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Relatos Ardientes

Lo que pasó en Cartagena con mi padre biológico

Tengo veinticinco años, estoy embarazada de cinco meses y soy más feliz de lo que creí posible. Sé que mucha gente me juzga cuando conoce mi historia, pero hace tiempo que aprendí a sostenerle la mirada a quien sea. Lo que les voy a contar empezó hace seis años y todavía me cuesta creer que de verdad me pasó a mí.

Crecí sola con mi madre. Mi padre biológico se marchó de casa cuando yo tenía cinco años y no conservo ningún recuerdo suyo: ni una voz, ni un olor, ni una fotografía. Para mí, mi padre fue siempre Andrés, el hombre que mi madre conoció años después. Andrés me llevó al colegio, me curó las rodillas raspadas y me enseñó a conducir. Cuando alguien preguntaba por mi papá, yo hablaba de él sin titubear.

El otro hombre, el biológico, era apenas un apellido en mi acta de nacimiento. Una historia que nadie quería contarme entera. Hasta que una tarde de marzo lo escuché discutir en la puerta de mi casa.

Yo tenía entonces diecinueve años. Delgada, morena, con el pelo rizado a la altura de los hombros y unas caderas redondas que apenas empezaba a aprender a usar. Bajé las escaleras descalza, atraída por las voces. En la puerta, Andrés peleaba con un señor al que yo no había visto nunca. Tendría unos cincuenta años. Camisa azul. Un pelo entrecano que le quedaba demasiado bien.

—¿Quién es? —pregunté.

Mi madre se interpuso, suspiró largo y lo hizo pasar. Nos sentamos los cuatro en la sala. Me apretó la mano y dijo lo que yo ya había empezado a sospechar:

—Este es Esteban. Tu padre.

Sentí un frío bajarme por la espalda. No fue nostalgia. No fue ternura. Fue un vacío al que no supe ponerle nombre. Para mí, mi padre seguía siendo Andrés. Aquel señor era un desconocido bien vestido que había venido a removerle la paz a mi familia.

Esteban hablaba bajito, como quien pide perdón por estar respirando. Dijo que quería recuperar el tiempo perdido, que se arrepentía, que se había rehecho la vida y que su pareja actual estaba embarazada y él soñaba con presentarme a su nueva familia. Quería invitarme a un viaje. A Cartagena. Una convención de su trabajo. Un par de semanas en la playa para conocernos.

Iba a decirle que no. Tenía la negativa preparada en la boca. Pero entonces dijo Cartagena, dijo playa, dijo hotel cinco estrellas, y a los diecinueve años eso me sonó como una vida que nunca había tenido.

—Voy —dije, sin mirar a Andrés.

***

Las semanas siguientes Esteban se portó como un padre de manual. Me escribía todos los días, me preguntaba por la facultad, me mandaba algo de dinero para que me comprara ropa de verano. Hubo una noche en la que me llamó muy alterado: su pareja había perdido el embarazo y habían terminado discutiendo, ella se había ido de la casa. Le pregunté si seguía en pie el viaje, esperando un no. Me dijo que sí, que ahora más que nunca lo necesitaba. Que iríamos los dos. Padre e hija.

Aquella última palabra me hizo algo raro en el estómago. No supe traducirlo.

Llegó el día. Hice una maleta llena de vestidos ligeros y pareos. Esteban pasó por mí en una camioneta gris muy limpia. Me despedí de mi madre con un abrazo corto, le di un beso a Andrés y subí al coche. En todo el camino al aeropuerto hablamos como dos amigos viejos que se reencuentran. No como padre e hija. Eso no estaba en ningún sitio.

Era mi primer vuelo. Esteban me dio la ventanilla, me explicó las luces del cinturón, me prestó su hombro cuando despegamos y yo me asusté. Aterrizamos en Cartagena al atardecer, con un calor pegajoso que se metía debajo de la ropa. Tomamos un taxi al hotel y, al bajar, sentí por primera vez en mucho tiempo una emoción limpia. Una felicidad sin culpa.

El primer día lo pasamos en la playa. Nos sacamos fotos abrazados, con la arena hasta las rodillas. Las subí a mis redes y una amiga me escribió un mensaje burlón: «cuidado con ese sugar daddy». Me reí, pero algo dentro de mí se quedó pensando esa frase mucho más tiempo del que debía.

***

Esa noche me pidió que me arreglara para cenar. Me puse un vestido negro que no había usado nunca y unos tacones bajos. Cuando salió del baño, recién afeitado, con la camisa blanca remangada hasta el codo, lo vi por primera vez como otra cosa. No como un señor. No como un padre. Como un hombre. Y me dio miedo lo bonito que era ese miedo.

Cenamos en un restaurante con vista al malecón. Hablamos de todo menos de lo evidente. Después fuimos a un bar de la zona vieja y tomamos cerveza, demasiada. En la pista, dos chicas un poco más grandes que yo empezaron a coquetearle. Esteban les siguió la conversación. Sentí algo que no tenía derecho a sentir: rabia. Una rabia gorda, de novia, no de hija.

—Me quiero ir —le dije, agarrándolo del brazo.

—¿Por qué te enojas? —me preguntó, con media sonrisa—. Sabes que estoy solo.

No le respondí. Pagamos y salimos. Caminamos descalzos por la arena con los zapatos en la mano. La luna estaba enorme y el mar tenía ese murmullo eléctrico que tiene en el Caribe. Nos sentamos cerca de la orilla. Me abrazó. Olía a colonia limpia y a un sudor cálido. Me apreté más contra él. Esto no está bien, pensé. Y enseguida: pero tampoco es mi padre. Nunca lo fue.

Cuando él se levantó para sacudirse la arena del pantalón, me puse de puntillas y le robé un beso. Apenas dos segundos. Me empujó suave, asustado.

—¿Qué haces? Eres mi hija.

—Yo no siento que lo seas —le dije—. Ni siquiera te conozco.

Se quedó callado. Luego me abrazó y me prometió que no iba a contarle nada a mi madre. Me pidió perdón. Y, al final, con voz baja, me dijo:

—Pero me gustó tu besito.

Esa frase me deshizo. Lo volví a abrazar. Esta vez fue él quien se inclinó primero.

***

Subimos al hotel besándonos como dos borrachos en un ascensor. Su mano se metió por debajo de mi vestido. En la tercera planta entraron dos hombres. Nos vieron, sonrieron, y a uno de ellos le bastó con darle a Esteban una palmada en el hombro y decirle «qué suerte tienes, hermano». Yo desvié la mirada al suelo, roja hasta el cuello.

En la habitación nos arrancamos la ropa. Me arrodillé delante de él como si llevara toda la vida ensayándolo y, cuando lo tuve dentro de la boca, sentí que el mundo se ordenaba al revés. Me llevó a la cama, me besó entera, me hizo terminar dos veces antes de entrar en mí. Me agarró de las caderas, me dio la vuelta, me marcó las nalgas con palmadas que sonaban en toda la habitación. Acabó en mi boca y yo lo recibí mirándolo a los ojos. Caímos rendidos uno sobre el otro.

Al amanecer lo vi llorar en silencio sentado en el borde de la cama. Se metió al baño sin saludarme. Cuando salió me dijo que aquello había sido un error de borrachos y que íbamos a hacer como si no hubiese pasado. Me senté a horcajadas sobre él, le acomodé el pelo y lo besé despacio. A los diez minutos lo estaba cabalgando otra vez. Esa segunda vez no se molestó en salir.

***

Los días siguientes fueron una luna de miel falsa. Comíamos agarrados de la mano, dormíamos siesta abrazados, me sentaba en sus piernas en las terrazas. Esteban tenía que asistir a sus conferencias casi cada noche. Yo me quedaba en la habitación con la tele y el room service. Una tarde se vistió con un cuidado que no me había puesto a mí, se perfumó dos veces. Algo dentro de mí se torció.

Esperé dos horas. Después me puse un vestido negro corto, tacones altos y bajé sin nada debajo. En el pasillo me crucé con dos hombres que tomaban cerveza apoyados en la pared. Me miraron como se mira a una mujer que se sabe mirada. Seguí.

Encontré a Esteban en el salón del segundo piso. Estaba sentado a una mesa pequeña, demasiado cerca de una mujer de unos cuarenta y cinco años. Le había puesto la mano en el cuello. Y la estaba besando, sin prisa, como quien repite un gesto antiguo.

Salí de ahí sin que me viera. Subí las escaleras con los ojos llenos de lágrimas y el orgullo en el cuello. En el quinto piso, los dos hombres del pasillo seguían apoyados en la pared. El más alto, el de la camisa abierta, me preguntó qué me pasaba.

—Que mi pareja es un cabrón —contesté.

El otro se rió bajito.

—Eso se arregla, princesa. Pasa, te invitamos un trago.

Pasé. Sabía perfectamente lo que estaba haciendo.

***

Se llamaban Raúl y Diego, o eso me dijeron, y daba igual. Tenían una habitación con balcón al mar. Me sirvieron una cerveza y, antes de terminarla, ya me besaba con uno mientras el otro me bajaba los tirantes del vestido. Me dejé hacer. Más que dejar, los empujé. Quería que aquella noche fuese mía y no de Esteban.

Me arrodillé en medio de la cama y los miré como si los conociera de toda la vida. Me llenaron la boca por turnos. Me pusieron a cuatro patas. Sentí una mano fuerte en la nuca y otra en la cintura. No fue tierno. No quería que lo fuera. Acabaron sobre mí, en el pecho y en la cara, y yo me embarré los dedos del semen y me los chupé como si fuera la cosa más natural del mundo. Después me dejaron usar su ducha y me besaron en la puerta como si nos despidiéramos en una novela.

Volví a mi habitación oliendo a un perfume que no era el mío. Esteban llegó cuatro horas más tarde. Me quiso hacer el amor y se lo dejé hacer, pero apenas estuve. Mi cabeza estaba en la habitación de los desconocidos. Me dormí con la cara contra la almohada, sintiéndome al mismo tiempo poderosa y rota.

***

Faltaban dos noches para volver. Esteban me dijo que tenía una conferencia que duraría hasta la madrugada. Yo sabía perfectamente lo que duraría hasta la madrugada. Me puse la minifalda más corta que tenía, un top sin sujetador, tacones altos. Salí a buscar a Raúl y Diego. No estaban en su habitación. Pero al asomarme por la ventana del baño escuché música abajo. Bajé.

Había seis hombres en una habitación con la puerta abierta. Una fiesta improvisada, vasos de plástico, una bocina pequeña. Raúl me reconoció apenas me vio, me besó delante de todos y los demás se rieron sin malicia. Uno preguntó si no habían avisado que la fiesta era con compañía. Sonreí. Me sirvieron una copa. Otra. Me senté en distintas piernas. Me bailaron, me bailé. En algún momento subí a la mesa baja y empecé a bailar con los ojos cerrados.

Raúl me cargó hasta el dormitorio principal y dijo, en voz alta, para que todos lo oyeran: «uno por uno, cabrones, no me la rompan». Pasaron uno por uno. Después de tres, ya no contaba. Les pedí que terminaran dentro de mí, todos. Quería castigar a Esteban con un embarazo del que nunca sabría el origen. Acabé sentada sobre uno, con otro detrás, con la cabeza apoyada en el pecho de un tercero. Salió el sol y yo seguía ahí, agotada y deliciosamente vacía.

Volví a mi habitación a las tres de la tarde. Esteban estaba acostado, oliendo a colonia de mujer. Me preguntó dónde había estado. Le dije que había bajado a comer. Me creyó porque le convenía creerme.

***

De vuelta a casa tuvimos una conversación larga. Me dijo que durante el viaje había terminado dentro de mí varias veces. Que era probable que me hubiese embarazado. Le dije que no me importaba. Que lo amaba. Que quería quedarme con él. No le conté lo de la habitación llena de hombres. Eso me lo quedé yo, como una piedra caliente debajo de la lengua.

Me fui a vivir con él al mes siguiente. Inventamos para mi madre y para Andrés una historia con un novio de la facultad que me había dejado embarazada. Andrés me miró largo cuando se lo conté. Creo que sabía algo. Pero no preguntó. Me dio un abrazo y me dijo que iba a quererme igual, pasara lo que pasara. Esa fue la única vez en todo este tiempo en que se me cayeron las lágrimas de verdad.

Perdí aquel bebé a los tres meses. No sé si fue por el alcohol del viaje, por algo que comí, por el cuerpo diciéndome que no estaba listo. Lloramos los dos. Y, sin embargo, aquella pérdida nos pegó todavía más. Esteban dejó a la amante de la convención. Yo lo perdoné a fuerza de quererlo. Empecé a llamarlo por su nombre. Nunca, nunca, papá.

Ahora tengo veinticinco años, vivo con él como su esposa, aunque legalmente sigamos siendo otra cosa, y estoy embarazada de nuevo. Esta vez sé que es de él. Lo sé porque hace mucho que no me acuesto con nadie más, y porque me lo dice el cuerpo aunque eso no tenga ninguna lógica. Será una niña.

A veces, en la madrugada, lo miro dormir y me acuerdo de aquel beso en la arena de Cartagena. Del miedo que tuve. De cómo el miedo se me volvió un sí pequeño y firme. Sé que mucha gente diría que esto está mal, que lo que hicimos es prohibido, que nuestra hija no debería existir, que mi propia madre no podría mirarme a los ojos si supiera la verdad. Pero yo lo miro a él y, sinceramente, no me arrepiento de nada.

El amor, cuando llega tarde y por la puerta equivocada, también es amor.

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Comentarios (6)

noche_eterna88

Dios que inicio tan bien escrito.. me dejaste con ganas de seguir leyendo sin parar

Rogelio_Cba

Necesito la continuación ya! Quedé en suspenso con ese final

PaulaBAires

Muy buen relato, se siente real y está bien narrado. Me enganchó desde el primer párrafo, ojalá haya segunda parte!

CuriositoSur

¿Esto es real o ficción? porque se lee demasiado autentico. Tremendo de todas formas

Claudio_BA

increible!!!

Pao_76

El titulo me atrapo y el relato no decepcionó. Gracias por compartirlo

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