrisa cómplice que pone cuando quiere sacarme un secreto.

—¿Y tú? No me has dicho qué quieres de regalo. Tu padre cree que un reloj, pero seguro que no.

La miré a los ojos. No me acobardé. Había ensayado la frase tantas noches antes de dormirme que ya no era una decisión, era una pieza que sólo quedaba colocar.

—Quiero que me enseñes las tetas, mamá.

Lo solté en voz baja, casi sin separar los dientes, pero lo solté entero. El tenedor se le quedó suspendido a medio camino entre el plato y la boca. Vi cómo el rubor le subía desde el escote hasta la mandíbula, cómo se le abrieron los ojos un instante de más antes de que bajara la mirada y se diera cuenta del bulto que yo no era capaz de disimular bajo el pantalón.

—Adrián… —susurró—. ¿Estás loco? Soy tu madre.

—Hablo en serio.

Le sostuve la mirada cinco segundos eternos. Después solté una carcajada limpia, como si la broma hubiera salido perfecta.

—Entradas para el partido de los Lakers el viernes que viene. Juegan en Phoenix y Bruno me invitó a su casa el fin de semana.

Ella respiró por fin. Me dio un golpe flojo en el brazo con la servilleta y soltó una risa nerviosa que no acababa de creerse del todo.

—Eres un imbécil.

Pero tenía las mejillas encendidas y no las dejó de tener en lo que quedaba de comida. Mi padre volvió y la conversación se reordenó alrededor del sábado, los manteles de papel, si íbamos a poner luces en el jardín. Yo seguía mirándole los pechos cuando se inclinaba a partir el pan, y ahora ella lo sabía.

***

Lo de los días siguientes no lo supe entonces, lo sé ahora. Me lo contó después, una madrugada, despeinada, con los ojos rojos de no dormir.

Esa misma noche, en cuanto mi padre apagó la luz, se quedó tumbada con los ojos abiertos en la oscuridad. Cerró los párpados un instante e intentó pensar en cualquier otra cosa —la cena del sábado, la lista del súper, la cita del dentista del jueves— y lo único que veía era a sí misma abriéndose la blusa frente a su hijo. La cara de su hijo. Mi cara.

La mano se le fue por debajo de la sábana sin permiso. Cuando se tocó por encima de la ropa interior, descubrió que estaba completamente empapada. Se quedó así un rato, sin mover los dedos, asustada de lo que pudiera sentir si los movía.

Al día siguiente fue peor. Al siguiente, peor todavía. En la oficina se descubría a sí misma mirando el reloj y calculando a qué hora llegaría yo del colegio. Cuando llegaba, encontraba excusas para venir a la cocina mientras yo me hacía un sándwich. Sentía mis ojos en su nuca, en su culo, en el escote cuando se inclinaba a abrir el lavavajillas, y todo el cuerpo le respondía como si la estuvieran tocando.

«No estaba bromeando», pensaba en la ducha. El agua caliente le caía por los hombros y por los pechos y le costaba reconocerse. «¿Y qué pasa si sólo se los enseño? Nadie tiene por qué saberlo nunca».

Mi madre tenía cuarenta y un años, dos partos a la espalda y un cuerpo que ella misma se había acostumbrado a esconder bajo blusas de oficina. Después del primero le crecieron los pechos hasta una talla que sus blusas viejas ya no podían contener. Siempre había creído que lo mejor de su cuerpo era la espalda y las caderas; tardó años en aceptar que la gente, sobre todo los hombres, le miraba primero el escote.

Al quinto día tomó la decisión. La fiesta era el sábado. Si lo hacía en pleno cumpleaños, podría escudarse en los invitados, salir corriendo de la habitación con cualquier excusa y dar por terminada la historia. Un vistazo y se acabó.

O eso quería creer.

***

El sábado la casa olía a parrilla desde mediodía. Mis tíos se quedaron en el jardín. Mis primas se adueñaron del salón. Mis amigos del colegio montaron una mesa propia junto a la piscina y mi padre repartía cervezas como si fueran ofrendas.

Mi madre llevaba una blusa blanca que se ajustaba demasiado a sus pechos. Cada vez que se levantaba para traer una bandeja de la cocina, dos o tres cabezas giraban a la vez. Cuando se cruzaba conmigo, bajaba la mirada un instante y se le subía el color a la cara.

Después del corte de tarta, en algún momento que no supe ver venir, desapareció escaleras arriba. Volvió cinco minutos después con la misma blusa, pero diferente. Le dio un cabeceo a mi padre, soltó una broma con mi tía Eulalia y siguió moviéndose entre la gente. Yo tardé media hora en darme cuenta. No llevaba sostén.

Hacia las nueve, cuando los más mayores empezaban a despedirse y los demás llevaban suficientes cervezas como para no fijarse en nada, ella se acercó a la esquina del jardín donde yo fumaba a escondidas con Bruno. Le susurró algo a Bruno y mi amigo se fue con una sonrisa cómplice que no entendí. Después se inclinó hacia mí.

—Ya tengo tu regalo —dijo, muy bajo, con la voz temblándole.

—¿Conseguiste las entradas?

Se sonrojó y me hizo un gesto entre divertido y exasperado.

—Lo otro. Lo que me pediste antes de las entradas.

Tardé un segundo en encajar la frase. Cuando lo hice, sentí que toda la sangre del cuerpo se me iba hacia un solo sitio.

—Sube al desván. Que no te vea nadie.

Subí pegado a la pared, esquivando a una prima que bajaba del baño, hasta la escalera estrecha que daba al desván del segundo piso. Cuando entré, ella ya estaba allí, de pie junto a la ventanita alta. Cerré la puerta y eché el pestillo.

—Esto es una locura —dijo sin mirarme.

—Lo sé.

Tenía los dedos en el primer botón de la blusa y le temblaban. Tardó un siglo en empezar a desabrocharse. Botón a botón, sin apartar la vista del suelo, hasta que dejó caer las dos solapas hacia los lados.

Sus pechos eran más grandes y más pesados de lo que yo había imaginado en cualquiera de las noches anteriores. La luz de la ventanita los dividía en dos: una mitad blanca, la otra en sombra. Los pezones, oscuros y duros, se le marcaban como si todavía siguieran apuntando hacia algo concreto.

—Ya está —murmuró, intentando volver a cruzar la blusa—. ¿Contento?

No respondí. Di un paso y le aparté las manos. Cuando se los toqué por primera vez, los noté pesados y calientes, suaves de una manera que no se parecía a nada que hubiera tocado antes. Empecé a masajearlos en círculos lentos, jugando con los pezones entre el pulgar y el índice.

—Dijiste sólo verlos, tramposo —susurró.

Pero no apartó mis manos. Cerró los ojos, echó la cabeza hacia atrás contra la pared y se mordió el labio inferior.

Me incliné y le metí un pezón en la boca. Lo chupé despacio, después con más fuerza, sintiéndolo crecer entre mis labios. Ella se apretó contra mí casi sin querer, con las dos manos sobre mi nuca, y dejó escapar un sonido que era mitad protesta y mitad rendición.

—Ya, Adrián… esto está mal. Me estoy poniendo muy mal.

Bajé una mano hasta el centro de los vaqueros y empujé con la palma. La tela ya estaba caliente. Empecé a frotar despacio, con círculos amplios, presionando justo donde notaba que se le hinchaba todo.

—¡Adrián…! Eso no.

Pero sus caderas ya empujaban contra mi mano.

Le desabroché el pantalón con dedos torpes y le bajé la cremallera. Metí la mano por debajo de la ropa interior y la encontré empapada, los labios separados, el clítoris tan hinchado que casi se podía agarrar entre dos dedos. Empecé a frotárselo en círculos firmes y rápidos.

—No pares —dijo, agarrándome los hombros—. Por favor, no pares.

Le metí un dedo, después dos, y los curvé hacia arriba mientras seguía moviendo el pulgar sobre el clítoris. Movía las caderas a mi ritmo, mordiéndose el dorso de la otra mano para no gritar. La música del jardín, el bajo de una canción que mi primo había puesto demasiado alta, era lo único que separaba ese desván del resto del mundo.

—Me voy a correr —susurró—. Adrián, me voy a correr.

—Hazlo.

Y se corrió. Le fallaron las rodillas. La sostuve contra la pared con el cuerpo entero mientras los espasmos le recorrían el vientre y los muslos. Cuando volvió a respirar, todavía con mis dedos dentro, abrió los ojos despacio y se quedó mirándome como si me reconociera por primera vez.

***

—Aquí no —dijo, cuando vio que yo no había terminado.

—¿Dónde, entonces?

—En tu cuarto. Que nadie nos vea.

Bajamos al pasillo del segundo piso casi de puntillas. La música seguía sonando abajo y nadie se había dado cuenta de nuestra ausencia. Mi madre se sostenía la blusa cerrada con una mano, pero los pezones empujaban la tela tan claramente que de poco servía. Entramos en mi habitación. Eché la llave.

La besé contra la puerta. No habíamos hablado de besos en ningún momento, pero ella abrió los labios como si llevara meses esperando. Su lengua entró en mi boca con un hambre que me dejó las rodillas flojas. Olía a su perfume y al vino del almuerzo y a algo más, más fuerte, más mío, que le subía de la piel.

Cayó sentada en el borde de la cama. Le quité la blusa entera. Me arrodillé entre sus muslos, le bajé los vaqueros y la ropa interior de un tirón. Estaba completamente afeitada salvo una franja muy fina y los muslos le brillaban de humedad hasta las rodillas.

Le abrí las piernas con las palmas y bajé la cabeza despacio, como si quisiera tomar nota de cada centímetro. Tenía un olor dulce, almizclado, mucho más intenso que cualquier mujer con la que hubiera estado antes —que tampoco eran tantas. Pasé la lengua plana desde abajo hasta arriba, recogiendo todo lo que se le había desbordado en el desván.

—Joder, mamá —murmuré contra su carne caliente.

Ella arqueó la espalda y se tapó la boca con las dos manos. Me concentré en el clítoris, succionándolo con los labios mientras dibujaba círculos rápidos con la lengua. Le metí dos dedos a la vez, los curvé hacia arriba, los moví como llevaba años aprendiendo en pantallas a oscuras.

—No pares, mi amor —susurraba entre las manos—. No pares, no pares.

Cuando se corrió esta vez fue más fuerte. Me empapó la barbilla y el cuello con un líquido caliente que no había sentido nunca de tan cerca. Su cuerpo se tensó como un arco y se relajó después en tres oleadas que le bajaron del vientre a los muslos.

***

Se incorporó con la mirada distinta. Me empujó del pecho hasta tumbarme de espaldas. Me desabrochó los pantalones con prisa, los bajó de un tirón, y cuando me liberó por fin, se quedó un segundo mirándome.

—Dios mío.

Cerró la mano alrededor y me la movió despacio, sin dejar de mirarme a los ojos. Después se inclinó, sacó la lengua y me lamió la punta como quien prueba algo nuevo. Abrió la boca y me tragó la mitad de una vez.

Lo que vino después no era una mujer dudando. Era alguien que sabía exactamente lo que estaba haciendo y se permitía hacerlo. Me chupaba con un hambre limpia, sacándomela para lamer toda la longitud, volviéndome a tragar hasta el fondo, con los ojos lagrimeándole y los pechos balanceándose contra mis muslos.

—Mamá —murmuré, agarrándole el pelo—. Si sigues así me voy a correr.

Levantó la mirada y aceleró. No la detuve. Le puse las dos manos en la nuca y me corrí en el fondo de su garganta con un gemido ronco que ni siquiera intenté ahogar. Se tragó casi todo. El resto le escurrió por la comisura hasta los pechos.

***

No me hizo falta recuperarme. Sólo verla así, arrodillada al borde de mi cama, con mi semen en la barbilla y los pechos manchados, ya estaba listo otra vez.

La levanté por las caderas y la tumbé de espaldas en la cama. Le abrí las piernas todo lo que daban. Me coloqué entre ellas y la guié hasta encontrar la entrada. Entré despacio, milímetro a milímetro, hasta que sentí que tocaba el fondo de algo. Soltó un gemido largo y se tapó la boca otra vez.

—Estás enorme —murmuró.

Empecé a follarla lento. Salidas casi enteras y entradas completas. El sonido húmedo entre los dos no se parecía a ningún sonido que hubiera oído antes. Me clavaba las uñas en la espalda y movía las caderas para encontrarme. Sus pechos se mecían pesados sobre el colchón con cada embestida.

—Más fuerte —dijo—. Adrián, más fuerte.

Aceleré. Sus muslos resbalaban contra los míos, sudorosos. Le metí un pezón en la boca sin dejar de embestirla. La habitación entera olía a sexo y a su perfume mezclado.

—No te corras dentro —jadeó—. Por favor, no te corras dentro.

Aguanté lo que pude. Cuando sentí que se contraía en espasmos alrededor mío, conseguí salir un instante antes y me corrí sobre su vientre y entre sus pechos, en chorros gruesos que la pintaron de blanco hasta la garganta.

Nos quedamos jadeando, ella tumbada de espaldas, yo apoyado sobre los codos, los dos sudados. No le vi culpa en los ojos. Sólo deseo todavía no terminado.

—Todavía quiero más —dije, casi en broma.

Sonrió y se incorporó sin contestar. Se puso de rodillas en la cama, de espaldas a mí, y me ofreció el culo arqueando la espalda. Bastó esa imagen para que volviera a estar listo. Me coloqué detrás y entré de una vez. Sus pechos colgaban pesados y se mecían entre sí con cada embestida.

—Así —jadeaba, empujando hacia atrás—. Sí, así.

Esta vez no me aparté. Cuando sentí que el orgasmo me subía, la agarré fuerte de las caderas y me hundí hasta el fondo. Me corrí dentro de ella, completo, y ella se corrió un segundo después, agarrando las sábanas con las dos manos y mordiéndolas para no gritar.

***

Nos quedamos un rato pegados, ella tumbada de lado, yo abrazándola por la cintura, la nariz pegada a su nuca. La música del jardín seguía sonando. Nadie había venido a buscarnos.

—Tenemos que bajar —susurró por fin.

—Lo sé.

Nos vestimos despacio, entre besos cortos que no terminaban de despedirse. Cuando ya tenía la mano en el pomo, se giró hacia mí.

—Si te portas bien hasta Navidad —dijo, con una sonrisa que ya no era la sonrisa nerviosa del restaurante—, en Nochebuena te voy a dar otra cosa. Y creo que ya sé qué vas a pedirme.

Salió primero. Yo me quedé un minuto más, mirando la cama deshecha, sabiendo que esto apenas empezaba.

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Comentarios (6)

Miguelito77

Increible, uno de los mejores que lei en este sitio en mucho tiempo. Bravo!!!

Lectora_sigilosa

La forma en que construye la espera es lo que te engancha desde el primer parrafo. Queda uno con la respiracion cortada. Muy bien narrado

CarlosRio

jaja tremendo, no me lo esperaba asi! Excelente relato

Rulo_Cordoba

Por favor una segunda parte!! Quede con demasiadas ganas de saber como sigue. Esos cinco dias se hacen eternos leyendolo

MiriamSol

Me sorprende encontrar relatos tan bien escritos en esta categoria. Lo lei dos veces seguidas. Felicitaciones

NocheDeViernes

Corto pero muy intenso. Lo que no se dice a veces vale mas que lo explicado. Genial

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