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Relatos Ardientes

La noche que mi madre me llamó a su cuarto

Mariana cerró con llave la puerta del cuarto donde dormía la pequeña Sofía y caminó hasta el baño con el pulso ya disparado. Entre las piernas todavía sentía el eco caliente de la madrugada anterior: el peso firme del miembro de su hijo presionando contra sus nalgas mientras los dos fingían dormir. Solo de recordarlo, los pezones se le endurecieron bajo la bata fina, palpitantes y húmedos.

Había sido ella quien le pidió que se quedara a dormir a su lado. La beba solo se calmaba en los brazos de Sebastián, y cuando por fin caía rendida, él se acostaba junto a Mariana sin saber muy bien qué hacer con los brazos. Inevitablemente, hacia las cuatro o cinco de la mañana, aquel cuerpo joven y tibio giraba en sueños y ese bulto duro, grueso, terminaba alojado entre sus nalgas, latiendo contra ella durante horas. Una semana entera llevaba pasando exactamente lo mismo.

Varias veces, al entrar por la mañana a despertarlo, había visto la carpa de tela que formaba su erección bajo la sábana. Al principio apartaba la vista enseguida, casi con vergüenza ajena. En los últimos días le costaba cada vez más hacerlo. Lo había visto desnudo de chico, mil veces, y también de adolescente alguna vez sin querer: cambiándose el traje de baño en la playa, saliendo de la ducha con la toalla a medio caer. Siempre fingía naturalidad aunque el rostro se le encendiera. Sebastián se ponía rojo de pena, ella sonreía como si nada. Nunca lo había mirado con deseo. Hasta ahora. Y cada vez que lo hacía, no podía evitar compararlo: ni el padre del chico ni el ausente de Hernán habían tenido jamás un sexo tan grande, tan grueso.

Se llevó una mano al pecho y apretó suavemente. Un chorro tibio brotó del pezón y le mojó los dedos. Cerró los ojos y empezó a masajearse despacio, disfrutando esa presión que era a la vez alivio y placer. De pronto, la imagen del pene erecto de su hijo irrumpió en su cabeza con una nitidez brutal. Se quedó quieta, el corazón golpeándole en las costillas. ¿Qué estoy haciendo? El pensamiento la golpeó como una ola de culpa, pero, en lugar de frenarla, el tabú avivó el fuego entre sus muslos. Sabía que estaba mal. Sabía que era prohibido. El calor era insoportable de todos modos.

Bajó la mano temblorosa hasta su sexo y empezó a frotarse con suavidad. Los pliegues estaban ya hinchados, resbaladizos, recibiéndola sin resistencia. Metió un dedo, después dos, sintiendo cómo la cavidad estrecha los envolvía con avidez. Abrió la boca en un gemido silencioso y apretó los párpados. En su imaginación era Sebastián el que la penetraba por detrás, sujetándola de las caderas con manos fuertes, una mano apretándole los pechos pesados, la otra dejándole una nalgada firme que le hacía temblar la carne. El pensamiento la sacudió. Se mordió el labio para no gemir en voz alta y aceleró el ritmo, curvando los dedos hacia adelante, buscando ese punto que la volvía loca. Dios mío… ¿cómo puedo ponerme así con mi propio hijo?

El orgasmo la golpeó con una intensidad casi violenta. Las paredes internas se le contrajeron alrededor de los dedos mientras un chorro caliente le empapaba la mano y la tela del camisón. Se quedó jadeando, temblando. No fue suficiente. Quería más. Mucho más.

Se quitó la ropa con prisa y se metió bajo el agua caliente de la ducha. El chorro le cayó sobre la piel como una caricia continua. Volvió a tocarse al instante. Con una mano se masajeaba los pechos, exprimiendo la leche que aún brotaba y dejando que el agua la arrastrara por el vientre; con la otra hundía dos dedos profundos en su vagina, entrando y saliendo con un ritmo húmedo y obsceno. El agua le resbalaba entre los muslos, mezclándose con sus fluidos. Se concentró en el clítoris, círculos rápidos al principio, después más lentos y deliberados, sintiendo cómo el placer subía como una ola imparable. Metió un tercer dedo, estirándose, imaginando que era el grosor de Sebastián abriéndola por primera vez. Cuando el segundo orgasmo llegó, fue tan intenso que no pudo evitar un gemido ronco y largo. Las rodillas le flaquearon. La beba se removió en la cuna y Mariana quedó congelada, con el corazón en la garganta, pero nadie apareció. Terminó de lavarse con las piernas todavía temblando, agotada y al mismo tiempo más viva que en años.

Hacía más de un año que no sentía un hombre dentro de ella. Y nunca, ni siquiera en sus mejores noches con Hernán, se había venido con esa fuerza solo de tocarse.

***

La relación con Sebastián había cambiado sin que ninguno de los dos lo planeara. Desde que ella le mostró la prueba de embarazo, llorando porque el padre de la criatura se había borrado, él se convirtió en su apoyo incondicional. La acompañaba a las consultas, le masajeaba los pies hinchados al final del día, estaba presente en cada momento difícil. Durante el parto lo sacaron por las complicaciones, pero saber que estaba detrás de la puerta la había calmado como nadie. De a poco, la ternura se había teñido de algo más profundo y más peligroso. Ahora, cuando le daba el pecho a Sofía, sentía la mirada ardiente de su hijo sobre los senos desnudos, y en lugar de cubrirse, una humedad cálida se le instalaba entre las piernas, acompañada siempre del mismo susurro interno: míralo, ya es un hombre.

Sebastián, por su parte, ya no podía verla solo como madre. Mariana tenía treinta y seis años y él veinte, pero parecían casi de la misma generación. Era alta, con el pelo castaño ondulado que solía atarse en una coleta floja, y un cuerpo que el embarazo había vuelto más voluptuoso: caderas más anchas, pechos llenos y pesados, y un trasero firme que se marcaba delicioso bajo el jean ajustado que volvía a usar de a poco. Él estaba obsesionado con ella en secreto, y desde hacía semanas no podía dormir sin masturbarse pensando en su olor.

—Sebas, ¿podés venir un segundo? —llamó una mañana desde el cuarto.

Cuando entró, ella estaba sentada en la cama con la beba en brazos. Se abrió el corpiño de lactancia y sacó uno de los senos pesados. Esa mañana estaban especialmente hinchados, llenos hasta el borde, con una vena azul que cruzaba la piel pálida. Sebastián se ruborizó y apartó la mirada, pero no pudo evitar que el pene empezara a endurecerse dentro del pantalón de jogging. Mientras Sofía succionaba con avidez, él armó la cuna a un costado y salió casi huyendo, con la erección palpitando dolorosamente contra la tela.

Esa misma noche, como tantas otras, ella le pidió que durmiera a su lado.

—Vení, acercate más, tengo frío.

Sebastián se pegó a su espalda, intentando mantener la pelvis lo más lejos posible. El frío del aire acondicionado era la excusa perfecta.

—Ma, ¿querés que ponga otra frazada mejor?

—Sí… No, mejor abrazame. No puedo dormir con tanta cosa encima.

Él giró y le pasó torpemente el brazo por la cintura, manteniendo las caderas separadas. Mariana sintió esa resistencia y sonrió en la oscuridad. Pronto los dos parecían estar dormidos.

Cerca del amanecer, ella lo despertó con golpecitos suaves en la pierna. Sebastián abrió los ojos y se dio cuenta, horrorizado, de que su pene estaba completamente fuera del short, erecto, presionando con fuerza entre las nalgas de su madre.

Casi pegó un salto hacia atrás, acomodándose la ropa con dedos torpes.

—Sebas, pegate más, tengo frío —le pidió ella con voz suave pero firme.

—¿Ya fuiste a ver a la nena? —preguntó él, casi sin voz.

—Sí, sigue dormida. No hagas ruido.

Volvió a acercarse, apretando las piernas para controlar la erección. Pero Mariana se pegó completamente contra él, sintiendo el miembro caliente y duro frotándose otra vez contra su trasero. El calor la invadió de inmediato. Hacía tanto tiempo que no sentía una excitación tan cruda. Se preguntó, con la respiración agitada, si era normal estar tan mojada solo por eso. ¿Cómo puede ponerme tanto? Una cosa era fantasear sola en la ducha. Otra muy distinta era sentir el pene de su propio hijo palpitando contra su cuerpo.

Los dedos bajaron lentamente hasta su sexo. Estaba empapada. Empezó a acariciarse con suavidad, conteniendo los gemidos, mientras Sebastián se movía inconscientemente contra ella, sin saber si dormía o fingía. El morbo de la situación la consumía: el conflicto entre la culpa y el deseo la hacía temblar.

***

Los días siguientes fueron una tortura lenta y deliciosa. Cada noche se repetía la misma danza: él se frotaba contra ella mientras dormía (o fingía), y ella se dejaba hacer, cada vez más húmeda, más desesperada. Por la mañana, apenas él salía de casa para la facultad, Mariana se desplomaba en el sillón, se bajaba la bombacha y se masturbaba con furia, hundiendo tres dedos en su interior mientras imaginaba que era su hijo el que la cogía. Esto no está bien. El orgasmo llegaba rápido y brutal, dejándola exhausta, con lágrimas de placer y culpa.

Sebastián, por su parte, apenas cerraba la puerta de su cuarto después de aquellas madrugadas, se bajaba el short y se masturbaba con desesperación, recordando el calor de las nalgas de su madre, el olor a su pelo, la curva de ese pecho lleno. Acababa en chorros abundantes, preguntándose si ella también se tocaría pensando en él.

Los dos sabían que algo irreversible estaba pasando. El pudor los frenaba todavía, pero el deseo ya era más fuerte.

Una noche, después de un día agotador calmando a Sofía, se acostaron juntos en la cama grande del living para ver la serie que miraban siempre. El cansancio los venció casi enseguida. Sebastián despertó con la cabeza de su madre apoyada en el hombro. La mancha de leche en la remera de ella había crecido. Sin pensarlo, Mariana le pasó un brazo por la cintura y lo abrazó. Él se endureció al instante. Ella lo notó. Y en lugar de apartarse, se quedó quieta, disfrutando el calor prohibido.

Se miraron. El aire se volvió denso.

Sebastián se inclinó y la besó. Fue un beso largo, cálido, cargado de todo lo que habían reprimido durante semanas. Ella le respondió con intensidad, subió una pierna sobre las de él, sintió el bulto palpitante contra el centro de su cuerpo. Las respiraciones se volvieron jadeos. Mariana se trepó encima, frotándose descaradamente contra la erección de él, mientras las lenguas se enredaban con hambre.

De pronto, Sofía empezó a llorar.

Mariana se separó de golpe, con la cara roja y los labios hinchados. Tomó a la beba y se fue al cuarto, dejando a Sebastián temblando de deseo en el sillón.

***

Esa misma noche, cuando la beba por fin se durmió, Mariana susurró desde la puerta del living:

—Sebas, ¿me ayudás con una cosa?

Él se levantó y la siguió hasta el cuarto. Al entrar, lo primero que vio fueron los pechos pesados de su madre balanceándose bajo la bata azul entreabierta. Ella se dio cuenta y se sonrojó.

El sacaleche se había roto. Se lo explicó con voz urgente: lo dolorosa que era la hinchazón, lo desesperada que estaba por vaciarse. Sebastián intentó arreglarlo mientras ella se abría la bata por completo. Los senos aparecieron hinchados, surcados de venas, con restos de leche seca alrededor de los pezones grandes y oscuros.

Mariana tomó una toallita húmeda y empezó a limpiarse con lentitud, pasando la tela sobre los pezones sensibles, dejando escapar pequeños suspiros de alivio. Sebastián no podía apartar la vista. Cuando por fin el aparato funcionó y la ventosa succionó con fuerza el pezón, ella soltó un gemido ronco y se tapó la boca, avergonzada. Los dos rieron nerviosos.

La leche brotaba en chorros blancos y abundantes. Sebastián, sin poder contenerse, empezó a frotarse por encima del pantalón mientras la miraba. Ella lo notó. La respiración se le aceleró. Saber que su hijo la estaba devorando con la mirada la excitaba de una manera perversa.

Cuando el aparato terminó del lado derecho, todavía quedaba presión. Sebastián tomó el otro pecho con la mano temblorosa. Era pesado, caliente, increíblemente suave. Apoyó la ventosa, pero no pudo evitar masajearlo despacio, apretando con delicadeza, moviéndolo en círculos. Mariana se mordió el labio, con la respiración entrecortada, mirando de reojo la erección evidente debajo del jogging.

Cuando todo terminó, ella lo detuvo en la puerta. Sin abrocharse la bata, lo abrazó con fuerza. Sebastián sintió los pechos desnudos y calientes contra su pecho por primera vez en su vida.

—Te quiero, mi amor —susurró ella, y le dio un beso corto pero cargado de intención en los labios.

Esa noche ninguno de los dos durmió de verdad.

***

Horas más tarde, cuando la casa estaba en silencio, Sebastián se acercó a su madre dormida (o fingiendo estarlo). Deslizó la mano con reverencia sobre las nalgas firmes, apenas acariciándolas, sintiendo la suavidad de la piel. Se sacó el pene del short y empezó a masturbarse despacio mientras la tocaba. Los dedos se volvieron más audaces y se deslizaron entre los pliegues. Estaba empapada.

Mariana, despierta, contuvo la respiración. Quería ver hasta dónde se animaba su hijo. Esto es una locura… es mi hijo… pero esas manos…

Cuando sintió el glande caliente presionando contra su entrada, empujó lentamente hacia atrás, dejando que el pene se deslizara entre los muslos, rozando el sexo hinchado. Sebastián empezó a moverse, frotando la longitud entera contra los labios empapados, cada vez con más presión.

Mariana ya no pudo fingir más. Giró la cabeza para mirarlo. Los ojos le brillaban de deseo, no de reproche.

Se besaron. Primero con ternura, después con desesperación. Las lenguas se enredaron mientras ella movía las nalgas contra él con fuerza, restregando el sexo húmedo contra el miembro palpitante. Sebastián deslizó los dedos entre los pliegues y le acarició el clítoris hinchado con movimientos circulares, lentos y precisos. Ella gimió contra su boca, un sonido bajo y ronco que la avergonzó y excitó al mismo tiempo. Mi hijo me está tocando… y yo estoy empapada por él… ¿cómo puedo querer esto tanto? Se sacó el short con un movimiento rápido y volvió a pegar la cola contra él. El pene resbaló entre las nalgas y se alojó en la entrada de su vagina, caliente, palpitante.

Ella misma lo tomó con dos dedos y lo guio con mano temblorosa. Sebastián empujó.

El glande le abrió los labios y se hundió despacio en el interior caliente y resbaladizo. Centímetro a centímetro, él sintió cómo las paredes de su madre lo envolvían con fuerza, lo apretaban, lo succionaban, tan ajustada y húmeda que tuvo que contener la respiración. Cuando estuvo completamente adentro, con los testículos contra las nalgas suaves, soltó un gemido ahogado. Mariana arqueó la espalda, sintiendo cada vena, cada pulsación, y el conflicto la atravesó como un relámpago: mi hijo está adentro mío. Estoy cogiendo con mi propio hijo.

El placer fue tan intenso que Sebastián se vino casi enseguida. Chorros calientes y abundantes le llenaron el interior, desbordándose y mojando las sábanas. Pero no se detuvo. La sujetó con fuerza de las caderas y siguió penetrándola, sacando y metiendo el pene todavía palpitante, cubierto de semen y de fluidos, con embestidas lentas y profundas que hacían que las nalgas chocaran suavemente contra él.

Mariana jadeaba con cada movimiento, sintiendo cómo su hijo la llenaba por completo, cómo ese grosor la estiraba de una manera que ningún otro hombre había logrado. Levantó una pierna para facilitarle el acceso y él la penetró más profundamente, con movimientos firmes y controlados, girando las caderas para rozar cada punto sensible. El sonido húmedo y obsceno de los sexos chocando llenaba el cuarto.

Ella se acariciaba los pechos con furia, pellizcándose los pezones sensibles, exprimiendo leche que le corría por la piel y goteaba sobre la sábana. Sebastián aceleró el ritmo de a poco, cogiéndola con pasión creciente, saliendo casi por completo para volver a hundirse hasta el fondo, una y otra vez. Mariana gemía sin control, mordiendo la almohada para amortiguar el sonido, mientras el placer y la culpa se mezclaban en su cabeza: está mal… tan mal… pero no pares, mi amor… cogeme más fuerte… sos mi hijo y ahora sos mi hombre.

Sebastián deslizó una mano hacia adelante y encontró el clítoris, masajeándolo en círculos firmes mientras seguía penetrándola con fuerza. Mariana se estremeció. Las paredes internas empezaron a contraerse alrededor del pene de su hijo, apretándolo como un puño caliente y húmedo. Ella tomó el pelo del muchacho, tirando con desesperación, y dejó escapar un gemido largo y profundo mientras el orgasmo la atravesaba como una ola imparable. Se vino con tanta intensidad que sus fluidos brotaron alrededor del miembro de él, empapándolo todo.

Él la siguió segundos después, derramándose otra vez adentro en un orgasmo largo y tembloroso. Pero no salieron. Sebastián la mantuvo pegada contra su cuerpo, moviéndose despacito todavía, prolongando el placer, besándole el cuello y los hombros mientras los dos volvían al mundo.

Se quedaron unidos así, jadeando, con el pene aún adentro de su madre, latiendo apenas, sin querer separarse de aquel calor prohibido.

***

A la mañana siguiente, Sebastián despertó con la cara hundida entre los pechos desnudos y tibios de Mariana. La noche anterior no había sido un sueño. La realidad era mucho mejor.

Empezó a besárselos con devoción, lamiendo las gotas de leche que perlaban los pezones. Ella abrió los ojos y le sonrió con una mezcla de ternura y deseo que él no le había visto nunca.

—Ma, yo…

Ella le puso un dedo sobre los labios y negó suavemente con la cabeza.

—Despacio —susurró antes de besarlo otra vez, ahora con una lentitud deliberada, saboreando cada roce de labios y lengua.

Después de tanto tiempo sola, Mariana se sentía viva, deseada, amada. Y aunque sabía que lo que estaban haciendo era profundamente prohibido, esa misma prohibición hacía que todo fuera infinitamente más intenso.

Ahora estaba segura: lo que sentía por su hijo ya no era solo maternal.

Era mucho más.

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Comentarios (6)

TabooWolf

Excelente!!! De los mejores relatos que lei en este sitio, qué calidad tiene

NicoRosario

Por favor que siga, me quedé con mucha intriga de como termina esto

ElNocturno44

Dios mio... me recordó a cosas que prefiero guardar para mi jajaja. Muy bien narrado

Dante_lector

Lo leía y no podía parar. La tensión que logra transmitir es increible, muy buen trabajo

LaraBA

La ambientacion nocturna está perfecta, se siente tan real. Sigan asi!

MomoLector

buenisimo!!!

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