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Relatos Ardientes

Mi madre me confesó quién era mi verdadero padre

No fui consciente de nada hasta los veintiún años, una tarde de octubre en que tuve que rellenar unos formularios en la universidad para pedir una beca deportiva. En el apartado de datos familiares me pedían los apellidos de mi padre y de mi madre, y por primera vez los escribí uno debajo del otro. Eran idénticos a los míos. Los tres iguales. Y no son apellidos comunes.

Siempre habían sido mis padres quienes se encargaban de cualquier papeleo, así que ese detalle me había pasado por alto toda la vida. Aquella noche llegué a casa con la duda clavada en la cabeza.

Mi hermana Sofía se había marchado hacía unas semanas a otra ciudad a empezar Ingeniería Química, una carrera que no existía en nuestra universidad. Mi padre estaba de viaje de trabajo, como tantas veces. Así que cuando entré, a eso de las siete, mi madre estaba sola en el salón, viendo la televisión.

Llevaba puesta una de esas batas suyas, una especie de albornoz fino, cruzado y atado con un cinturón de la misma tela. Debajo, lo sabía de sobra, solo las bragas: en casa nunca usaba sujetador. Me duché, me puse ropa cómoda y me senté a su lado en el sofá después de darle el beso de siempre.

—Mamá, ¿por qué tenemos todos los mismos apellidos? —solté sin rodeos—. Y encima dos apellidos tan raros.

Se me quedó mirando un instante, sorprendida. No esperaba la pregunta, o al menos no esa noche. Pero se recompuso enseguida.

—Bueno, cariño —dijo, bajando el volumen—. Sabía que este momento llegaría tarde o temprano. Ya no eres un niño, así que voy a contártelo todo desde el principio.

Y empezó a hablar.

Me explicó que mi hermana y yo teníamos sus apellidos porque mi padre y ella, en realidad, eran hermanos. Que a los dos nos habían inscrito en el registro como hijos de madre soltera, porque dos hermanos no pueden casarse ni reconocer juntos a un hijo. Por eso llevábamos todos lo mismo.

Me quedé de piedra. Para mí, ellos dos siempre habían sido mis padres: dormían juntos, vivían como un matrimonio y, por supuesto, tenían sexo. Lo había oído muchísimas veces a través de la pared, porque mi madre nunca había sido precisamente discreta.

—¿Entonces papá no es tu marido?

—Legalmente no —contestó, un poco nerviosa—. No podemos casarnos. Pero somos pareja a todos los efectos.

Con aquel «a todos los efectos» me estaba confirmando, de manera elegante, lo que yo ya sabía de oídas.

—Eso lo tengo claro —dije—. ¿Y él es tu hermano y mi padre a la vez?

Ahí dudó. Vi cómo apretaba el cinturón de la bata entre los dedos.

—Es mi pareja y mi hermano, sí. Pero no es tu padre biológico. Solo es el padre biológico de Sofía.

Aquello me descolocó del todo.

—¿Y entonces quién es mi padre?

—Tu padre biológico es mi padre. Tu abuelo.

Me costó procesarlo. Tragué saliva.

—¿Cómo? ¿Tuviste un hijo con tu propio padre? ¿Conmigo?

—Sí, cariño. Eso es exactamente lo que pasó.

—Joder, mamá. Cuéntamelo todo, porque no entiendo nada.

Se tranquilizó un poco, como si soltarlo le hubiera quitado un peso de encima, y siguió.

Su padre había sido un hombre autoritario y violento, de los de antes. En casa todos lo temían: su mujer, mi madre y su hermano. Cuando bebía, la tomaba con quien tuviera más cerca, casi siempre con su esposa o con ella.

Su hermano, tres años mayor, había sido siempre su escudo. Se enfrentaba al padre cada vez que se ponía agresivo, y eso creó entre ellos un vínculo enorme. Ella lo veía como un héroe; él la trataba como a una niña a la que había que proteger.

Pero en cuanto cumplió los dieciocho y encontró trabajo, el hermano se fue de casa. Seguían en contacto, pero ya no estaba allí para defenderla, y el padre empezó a tratarla cada vez peor.

Una noche llegó borracho, se metió en su cama y ella, por miedo, no se atrevió a apartarlo. Tenía los dieciocho recién cumplidos. A partir de ahí lo convirtió en costumbre. La trataba mejor cuando se acostaba con ella, así que dejó de oponerse. Todo con el silencio cómplice de su madre, que callaba por terror, y sin que su hermano lo supiera.

Hasta que se quedó embarazada, a los diecinueve.

—Cuando se enteró tu padre, mi hermano, vino y me convenció para irme a vivir con él —dijo—. Y desde entonces vivimos juntos, como pareja. Para todos los efectos, él es tu padre, porque es quien te ha criado desde que naciste.

Yo la escuchaba alucinado. Entonces me acordé de mi hermana.

—¿Y Sofía? ¿Ella sí es hija de tu hermano?

—Pues claro, cariño —respondió, ya más serena—. Sofía sí es suya.

***

Mientras hablaba, me di cuenta de que estaba colorada y de que respiraba más rápido. La parte de arriba de la bata se le había abierto un poco más de la cuenta, y desde mi sitio tenía una visión generosa de su pecho.

Mi madre, a pesar de la edad, se conservaba espectacular. Metro sesenta y ocho, morena, ojos castaños, un cuerpo que cualquier mujer de cuarenta y uno habría envidiado. Yo me había masturbado pensando en ella un número incontable de veces, y sus tetas eran como un imán: no podía apartar la mirada.

Estoy mirando el escote de mi madre mientras me cuenta que se acostó con su padre. La situación tenía algo enfermizo y, a la vez, me estaba poniendo a mil.

Y ella tampoco disimulaba. Tenía los ojos clavados en el bulto que se me marcaba bajo el pantalón corto.

Separé la vista de su pecho y, sin terminar de medir lo que decía, le solté con un descaro que me sorprendió a mí mismo:

—A ver, mamá. Por lo que me cuentas, te acostaste con tu padre, te quedaste embarazada de él y me tuviste a mí. Luego te liaste con tu hermano y has seguido con él todos estos años. Supongo que, con todo eso, no te parecerá tan raro acostarte también con tu hijo.

Para mi sorpresa, no se escandalizó. Sonrió.

—Siempre imaginé que, cuando llegara este momento, tu reacción sería esta —dijo—. Aunque lo he disimulado, no soy tonta. Sé perfectamente cómo me miras desde hace años. Tu forma de mirarme te delata.

—Pues sí, mamá. Llevo loco por ti desde siempre. Y para ser sincero, me he hecho un montón de pajas pensando en ese cuerpo que tienes.

—Lo sé —contestó con una risa nerviosa—. Llevo años lavándote los calzoncillos.

—¿Y entonces?

—Entonces tienes todo el derecho a disfrutar de mi cuerpo. A partir de ahora puedes cumplir todas tus fantasías. No vas a necesitar volver a masturbarte pensando en mí.

No me lo hizo repetir. Le abrí la bata de un tirón, dejé sus pechos al aire y me lancé sobre ellos como un crío. Ella me acariciaba la cabeza.

—Con calma, cariño —murmuró—. No te las va a quitar nadie. Van a ser tuyas siempre que quieras.

Me dejó disfrutar un rato y luego se levantó, tirándome suavemente de la mano.

—Vamos a la cama. Estaremos más cómodos y podremos hacer todo lo que queramos. Porque yo también tengo fantasías contigo, ¿sabes? Ya te las iré contando.

***

Entramos en su dormitorio y nos quitamos la poca ropa que llevábamos. La tenía delante, completamente desnuda, y por un segundo me costó creer que aquello fuera real.

Nos abrazamos de pie y empezamos a acariciarnos. Yo le saco una cabeza —mido metro ochenta y dos—, así que mi polla, dura como una piedra, le quedaba apoyada en el bajo vientre, y sus pezones se me clavaban en el pecho. Nos besamos largo, hondo, mientras las manos se nos iban por todas partes.

Me agarró del miembro, tiró con suavidad y se sentó en el borde de la cama. Sin decir nada, se lo metió en la boca y empezó a chupármela con una destreza que me dejó sin aire.

—Para, mamá, que me vas a hacer correr ahora mismo.

Lo sacó un instante.

—Es justo lo que quiero —dijo, relamiéndose—. Tragarme el semen de mi hijo es una de mis fantasías. Córrete y disfruta, que así, cuando luego me la metas, durarás más.

Joder con mi madre. No se andaba con rodeos.

Le sujeté la cabeza con las dos manos y me corrí dentro de su boca. No dejó escapar ni una gota. Fue, sin discusión, la mejor mamada de toda mi vida.

—Túmbate y abre las piernas —le dije cuando recuperé el aliento—. Ahora me toca a mí.

Soltó una risita cómplice y se acomodó.

—Seguro que esta es una de tus fantasías —dijo—. Pues mira, también es de las mías.

Hundí la cara entre sus muslos y empecé a comérselo todo: lamiendo, chupando, recorriéndola entera, hasta que pegó un grito y se corrió contra mi boca. Su sabor, su olor, todo me volvía loco. Y al placer se le sumaba el morbo absurdo de pensar que por allí había salido yo veintiún años atrás.

Le levanté las piernas, apunté y de un solo empujón se la clavé hasta el fondo. Mi madre gritó, mitad por la sorpresa, mitad por el gusto. Empecé a follármela con embestidas profundas y rápidas, y ella no me quitaba los ojos de encima, como si necesitara comprobar que de verdad era su hijo quien estaba dentro de ella.

La había follado su padre. La había follado su hermano. Y ahora la follaba yo. Toda una vida de relaciones imposibles concentrada en esa mirada.

Tal como había prometido, esta vez aguanté mucho más. Después de un buen rato, sentí que llegaba.

—Mamá, me corro. ¿Dentro o en las tetas?

—Dentro, mi vida —jadeó—. Quiero sentir tu semen caliente dentro de mí.

Me vacié hasta el último disparo en lo más profundo de ella, cumpliendo por fin la fantasía que más había repetido en mi cabeza. Mi madre, al notar el calor, gimió fuerte y cerró los ojos.

***

Nos quedamos tumbados, recuperándonos. Yo creía que aquello era el final, pero ella tenía la cabeza puesta en otra cosa. Me abrazó, me llenó la cara de besos y dijo:

—Cariño, tenemos que hablar. De lo que ha pasado y, sobre todo, de lo que va a pasar de ahora en adelante.

—Claro. ¿Se lo vas a contar a tu hermano cuando vuelva? ¿Le vas a decir que ahora también te acuestas con tu hijo?

—Sí, exactamente eso. Pero no te preocupes, él ya sabe que esto iba a acabar pasando.

—O sea, que lo teníais hablado.

—Entre nosotros no hay secretos —dijo—. Pero hay otra cosa. Cuando te has corrido dentro de mí, he sentido algo que solo había sentido dos veces, y nunca tan fuerte.

—¿Ah, sí? ¿El qué?

—Lo mismo que sentí cuando mi padre me embarazó de ti, y lo que volví a sentir cuando mi hermano me embarazó de Sofía.

Me incorporé, un poco asustado.

—¿Crees que te he dejado embarazada?

—No, llevo un DIU. Pero he sentido las ganas de que tú también me preñes. Me embarazó mi padre, me embarazó mi hermano, y ahora quiero que me embarace mi hijo.

—Joder, mamá. ¿Lo dices en serio?

—Completamente. Siempre que tú quieras, claro.

—Por supuesto que quiero. Si es lo que deseas, lo haré encantado.

—Pues mira, dentro de unos días me viene la regla. Pediré cita con la ginecóloga para que me quite el DIU, que solo se puede sacar con el periodo. En cuanto termine, podremos buscarlo sin parar.

—Lo tienes todo pensado —me reí—. ¿Y tu hermano? ¿No querrá seguir contigo?

—Podrá, pero solo por detrás. Hasta que me quede embarazada, el único que se correrá en mi coño serás tú.

—Vaya. ¿Así que él también te da por el culo?

—Claro, cariño. Eso me gusta desde que era muy joven. Mi padre fue el primero en estrenarme por todos lados, y a mi hermano le cogí el gusto enseguida.

—Eres una salida de cuidado, mamá.

—Soy como soy porque me hicieron así —dijo sin pudor—. Me encanta el sexo duro. Y por lo que veo, tú has salido igual de bestia. Mejor para mí.

***

Aquella misma noche cumplimos otra fantasía. Era la primera vez en mi vida que me follaba a una mujer por el culo, y con mi madre fue algo increíble. Gemía como una loca, pidiéndome sin ningún reparo que le diera más fuerte. Y vaya si se lo di. Como ya me había corrido dos veces, tardé un buen rato en llenarla.

Después de cenar y recuperar fuerzas, volvimos a la cama y la recorrí entera otra vez, hasta que los dos caímos rendidos y nos quedamos dormidos abrazados.

Al día siguiente volvió mi tío del viaje, y ella se lo contó todo. Cuando llegué por la tarde, me confirmó que él se lo había tomado tal y como esperaba: estaba de acuerdo con cada cosa que habíamos hablado, y que esa noche lo cerraríamos los tres juntos.

Así fue. Después de la cena, no solo lo hablamos: nos metimos los tres en la cama y montamos nuestro primer trío. Mi madre tuvo por primera vez a su hermano y a su hijo a la vez, y lo disfrutó sin disimular nada. Como aún llevaba el DIU, no hubo problema en que él se corriera dentro; yo le había cogido demasiado gusto a su culo.

La dejamos agotada, y aun así parecía más entera que nosotros dos juntos.

***

Tres días después le vino la regla y la ginecóloga le retiró el DIU. En cuanto terminó el periodo, nos pusimos a ello tal como ella había planeado. La follaba a diario, a veces dos o tres veces, corriéndome siempre dentro.

Y ahora que los dos sabíamos que buscábamos un embarazo, cada vez que me vaciaba en ella se volvía literalmente loca. El morbo de pensar que su propio hijo podía estar dejándola embarazada en ese instante la desbordaba.

Cuando sentía que iba a llegar, me hundía hasta el fondo y me quedaba quieto, apretando para que todo entrara bien adentro.

—Ahí va, mamá —le decía—. Te estoy preñando.

—Sí… sí… —gemía ella, agarrándose a la sábana—. Quiero un hijo tuyo… un hijo de mi hijo…

Tenía un orgasmo cada vez que la llenaba, y luego se quedaba quieta, con una expresión de felicidad absoluta. Su hermano, mientras tanto, se conformaba con mamadas y sexo anal, y aun así estaba contento: se moría por verla embarazada otra vez.

Y pasó lo que tenía que pasar. La regla no volvió. Se quedó embarazada el primer mes.

El día que la prueba lo confirmó, lo celebramos con un trío. Esa vez él ya pudo correrse en su coño, porque no había ninguna duda sobre quién era el padre, y yo volví a quedarme con su culo, que era lo que más me gustaba a los dos. Cuando nos corrimos casi a la vez dentro de ella, mi madre estalló en un orgasmo brutal, riéndose entre gemidos por ser la primera vez que la disfrutaban sus dos hombres estando ya embarazada.

Había conseguido lo que muy pocas mujeres consiguen: un hijo de su padre, una hija de su hermano y, ahora, un hijo del propio hijo que había tenido con su padre. Todo a los cuarenta y uno recién cumplidos.

***

Cuando Sofía vino a casa por vacaciones de Navidad, se encontró a su madre embarazada. Y, igual que había hecho conmigo, mamá se lo contó todo desde el principio.

Mi hermana alucinaba, claro. Hizo mil preguntas. Pero al final lanzó la única que de verdad importaba:

—¿Y qué pasa conmigo, mamá?

Mi madre, que se la esperaba, tenía la respuesta lista.

—Eso depende de ti. Eres mayor de edad. Puedes seguir mis pasos o hacer una vida completamente distinta. Tú decides.

Sofía no se lo pensó demasiado.

—Visto lo felices que sois, lo tengo claro. Quiero quedarme dentro de la familia. Solo dime qué tengo que hacer.

Mamá, emocionada, dijo que lo hablaría con los demás para organizarlo bien. Y nos reunimos los cuatro, y todos estuvimos de acuerdo.

Pero eso ya es otra historia, una que contaré en su momento. Solo adelantaré que mi madre tuvo una niña preciosa, y que con ella cerró el círculo que se había propuesto sin que nadie lo supiera: un hijo de su padre, una hija de su hermano y, por fin, otra hija de su propio hijo.

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Comentarios (6)

SergioBsAs7

que relato!!! me dejo sin palabras

MarinaRst

Por favor continua, me dejaste con muchas ganas de saber como sigue esa historia...

Lectorx_03

Me recordo a una charla que tuve con mi vieja hace años. Esas revelaciones familiares te cambian la perspectiva de todo. Muy buen relato.

RobertoK

Y despues de esa confesion, ¿como quedo la relacion con tu madre? me quede con la duda

ElTruco88

Intenso de principio a fin. Buen laburo.

PabloDeSalta22

excelente!!! espero la segunda parte

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