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Relatos Ardientes

La noche que dormí entre mis primos

Hola a todos. Hace tiempo que cargo con esta historia y nunca me había atrevido a contarla, pero hoy quiero compartir lo que viví la Navidad en que cumplí veinte años. Por aquel entonces había decidido tomarme una pausa de la facultad y, para no quedarme encerrada en casa sin hacer nada, entré a trabajar como vendedora en una tienda de ropa del centro comercial.

Era veinticuatro de diciembre y, como cada año, toda la familia se juntó en casa de mi tía Dolores para cenar. Yo llegué tarde, directo desde mi turno, porque no me dio tiempo ni de pasar por casa a cambiarme. Todavía traía puesto el uniforme de la tienda: una falda negra demasiado corta, una blusa blanca entallada, medias oscuras que estilizaban mis piernas y unos zapatos bajos. Así, tal cual, me sumé a la fiesta.

La velada fue como todas las de mi familia: música a todo volumen, bandejas que no paraban de circular y bastante alcohol. Entre brindis, chistes viejos y risas, la noche se nos fue volando sin que nos diéramos cuenta. Cuando quisimos acordar, ya pasaba de las tres de la mañana y nadie estaba en condiciones de manejar de regreso.

La casa de mi tía no tenía camas para tantos, así que decidimos que todos los primos dormiríamos en la sala, chicos y grandes revueltos. Bajaron montones de cobijas y un par de colchonetas viejas del altillo, y nos acomodamos en fila sobre la alfombra. De un lado se tendieron los hombres y del otro las mujeres. Por uno de esos azares del destino, a mí me tocó justo en medio, marcando la frontera entre los dos grupos.

El cansancio del trabajo y el vino me tumbaron casi al instante. Me quedé dormida profundamente, arropada hasta la barbilla, sin imaginar lo que vendría. Pero en algún momento de la madrugada algo me sacó del sueño.

Sentí una mano que recorría mi cuerpo por encima de la cobija. Al principio pensé que alguien se había movido dormido y me había rozado sin querer. Pero la mano no se retiró. Al contrario: se deslizó por debajo de la manta, lenta, buscando.

Era Mateo, mi primo mayor. Lo reconocí por el perfume y por el peso de su brazo. Sus dedos empezaron a recorrer mis nalgas por encima de la falda, subieron hacia mi cintura y bajaron por mi espalda enchinándome la piel. Lejos de asustarme, el alcohol que todavía me corría por las venas y la oscuridad del cuarto provocaron que una corriente de excitación me bajara por la columna.

Me quedé inmóvil. Fingí seguir dormida mientras disfrutaba en silencio del riesgo, sintiendo cómo sus manos me reconocían por todos lados y su respiración agitada me golpeaba la nuca. El corazón me latía tan fuerte que estaba segura de que él podía oírlo.

Esto está mal. Es mi primo. Tendría que apartarlo.

Pero no lo hice. Después de un rato, el deseo le ganó al juicio. Pasé la mano hacia atrás, despacio, buscando entre la oscuridad hasta encontrar el bulto en su entrepierna. Lo acaricié por encima de la mezclilla del pantalón. Estaba completamente duro, palpitando bajo la tela. Escuché que ahogaba un gemido contra la almohada.

Mateo aprovechó el silencio del resto. Con cuidado se desabrochó el pantalón y liberó su miembro. Lo tomé con la mano y empecé a masturbarlo con movimientos lentos, casi imperceptibles, mientras él me metía mano por todo el cuerpo y acariciaba mis muslos sobre la seda de las medias.

***

Llegó un punto en que ya no aguanté más. Con movimientos torpes pero urgentes, me bajé las medias y la ropa interior hasta las rodillas. Me doblé un poco, echando las nalgas hacia atrás, quedando expuesta en plena oscuridad. Apenas separé los labios para preguntar en voz bajísima:

—¿Tienes condón?

Escuché que rebuscaba entre su ropa tirada en el suelo. Pasó un par de minutos que se me hicieron eternos, y después sentí que se bajaba el pantalón. Supuse que ya se lo había puesto. Se acomodó detrás de mí, pegando la cadera a mis nalgas. Su carne caliente y dura se fue abriendo paso por el hueco entre mis muslos hasta encontrar la entrada y empujó. Me penetró por detrás de una sola embestida contenida.

El roce de su cuerpo robusto contra mi espalda y el sonido apagado de la piel chocando eran eléctricos. Estábamos en un filo peligroso, tratando de no hacer el menor ruido entre tantos primos dormidos a centímetros de nosotros. Lentamente se fue hundiendo hasta entrar del todo, arrancándome un gemido que apenas logré tragarme. Después empezó a embestir despacio, con cuidado, pero su respiración entrecortada y mis quejidos ahogados nos delataban más de lo que queríamos.

—¿Qué hacen ustedes dos? —La voz salió de la oscuridad, a mi izquierda.

Nos quedamos congelados, tratando de aparentar normalidad. Era mi primo Bruno, que se había despertado y estaba mirando hacia nuestro bulto bajo las cobijas.

—¿En serio te estás cogiendo a la Cami, güey? —susurró, entre incrédulo y divertido.

Mateo no contestó. Yo me quedé quieta, con los nervios a flor de piel, sintiendo el latido de mi propio pulso y el pene caliente de Mateo todavía hundido en mí. Nadie dijo una palabra durante varios segundos que pesaron como plomo.

—Después sigo yo —dijo Bruno por fin, y se acomodó de nuevo en su lugar como si nada.

Esas tres palabras, en lugar de cortar el momento, lo encendieron. Mateo retomó sus movimientos y mis gemidos contenidos volvieron a aparecer mientras él aceleraba poco a poco. Lo sentí tensarse a mi espalda, clavarse hasta el fondo y derramarse con un estremecimiento mudo. Se quedó así un instante, jadeando contra mi cuello, antes de salir despacio.

***

Cuando Mateo terminó y se retiró jadeando, Bruno cumplió su palabra. Se acercó arrastrándose por la alfombra y cambió de lugar con él. En la oscuridad alcancé a oír un pequeño intercambio de susurros entre los dos.

—Muévete, güey... quítate de ahí sin arrimarme tu cosa.

—Me queda un condón. Ten, agárralo.

—Va, gracias.

Yo permanecía expectante, hecha un ovillo, todavía temblando. Los dos hacían demasiado ruido al moverse y pensé, con el corazón en la garganta, que los demás primos —entre ellos mis propias hermanas, dormidas a pocos metros— podían despertarse en cualquier momento. Ese miedo, en vez de frenarme, me tenía completamente encendida.

Una vez que se puso el condón, Bruno me tomó del hombro y me giró boca arriba con una urgencia que me dejó sin aliento. Me abrió la blusa blanca y subió el sostén de un tirón, dejando mis pechos al descubierto en el aire frío de la madrugada. Se me erizó toda la piel.

Quiso colocarse entre mis piernas, pero no podía abrirlas mucho porque todavía tenía las medias y la ropa interior enredadas en las rodillas. Ahora era yo la que se movía y hacía ruido tratando de bajarlas del todo, cosa que se complicaba con el peso de su cuerpo aplastándome contra la colchoneta. Cuando por fin logré separar más las piernas, Bruno se acomodó entre ellas.

Puso las manos sobre mis pechos y me apretó los pezones, que ya estaban duros del frío y de las ganas. Me penetró con una fuerza distinta a la de Mateo, más bruta, más impaciente, y tuve que morderme la muñeca para no gritar. Mientras me embestía, me amasaba los senos sin delicadeza y se inclinaba a ratos para chuparme los pezones, sacando sonidos húmedos que me hacían vibrar de la cabeza a los pies.

Sentía todo su peso encima, la urgencia de su deseo en cada empuje, el calor de su aliento en mi cuello. Cerré los ojos y me dejé llevar, atrapada entre el placer y el pánico de ser descubierta. Tras unos minutos de embestidas profundas, lo sentí estremecerse y terminar dentro del látex con un gruñido que apenas alcanzó a contener.

***

Los tres nos quedamos un momento en silencio absoluto. Bruno y yo recuperando poco a poco el ritmo de la respiración mientras su miembro se ablandaba todavía dentro de mí, todo entre el olor a sexo y el miedo a que alguien hubiera escuchado. Cuando por fin se incorporó y salió, me sentí extrañamente liviana, como si recién entendiera lo que acababa de pasar.

Nos acomodamos la ropa como pudimos en la penumbra. Me subí las medias y la ropa interior, me bajé la blusa, abroché lo que se dejaba abrochar. Los dos volvieron a sus lugares y nos pusimos de costado, dándonos la espalda, como si nada hubiera ocurrido. A los pocos minutos volví a quedarme dormida, agotada y con una sonrisa idiota que agradecí que nadie pudiera ver.

A la mañana siguiente, en el desayuno, ninguno de los tres se miró a los ojos más de un segundo. Mi tía sirvió café y pan dulce, mis hermanas se quejaban del dolor de cabeza, y Mateo y Bruno comían en silencio como dos santos. Solo yo sabía —solo nosotros tres sabíamos— lo que había pasado a metros de toda la familia.

Pero esa Nochebuena fue apenas el primer encuentro, el que abrió la puerta a muchas otras noches y a más de una travesura. Eso, sin embargo, será para otro relato.

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Comentarios (5)

NachoQuilmes

me dejaste con ganas de mas!!! excelente

ValentinaGBA

Que bueno que esta, se hizo corto. Va a haber continuacion?

Marcos_ar

Me recordo a unas vacaciones de verano que tuve, aunque la mia no termino tan bien jajaja. Muy buen relato

Curioson_Pampa

increible!!! de los mejores que lei por aca

PedroSur_22

Estaba leyendo en el trabajo y casi me agarra un infarto jaja. Buenisimo

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