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Relatos Ardientes

El secreto de mi suegra y una noche con mi hijo

Hace más de veinte años de lo que voy a contar, y todavía conservo los cuadernos donde anoté casi cada día de aquel tiempo. Soy una mujer de orden. Siempre lo fui. Quizás por eso me costó tanto aceptar que lo más importante de mi vida no cupo nunca en ninguna columna ni en ningún registro.

Me llamo Setsuko. Vivía entonces en las afueras de Osaka, en una casa pequeña y rígida como tantas otras, donde el silencio se administraba igual que el dinero. Mi marido, Hideo Arima, había muerto un año antes. Trabajaba en una empresa de logística que aquí llamaré Kansai Cargo Lines, doce o trece horas al día, seis días a la semana, hasta que el cuerpo le dijo basta una mañana de marzo, sin avisar a nadie. Nadie me había enseñado a ser viuda. Mucho menos a serlo con un hijo y con un puesto nuevo en el Ministerio de Trabajo que me devoraba las horas.

Mi hijo se llamaba Itsuki. Tenía diecinueve años, nadaba en el club de la universidad y hablaba poco, igual que su padre. Por las noches compartíamos el mismo futón, como habíamos hecho desde que enviudé, porque la casa era pequeña y porque su calor, supongo, me ahuyentaba algo del frío.

Fue en esos meses cuando empecé a beber. Una medida de whisky antes de dormir; después, dos. Me decía que lo tenía bajo control, y en cierto modo era verdad: mi manía por vigilarlo todo no me abandonó nunca, ni siquiera ebria.

***

El detonante llegó con una llamada. Una mujer de un geriátrico en Nara pronunció mi nombre completo con una seriedad que me heló la sangre. Pensé en Itsuki, en un accidente. Pero no. Era Chiyo, la madre de Hideo, mi suegra, internada allí desde antes de la muerte de su propio hijo.

Entre Chiyo y yo nunca había habido más que un desprecio mudo. Algo en su manera de mirarme, y sobre todo en su manera de tratar a Hideo, me había repugnado siempre sin que pudiera explicarlo. La demencia se lo había llevado casi todo, pero pedía por mí, repetía mi nombre, y en la institución decidieron convocarme.

La encontré sentada en la cama, mirando por la ventana. Cuando me senté frente a ella, dejó de mover los labios. En aquel murmullo ya no se leía mi nombre, sino el de su hijo muerto.

—Así que terminó igual que su padre —dijo, y por un instante algo lúcido le cruzó los ojos, como si la mujer que había sido atravesara la niebla.

Guardó silencio. Cuando ya pensaba en marcharme, volvió a hablar, despacio, como quien recita.

—A su padre reemplazó en mi lecho. Y su destino compartió.

Una lágrima le bajó por la mejilla. Volvió la vista a la ventana y no la apartó más. Pero sus palabras estallaron en mi cabeza como un trueno. ¿Había dicho lecho? Quise preguntar. Supe con un solo vistazo que ella ya no estaba ahí.

Volví a casa turbada. No solo recordé gestos extraños entre Hideo y su madre, viejas escenas que de pronto cobraban otro sentido; aquellas palabras encendieron también algo mío, algo enterrado hacía mucho.

***

Porque yo también tenía una madre. Se llamaba Emiko. Y tenía un hermano mayor, Kaoru, que durmió junto a ella hasta el día en que se marchó a estudiar ingeniería a Kobe.

Mi madre abrazaba a Kaoru más que a mí. Lo besaba más. Y yo sabía, con esa certeza que tienen los niños para lo que nadie nombra, que aquello no era una simple preferencia. Era otra clase de amor. Recuerdo dos anillos de oro que ella llevaba siempre, idénticos, y cómo a veces miraba a mi hermano mientras los hacía girar despacio en el dedo.

Esa noche soñé con todo eso. Y dormida, por un instante, el rostro de Itsuki se confundió con el de Kaoru, y en mi propia mano creí sentir el peso de aquellos anillos. En el sueño, una mano subía por mi muslo, me abría las piernas, me metía dos dedos en el coño mojado sin preguntar, y yo gemía el nombre de mi hermano y el de mi hijo mezclados en un solo jadeo. Me desperté con las bragas empapadas, la respiración corta y un latido caliente entre las piernas que tardó mucho en apagarse. Metí la mano bajo el camisón sin pensarlo, encontré el clítoris hinchado, resbaladizo, y me acaricié en círculos lentos hasta correrme mordiendo la almohada, sola, con los ojos cerrados y la imagen de Itsuki dormido a mi lado quemándome bajo los párpados.

Me desperté avergonzada y no se lo conté a nadie. Pero, según mis cuadernos, fue tres semanas más tarde cuando dejé de mirar a mi hijo como antes lo miraba.

***

El trabajo me dio una tregua y una trampa a la vez. Yo coordinaba un informe sobre las muertes por exceso de horas, el mismo mal que se había llevado a Hideo. Cuando lo presenté, incomodó a demasiada gente. Una federación de grandes empresas se sintió señalada, y mi jefe, Tetsuo, me advirtió que tuviera cuidado, que había hombres a los que no convenía escupir en el rostro.

—Ya que no puedo impedir que vayas a la audiencia —me dijo con una solemnidad casi teatral—, intenta no hablar. Y si hablas, no digas nada.

La audiencia era en Sendai, a varias horas de viaje, y yo debía quedarme tres días. Demasiado tiempo para dejar a Itsuki solo. Pedí permiso para llevarlo conmigo. Me lo concedieron, pero no cambiaron la reserva: una sola habitación, una sola cama.

***

Llegamos al Hotel Aoba Central de madrugada, molidos por el autobús nocturno. La habitación estaba pensada para un ejecutivo que llega tarde y se va temprano: una cama occidental amplia contra la pared, un escritorio, un minibar de puerta transparente. No había un segundo lecho ni un sofá. Itsuki no tenía un sitio propio.

No pedí que nos cambiaran. No quería dejarlo solo en otro cuarto, no a esa hora, no en una ciudad que no era la nuestra. Puse la alarma para cuatro horas después y le dije que se acostara a mi lado.

—Intenta dormir un poco —dije. Mi voz sonó demasiado alta en aquel silencio. No me respondió.

Me arrancó del sueño el timbre de la alarma. La silencié de un manotazo y me quedé de costado, todavía en la bruma del sopor. Detrás de mí, Itsuki dormía. Sentí su cuerpo joven pegado a mi espalda, sus brazos rodeándome flojos, un abrazo inconsciente.

Entonces noté la presión. Una dureza firme contra la curva de mis nalgas. La polla de mi hijo, tensa dentro del pantalón del pijama, empujando entre mis nalgas como una barra caliente. Me pregunté si dormía; todo indicaba que sí, que era un contacto inocente. Pero yo sentía cada milímetro: el largo, el grosor, la punta marcada bajo la tela fina, moviéndose apenas al ritmo de su respiración.

Mi cuerpo, en esa frontera entre el sueño y la vigilia, reaccionó sin pedirme permiso. Un calor me subió por la espalda hasta el cuero cabelludo y bajó por el vientre hasta empaparme el coño de golpe. Aléjate, pensé. Y en lugar de alejarme, sentí cómo se me tensaban los músculos en una contrapresión mínima, instintiva, vergonzosa: apreté el culo hacia atrás, apenas un centímetro, buscando la forma de su verga contra mi carne. Los pezones se me pusieron duros bajo el camisón, tan duros que dolían. Entre los muslos, la humedad se abría paso, tibia, pegajosa, hasta mancharme la ropa interior. Me quedé quieta, jadeando por la boca despacio para que no se oyera, y me odié por lo bien que se sentía tenerlo así, empalmado contra mi trasero de madre.

—¿Ya es la hora? —murmuró él, despertando, y se giró boca arriba.

Un suspiro largo se me escapó. El corazón me golpeaba el pecho.

—Sí —respondí, más ronca de lo que pretendía—. Ya es la hora.

Nos lavamos en silencio. Cuando se quitó el pijama, la erección seguía ahí, evidente bajo la ropa interior, marcándose de lado, larga, gruesa, con la punta hinchada empujando la tela. No era una imagen que debiera sorprenderme, pero tampoco me dejó indiferente. Se me secó la boca. Pensé, con una claridad que me asustó, en cómo se vería fuera del calzoncillo, en el peso de esa polla joven en la palma de mi mano, en el sabor. Yo me desvestí entera y me cambié frente al espejo sin apurarme. A través del cristal lo sorprendí mirándome la espalda, el trasero, los pechos de perfil, de manera intermitente, como quien no se atreve. Le vi tragar saliva. Le vi la mano rozarse el bulto por encima de la tela un segundo, disimulando, antes de darse la vuelta. O quizás solo no tenía otro lugar donde posar los ojos en aquel cuarto impecable.

***

Aquel día caminamos sin rumbo por Sendai mientras yo esquivaba la audiencia dentro de mi cabeza. Comimos en un local estrecho con olor a caldo, uno frente al otro, y le pregunté, como sin darle importancia, si había alguna chica que le gustara.

—No —dijo, tras dudar apenas—. Todavía no.

—Mejor así —respondí sin mirarlo—. Tienes cosas más importantes en qué pensar.

Sentí cómo se acomodaba en la silla, como si hubiera dado la respuesta correcta. Antes de volver al hotel entré en una relojería iluminada con una claridad de enfermería. Elegí dos relojes iguales, de acero pulido, esfera clara, sin pedir opinión a nadie. Nos los pusimos allí mismo.

—Es pesado —dijo él, girando la muñeca para ver cómo la luz se deslizaba sobre el metal.

—Eso es bueno —respondí. Y pensé en mi madre, en dos anillos de oro idénticos, sin saber todavía qué era exactamente lo que estaba empezando.

***

No sabría decir qué noche cayó la última frontera. No hubo una escena de seducción, ningún plan trazado de antemano. Fue algo que se fue inclinando, como el agua, hasta encontrar su nivel. Una madrugada, ya de vuelta en casa, en nuestro futón, no me aparté cuando volví a sentirlo contra mi espalda. Esta vez ninguno de los dos dormía, y los dos lo sabíamos.

Me giré hacia él en la oscuridad. No dijimos nada. Le busqué la boca y él respondió con una urgencia torpe, contenida durante meses. Me devoró los labios, me metió la lengua hasta el fondo, jadeando en mi boca como si llevara años ahogándose. Le tomé la mano y me la puse en un pecho, encima del camisón; le enseñé a apretarlo, a buscarme el pezón con el pulgar, a pellizcarlo hasta hacerme gemir bajito. Le subí el camisón hasta la cintura y él me lo terminó de sacar por la cabeza con una torpeza tierna.

—Mamá... —susurró contra mi cuello, y yo le tapé la boca con dos dedos.

—Aquí no —le dije al oído—. Aquí soy solo Setsuko. Dilo.

—Setsuko —repitió, ronco.

Le metí la mano dentro del pantalón del pijama y le cerré los dedos alrededor de la polla. Estaba durísima, caliente, más gruesa de lo que había imaginado en tantas noches sin nombrarlo. Le corrí el prepucio despacio, sintiéndolo temblar entero, y descubrí la punta ya mojada de líquido, resbaladiza. La froté con el pulgar, en círculos, escuchándolo respirar entrecortado contra mi pelo. Le bajé el pantalón hasta las rodillas y bajé por su cuerpo, besándole el pecho, el vientre plano, la línea de vello bajo el ombligo, hasta encontrarme la verga golpeándome la mejilla.

—Setsuko, espera, no hace falta que...

Me la metí en la boca sin dejarlo terminar. Se le escapó un gemido que ahogó contra el brazo. La chupé despacio primero, con los labios cerrados en la punta, saboreándole el pre-semen salado; después la fui tragando entera, hasta el fondo, hasta sentirla golpearme la garganta. Le pasé la lengua por debajo, por la vena gruesa, subí y bajé, mamándola con hambre, con los ojos cerrados, cebándome como no me había cebado nunca con nada. Mi hijo. Mi hijo tenía la polla en mi boca y yo se la chupaba como una puta agradecida. Nunca se lo dije con esas palabras, pero lo pensé, y el pensamiento me apretó el coño hasta hacerme jadear alrededor de su verga.

—Voy a... —murmuró, arqueándose—. Setsuko, me voy a correr...

La saqué de la boca justo a tiempo, se la seguí meneando con la mano y le pedí en un susurro que aguantara, que todavía no. Él respiró hondo, temblando, con la polla brillante de saliva apuntándome a la cara. Trepé por su cuerpo otra vez, le abrí la boca con la mía, le di a probar el sabor de su propia verga en mi lengua. Después le tomé la mano y me la llevé entre las piernas.

—Tócame —le dije—. Como quieras. Aprendé.

Encontró el coño empapado y se le escapó un jadeo de sorpresa. Le guie los dedos hasta el clítoris, le enseñé cómo dar vueltas encima, con qué presión, con qué ritmo. Le metí uno de sus dedos dentro y después otro, apretándome contra su mano, cabalgándole los nudillos mientras le mordía el hombro para no gritar. Me abrió con dos dedos, torpe y curioso, y yo le pedí un tercero, y otro, hasta sentirme llena, hasta que la casa dormida se convirtió en un rumor lejano y solo existía la mano de mi hijo hurgándome por dentro.

—Ponte encima —le pedí, apenas con voz—. Ahora.

Me tumbé de espaldas y abrí las piernas. Él se acomodó entre ellas, temblando, con la punta rozándome la entrada. Le tomé la polla con la mano y la guie yo misma, frotándomela primero contra el clítoris, empapándola en mi flujo, hasta encajarla en la boca del coño.

—Empuja —susurré.

Empujó despacio, centímetro a centímetro, con la boca abierta contra mi cuello. Sentí cómo se me abría, cómo la verga de mi hijo me llenaba entera por primera vez, cómo un lugar dentro de mí que llevaba un año dormido se despertaba con una punzada dulce y ácida. Cuando estuvo hasta el fondo, se quedó quieto, jadeando en mi oído, con todo el cuerpo tenso. Le rodeé la cintura con las piernas y lo empujé más hondo aún.

—Ahora fóllame —le pedí al oído, y no reconocí mi propia voz—. Despacio. Como te enseñe.

Empezó a moverse. Torpe al principio, buscando el ritmo, después más firme, más largo, saliendo casi entero y volviendo a hundirse hasta la raíz. Yo le mordía el hombro para no gritar, le arañaba la espalda, le susurraba cochinadas al oído que jamás pensé que fueran a salir de mi boca: así, mi amor, así, dale, follame el coño, dámela toda, más fuerte, no te contengas, soy tuya, esta noche soy tuya. Él gemía sordo contra mi cuello, cada vez más rápido, y el futón crujía bajo nuestros cuerpos como un delator.

Le hice cambiarnos. Me monté encima, a horcajadas, y me clavé en su verga hasta que se me escapó un gemido largo. Lo cabalgué despacio primero, meciéndome, dejándole ver los pechos, dejándoselos en la boca para que me los chupara. Le agarraba la cabeza con las dos manos y le apretaba la cara contra mis tetas mientras subía y bajaba, ensartándome yo sola en su polla, con el clítoris golpeando contra su hueso a cada bajada. Sentí cómo se me acumulaba el orgasmo en la boca del estómago, cómo me subía por la espalda, cómo me temblaban los muslos. Me corrí encima de mi hijo mordiéndome el puño, con los ojos cerrados, sintiendo cómo el coño se me cerraba en espasmos alrededor de su verga.

—Setsuko, no puedo más —jadeó él debajo de mí—, me voy a correr, me voy...

—Adentro —le dije sin pensarlo—. Córrete adentro. Todo.

Se agarró a mis caderas con las dos manos, me clavó los dedos, me embistió desde abajo tres, cuatro veces más, y se corrió con un gemido ahogado, arqueándose entero. Sentí los chorros calientes vaciándose en el fondo del coño, uno tras otro, cada uno acompañado de una sacudida. Me quedé quieta encima de él, empalada, sintiéndolo palpitar dentro hasta la última gota. Después me derrumbé sobre su pecho y él me abrazó como se abraza a un hijo y como se abraza a un amante, sin saber ya dónde terminaba una cosa y empezaba la otra. Mi cuerpo, por primera vez en años, estaba en paz.

Antes de dormirme me hice una pregunta en la penumbra. ¿Por qué me había escandalizado tanto con Chiyo? ¿Por qué había gastado tantas noches en aquel informe, en desentrañar el mal de un país entero, si esto que sentía era tan elemental, tan orgánico, tan radicalmente bueno? Por qué algo que se sentía así de bien tenía que estar mal.

***

Las noches no fueron pocas. Duraron meses. El futón se convirtió en el centro de nuestra existencia, un universo aparte de la formalidad del día, de las reverencias y los horarios. Itsuki resultó incansable, curioso, dispuesto a aprender cosas que ningún hombre conservador se habría atrevido siquiera a insinuar. Le enseñé a comerme el coño hasta que aprendió a hacerme correr solo con la lengua, con los brazos rodeándome los muslos, la nariz enterrada entre el vello, chupándome el clítoris hasta dejármelo hinchado y ardido. Le enseñé a follarme por detrás, de rodillas, con la cara aplastada contra la almohada para ahogar los gritos, mientras él me tiraba del pelo despacio y me metía la polla hasta el fondo con un ritmo que había aprendido a manejar. Le enseñé a correrse en mi boca, a correrse en mis tetas, a correrse en mi cara. Una noche le pedí, en un susurro que me costó formular, que probara el otro agujero; él untó los dedos con saliva, me abrió despacio, me metió primero uno y después dos, y cuando finalmente me la metió por el culo yo mordí la sábana y me corrí como no me había corrido nunca, con su mano tapándome la boca y su verga abriéndome por dentro. Tuve con él una confianza que no había tenido con nadie y que no volvería a tener jamás. Una intimidad en la que los papeles se borraban: yo ya no era del todo su madre, él ya no era del todo mi hijo.

Pensé muchas veces en mi madre y en Kaoru, en Chiyo y en Hideo. Dejé de juzgarlos. Entendí que la sangre, en mi familia, repetía un deseo igual que se repite un gesto heredado, sin elegirlo del todo. Los dos llevábamos el mismo reloj, igual que ella había llevado sus dos anillos.

***

La calma duró cinco meses. La controversia de mi informe se fue apagando en los diarios hasta que pareció olvidada. Y cuando ya nadie hablaba de ello, llegó la catástrofe.

Sonó el teléfono. Una voz de hombre, grave y tranquila, dijo mi nombre con una familiaridad que me erizó la piel.

—¿Recuerdas tu viaje a Sendai? —preguntó.

Apenas pude responder que sí.

—Debiste revisar mejor tu casa al volver —dijo, con el mismo tono monótono—. Camina hasta tu cuarto, Setsuko. Donde duermes y disfrutas tus noches con Itsuki. Con tu hijo.

Un escalofrío helado me recorrió de la nuca a los pies.

—¿Quién eres? —pregunté con un hilo de voz, la garganta seca de pronto.

—En lo que a ti respecta —respondió, con una burla helada—, soy Dios. Te metiste con nuestros trabajos, nos escupiste en el rostro. Llegó la hora de pagar las consecuencias.

Caminé hacia el cuarto temblando. Recordé entonces la luz que había encontrado encendida al regresar de Sendai, aquel pequeño desorden que atribuí a mi propia prisa. El hombre me hizo levantar la vista hacia la lámpara del techo. Y entre sus dos focos, camuflada en el metal blanco, descubrí una lente diminuta y fría que apuntaba directo al futón donde mi hijo y yo habíamos sido, por primera vez en mi vida, completamente felices.

Comprendí que aquellos hombres me habían estado mirando todo ese tiempo. Que mi pecado más íntimo, el único que jamás anoté en ningún cuaderno, había quedado grabado para siempre en manos de mis enemigos.

—Por favor —supliqué, y la voz se me quebró—. Haré lo que me…

—Tarde —dijo el hombre—. Muy tarde.

Y colgó, dejándome de pie bajo aquella luz, con el reloj pesándome en la muñeca como una condena.

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Comentarios(8)

NocheK25

Increible relato, de los mejores que lei en este sitio. Bien escrito y con una tension que no te suelta desde el principio

Rodrigo_SFE

Segunda parte por favor!!! quede con ganas de mas

MiradaFurtiva

Hay algo en este tipo de historias que te atrapa desde las primeras lineas y no te deja soltar hasta el final. Este no fue la excepcion, muy bien llevado

LaViajera_R

jajaja el titulo me engancho y el relato no decepciono para nada. Tremendo

Fede1985

Lo que mas me gusto fue como maneja la tension antes de que todo pase. Se nota que sabe escribir, no solo contar lo que sucede sino hacerte sentir presente en la escena. Muy buen trabajo, espero mas relatos

RosaLec

Excelente!! Espero mas relatos asi, muy bien escrito

EdgarM_54

La atmosfera que crea al principio es lo que mas me gusto. Te sumerge de a poco y no te das cuenta hasta que ya estas adentro de la historia. Saludos

Carlitos_BsAs

tremendo!!! uno de esos relatos que se quedan en la cabeza

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