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Relatos Ardientes

El banquete que una madre le sirvió a su hijo

La mañana siguiente sorprendió a madre e hijo dormidos a las diez, con el sol entrando a traición por unas persianas que nadie se había molestado en bajar. Lorena abrió un ojo, luego el otro. Dentro de su cráneo se había levantado una catedral de dolor. Resaca de vino tinto y de una noche que ningún calendario reconocería.

Se movió con el cuidado de un relojero ebrio, intentando no despertar al hombre que dormía a su lado. Pero Mateo ya estaba despierto, observándola con esos ojos que no necesitaban café para encenderse.

—Buenos días, mi amor —murmuró él, la voz grave y pastosa.

Lorena se estiró, sintiendo cada músculo, cada hueso.

—¿Quieres un café? —preguntó con voz ronca—. Necesito algo que me resucite.

Se deslizaron de la cama, dos figuras desnudas moviéndose con la torpeza de quienes han abusado de sus propios límites. Ella fue a la cocina, sintiendo el aire frío del apartamento sobre la piel. Mateo la siguió un rato después, como si no soportara la distancia.

Cuando estuvo frente a la cafetera, él se acercó por detrás y la rodeó con los brazos. Le dio un beso en el cuello.

—Buenos días para la mujer más hermosa del mundo —dijo.

Ella sonrió, apoyándose en él.

—Ya son las diez, cariño. Hoy tendrás un almuerzo especial. Prepárate. Vas a tener exactamente lo que quieres.

Los dedos de él se enredaron, juguetones, en la cabellera rubia de Lorena, como si le tejiera una corona hecha de vergüenza y de orgullo a partes iguales.

—Ve a tu cuarto y descansa —ordenó ella, con una ternura que era también una instrucción—. Hoy se descansa al cumpleañero. Yo me ocupo de todo.

Mateo obedeció y desapareció en su habitación con una sonrisa de promesa.

La cocina se convirtió en el laboratorio de su devoción. Lorena trabajaba con una eficiencia febril. En la nevera la esperaban los tesoros que había preparado la noche anterior, antes de que Esteban se marchara. Sacó un bol enorme con una ensalada vibrante: hojas de lechuga grandes como abanicos, tomates en rodajas gruesas y jugosas, gajos de papaya de un naranja pálido que prometían dulzura. En una sartén calentó láminas finas de pavo; el adobo, oscuro y aromático, lo guardó aparte en un cuenco de cerámica.

Completó el festín con patatas asadas cortadas por la mitad y doradas, y un recipiente de gelatina temblorosa, casi infantil, un guiño a los cumpleaños de verdad. La joya de la corona era una pequeña tarta cubierta de un glaseado blanco y simple. Una botella de vino tinto y otra de agua helada esperaban como invitados de honor.

La mesa del comedor era una de esas plegables y anónimas. Con un gesto experto, Lorena la extendió hasta el máximo, transformando el pequeño espacio en un comedor formal. La cubrió con un mantel desechable de un rojo profundo, desplegándolo con el cuidado de una sacerdotisa que prepara un altar. Colocó los platos, los cubiertos, las copas. Cada objeto en su sitio. Una escenografía perfecta para una obra de teatro privada y delirante.

Cuando todo estuvo dispuesto, fue al cuarto. Mateo estaba tumbado en la cama, las manos detrás de la cabeza, esperándola.

—Ya casi está todo —dijo ella desde la puerta, su cuerpo desnudo un espectáculo del que él no se cansaría jamás—. Pero antes tengo que ducharme. A fondo. Para ti.

Él se incorporó, la mirada recorriéndola de pies a cabeza.

—Así, tal cual, estás perfecta, mamá.

—No —dijo ella, negando con una sonrisa pícara—. Quiero estar impecable. Como un regalo nuevo. Para que lo desenvuelvas con cuidado.

Y desapareció en el baño. El agua corrió, una cortina de sonido que anunciaba el próximo acto. No solo iba a limpiarse: iba a consagrarse de nuevo. Se lavaría el cabello, se frotaría la piel hasta dejarla sonrosada y sensible al tacto, se prepararía para ser devorada una vez más.

***

Cuarenta y cinco minutos más tarde, amortiguada por el vapor, la voz de Lorena resonó desde el baño.

—Mateo, cariño, ve al comedor y siéntate. Todo está servido. Salgo en unos minutos.

Él se levantó, estirando los músculos doloridos pero satisfechos. Caminó hasta el comedor y lo que vio lo dejó perplejo. La mesa estaba dispuesta como un banquete real, con toda la comida que ella había preparado, pero había una sola silla. Y no en la cabecera, sino justo en el centro, como el trono de un rey solitario. Se sentó con el corazón un poco más acelerado. ¿Qué estaba tramando?

Oyó el suave arrastrar de unas chanclas sobre el parqué. Se giró y, en el último segundo, vio su silueta en la puerta. Lorena llevaba una bata de seda blanca, tan fina que era casi un susurro sobre la piel. Una diosa doméstica a punto de cometer un sacrilegio.

Avanzó hacia la cabecera, el lugar vacío. Se detuvo y lo miró fijamente. Una sonrisa se dibujó en sus labios, mitad promesa, mitad revelación.

—Feliz cumpleaños, mi amor.

Y entonces dejó caer la bata. La seda resbaló de sus hombros y formó un charco a sus pies. Estaba completamente desnuda. La piel, limpia y sonrosada por la ducha caliente, brillaba bajo la luz del mediodía. Parecía esculpida en marfil. Subió a una silla lateral, se quitó las chanclas y, con la agilidad de una gimnasta, se puso de pie sobre la mesa, justo frente a él.

Mateo se quedó sin aliento. La había visto desnuda cientos de veces, la había explorado, la había poseído, y aun así sentía la misma fascinación de la primera vez. Una visión que lo desarmaba, una diosa pagana de marfil ofreciéndose sobre un altar de comida cotidiana.

Ella sonrió con esa mueca suya de hielo nórdico, de ojos hondos que guardaban secretos oscuros. Con lentitud calculada se recostó sobre la mesa, apoyada en los codos. Las piernas se abrieron, semiabiertas, una invitación tácita, un paisaje que él conocía pero que nunca dejaba de explorar.

—Tu almuerzo por tus veinticinco años acaba de empezar —dijo, la voz un susurro ronco de pura provocación—. Espero que tengas buen apetito.

Mateo no se movió, un rey sin reino, un hombre sin mapas en un continente de deseos. Lorena, desde su altar de madera, habló con una voz de miel envenenada.

—Empieza, mi amor. Pon toda la comida sobre mí. A tu gusto. Hoy soy tu bufé, y tú... el plato principal.

Un temblor eléctrico recorrió a Mateo. Esto era nuevo. Otra dimensión del juego, una donde el tabú se vestía de alta cocina.

Con manos temblorosas pero firmes, empezó la ceremonia. Tomó las hojas de lechuga y las deslizó entre los dedos perfectamente cuidados de los pies de su madre. Las rodajas de tomate, húmedas y translúcidas, las dispuso como escarapelas a lo largo de sus piernas largas y torneadas. Con un cazo roció el aliño de aceite y vinagre, no sobre la lechuga, sino directamente sobre los arcos de sus pies. El líquido dorado resbalaba en un río diminuto hacia sus tobillos.

Se inclinó. No usó cubiertos. Se llevó un pie a la boca y comenzó a comer la lechuga directamente de allí. Su lengua recorría los espacios entre los dedos, limpiando cada rastro de aliño con una devoción casi religiosa. Lorena suspiró, un sonido largo y tembloroso. Embriagado por el poder y el sabor, él mordisqueó el talón con suavidad. Ella soltó un gemido ahogado y arqueó la espalda contra la madera.

—Ah, sí... así... mi rey de hoy —jadeó.

Siguió su camino ascendente por el cuerpo de su madre. Comió los tomates de sus piernas, dejando un reguero de besos y mordiscos que la hacían retorcerse. Subió hacia el vientre y depositó las láminas tibias de pavo y las patatas sobre la piel suave. Añadió un chorro de la salsa oscura del adobo, un cuadro comestible sobre su abdomen. Mientras comía, sus ojos no lograban apartarse del monte rubio que lo esperaba más arriba, el plato estrella que aún no se había servido.

El plato salado terminó. Llegó el turno del dulce. Tomó los gajos de papaya, de un naranja intenso, y los colocó sobre sus pechos, uno sobre cada pezón erecto. De la nevera sacó un bote de nata montada y dibujó pequeños remolinos blancos alrededor de la fruta. Aquí los cubiertos tampoco sirvieron de nada. Mateo se inclinó y devoró la papaya directamente de su piel, la lengua mezclando el dulce de la fruta, la nata y el sabor único de Lorena. La lamió con avidez hasta dejar sus pechos brillantes y enrojecidos.

Terminó con un beso profundo, cargado del sabor de su propio banquete. Ella se lo devolvió con la misma hambre.

—Creo que con eso ya está todo —dijo Mateo, algo exhausto.

—Casi —susurró ella—. Todavía falta el postre de verdad.

Con la cabeza señaló la pequeña tarta que esperaba intacta.

—Como quieras, mamá —dijo él, la voz ronca de deseo.

Pero entonces Mateo se salió del guion.

—Quiero que te pongas a cuatro patas. Sobre la mesa —ordenó.

Lorena abrió los ojos, sorprendida. Se quedó quieta un instante, procesando la orden. Una sonrisa torcida le cruzó los labios.

—¿A cuatro patas? —preguntó con tono burlón—. ¿Ya cambiamos de postura? Pensé que estábamos comiendo.

***

La sorpresa duró un segundo. La siguió una oleada de sumisión caliente que la recorrió entera. Obedeció. Se giró sobre la mesa, las rodillas sobre el mantel de papel rojo, la madera fría bajo las palmas. Se puso a cuatro patas y ofreció a su hijo, a su rey, una nueva perspectiva de su cuerpo.

Mateo se acercó, una estatua de deseo contemplando su creación. Con firmeza suave le presionó la parte baja de la espalda.

—Baja la cabeza, mamá. Más. Quiero que beses el mantel.

Ella obedeció, arqueando la espalda hasta apoyar la frente sobre el papel crujiente. La postura elevaba sus nalgas y las presentaba como una ofrenda. Era la primera vez que él las inspeccionaba así, a plena luz del día, con la autoridad de un explorador que descubre un continente nuevo. Se quedó mudo.

Era perfecto. La piel, de un marfil ligeramente dorado, no tenía una sola imperfección. Entre las dos curvas, la entrada brillaba con un rosa pálido, un pequeño asterisco prohibido. Y lo más insólito y excitante: ni un solo vello. Completamente depilada, lisa como la seda, en un contraste delirante con el monte espeso y rubio que asomaba desde abajo, un jardín salvaje tras la pulcritud de un templo.

—Eres... increíble —logró decir, la voz rota—. Eres una obra de arte.

Se acercó a la tarta. Despegó con cuidado el pequeño letrero de caramelo que decía «Feliz cumpleaños, mi amor» y lo colocó al inicio del surco de sus nalgas, como si marcara el comienzo de un sendero sagrado.

—Ah... —susurró Lorena al sentir el dulce pegajoso sobre la piel.

Luego Mateo tomó la vela de caramelo con el número veinticinco. Esas velas con forma de cifra siempre le habían gustado desde niño. La miró a ella, miró la vela. Y Lorena supo, con certeza absoluta, lo que iba a hacer.

—No... —murmuró, pero era una negativa sin fuerza, una pura formalidad.

Él la introdujo despacio. La vela, lisa y redonda, la penetró con una facilidad que la asustó a ella misma. No hubo dolor, solo una sensación extraña, una plenitud obscena que la hizo sentirse poseída de un modo completamente nuevo. La cifra sobresalía de ella, un marcador absurdo y terriblemente erótico.

—Ahora... —dijo él, la voz un trueno ronco—, cántame el cumpleaños feliz, mamá.

Lorena sintió que el universo entero se detenía. Estaba a cuatro patas sobre una mesa, la frente pegada a un mantel de papel, una vela de cumpleaños metida entre las nalgas y su hijo pidiéndole que cantara. La humillación era total, un abismo sin fondo. Y en ese abismo florecieron dos certezas: una, que le gustaba, que una bestia adormecida despertaba dentro de ella y se revolcaba de placer. Y otra, que aquel era, sin duda, el regalo más grande que una madre podía darle a su hijo.

Con voz temblorosa empezó a cantar. «Cumpleaños feliz...». Las imágenes de todos sus cumpleaños pasaron como una película: Mateo a los tres años, con la cara llena de chocolate; a los diez, estrenando la bici que ella le había regalado; el día que se marchó a estudiar fuera y ella lloró a escondidas. Cuando son niños les das juguetes y los rompen, pensó. Este juguete le va a durar años.

«...cumpleaños feliz, querido Ma-te-o...». Al terminar, animada por el vino del día anterior y por el licor de la sumisión, se atrevió a mover las caderas. Un pequeño vaivén de lado a lado que hacía bailar la vela en una danza privada y obscena, solo para él.

Mateo rió, un sonido bajo y satisfecho. Se acercó y, con la boca, arrancó el letrero de caramelo del inicio de sus nalgas. Lo masticó con deleite. Después se inclinó más y, ante la incredulidad de Lorena, retiró la vela con los labios. La chupó y la limpió con la lengua, como si fuera la golosina más preciada del mundo.

Lorena creyó que aquello era el colmo. Se equivocaba.

Él cortó un trozo de tarta con un cuchillo. Esponjoso, cubierto de glaseado. Se acercó y, con una ternura diabólica, lo restregó por todas sus nalgas. El glaseado blanco se extendió por sus mejillas perfectas, la miga se incrustó en la piel, embarrándolo todo, hasta el vello rubio que enmarcaba su sexo.

Entonces empezó a comer. No con las manos. No con cuchara. Con la cara. Mateo lamía, mordía y frotaba mejillas, nariz y barbilla contra el cuerpo de su madre, devorando el pastel. Lorena, con la cabeza aún baja, recordó con lucidez irónica todas las veces que de pequeño le había dicho: «Mateo, mi amor, no te embadurnes la cara». Vaya si se la estaba embadurnando. Con tarta. Con ella.

—Tienes un sabor... divino, mamá —gruñó él entre bocados—. A pastel y a pecado.

***

Cuando el último vestigio de tarta desapareció de su piel, la mesa y el mantel eran un campo de batalla. Pero Mateo no había terminado. Cogió más trozos de pastel y los frotó en los arcos de los pies de su madre, y volvió a comer, la lengua raspando la nata y la miga de las plantas, los dientes jugando con los talones.

—Ah, Mateo... tus dientes... —gemía ella, atravesada por una mezcla de placer y un cosquilleo casi doloroso.

Subió por sus piernas limpiando cada resto de glaseado con lametones largos y lentos. Lo que le quedaba en las manos lo extendió por su espalda y se puso de pie para alcanzarla, comiendo y lamiendo cada centímetro de aquella espalda arqueada. Lorena se sentía transformada, reducida a un objeto de placer, un caramelo vivo para un apetito insaciable.

Un pensamiento macabro la golpeó: ¿qué dirían sus tías difuntas, su santa madre, si la vieran así? Su padre, con el viejo rifle de caza, les habría volado los sesos a los dos sin pensárselo. La vergüenza y la excitación se turnaban en su mente como dos amantes celosos. Si diez meses atrás alguien le hubiera dicho que terminaría siendo la comida de cumpleaños de su hijo, habría matado al que se atreviera a proponer semejante sacrilegio. Y ahí estaba, gimiendo de placer mientras la devoraban.

Satisfecho con la exploración, Mateo le hizo darse la vuelta. La dejó boca arriba sobre los restos de su propio banquete. Tomó el cuenco de gelatina y, con una cuchara, dejó caer los cubos brillantes y translúcidos sobre su vientre, dejándolos resbalar hacia el bosque rubio y acumularse a la entrada de su sexo.

Y entonces empezó a comer.

Su boca se cerró sobre ella, la lengua cazando los trozos de gelatina escondidos entre los pliegues. El frío de la gelatina chocó con el calor ardiente de su entrepierna, una contradicción de sensaciones que casi la desmaya. Mateo le hizo un sexo oral brutal, experto: sabía exactamente cómo mover la lengua, cómo presionar, cómo llevarla al borde del abismo una y otra vez. La mente de Lorena era un cortocircuito constante. Habían pasado del bufé a esta humillación absoluta y ella, lejos de resistirse, se hundía en la sumisión con un gemido de rendición. El orgasmo la golpeó como una ola, un espasmo que sacudió su cuerpo entero y la hizo gritar contra la madera.

Cuando se fue la última convulsión, él se montó sobre la mesa. No hubo delicadeza. Se colocó entre sus piernas y, sin preámbulos, la penetró. Estaba tan húmeda, tan abierta de deseo, que entró de un solo golpe hasta el fondo. Lo hicieron como animales, sin más ley que el instinto. Los cubiertos y los platos que quedaban caían al suelo con estrépito, pero ninguno se detuvo. Él embestía con una fuerza brutal y ella lo recibía con igual ferocidad, levantando las caderas para encontrarlo, las uñas clavadas en su espalda.

—¡Así, mamá, así! —gritaba él, y cada palabra era un golpe más hondo.

Cuando terminó, lo hizo con un grito que parecía arrancarle el alma. Se quedaron así un momento, jadeando, pegados, con el olor a sexo y a dulce flotando en el aire.

—Gracias, mamá —susurró él al oído, la voz rota, agotada—. Te amo.

Ella apretó los ojos y sintió una lágrima escaparse y mezclarse con el sudor de su sien.

—Yo también te amo, mi niño —respondió.

***

El almuerzo, en realidad, duró casi tres horas. Después, cuando recuperaron algo de fuerza, se levantaron. Los dos, desnudos y cubiertos de restos de comida, se miraron y rompieron a reír. Una risa liberadora, sin pudor. Entre bromas y carcajadas limpiaron y ordenaron todo. Mateo, con los ojos todavía brillantes, no paraba de abrazarla.

—Esto... esto no lo olvidaré jamás, mamá. Jamás —le decía, besándola en medio de la cocina ya limpia.

Ella le sonrió, cansada pero increíblemente feliz.

—Espero que no —respondió, pasándole los dedos por el pelo—. He hecho lo imposible para que disfrutaras de tu comida. Como todo un campeón. Y te has comido hasta el último bocado.

Pasaron el resto del día encerrados en el dormitorio. La cama se convirtió en su nuevo territorio, su isla, su universo. Hicieron el amor con una ferocidad agotadora, como si quisieran fundirse el uno en el otro y borrar los límites de la piel. Lorena, entre gemidos y espasmos, pensaba con la última chispa de lucidez que aquel hombre le estaba comiendo el cerebro, reprogramándola con cada embestida. Ya no pensaba en recados, ni en facturas, ni en lo que dirían las vecinas. Solo pensaba en su piel, en su olor, en cómo se sentía cuando él la llenaba por completo.

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Comentarios (6)

Gustavo_MDP

tremendo!!! de los mejores que lei aca en mucho tiempo

NocheClara

el titulo me llamo la atencion y el relato estuvo a la altura. Espero la continuacion

Robi_ok

me gusto mucho como esta narrado, se nota que hay trabajo puesto en cada parte

TitoRdP

jaja el final me mato, no me lo esperaba para nada. bien ahi!!

LauraG_75

Quede con ganas de mas, por favor una segunda parte!!! Muy buen relato

NandoCba

leí esto de un tiron y no pude parar. Muy recomendable para los que les gusta la categoria

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