La familia que conocimos en la playa nudista
Lo nuestro con Camila siempre había sido distinto. Nos conocimos en un juzgado, ella defendiendo a su cliente con esa mezcla de inteligencia fría y vestido demasiado ajustado para una sala vista. Yo, abogado del despacho contrario, perdí el caso y gané otra cosa. Un mes después vivíamos juntos.
Me llamo Mateo, tengo veintisiete años, y hasta encontrarla pensaba que el sexo era un trámite con buena conversación previa. Camila me enseñó que era exactamente lo contrario. Hablábamos de cualquier cosa en la cama, decíamos cosas que a otras parejas las habrían escandalizado, y al día siguiente desayunábamos como si nada de aquello hubiera salido de nuestras bocas.
—¿Sabes qué echo de menos? —me dijo una noche de julio, los dos sudados encima de las sábanas—. Una playa donde nadie se ponga la toalla en la cara cuando me ve.
—Mañana —le contesté—. Conozco una.
***
La cala estaba al final de un sendero de pinos. Al llegar, Camila se quitó el pareo antes incluso de extender la toalla. Su cuerpo, ya bronceado de otros veranos, atrajo miradas de inmediato. No hizo falta mirar dos veces para entender que aquella playa funcionaba con otras reglas: las parejas elegían su sitio según con quién querían rozarse al día siguiente.
Nos pusimos a unos pasos de una pareja madura, los dos rondando los cincuenta. Ella, melena gris cortada con gusto, pechos pequeños y firmes. Él, hombros anchos y una sonrisa que pedía conversación. No tardaron en pedírnosla.
—Soy Octavio. Mi mujer, Renata.
—Mateo. Mi pareja, Camila.
Hablamos de todo lo que se habla en una cala: el agua, el calor, los abogados, los precios del verano. Hablamos también de lo que casi nadie habla la primera vez. Renata se quedaba mirando a Camila más de la cuenta y Camila no apartaba los ojos. Octavio sonreía como quien ya sabe el final de la película.
—¿Os quedáis a comer? —preguntó él—. Vivimos a doscientos metros. Vienen los chicos.
—¿Los chicos? —pregunté.
—Cinco. De los dos matrimonios anteriores. Una familia numerosa, ya nos entiendes.
Camila aceptó por los dos antes de que yo respondiera. Octavio se levantó hacia el chiringuito y me hizo un gesto para que lo acompañara. Por el camino, con un par de cervezas en la mano, señaló una casa enorme al fondo del paseo.
—Esa es nuestra. Una locura, ya lo sé. Pero entran y salen tantos, que la fuimos ampliando.
—¿Cuántos vivís dentro?
—Diez. Y te aseguro, Mateo, que cuando veas a las chicas vas a entender por qué te pregunto si tu pareja es celosa.
Soltó una carcajada antes de que pudiera contestar. Yo intenté reírme también, pero algo en su tono no era del todo broma. Volvimos con los refrescos y Renata, sin levantarse, me pidió que le pusiera crema en la espalda. Lo hice. Cuando llegué a la cintura, sus dedos se cruzaron con los míos y los guiaron unos centímetros más abajo. No los retiré.
Camila, mientras tanto, le untaba los hombros a Octavio con una sonrisa que conocía demasiado bien.
***
La mansión olía a sal y a madera. Las puertas correderas daban a una piscina rectangular rodeada de tumbonas. Antes de que pudiéramos quitarnos las chanclas, ya estaban allí los demás: dos chicos y tres chicas, todos entre los dieciocho y los veinticinco.
—Mis hijos, Tomás y Romina —dijo Octavio—. Los de Renata, Lucas, Bruna y Valeria. Y esta de aquí es Daniela, la pequeña de los dos.
Daniela tendría dieciocho recién cumplidos. Pelo corto, ojos enormes, una camiseta de tirantes y nada más debajo. Me miró con una curiosidad descarada, como si ya hubiera decidido algo antes de saludarme.
Entraron a la casa para cambiarse y salieron uno a uno sin ropa. No con esfuerzo, sin pose, como quien se quita los zapatos al llegar de la calle. Camila tardó tres segundos en imitarlos. Yo me quedé de pie buscando una toalla y rezando para que el cuerpo no me delatara.
No funcionó. Una mano me tocó la espalda. Era Valeria, la mediana, dieciocho recién cumplidos.
—¿Buscas el baño? —dijo bajito—. Te acompaño.
La seguí por un pasillo de mármol. Cerró la puerta detrás de mí y se apoyó en ella, desnuda, mirándome como si estuviera evaluando un cuadro.
—No tienes que disimular, Mateo. Aquí no hace falta.
—Valeria, no creo que...
—Tengo dieciocho. Y llevo desde los dieciséis acostándome con todos los que viven en esta casa. Es lo normal. Nadie va a entrar a echarme la bronca.
Lo dijo con una tranquilidad que me dejó sin argumentos. Me empujó suavemente hasta que me senté en el borde del lavabo. Su boca encontró mi sexo con una destreza que no esperaba en alguien de su edad. Era lenta cuando había que ser lenta y profunda cuando entendía que ya no aguantaba. Le pasé una mano por la nuca, le aparté el pelo de la cara para mirarla. Ella sonrió sin parar.
—Levántate —le pedí.
La puse contra el lavabo. Le besé el cuello, la espalda, le mordí el hombro. Le abrí las piernas con la rodilla y entré despacio. Valeria apoyó las manos en el espejo y miró su propio reflejo mientras yo empujaba detrás de ella. Verla mirarse, verme reflejado yo también, me hizo perder el ritmo.
—No te corras dentro —susurró—. Acaba en mi boca. Me encanta probar.
Se giró a tiempo. Se arrodilló. Recibió todo lo que tenía sin perder una gota y se quedó mirando hacia arriba con la boca todavía cerrada un segundo más de la cuenta. Tragó. Sonrió. Se levantó como si acabara de servirse un vaso de agua.
—Bienvenido —dijo—. Cinco minutos. Nadie ha notado nada.
***
La piscina estaba llena cuando volvimos. Camila reía dentro del agua, los brazos alrededor del cuello de Octavio. Lucas, el mayor de los hijos de Renata, tenía a Bruna agarrada de la cintura sin demasiado disimulo, y a mí no me cabía duda de quién era hija de quién. Tomás y Romina, los dos veinteañeros hijos de Octavio, estaban demasiado cerca como para ser solo hermanos.
—Una guerra de hombros —propuso Renata desde la escalera—. Las chicas arriba, los chicos abajo. Gana el último en pie.
Daniela me eligió antes de que pudiera contar a las que quedaban. Se me subió a los hombros de un salto. Sentí su sexo apoyado en la nuca, todavía un poco frío del agua, y el cuerpo dejó de obedecer a la cabeza. Camila, desde los hombros de Octavio, me miró con la sonrisa de quien sabe perfectamente lo que estoy sintiendo.
—Tira a tu hermana, Daniela —le dijo Renata.
Tomás y Romina aguantaron casi tanto como nosotros. Romina, demasiado consciente de mi estado, hizo una maniobra que solo se entiende si miras hacia abajo. Su mano me rozó por debajo del agua, justo cuando intentaba estabilizar a Daniela, y aproveché el desconcierto para empujar yo también. Caímos los cuatro al agua. Cuando salí a respirar, Romina seguía allí abajo. No subió enseguida. Cuando lo hizo, yo había vuelto a perder el ritmo de la respiración.
—Tramposa —le dije.
—En este juego todo vale —me contestó—. Y tú tienes algo demasiado bonito como para no aprovecharlo.
Daniela me agarró del cuello desde atrás. Su cuerpo entero contra mi espalda. Le metí la mano por debajo del agua, le acaricié el muslo, subí más. Ella se rió contra mi oreja.
—No te atreves —murmuró.
—Sí que me atrevo.
—Pues atrévete delante de mi madre.
Renata, desde la escalera, ya nos estaba mirando. Sonreía. No había nada que ocultar.
***
Salimos del agua envueltos en toallas. Renata nos sentó a todos alrededor de la mesa exterior con cervezas frías y nos contó la historia con una naturalidad que solo se consigue tras muchos años contándola.
—Octavio y yo nos conocimos en un club. Un club de los que no aparecen en Google. Las dos familias venimos de ahí, generaciones atrás. Nuestros hijos crecieron sabiendo que esto era lo normal. Lo único que pedimos es discreción y respeto.
—¿Y entre vosotros? —pregunté, sin tener muy claro hasta dónde se podía preguntar.
—Entre nosotros se folla quien quiere con quien quiere. Dormimos cada uno con su pareja, pero el día tiene muchas horas y la casa muchas habitaciones.
Camila no dijo nada. Solo me miró por encima del borde de la cerveza. Conocía esa mirada. Significaba sí, hagámoslo, ya lo hablaremos mañana.
Octavio se levantó.
—Os enseñamos la casa.
No la enseñaron. La repartieron. Lucas y Bruna se llevaron a Camila por una escalera lateral y yo escuché su risa apagarse al final del pasillo. Tomás cogió a Daniela de la mano. Romina me hizo una seña con el dedo y se metió en una habitación con vistas al mar. Renata me agarró de la muñeca antes de que pudiera elegir.
—Ahora vienes conmigo —me dijo—. Las niñas pueden esperar.
Su habitación olía a madera y a algo más cálido. Me sentó en el borde de la cama y se arrodilló entre mis piernas. Tenía cincuenta años y un cuerpo cuidado con esa elegancia que ninguna chica de veinte sabe imitar todavía. Me lamió despacio, mirándome, parándose cuando notaba que iba demasiado rápido. Cuando subió, me besó como si lleváramos meses haciéndolo.
—No te imaginas cuántas veces hemos hablado de esto Octavio y yo —dijo—. Os vimos en la playa y supimos.
La tumbé. Le abrí las piernas con calma. Entré igual, sin prisa, fijándome en cada uno de los gestos de su cara. Renata cerraba los ojos, los abría, me miraba, los volvía a cerrar. Pidió que la pusiera boca abajo, que la agarrara del pelo, que no fuera demasiado delicado. Hice todo lo que me pidió. Tardó muy poco en estremecerse contra la sábana.
—Ahora ve con Daniela —me dijo después, todavía respirando hondo—. Lleva un rato preguntando por ti.
***
La encontré en una habitación pequeña, con las paredes pintadas de azul claro. Estaba tumbada de lado, con la barbilla apoyada en una mano. Cuando me vio entrar, no se movió.
—Pensé que no venías —dijo.
—He hecho cola.
Se rió. Le aparté el pelo de la frente y le besé las cejas, la nariz, la boca. Daniela tenía la piel de quien todavía no ha aprendido a esconder nada. Me dejó hacer. Le besé el cuello, el esternón, la cintura, le abrí las piernas y la besé también ahí, despacio, hasta que dejó de hablar y empezó a clavarme las uñas en los hombros.
Subí. La miré. Entré apenas, despacio, y volví a salir. Lo repetí hasta que ella empujó las caderas contra las mías, impaciente. Solo entonces me quedé dentro. Daniela cerró los ojos y se mordió el labio. La oí decir mi nombre dos o tres veces, cada vez más bajo. Cuando se tensó debajo de mí, se le saltó una lágrima sin que pareciera triste.
Salí al pasillo después, todavía intentando recuperar el aliento. Al fondo, una puerta entreabierta. Era Camila, riéndose contra el pecho de Lucas, con Bruna pasándole el pelo detrás de la oreja. Nuestros ojos se encontraron por una rendija. Mi mujer me sonrió como sonríe alguien que ha encontrado exactamente lo que vino a buscar. Cerré la puerta sin entrar.
Renata me esperaba al final del pasillo con dos copas de vino.
—¿Te quedáis a cenar?
Le cogí la copa. Me bebí media de un trago. Pensé en Camila riéndose dos puertas más allá, en Valeria con su sonrisa de baño, en Daniela mordiéndose el labio, en Romina dentro del agua y en todo lo que probablemente vendría después de la cena.
—Nos quedamos —contesté.