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Relatos Ardientes

Lo que pasó cuando mi hijo trajo a su novia trans

Bruno y yo formábamos una de esas familias que la gente mira con cierta envidia. Desde que su padre se fue, hace ya muchos años, fuimos solo nosotros dos contra el mundo, y reconozco que lo crié más como cómplice que como hijo. Nunca le impuse horarios imposibles ni le inventé reglas absurdas. Confiaba en él, y él confiaba en mí.

Desde hacía semanas no paraba de hablarme de Nadia. La nombraba en cualquier conversación, como si todos los caminos llevaran a ella. No era su primera novia, ni de lejos. A Bruno nunca le habían faltado chicas. Pero esta vez había algo distinto en su voz, una suavidad que yo no le conocía.

Mi hijo tenía veintitrés años, un cuerpo trabajado en el gimnasio y esa seguridad tranquila que vuelve locas a las jóvenes. Yo había visto desfilar por casa a más de una. Habíamos acordado que las trajera aquí, que follara en su propia cama y con los preservativos que yo misma le compraba, en vez de arriesgarse en cualquier rincón improvisado.

Verlas salir por las mañanas, en ropa interior, desayunando los tres en la cocina, nunca me había incomodado. Yo era amable con ellas, intentaba que estuvieran cómodas por si querían volver. Me gustaba que mi hijo se tomara su tiempo, que las hiciera disfrutar de verdad.

Teníamos esa clase de confianza. Hablábamos de sexo sin sonrojarnos, y alguna vez incluso le había dado un par de consejos para complacer a una mujer. Quizá demasiada confianza, pensaba a veces, aunque jamás había pasado nada impropio entre nosotros. Nada más que vernos por casa con poca ropa, o desnudos del todo en la playa. Solo vernos. Nada más.

Yo también tenía mi vida. Me divorcié joven (Bruno fue un descuido de una noche de verano), y todavía no había cumplido los treinta y ocho. Mi trabajo de comercial me obligaba a cuidarme, a ir siempre arreglada y maquillada. No me considero una belleza, pero tampoco paso desapercibida. Más de uno se ha chocado con una farola por girarse a mirarme cuando paso.

Nunca fui selectiva con el género de mis amantes. Con un par de amigas íntimas compartía mi cama, o la suya, o la de algún hotel cuando se daba la ocasión. Soy bisexual y nunca lo escondí. Así que no era yo quién para juzgar a nadie por sus deseos.

Lo que jamás me había planteado era compartir un ligue con mi propio hijo. Pero aquella tal Nadia me daba mala espina. Llevaba días en boca de Bruno y yo todavía no le había visto la cara.

—A ver cuándo me la presentas —le dije una tarde—. No haces más que hablar de ella y no sé ni cómo es.

—Una de estas la traigo, mamá. No te preocupes.

—¿Ya te la has follado?

—¡Mamá! —protestó, rojo.

—Como si me fuera a escandalizar a estas alturas.

—No… Todavía no. Solo nos hemos besado. Por eso quiero traerla a casa. —Se rió—. Para profundizar.

Así quedó la cosa, pero yo no pensaba rendirme. Si esa chica era tan importante para él, necesitaba conocerla, saber qué tenía de especial, mirarla a los ojos y entender por qué le había robado el sueño a mi niño.

***

El sábado por fin llegó. Una tarde calurosa de esas en que la ropa estorba. Bruno había quedado en comer una pizza con ella y luego venir juntos a casa. No pensaban salir por la noche, así que yo iba a poder escucharlos a través de la pared y, si la cosa cuajaba, dormirían los dos en su cuarto.

Estaba nerviosa como una adolescente. No sabía con qué me iba a encontrar. Me arreglé, aunque sin pasarme: tampoco era cuestión de vestirme de gala para una tarde de café. Me decidí por un vestido de lino blanco, ligero, casi transparente, estilo playero. Largo, con la espalda al aire y un escote profundo. Si me ponía a contraluz frente al ventanal, se adivinaba toda mi silueta como si no llevara nada.

Preparé café para los tres y me senté en el sofá a esperar, mordiéndome las uñas. Cuando oí la llave en la cerradura, el corazón se me disparó.

—¡Mamá! ¡Ya estamos!

—¡Pasad! Estoy en el salón.

—Mira, ella es Nadia. Por fin la conoces. Bueno, nosotros nos vamos a mi cuarto —bromeó, y por un segundo le creí. Y por un segundo lo habría estrangulado.

Y entonces ella avanzó hacia mí, felina, y entendí de golpe todas las dudas de mi hijo antes de presentármela. Como si pensara que yo iba a desaprobar a esa preciosidad solo porque tenía algo más entre los muslos de lo que cabría esperar, marcado bajo el short minúsculo.

Era alta, casi tanto como Bruno. Juntos hacían una pareja de revista. Tenía una larga melena rubia y unos rasgos algo exóticos, un punto más marcados que los de una belleza convencional, y eso la volvía hipnótica. Su cuerpo se adivinaba firme bajo el top diminuto. No tenía mucho pecho, no estaba operada, pero no le hacía ninguna falta.

Se le notaba el tratamiento hormonal de bastante tiempo. Ni sombra de barba, la piel suave como la seda, y una voz grave que en lugar de delatarla la volvía aún más sensual. Esa chica respiraba sexo por cada poro. No me extrañó nada que mi hijo hubiera perdido la cabeza.

Me levanté a saludarla. Al rozar su mejilla con la mía para darle dos besos, noté esa piel tibia y aterciopelada.

—Hola, soy Nadia. Encantada.

—Yo soy Lorena, por si este zopenco no te ha dicho ni mi nombre. La verdad es que me has impresionado. Eres todavía más guapa de lo que me había contado.

—Mamá, no querrás quitarme la novia… ¿no? —saltó Bruno.

—Por si acaso, no te descuides —reí—. Sentaos, anda. ¿Cómo os conocisteis?

—En una disco —dijo Nadia—. Yo estaba bailando y él no me quitaba el ojo de encima.

—Y ella tampoco me dejó indiferente, conste —añadió mi hijo.

El café y las bromas hicieron el resto. Nadia me cayó bien enseguida: además de guapa y provocadora, tenía cabeza, y la tenía bien amueblada. De vez en cuando ellos se acariciaban, se buscaban con la boca, y yo empezaba a sentir una mezcla incómoda de envidia y calor.

La mano de Bruno descansaba sobre mi muslo desnudo, como tantas veces, sin malicia. Pero esa tarde su peso me quemaba. Empecé a notar la humedad bajo el tanga de encaje blanco, y me sorprendí pensando que aquella broma de compartir a la novia quizá no fuera tan broma.

—Tu vestido es precioso —dijo ella, recorriéndome con la mirada—. Me encanta ese estilo casi transparente.

—Te quedaría genial, con ese cuerpazo. Somos de la misma talla, podría prestarte algo.

—Apenas os conocéis y ya estáis hablando de trapos —protestó Bruno—. Sois increíbles.

Al cabo de un buen rato, ellos quisieron quedarse a solas. Era lo lógico. Se retiraron a su habitación y yo aproveché para cambiarme la lencería empapada.

***

Me tumbé en mi cama, me subí la falda hasta el vientre, me quité el tanga y busqué en el cajón uno de mis vibradores favoritos. Estaba tan mojada que el juguete se deslizó casi solo. Tenía una pequeña protuberancia que masajeaba el clítoris al vibrar, y el orgasmo no tardó en llegar entre jadeos que, ahora lo sé, debieron de oírse al otro lado del muro.

Porque aquella pared era demasiado fina para guardar secretos. Yo también escuché sus gemidos, la voz ronca de Nadia, los suspiros de mi hijo esmerándose. Más relajada, volví a ponerme el vestido y un tanga limpio, y regresé al salón a fingir que veía la televisión.

No pensaba en otra cosa que en lo que pasaba tras esa puerta. Lo que habría dado por verlo. Por participar, ni te cuento. Me senté con la falda recogida casi hasta el pubis, dejando mis muslos a la vista de cualquiera que pasara por el pasillo. Por si acaso.

Tras un rato especialmente escandaloso y unos minutos de calma, la puerta se abrió. Esperaba ver a Bruno, pero fue Nadia quien apareció. Lo único que cubría su cuerpo era una camisa abierta de mi hijo, que dejaba ver el canalillo de unos pechos pequeños y prometedores, y el vientre. Como eran casi de la misma altura, la camisa no le tapaba del todo las caderas, y su trasero respingón asomaba por debajo.

Llevaba un tanga de encaje más bonito que cualquiera de los míos, y eso que yo presumo de buena lencería. La tela apenas contenía un bulto relajado pero de buen tamaño.

—Tengo sed —dijo—. Salí a beber algo.

Le ofrecí mi propio vaso.

—Claro, toma un trago.

Se inclinó a cogerlo y la camisa se abrió del todo, regalándome la visión de dos pechos firmes, los pezones puntiagudos, a dos palmos de mi cara. Sus dedos rozaron los míos al tomar el cristal frío, y me sonreía.

No me contuve. Estiré la mano y rocé apenas su pezón. Qué suave era. Su sonrisa se ensanchó mientras me bebía con la mirada el escote.

Se sentó pegada a mí, sus muslos desnudos contra los míos. No me aparté. Al fondo se oía la ducha: Bruno se aseaba después del sexo.

—Parece que lo habéis pasado bien —dije.

—Es un gran amante. ¿De quién lo habrá aprendido?

—Algo de teoría le di. La práctica es mérito suyo. Aunque tú también pusiste de tu parte: no se le oía gemir solo a él.

—A mí me gusta disfrutar y que disfruten conmigo —murmuró, y su rodilla se apretó contra la mía—. ¿Y a ti no? Yo te veo estupenda. Seguro que podríamos pasarlo bien los tres.

—No sé qué estás pensando, pero Bruno sigue siendo mi hijo.

—¿Y no es un hombre magnífico? —Su voz bajó una octava—. No necesitas mi testimonio para saberlo. Y a mí no se me da nada mal.

—Pero qué dices…

Calló mis protestas con un beso. En cuestión de segundos se volvió profundo, húmedo, descarado. Y yo, que llevaba toda la tarde acumulando ganas, respondí sin pensar.

—Pero… ¿y Bruno? —pregunté cuando nos separamos.

—Viene ahora. Cuando yo te haya preparado.

—¿Lo teníais planeado?

—No —sonrió, acariciándome los muslos—. Pero era una posibilidad que me daba mucho morbo. Verlo contigo. Y no solo eso.

—Es mi hijo —insistí, cada vez con menos fuerza.

—Y él también te desea. Sabe muy bien lo que le gusta. Los dos tenemos clarísimo lo buena que estás.

Con lo caliente que ya estaba, aquellas palabras derribaron lo poco que me quedaba de defensa. Posé la mano en la cara interna de su muslo y la fui deslizando despacio hacia el encaje que cada vez ocultaba menos.

—¿Sabes una cosa? —me susurró al oído, lamiéndome el lóbulo—. Todavía tengo el cuerpo lleno de tu hijo.

Cómo sabía provocarme aquella chica. Mi mano había llegado sola a su tanga. Bajo la tela la noté endurecerse, y aparté el trozo de encaje, que cedió sin resistencia. Empecé a acariciarla con suavidad mientras ella respiraba pesado contra mi cuello.

Le bajé el tanga por las piernas largas y lo tiré a un rincón. La atraje hacia mí por las caderas, la coloqué entre mis muslos. Besé y lamí, recorrí con la lengua, la miré a los ojos castaños y su expresión me dijo cuánto le gustaba.

***

Ese fue el momento que eligió mi hijo para aparecer en el salón, el cuerpo aún húmedo, cubierto solo por una toalla anudada a la cintura. Creo que las dos nos quedamos embobadas.

—No se os puede dejar solas —dijo sonriendo—. Me voy a la ducha y os encuentro liadas.

—Así que lo teníais preparado —murmuré.

—Desde que vio esa foto tuya. —Señaló un marco en el que yo posaba con un bikini diminuto en una playa de Cancún.

—Nadia, no sabía que te hubiera impresionado tanto.

—Fue mucho antes —dijo ella—. Llevo años viéndote por casa con poca ropa, Lorena. A veces con menos tela que ese bikini.

Era verdad. Nunca fui pudorosa en mi propia casa, y reconozco que últimamente también lo había visto a él más desnudo que vestido. Y reconozco también que eso me tenía cachonda.

Nadia no se separó ni un milímetro. Aprovechó mi desconcierto para soltar los tirantes de mi vestido y dejar mi pecho al aire. Tenía los pezones duros como piedras, a la vista de los dos. Yo seguía aferrada a ella como a un salvavidas en aquella situación delirante.

La toalla de Bruno cayó al suelo sola. Se acercó despacio, me tomó de la mano y me hizo levantarme. Me dio un beso profundo, su lengua buscando la mía. Era el primero que nos dábamos así, y casi me flaquearon las rodillas.

—Vamos a la cama —dijo—. Estaremos más cómodos.

Por el pasillo perdí el vestido y el tanga, y aún no sé cuál de los dos me los arrancó. La almohada de Bruno olía al sudor de ambos. Nadia vino a acomodarse entre mis muslos con esa expresión hambrienta.

—No te importa que sea yo la primera, ¿verdad, cariño? —le preguntó a mi hijo.

Yo estaba tan empapada que no hizo falta nada más. En cuanto apoyó las caderas, un solo empuje la hundió entera y se me escapó un gemido largo. Bruno acercó su cuerpo a nuestras caras, y entre las dos lo cubrimos de besos y lametones: mientras una se ocupaba de él, la otra cruzaba la lengua por la misma piel.

Estaba tan excitada que se me ocurrió una pequeña travesura. Supuse que Nadia no se habría privado de explorar a mi hijo, y no solo con los dedos. Llevé una mano a su trasero firme y empecé a acariciarlo, recorriendo el surco hasta encontrar el punto exacto. Ya no había vuelta atrás, y pensaba disfrutarlo. Bruno gimió y no fui yo la única.

De pronto Nadia giró las caderas y quedé montada sobre ella. Bruno se colocó detrás de mí. Una doble penetración no es sencilla: hay que acompasar el ritmo. Pero a aquellos dos se les daba de maravilla. Noté a mi hijo abriéndose paso mientras Nadia me sujetaba la cintura, y las dos a la vez me volvieron loca. Tuve un orgasmo tras otro hasta que ambos se derramaron dentro de mí, casi al mismo tiempo.

Y ni aun así me dejaron descansar. Entre los dos me alzaron, me colocaron sobre la cara de Nadia y se pusieron a recorrerme con la lengua, centímetro a centímetro, como si tuvieran toda la noche.

—Vamos, mami, disfruta —murmuró ella.

Cómo me encendía que me llamara así. Empezaron por mis pies, subieron por las pantorrillas, los muslos, el vientre. Para cuando llegaron a mis pechos, los dos lucían de nuevo una erección orgullosa. Si no contaba mal, era la tercera de la tarde.

Quizá fuera verdad que yo los encendía tanto, o quizá ellos eran simplemente así. Y yo con ellos. No eran solo las caricias ni los cuerpos: era el morbo puro de la situación lo que me derretía.

Quería verlos juntos. Le di una palmada suave a mi hijo en el trasero.

—¿No te apetece que Nadia te la meta?

—Hoy mandas tú, mamá —dijo Bruno—. Si quieres verlo…

—Pues claro, mami —añadió ella.

Lo vi ponerse a cuatro patas. Le sujeté la verga a Nadia un momento, le di unas lamidas para lubricarla y yo misma la guié. Estaba claro que no era la primera vez. Ella lo tomó por la cintura y empezó a moverse despacio, cogiendo ritmo poco a poco mientras yo lo observaba en primera fila. Pero quería más.

Como todavía no había tenido a mi hijo dentro de mi sexo, me deslicé bajo él y lo recibí. Cada empujón de Nadia hacía que Bruno me llenara más hondo. Busqué su boca con la mía: necesitaba ese beso para sentirme completa, para correrme sabiendo que los tres queríamos lo mismo.

El primero en terminar fue él, pero no se retiró hasta que su novia le vació dentro unos segundos después. Lo sostuve contra mi pecho, agotados los tres, riéndonos como cómplices de un secreto que nadie más entendería.

—¿Y ahora qué, chicos? —pregunté.

—No le des vueltas, mamá —dijo Bruno—. Solo queremos pasarlo bien. Déjate llevar y piensa que te queremos.

—¿Tú también, preciosa? —le pregunté a Nadia.

—Desde luego, mami. No pienso dejarte escapar.

Y me dio un beso suave en los labios.

Le presté uno de mis vestidos de lino y esa noche salimos los tres a tomar unas copas. Íbamos guapísimas, y Bruno, de camisa clara, no se quedaba atrás. Bailamos, bebimos y la gente nos miraba, porque no fuimos nada discretos con las caricias. De madrugada volvimos a casa, a seguir disfrutando hasta caer rendidos. Nunca imaginé que conocer a la novia de mi hijo cambiaría tanto las cosas. Y, sin embargo, no me arrepiento de nada.

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Comentarios (6)

RomeoLector

Increible!!! de los mejores que lei en mucho tiempo, sigue así por favor

Veronica_77

Dios mio... me dejo sin palabras. El final no me lo esperaba para nada jajaja

TomásP_BA

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber como siguio todo

NachoCba

El principio me engancho de una. Muy bien narrado, se siente autentico.

ale_baires

Tremendo relato, me lo lei de un tiron y eso no pasa seguido

Sole_Noc

Tiene una sensibilidad especial que no se ve mucho en esta categoria. Me gusto mucho como esta escrito, sin caer en lo burdo. Espero mas relatos asi.

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