El verano en casa de mi tío me cambió para siempre
Me llamo Mariana y aquel verano cumplí veinte años en una ciudad que no era la mía, con un apellido que tampoco lo era del todo: el de mi tía Beatriz, hermana mayor de mi madre, casada con un hombre que yo apenas conocía y que terminó cambiándome por dentro.
Mis padres eran de los que controlaban todo. La ropa, las horas, las amistades, el tono de mi voz cuando contestaba. Ese verano decidieron que pasaría las vacaciones lejos de casa, con mi tía Beatriz, que era cirujana y vivía en un piso amplio cerca del río. La idea, según mi madre, era que su ejemplo me «encaminara» hacia algo serio. La verdad es que a mí la medicina me daba igual. Solo quería respirar sin que nadie me midiera el aire.
Beatriz casi nunca estaba. Hacía guardias eternas en el hospital y volvía de madrugada, arrastrando el cansancio como un abrigo. Así que la mayor parte del tiempo me quedaba sola con su marido, mi tío Esteban.
Esteban tenía algo más de cuarenta años y esa clase de atractivo que no se nota a primera vista y después no se puede dejar de ver. Alto, de hombros anchos, el pelo oscuro con canas en las sienes y una voz grave y tranquila que parecía bajar la temperatura de cualquier discusión. Hablaba poco, pero cuando lo hacía, me miraba a los ojos de un modo que me obligaba a apartar la vista.
Al principio fue inocente. O eso me decía yo.
Por las tardes me hice amiga de un grupo del edificio y nos juntábamos en la piscina de la terraza. Pero cada vez volvía antes, con cualquier excusa, solo para encontrarlo a él leyendo en el sofá o cocinando algo con las mangas remangadas. Me sentaba cerca. Le preguntaba tonterías. Él respondía con paciencia, y a veces, al pasarme un plato o al apartarme un mechón de la cara, sus dedos se quedaban un segundo de más sobre mi piel.
Yo lo notaba. Él sabía que yo lo notaba. Y ninguno de los dos decía nada.
Esto no debería pasarme. Es el marido de mi tía. Es de la familia.
Me lo repetía en la ducha, con el agua cayéndome por la espalda, mientras metía la mano entre mis piernas pensando en su voz, en su boca, en cómo sería tenerlo encima. Me venía sin querer imaginando su polla, cómo sería su tamaño, su peso, cómo se sentiría entrando en mí por primera vez. Me lo repetía de noche, dando vueltas en la cama del cuarto de invitados, con dos dedos hundidos en mi coño empapado, escuchando sus pasos por el pasillo y mordiendo la almohada para no gemir. Cuanto más me lo prohibía, más crecía.
***
La noche que todo cambió, mis amigos del edificio me convencieron de bajar a un bar de la esquina. Yo casi no bebía. Me pedí un cóctel dulce que sabía a fruta y me tomé otro sin pensarlo. No llegué a perder la cabeza, pero sí esa capa de prudencia que me mantenía a salvo de mis propias ideas. Reímos, bailamos, alguien intentó besarme y me aparté, porque la boca que quería no estaba en ese bar.
Volví al piso pasadas las dos. Subí en el ascensor mirándome en el espejo, sonrojada, decidida y muerta de miedo a la vez. La luz del salón estaba encendida.
Esteban estaba en el sofá, con la televisión en silencio y una copa de vino casi vacía en la mano. Levantó una ceja al verme.
—Mira quién vuelve a las tantas —dijo, con media sonrisa—. ¿Te has divertido?
—Más o menos —contesté.
Me quité los zapatos y, en lugar de irme a mi cuarto, me senté en el sofá. Cerca. Más cerca de lo que una sobrina se sienta de su tío. Él lo notó. No se apartó.
—Estás jugando con fuego, Mariana —murmuró, y su voz sonó distinta, más baja.
—Puede ser —dije—. Llevo todo el verano jugando con fuego. Y tú también.
El silencio que vino después fue el más largo de mi vida. Lo miré a los ojos para que entendiera que no era el alcohol, que era yo, que llevaba semanas decidiéndolo. Entonces fui yo la que se inclinó.
El primer beso fue suave, una pregunta más que una respuesta. Cuando no me aparté, él tomó mi cara entre las manos y el segundo beso ya fue de verdad: profundo, lento, con la lengua abriéndose paso y un gemido bajo que no supe si era suyo o mío. Sentí su mano bajar por mi cuello, colarse dentro de mi blusa, apretarme una teta por encima del sujetador. El pezón se me puso duro contra la tela y él lo notó, porque sonrió contra mi boca.
—¿Estás segura? —preguntó, separándose apenas, su frente contra la mía—. Dime que pare y paro ahora mismo.
—No quiero que pares —susurré—. Llevo semanas queriendo esto. Quiero que me folles.
Le vi apretar la mandíbula. Bajó la mirada a mi boca, después a mi entrepierna, y con la mano libre me apretó por encima de los vaqueros, justo ahí, donde ya estaba empapada.
—Se te nota —murmuró—. Estás mojada solo de sentarte cerca.
—Desde hace semanas —dije, y le mordí el labio inferior.
***
Me levantó del sofá sin esfuerzo, como si no pesara nada, y me llevó por el pasillo hasta el cuarto de invitados. Mi cuarto. Lejos de la cama que compartía con Beatriz, como si los dos respetáramos esa última línea aunque estuviéramos cruzando todas las demás.
Me dejó de pie junto a la cama y me desnudó despacio, mirándome a la cara entre botón y botón, dándome tiempo a arrepentirme en cada paso. No me arrepentí. La blusa cayó al suelo. Después el sujetador. Sus manos grandes me recorrieron la espalda, la cintura, las caderas, y yo temblaba, pero no de frío. Se agachó y me chupó un pezón, lo lamió entero, lo mordió apenas, y yo se lo agarré del pelo sin pensar, pidiéndole más. Pasó al otro y me lo trabajó igual, hasta dejármelos duros y brillantes de saliva.
—Eres preciosa —dijo, y no sonó a frase hecha. Sonó a algo que llevaba tiempo guardándose—. Tienes unas tetas perfectas.
Me bajó los vaqueros y las bragas de un tirón. Se quedó de rodillas frente a mí, con la cara a la altura de mi coño, mirándomelo como si fuera la primera cosa que iba a comerse en días.
—Mírate —murmuró—. Estás chorreando. Se te ve todo.
Me abrió los muslos con las manos y me pegó la boca. La primera lamida me hizo doblar las rodillas. Recorrió mis labios de abajo arriba con la lengua ancha, plana, chupando todo lo que encontraba, y cuando llegó al clítoris lo atrapó entre los labios y lo succionó despacio, sin soltarlo. Se me escapó un gemido demasiado alto y me tapé la boca con la mano. Él siguió, metiéndome la lengua dentro, sacándola llena de mí, volviendo al clítoris, hundiendo un dedo hasta el fondo mientras me chupaba. Se me aflojaron las piernas y tuve que agarrarme a su cabeza para no caerme.
—Sabes a gloria —dijo, con la boca brillante—. Podría comerte durante horas.
Me tumbó en la cama y le quité la camiseta. Pasé las manos por su pecho, por la línea de vello que bajaba hasta el pantalón. Cuando lo desabroché y le bajé los calzoncillos y la vi, entera, dura, gruesa, con la punta hinchada y una gota transparente asomando, se me secó la boca. Era la primera vez que tenía a un hombre así de cerca, de verdad, sin pantallas ni imaginación de por medio.
La rodeé con la mano. Apenas me la abarcaba. La moví despacio, arriba y abajo, sintiendo el peso, la vena que le latía por debajo. Me incliné y le pasé la lengua por la punta, probándolo. Salado, denso, hombre. Le oí soltar el aire de golpe.
—Dios, Mariana…
Me la metí en la boca. No entera, ni de cerca; me atraganté con la mitad y tuve que sacarla, con hilos de saliva colgando. Volví a intentarlo, más despacio, chupando lo que podía y trabajándole el resto con la mano. Él me agarró el pelo con una mano, sin empujar, dejándome hacer, y me miraba con una cara que nunca le había visto: la boca abierta, los ojos entrecerrados, como si le costara aguantar.
—Es mi primera vez —confesé, sacándomela un segundo, con la cara ardiendo—. No he estado con nadie. No así.
Esteban se detuvo. Me levantó la barbilla con un dedo.
—¿Nunca? —preguntó, casi sin voz.
—Nunca. Ni una polla, ni un dedo que no sea el mío.
—Entonces vamos despacio —dijo—. Tú me marcas el ritmo. Si algo no te gusta, me lo dices.
Y esa frase, más que cualquier otra cosa, fue la que me deshizo.
Me tumbó bien en la cama y se acostó encima. Me besó el cuello, bajó por la clavícula, atrapó un pezón entre los labios y lo lamió hasta que se me escapó un suspiro. Su mano viajó por mi vientre, abriéndose camino entre mis piernas, y cuando sus dedos me rozaron por primera vez, todo mi cuerpo se arqueó.
—Estás empapada —murmuró contra mi oído—. ¿Esto es para mí?
—Sí —jadeé—. Solo para ti.
Me acarició con una paciencia que me volvió loca, trazando círculos lentos sobre mi clítoris, deslizando un dedo dentro de mí, después dos, abriéndome despacio, moviéndolos en un curva que me tocaba algo que ni sabía que tenía. Me besaba la boca para tragarse mis gemidos, mientras con la otra mano me apretaba una teta, me pellizcaba el pezón, me obligaba a arquearme contra él. La tensión fue creciendo como una cuerda hasta que se rompió: me corrí entre sus dedos por primera vez con otra persona, agarrada a su brazo, mordiéndome el labio para no gritar y despertar a medio edificio. Sentí cómo el coño me palpitaba alrededor de sus dedos, cómo se me escapaba un chorro caliente sobre su mano.
—Esa es mi chica —dijo, sonriendo contra mi mejilla, y se llevó los dedos a la boca para chuparlos delante de mí—. Vas a correrte muchas más veces esta noche.
***
Cuando se colocó entre mis piernas, lo hizo mirándome a los ojos. Se pasó la punta de la polla por mi coño empapado, arriba y abajo, restregándomela contra el clítoris hasta que me tembló todo. La punta encontró la entrada y se quedó ahí, presionando.
—¿Lista? —preguntó.
Asentí. Sentí la punta gruesa presionando contra mi entrada y se me tensó el cuerpo entero.
—Respira —murmuró—. Despacio. No tenemos prisa.
Empujó apenas, milímetro a milímetro, deteniéndose cada vez que me veía contener el aire. Hubo una punzada de dolor al principio, aguda, que me hizo clavarle las uñas en la espalda cuando la cabeza entró del todo. Sentí cómo me abría, cómo cedía la carne para dejarle sitio. Él siguió metiéndola, pausando, saliendo un poco, volviendo a entrar un poco más hondo cada vez, hasta que sentí sus caderas contra las mías y supe que la tenía entera dentro. Se quedó quieto, dentro de mí, besándome la frente, esperando a que mi cuerpo lo aceptara.
—¿Bien? —preguntó, con los dientes apretados—. Estás muy estrecha. Me la aprietas entera.
—Bien —dije, y era verdad. El dolor se diluía en una sensación nueva, una plenitud extraña y caliente que no se parecía a nada. Lo sentía latir dentro de mí.
Empezó a moverse. Lento, profundo, atento a cada gesto de mi cara. Sacaba casi toda la polla y volvía a hundírmela hasta el fondo, con calma, dejándome sentir cada centímetro. Poco a poco el dolor se convirtió en otra cosa, y mis caderas empezaron a buscarlo, a salir a su encuentro. La cama se quejaba bajo nosotros. Mis manos recorrían su espalda, se le clavaban en el culo para pedirle más. Sus embestidas se hicieron más firmes a medida que yo me abría, gimiendo su nombre sin darme cuenta.
—Esteban… —jadeé.
—Aquí estoy —respondió, con la voz quebrada—. No voy a ningún lado. Mira cómo me la tragas, joder. Mira cómo te la meto.
Bajé la vista entre nuestros cuerpos y la vi entrar y salir de mí, brillante, mojada de mí. La imagen me hizo apretarme entera alrededor de él y me arrancó un gemido.
Me sostuvo una pierna contra su cadera para entrar más hondo y el ángulo me arrancó un gemido largo. Me la echó al hombro y empujó todavía más adentro. Yo ya no podía cerrar la boca; me salían jadeos, palabras sueltas, su nombre, súplicas que no sabía que tenía.
—Más, por favor, más…
—¿Así? —gruñó, empujando más fuerte, haciendo temblar la cama—. ¿Así es como la quieres?
—Sí, así, no pares…
Me dio la vuelta sin sacármela, quedé boca abajo, y me levantó las caderas. Sentí la polla entrar desde otro ángulo, todavía más hondo, y grité contra la almohada. Me agarró del pelo, de las caderas, me clavó las manos en el culo para separármelo mientras me embestía, y yo empujaba hacia atrás como si el cuerpo hubiera aprendido solo qué hacer. Cada golpe suyo me sacaba un gemido roto.
—Qué culo tienes, joder —jadeó—. Llevo todo el verano queriendo follarte así.
Sentí que la cuerda volvía a tensarse, distinta esta vez, más profunda, naciendo desde dentro. Me colé una mano entre las piernas y me froté el clítoris mientras él me destrozaba desde atrás. Bastó eso.
—Creo que… otra vez… me corro, me corro…
—Déjate ir —murmuró, embistiendo más rápido—. Quiero sentírtelo. Quiero notar cómo me ahogas la polla.
Me corrí con él dentro, temblando de la cabeza a los pies, mi coño cerrándose a su alrededor en oleadas que no paraban. Grité contra la almohada, mordí la tela, sentí las piernas fallarme. Esteban aguantó unos segundos más, embistiendo a fondo mientras yo me exprimía sobre él, y después gruñó, salió en el último segundo y terminó sobre mi culo y mi espalda con chorros gruesos y calientes, con la frente apoyada en mi hombro, respirando como si hubiera corrido kilómetros. Sentí cada latido de su polla vaciándose sobre mi piel.
Nos quedamos así un rato largo, enredados, en silencio, escuchando el zumbido del aire acondicionado y los latidos del otro. Él me limpió con la camiseta suya, sin ceremonia, y me pasó una mano por la espalda de arriba abajo. Me apartó el pelo sudado de la cara y me besó la sien con una ternura que no esperaba.
—No te arrepientas —dijo en voz baja—. Pase lo que pase mañana, esta noche fue tuya.
—No me arrepiento —contesté—. De nada.
***
Beatriz llegó cuando ya clareaba, arrastrando la guardia interminable en el cuerpo. Yo escuché la puerta desde mi cama, sola entre las sábanas revueltas, con un dolor dulce entre las piernas, el olor de él todavía pegado a la piel y el corazón todavía golpeando fuerte. La oí dejar las llaves, la oí suspirar, la oí cerrar la puerta de su cuarto.
No sentí culpa. Debería, supongo. Pero lo único que sentía era que por primera vez en veinte años algo había sido mío, elegido por mí, sin que nadie me midiera el aire.
El resto del verano aprendí a vivir en dos mundos a la vez. De día era la sobrina aplicada que ayudaba a poner la mesa y escuchaba con cara seria los consejos de mi tía sobre el futuro. De noche, cuando la casa quedaba en silencio y Beatriz se hundía en su agotamiento o desaparecía en una guardia, la puerta de mi cuarto se abría sin ruido y Esteban entraba en la oscuridad. Me despertaba con su boca entre las piernas, o con su polla ya dura empujándome por detrás; a veces me arrodillaba yo en el suelo y se la mamaba hasta que me llenaba la boca; a veces me montaba encima de él y le cabalgaba la polla mirándole la cara.
Aprendí lo que me gustaba. Aprendí a pedirlo. A decirle «más fuerte», «así no», «métemela hasta el fondo», «córrete en mi boca». Aprendí que el deseo, cuando es elegido, no se parece en nada a la vergüenza que mis padres me habían enseñado a sentir.
La última noche, antes de que volviera a casa de mis padres y a sus horarios y a su aire medido, Esteban me sostuvo la cara entre las manos en el recibidor a oscuras.
—Este verano no fue un error —dijo—. Quiero que lo recuerdes así.
Lo besé una última vez, despacio, grabándomelo.
Volví a casa siendo otra. Más callada, quizá. Más mía, sin duda. Mis padres no notaron nada: para ellos seguía siendo la chica obediente que habían mandado lejos un verano. Nunca supieron que aquellas vacaciones no me encaminaron hacia la medicina, sino hacia algo mucho más difícil de confesar.
Que aprendí, por fin, a desear sin pedir permiso.