El cuarteto que propuso mi cuñada de vuelta a casa
La boda había terminado pasada la medianoche y la carretera de vuelta a Valencia estaba vacía. Mis suegros y el pesado de su otro hijo se habían quedado a dormir en el pueblo, así que en el coche solo íbamos nosotros cuatro: mi marido Damián y su hermano Bruno delante, y atrás Lucía y yo, la mujer de Bruno y yo, Renata.
No sé si fue el vino, los vestidos ajustados que había visto toda la noche o el roce de una mano ajena bajo el mantel durante el banquete, pero llegué al coche encendida. Apoyé la palma sobre la rodilla de Lucía y la fui subiendo despacio por el muslo. Ella no me apartó. Solo cerró los ojos.
Me pareció poco. Me incliné hacia los dos asientos de delante.
—Escuchadme bien —dije—. Los dos sabéis perfectamente que cada uno se ha acostado con la mujer del otro. No hace falta que disimulemos más. Yo estoy caliente y no quiero llegar a casa para dormir. Cuando aparquéis, vosotros decidís: ¿hacemos un cuarteto?
Lo solté así, sin rodeos. Siempre he sido de las que dicen las cosas como son.
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Lo que más me gusta de Renata es justamente eso, la forma que tiene de poner las palabras sobre la mesa. Soy Damián, y aquella propuesta nos dejó callados a mi hermano y a mí durante varios segundos. Pero bastó una mirada de reojo en el retrovisor para entendernos. Bruno asintió apenas, y yo supe que Lucía, en el asiento de atrás, ya había dicho que sí con el silencio.
Así que cuando llegamos al edificio, en lugar de seguir su viaje, mi hermano aparcó y subieron con nosotros al apartamento. Fuimos directos al dormitorio. Nos tumbamos sobre la cama, yo con mi cuñada Lucía, Bruno con mi mujer, y empezamos a besarnos casi a oscuras. Había algo morboso en oír la respiración del otro a un palmo, en saber que mi hermano tenía la boca pegada a la de Renata mientras yo recorría el cuello de Lucía.
Nos desnudamos sin prisa, prenda a prenda, hasta que los cuatro quedamos como vinimos al mundo sobre las sábanas.
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Cuando estuvimos desnudos, Damián se colocó detrás de mí. Me rodeó con los brazos y me besó la nuca, y yo sentí su erección apretada contra la parte baja de mi espalda. A un lado, Renata y mi marido se devoraban la boca. Soy Lucía, y nunca había estado en algo así, pero el pulso me iba a mil y no quería que parara.
Las dos buscamos a la vez el sexo de nuestros cuñados. Yo acaricié despacio el de Damián, midiéndolo con la mano, mientras Renata, más descarada, ya tenía la boca alrededor del de mi marido. Cuando los tuvimos a los dos firmes, ella levantó la cabeza y dijo con esa sonrisa suya:
—Bueno, chicos, ya que estáis listos, estas dos se van a poner a cuatro patas. Ahora os toca a vosotros.
No hubo que repetirlo. Nos pusimos las dos en paralelo, de rodillas sobre el colchón, y nuestros cuñados nos penetraron casi al mismo tiempo.
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Tener a Renata así, abierta para mí, mientras de reojo veía a mi hermano embistiendo a mi propia mujer, era una mezcla rara de celos y excitación. Soy Bruno. Al principio me costó, no voy a mentir. Pero oír gemir a Lucía mientras Damián la sujetaba por las caderas convertía cualquier reparo en gasolina. Si él disfrutaba de mi mujer, yo iba a disfrutar de la suya, y desde luego Renata tenía con qué hacer que me olvidara de todo lo demás.
Al cabo de un rato, ella giró la cabeza por encima del hombro.
—Folláis muy bien, no me quejo —dijo entre jadeos—. Pero ahora os vais a tumbar. Vamos a cabalgaros un rato nosotras.
Aceptamos sin discutir. Esa noche Renata había tomado un mando que ninguno teníamos ganas de disputarle.
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Nuestros maridos se dejaron caer de espaldas y Lucía y yo nos montamos encima. Empecé a moverme sobre Damián marcando el ritmo, y al lado oía el sonido húmedo de Lucía cabalgando a Bruno. Verme acostada con otro hombre teniendo a mi marido a un metro me ponía de una manera que no sabía explicar; y escuchar cómo otra mujer se servía de él me encendía todavía más. Parecíamos dos jinetas compitiendo por quién montaba mejor a su caballo.
Cuando las piernas empezaron a cansarse, les pedimos que volvieran a ponerse ellos arriba. Lucía se tendió boca arriba con los muslos separados; yo me quedé boca abajo. Damián le abrió bien las piernas a su cuñada y le hundió el sexo de una sola vez, y vi cómo Bruno se colocaba después sobre mí, ajustaba mis caderas y entraba mientras yo soltaba un gemido largo contra la almohada.
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Tener el cuerpo de mi cuñada Lucía debajo, totalmente entregado, me encendió más de lo que esperaba. Soy Damián otra vez. Me movía dentro de ella mientras buscaba con la mirada a Renata, que jadeaba a un brazo de distancia con mi hermano encima. Las dos no tardaron en correrse, una detrás de la otra, con esos gritos que parecían retroalimentarse. Poco después me corrí yo, y al final lo hizo Bruno.
Nos quedamos los cuatro tendidos, recuperando el aire, con la habitación oliendo a sudor y a sexo.
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A los hombres se les notaba que necesitaban un descanso, pero a Renata y a mí no nos pasaba lo mismo. Mientras ellos miraban desde el borde de la cama, nos acercamos la una a la otra. Le acaricié las nalgas y ella se giró hacia mí.
—Perdona, guapa —me dijo Renata al oído—, pero tengo ganas de saber a qué sabe lo que tu marido te ha dejado dentro.
Y, sin pedir permiso, bajó la lengua entre mis piernas y se puso a recorrerme despacio. Yo me dejé ir por completo. Aquello bastó para que las erecciones de nuestros maridos volvieran a la vida. Bruno me alcanzó la boca y me besó, y aunque adoraba a mi marido, verlo recuperado y dispuesto para otro asalto fue lo que nos hizo cambiar de postura.
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Al ver que queríamos volver al ruedo, nuestras mujeres se incorporaron de rodillas y se dieron unos besos lentos, casi dulces. Soy Bruno. Me coloqué detrás de Lucía y le acaricié las nalgas mientras le lamía la curva de la espalda. Damián hacía lo mismo con Renata, justo enfrente.
No aguanté más y me puse de pie. Mi mujer abandonó la boca de Renata y se llevó mi sexo a la boca, empezando a chupar con ganas. Pero fue todavía mejor cuando Renata se unió: mientras Lucía me la trabajaba, mi cuñada bajó la lengua hasta mis testículos y se puso a lamerlos con una paciencia que me dejó sin aire. Dos bocas a la vez. Pensé que no se podía disfrutar tanto.
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En ese momento mi marido estaba demasiado quieto, mirando, y eso no entraba en mis planes. Soy Renata. Le hice una seña para que se tumbara y, casi sin que ellos se dieran cuenta, fui moviendo el cuerpo de Lucía para que siguiera ocupándose de Bruno mientras yo encajaba su sexo con el de Damián. Una vez logrado el acople, me incliné y le atrapé un pezón con la boca a Lucía, que gozaba a tope entre los dos.
En un descuido, el sexo de mi marido se salió. Pero para eso estaba yo: lo recuperé un momento entre mis labios, lo devolví al interior de mi cuñada y, viéndolo entrar y salir de aquel sitio prohibido, no pude evitar bajar la lengua hasta donde se juntaban los dos cuerpos y lamer todo lo que encontré.
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Estar dentro de Lucía mientras mi mujer nos lamía a los dos me pareció algo difícil de superar. Soy Damián. No me extrañó correrme otra vez. En cuanto terminé, Renata se lanzó sobre el lugar donde había ido a parar todo y lo limpió con la lengua hasta dejarlo impecable.
Hicimos otra pausa. Las dos mujeres se colocaron en el centro, frente a frente, y nosotros detrás de ellas. El roce de nuestros sexos contra sus nalgas era estímulo más que suficiente. Pero a Renata lo de quedarse quieta no le va: me pidió que me tumbara y, en cuanto lo hice y comprobó que volvía a estar duro, se subió encima y empezó a cabalgarme de nuevo.
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Cuando Renata se puso a montar a Damián, me hizo una seña para que me acercara. Soy Lucía. Me coloqué a cuatro patas, y mi marido aprovechó para situarse detrás de mí. Llegué hasta Renata y ella me dio un beso profundo, justo cuando Bruno volvía a entrar en mí. Me agaché y besé a Damián mientras, sin dejar de moverse, mi marido se besaba con Renata. Entonces ella dijo, riéndose:
—Cambiamos: los de arriba, abajo; los de abajo, arriba.
De algún modo todos le habíamos otorgado el papel de maestra de ceremonias, así que le hicimos caso. Bruno se incorporó, Renata se tendió con las piernas abiertas y Damián volvió a hundirse en ella. Mientras tanto, yo me senté encima de mi marido y empecé a cabalgarlo de cara a su hermano.
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Cada minuto me alegraba más de haber lanzado la propuesta en el coche. Soy Renata. Lucía y yo montábamos a nuestros maridos como si entre nosotras hubiera una competición silenciosa por ver cuál lo hacía mejor. Pero me apetecía más estar a cuatro patas, así que cambié de postura otra vez, y Lucía se dio la vuelta para dar la espalda a Bruno.
Con tanto movimiento, primero ella y después yo nos corrimos. Y entonces Lucía demostró lo rápido que estaba aprendiendo:
—Quiero sentir las dos a la vez —dijo, encendida—. Una delante y otra detrás.
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La idea de mi cuñada nos pareció genial a los dos. Soy Bruno. Me tumbé y Lucía se arrodilló encima, dejándome entrar mientras quedaba con las nalgas en alto, ofrecidas. Damián se colocó detrás. Renata, que no se pierde un detalle, lo animó:
—Venga, demuéstrale a tu cuñada lo que es tenerlas a las dos.
Damián la penetró despacio por detrás, y Lucía quedó atrapada entre los dos hermanos.
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No podía creer que aquella petición hubiera salido de mi boca. Soy Lucía. Pero tenerlos a los dos a la vez, tan cerca el uno del otro, resultó un placer que me desbordaba. Y no eran solo ellos: Renata no se quedó mirando. Con su descaro de siempre, me acariciaba las nalgas, buscaba mi lengua con la suya y nos dábamos besos calientes mientras los hermanos me embestían.
—A ver ese par de machos —los picó—, demostrad si sois capaces de complacer a una mujer como esta.
Y vaya si lo hicieron. Me arrancaron un orgasmo tan brutal que perdí la noción de dónde estaba.
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Ver a mi mujer correrse de esa manera nos disparó a los dos. Soy Bruno. Aceleramos el ritmo hasta terminar casi a la vez. Cuando salimos, Renata sonrió:
—¿No te parece, Lucía, que se han portado? Yo creo que se merecen que se las dejemos como nuevas.
Mi hermano y yo nos miramos y nos pusimos de pie. Nuestras mujeres no tardaron en arrodillarse delante, cada una frente al marido de la otra, lamiendo despacio hasta dejarnos limpios. Sabía por experiencia que Renata tenía una boca privilegiada, pero ver a mi propia mujer entregada al sexo de mi hermano fue de lo más excitante de toda la noche.
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Cuando terminamos de atenderlos, ellos ya estaban otra vez listos. Soy Renata. Pensé que ahora les tocaba devolver el favor.
—Chicos, tenéis aquí dos mujeres a medio terminar —dije, separando bien las piernas junto a Lucía—. Es hora de que nos atendáis vosotros.
Cada uno llevó la lengua hasta el sexo de su cuñada. Yo sabía que mi marido era un buen amante de esto, pero Bruno no le iba a la zaga; su lengua hacía verdaderas diabluras y me regalaba un placer que me hacía arquear la espalda.
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Era una suerte tener a dos mujeres tan dispuestas; oírlas gemir mientras las atendíamos valía la noche entera. Soy Damián. Pero ya sabía que Renata no aguantaría quieta mucho rato.
—Lo estáis haciendo demasiado bien —dijo—. Os merecéis un premio.
Nos hizo tumbarnos. Ella vino hacia mí y Lucía hacia mi hermano, y otra vez nos tomaron en la boca, cada una con el marido de la otra. Renata siempre lo había hecho bien, pero que me lo hiciera justo después de habérselo hecho a Bruno tenía un punto que no sabría explicar. Mientras tanto, le acariciaba las nalgas y oía a Lucía entregada al mismo juego a un palmo de distancia.
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Sentí que mi matrimonio había entrado en otra fase aquella noche. Soy Lucía. Cuando juzgamos que estaban de nuevo firmes, paramos. Renata me hizo una seña, me tendí boca arriba y ella se colocó encima en sentido contrario, de modo que la boca de cada una quedara a la altura del pecho de la otra. Empezamos a lamernos mientras Damián, al ver el sexo de su mujer al alcance, se arrodilló y la penetró; y mi marido giró mis caderas para tener el mío a tiro y hacer lo mismo. Así, ellas chupándonos y ellos follándonos, perdimos la cuenta del tiempo.
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Cuando ya no podíamos más, Renata propuso el último acto. Soy Damián. Las dos se colocaron una sobre la otra, las nalgas a la misma altura, y nos pidieron que nos pusiéramos de pie a los lados.
—Quiero que terminéis sobre nosotras —dijo Lucía, sorprendiéndonos con su descaro recién estrenado.
No tardamos en hacerlo, y todo fue a parar sobre sus cuerpos. Después, mi hermano y su mujer se vistieron en silencio y dimos por concluido el encuentro con un par de abrazos torpes en la puerta.
Renata y yo nos dormimos enredados, agotados, sin necesidad de decir nada. La adoraba. Y sospechaba, con una sonrisa en la boca, que aquella no iba a ser la última vez que los cuatro coincidiéramos en una carretera de noche.