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Relatos Ardientes

Mi suegro llegó temprano el primer día de clases

Era el primer día de clases de mis hijos y la casa parecía un campo de batalla. Desde las seis y media bregaba para que se ducharan, se peinaran y se metieran en el uniforme nuevo. Entre quejas, bostezos y un par de gritos contenidos, conseguí sentarlos a desayunar a las siete menos diez. Martín, mi marido, todavía se anudaba la corbata frente al espejo del comedor.

El timbre sonó justo cuando servía el chocolate caliente. Me extrañó que alguien tocara tan temprano, pero con los niños correteando alrededor de la mesa no le di importancia.

—Yo voy —dijo Martín, soltando la corbata a medio camino.

Cuando volvió a la cocina, traía detrás a su padre. Don Joaquín entró sonriendo, con una bolsa de papel café en la mano y esa colonia suya tan reconocible. Los niños abandonaron el desayuno y corrieron a él.

—¡Abuelo! —gritaron a la vez.

—Vine a desearles suerte —dijo agachándose para abrazarlos—. Y a traerles algo para celebrar.

De la bolsa sacó chocolates, una caja de alfajores y dos pequeños llaveros con forma de pelota. Los niños lo besaron, lo abrazaron, le saltaron encima. Me apoyé en el marco de la puerta a mirar la escena con una sonrisa que en parte era genuina y en parte una máscara. Don Joaquín adora a esos niños, son sus únicos nietos, y no dudo que también quería verles la cara antes del primer día. Pero tampoco soy ingenua. Yo sabía perfectamente por qué había madrugado tanto.

Cuando terminó con ellos, se enderezó y se acercó. Me abrazó como si nada, como un suegro cualquiera que saluda a su nuera, pero el abrazo duró un segundo más de la cuenta y sus manos bajaron justo en el punto donde la espalda termina y empieza otra cosa. Mis pezones, que no me habían dado señales en toda la mañana, se endurecieron contra su pecho de inmediato.

Yo seguía en pijama. Como aún era pleno verano y la noche había sido sofocante, llevaba un conjunto muy ligero de satén color crema: un short corto y una blusa de tirantes que se transparentaba con cualquier luz. Debajo, una tanga gastada y todavía húmeda por el calor de la madrugada. Si hubiese sido cualquier otro hombre el que aparecía a esa hora, me habría escabullido a cambiarme. Pero era él. Y él ya me había visto bastante peor.

—Hueles a recién levantada —me dijo al oído, lo suficientemente bajo como para que nadie lo escuchara.

No le contesté. Volví a la cocina a terminar el desayuno de los niños.

Los siguientes minutos fueron un caos. Martín trataba de tomarse el café de pie, los niños buscaban las mochilas, yo recogía las tazas y don Joaquín se sentaba a la mesa como si fuera su casa. A las siete y diez en punto sonó la bocina de la combi. Abracé a los niños en la puerta, les acomodé el cuello del uniforme, les di un beso y los empujé suavemente hacia afuera. Cuando la combi arrancó, me quedé un segundo mirando cómo se alejaba calle abajo.

Detrás de mí, en la cocina, los dos hombres conversaban en voz baja.

Cuando entré, Martín apuraba el último trago de café. Trabaja al otro lado de la ciudad y tenía que salir a las siete y veinte para llegar a tiempo. Se levantó, agarró su maletín y, ya en la puerta, le dijo a su padre con la ligereza del que no sospecha nada:

—Papá, antes de irte come algo. No te vayas con el estómago vacío.

—Tranquilo, hijo —contestó don Joaquín—. Camila siempre me atiende muy bien.

Martín sonrió, le dio un beso en la mejilla a su padre, otro a mí, y salió. La puerta se cerró con ese golpe seco que conozco de memoria. Me quedé un instante con la mano todavía en el grifo del lavadero, escuchando cómo el motor del auto se alejaba.

Yo seguía dándole la espalda cuando lo oí ponerse de pie. No me di la vuelta. Sabía exactamente lo que venía.

Sus manos me rodearon la cintura primero, despacio, casi con respeto. Después subieron por debajo de la blusa de satén hasta llenarse con mis pechos. Los pezones, que ya estaban duros desde el abrazo, le saltaron a las palmas.

—Perrita, ya me esperas —murmuró, pegando la boca a mi nuca.

Suspiré. No dije nada. Hace tiempo aprendí que con él el silencio funciona mejor que cualquier respuesta.

Con esa habilidad que dan los años y la costumbre, en menos de un minuto me había sacado la blusa por encima de la cabeza y me había bajado el short hasta los tobillos. Quise girarme para besarlo y me detuvo apretándome los hombros contra el lavadero.

—Quieta, perrita. Hoy mando yo.

Obedecí. Como siempre. Apoyé las manos en el borde de granito frío y me quedé como me había dejado: en tanga, descalza, con los pezones rozando la fórmica de la encimera cada vez que respiraba. Él me besó la nuca, me lamió detrás de la oreja, me mordió el lóbulo lo justo para que se me escapara un gemido. Sus manos no se quedaban nunca quietas: bajaban, subían, apretaban, soltaban. Yo ya estaba chorreando y él lo sabía.

Cuando una de sus manos se metió entre mis piernas y rozó la tela mojada de la tanga, soltó una risita.

—Perrita, hoy tu conchita no recibirá visita.

Entendí. No era la primera vez. Don Joaquín tenía una preferencia muy concreta y más de una vez me la había recordado de la peor manera. Lo nuevo era el escenario: la cocina, de pie, contra el lavadero donde minutos antes había servido el desayuno a sus nietos. Esa mezcla —lo doméstico y lo absolutamente prohibido— me secó la garganta de golpe.

Perdí la noción del tiempo. Me dejé hacer. Me besó la espalda, recorrió cada vértebra con la lengua, me mordió las nalgas a través de la tanga, volvió a subir. Habrán pasado cinco minutos, quizás un poco más, hasta que finalmente me bajó la última prenda. La tanga quedó enredada en uno de mis tobillos. Él se humedeció los dedos con saliva y empezó a acariciar el otro lado, el que él reclamaba como suyo, con esa paciencia que solo tiene la gente que sabe lo que está haciendo.

Me metió dos dedos. Entraron sin resistencia. Mi respiración se aceleró tanto que tuve que apretar los labios para no jadear demasiado fuerte.

—Estás abierta para mí, perrita —dijo, casi con orgullo.

No esperó más. Me empujó por la nuca hasta inclinarme sobre el lavadero. Con la rodilla me separó un poco más las piernas. Escuché el sonido conocido de la hebilla del cinturón, después la cremallera, después el pantalón cayéndole hasta las pantorrillas. Untó más saliva con los dedos. Por dentro le rogaba que me lamiera aunque fuera una vez, pero él nunca lo hace; para él, lamer es perder autoridad.

Me inclinó un poco más hacia delante hasta que mis pechos quedaron aplastados contra el granito. Sentí cómo apoyaba la cabeza gruesa de su verga en la entrada y empezaba a jugar allí, sin penetrarme todavía, deslizándose arriba y abajo, presionando lo justo para volverme loca.

—Pídemelo, Camila. Pídeme que te culee.

—Señor Joaquín, cójame.

—No, así no. Pide bien, puta de mierda.

—Señor Joaquín, cójame por el culo —dije, casi sin voz.

—No, perra. Pide bien.

—Señor Joaquín, por favor, métamela al culo.

—Ruega, perra. Ruega.

—Señor Joaquín, por favor, reviénteme el culo. Lléneme con su verga.

Él se inclinó sobre mí. Sentí su aliento contra mi oreja y la barba raspándome el cuello.

—¿Qué eres, perra?

—Una puta de mierda.

—¿Mía?

—Suya, señor Joaquín. Soy de mi suegro.

—¿De quién?

—De mi suegro. Mi dueño.

Y empujó.

Sentir cómo quebraba la última resistencia y entraba sin esfuerzo fue puro placer. Sin dolor, sin pausa, sin titubeo. Cada centímetro de su verga entró marcándome por dentro, abriéndome despacio. Le tomó un par de embestidas terminar de meterse del todo. Yo apretaba los dientes contra el dorso de mi propia mano para no gritar. Cuando lo sentí entero, casi en el mismo instante, me vine. Un orgasmo rapidísimo, sucio, vergonzoso, como casi siempre que él me toma así.

—¿Ya te viniste, perrita? —se rio, sin dejar de moverse—. Si no he hecho nada todavía.

Después siguió. Siguió y siguió. Me nalgueaba con la mano abierta cada cierto tiempo, lo justo para que me ardiera la piel pero no para dejar marcas. No me importaba. Esa noche vería a Martín y para entonces no quedaría ni huella. Don Joaquín conocía mi cuerpo mejor que su propio hijo, y conocía también el límite exacto del que no se debe pasar.

—Eres una perra infiel —me decía al oído, sin perder el ritmo—. Una ramera que se deja coger por el padre de su marido en su propia cocina, mientras los niños van al colegio.

Yo solo gemía. Cada palabra suya me empujaba más al borde. Me vine otra vez, mordiéndome el brazo. Y otra. Cuando finalmente él se vino, fue con un gruñido ronco, sin avisarme, vaciándose entero dentro de mí. Se quedó quieto unos segundos, todavía dentro, respirando contra mi espalda como si necesitara recuperar el aire.

—Buena perrita —murmuró—. Buena perrita.

Cuando su verga empezó a aflojarse, la sacó despacio. Yo me quedé doblada sobre el lavadero, temblando, con las piernas flojas. Lo escuché caminar hasta el baño de visitas, abrir el grifo y lavarse. Volvió subiéndose el pantalón como si regresara de revisar la lavadora.

—Te queda media hora para entrar a trabajar —dijo mirando el reloj de la cocina—. No te demores.

Recogí la tanga del suelo y me cubrí como pude con la blusa arrugada. Antes de irse, se acercó y me dio un beso suave en la mejilla, casi paternal, casi tierno, como el que le había dado a su hijo veinte minutos antes.

—Gracias por el desayuno —dijo en voz alta, por si los vecinos escuchaban del otro lado de la puerta.

Y se fue.

Me quedé un momento más apoyada en el lavadero. Tenía que terminar de lavar las tazas, ducharme, vestirme y salir a la oficina como si nada hubiera pasado. Cerré los ojos un segundo y respiré profundo. Después abrí el grifo y volví a meter las manos bajo el agua caliente, sobre la misma loza que había lavado antes de que sonara el timbre.

Faltaban exactamente cuarenta minutos para que empezara mi propio primer día.

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Comentarios (6)

CapriMx99

jajaja los chocolates para los niños como excusa... que maestro. Muy bueno el relato

SolMar87

Buenisimo, quede con ganas de saber como sigue todo. Por favor una segunda parte!!

caminante_nocturno

Lo que mas me gusto fue como armaste el clima desde el principio, sin apuro. Esa sonrisa que describe al comienzo lo dice todo sin decirlo. Muy bien escrito, de lo mejor que lei en mucho tiempo en esta categoria.

DiegoZ91

increible!!! que relato

MarcelaBsAs

Se nota que quien lo escribio sabe contar historias. No es el tipico relato sin sustancia, este tiene personajes de verdad

NellyR77

Ay que morbo tiene esta historia jaja!! me encanto, tiene ese picante justo en el momento justo. Gracias por compartirlo!

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