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Relatos Ardientes

Le pedí a mi padre que me ayudara con unas fotos

Cumplí dieciocho años hace tres meses y desde entonces tengo la sensación de estar parada justo en el umbral de algo que no termino de entender. Como si hubiera cruzado una puerta invisible y, del otro lado, todo se viera igual que siempre… pero ya no se sintiera igual.

Vivo con mis padres en la misma casa de toda la vida. Las mismas paredes, los mismos muebles, los mismos ruidos cada mañana. Y sin embargo, desde hace unas semanas, hay algo que cambió. Algo que cambió dentro de mí y que no me atrevo a nombrar.

Mi madre quedó postrada en una cama por un accidente, hace ya seis años. Desde entonces, el que carga con todo es mi padre. Se llama Rodrigo, tiene cuarenta y tres años y es de esas personas que uno da por sentadas, como si fueran parte del fondo del mundo. Mi mamá confía en él con los ojos cerrados, lo ama. Yo también lo amaba, claro que sí. Lo sigo amando. Pero ahora hay algo más, y eso es lo que me asusta.

Antes nunca me fijaba en cómo se veía. No notaba su voz, ni la forma en que decía mi nombre, ni cómo se le marcaban los antebrazos cuando levantaba a mi mamá para acomodarla. Él siempre fue cariñoso conmigo, pero al entrar en la adolescencia yo tomé mi distancia, mi espacio, mi mundo cerrado con llave. Ahora, en cambio, todo eso me llama la atención.

A veces me sorprendo mirándolo más de la cuenta, estudiando detalles que no tienen ninguna razón de ser. Y cuando él lo nota y me pregunta «¿qué pasa, Lucía?», yo invento cualquier excusa y desvío la mirada como si me hubieran descubierto robando.

Me siento ridícula. Pero no puedo evitarlo.

No sé con exactitud cuándo empezó. Quizá fue una tarde cualquiera, en una conversación tonta, cuando sentí que me escuchaba de verdad. No como a una niña, sino como a una mujer que tenía algo que decir. Y eso me dejó temblando por dentro.

Desde ese día empecé a hacerme preguntas que antes ni se me cruzaban. ¿Cómo me ve él? ¿Sigue mirándome como a su hija? ¿O alguna vez, aunque sea un segundo, me mira y piensa otra cosa? Esas preguntas me persiguen todo el día, como un zumbido que no se apaga.

***

Hoy pasó algo pequeño que no me puedo sacar de la cabeza. Estábamos los dos solos en la cocina. Yo me estaba sirviendo agua cuando sentí su mirada en la espalda. No fue nada del otro mundo, probablemente ni siquiera significó algo para él. Pero a mí me detuvo el tiempo en seco.

—¿Todo bien, amor? —me preguntó, con esa calma de siempre.

Asentí sin atreverme a girar la cabeza. Apreté el vaso tan fuerte que pensé que se iba a romper. Me odié un poco en ese instante, porque yo no soy así. O al menos no lo era hasta hace poco.

Después me encerré en mi cuarto y traté de distraerme con el celular. Pasé fotos, historias, cualquier cosa, hasta que me topé con una imagen mía de unos días atrás. A veces me saco fotos en pijama o en ropa interior, solo para verme, para entender mi cuerpo, para encontrarle los defectos que creo tener. Esa foto la miré más de lo normal. Analicé mi cara, mi postura, la luz que entraba por la ventana.

Y sin darme cuenta, pensé en él.

Pensé en cómo me vería si fuera él quien sostuviera la cámara. Si, mirándome a través de la pantalla, me viera de otra manera. La idea me dio vergüenza y calor al mismo tiempo, y por más que intenté espantarla, se quedó conmigo, pegada a la piel.

No era solo querer su atención. Era querer saber qué pasaría.

***

Esa noche, cuando volvió del trabajo, lo encontré en el living revisando algo en el teléfono. Me quedé un rato observándolo desde el pasillo, dudando si hablar o quedarme callada. Mi mamá ya estaba en su cuarto, dormida. La casa entera olía a silencio.

El corazón me latía como si estuviera a punto de hacer algo importante. O algo que no debía hacer nunca.

Al final caminé hacia él.

—Papá —dije, y la voz me salió más fina de lo que quería.

Levantó la vista, tranquilo.

—Dime, amor.

Por un segundo olvidé las palabras que había ensayado. Pero ya estaba ahí, de pie frente a él, sin retorno.

—Tú sabes tomar fotos, ¿no?

—Algo sé, pero soy bastante malo —respondió con media sonrisa—. ¿Por qué?

Tragué saliva.

—Quería que me ayudaras con unas fotos. Algo sencillo. Para practicar.

Hubo un pequeño silencio. No incómodo, pero sí lo suficiente para que mi cabeza empezara a inventar mil cosas.

—¿Qué clase de fotos? —preguntó al fin, dejando el teléfono sobre la mesa.

Y ahí me di cuenta de que no tenía pensada la respuesta. O sí la tenía, pero no me animaba a decirla en voz alta.

—Ya te explico mañana —murmuré, y casi salí corriendo a mi cuarto.

Me tiré en la cama mirando el techo, como si las respuestas estuvieran escritas ahí arriba. Esto no es por las fotos, pensé. Es por lo que siento. Y eso es lo que más me asusta.

***

Al día siguiente esperé a que mi mamá durmiera la siesta de la tarde. Rodrigo estaba en su pieza ordenando ropa cuando golpeé la puerta con un nudo en el estómago. Llevaba puesto un vestido corto, liviano, uno que sabía que me quedaba bien, y debajo la lencería más bonita que tenía.

—¿Tienes un rato? —pregunté apoyada en el marco.

Me miró de arriba abajo, apenas un instante, y enseguida apartó los ojos. Pero yo lo vi. Vi que me había mirado distinto, y ese pequeño detalle me prendió fuego por dentro.

—Claro. ¿Las famosas fotos? —dijo agarrando el celular.

Asentí. Entré a su cuarto y cerré la puerta despacio. El clic de la cerradura sonó más fuerte de lo que debería.

—Es que… quiero practicar poses —expliqué, sentándome en el borde de su cama—. Cómo pararme, cómo mirar a la cámara. Tú nada más sacas, yo me encargo del resto.

—Bueno —dijo, y se sentó frente a mí en la silla del escritorio—. A ver, párate ahí, junto a la ventana, que la luz es buena.

Me levanté. La luz de la tarde entraba tibia y dorada. Me acomodé contra la pared, una mano en la cintura, la barbilla un poco baja, mirándolo desde abajo.

El obturador sonó dos, tres veces.

—Quedan bien —dijo él, revisando la pantalla, y carraspeó—. Tienes buen ángulo.

—¿Y si me suelto el pelo? —pregunté.

Sin esperar respuesta me solté la cola de caballo y sacudí la cabeza. El pelo me cayó sobre los hombros. Vi cómo Rodrigo se quedaba quieto un segundo, con el teléfono en el aire, sin disparar.

Mírame, pensé. Mírame de una vez.

—Lucía —dijo, y su voz salió ronca—. ¿Esto es solo para practicar?

El aire se volvió denso. Sentí el calor subiéndome por el cuello.

—No sé —admití en un susurro—. Hace semanas que no sé nada.

Bajó el teléfono. Me miró de verdad, por primera vez sin disimulo, y en sus ojos había algo que reconocí porque era lo mismo que sentía yo. Miedo y deseo peleándose en el mismo lugar.

—Esto no está bien —dijo, pero no se levantó, no se fue, no me pidió que saliera.

—Ya lo sé —respondí, y di un paso hacia él.

***

Me arrodillé en el suelo, entre sus piernas, y apoyé las manos sobre sus rodillas. Lo sentí tensarse entero, como una cuerda a punto de cortarse. Levanté la cara y lo miré.

—Solo dime que me vaya —murmuré— y me voy.

No lo dijo. Llevó una mano a mi mejilla, despacio, como si tuviera miedo de romperme, y me acarició con el pulgar el borde de los labios. Cerré los ojos y giré la cara para besarle la palma.

—Desde cuándo —preguntó él, casi sin voz.

—Desde que dejé de ser una niña —contesté.

Me incliné y lo besé. Fue un beso torpe al principio, apenas un roce, y enseguida se volvió hambriento, de los dos. Sus manos me agarraron de la cintura y me subieron a su regazo. A través de la tela del vestido lo sentí duro contra mí, y un escalofrío me recorrió entera.

—Esto es una locura —dijo contra mi cuello, mientras me besaba la piel justo debajo de la oreja.

—Entonces no pares —le pedí.

Me bajó los tirantes del vestido uno por uno, sin apuro, mirándome a los ojos en cada movimiento, dándome mil oportunidades de arrepentirme que yo no quería tomar. La tela cayó hasta la cintura y quedé frente a él con el sostén de encaje que había elegido justamente para ese instante.

—Sabías lo que ibas a hacer —dijo, recorriéndome con la mirada.

—Lo soñé toda la semana —confesé.

Me levantó en brazos como si no pesara nada y me recostó sobre su cama. Se quedó de pie un momento, observándome, y yo aproveché para terminar de quitarme el vestido y quedar solo en ropa interior. El corazón me golpeaba en los oídos.

Se sacó la camisa. Lo había visto sin remera mil veces en mi vida, pero nunca así, nunca con esa mirada encima de mí. Se acostó a mi lado y me besó largo, profundo, mientras una mano me bajaba por el vientre y los dedos se colaban bajo el elástico de mi ropa interior.

Cuando me tocó, arqueé la espalda y se me escapó un sonido que traté de tapar mordiéndome el labio.

—Mi mamá —alcancé a decir.

—Duerme hasta las seis —respondió él contra mi boca—. Tenemos tiempo.

Esa frase, dicha así, sin culpa, me derritió por completo. Me terminó de quitar la ropa interior y se tomó su tiempo conmigo, con los dedos primero y después con la boca, hasta que dejé de pensar en mi madre, en el mañana, en lo que estábamos haciendo. Solo existía esa cama y sus manos y mi cuerpo respondiéndole.

—Papá —gemí, y la palabra prohibida sonó más obscena que cualquier otra cosa.

Subió por mi cuerpo a besos. Le saqué el resto de la ropa con manos torpes y lo atraje hacia mí. Cuando por fin nuestros cuerpos se encontraron del todo, los dos nos quedamos quietos un segundo, sosteniéndonos la mirada, conscientes de que ya no había forma de volver atrás.

—Mírame —me pidió él, igual que yo había deseado que me mirara todas esas semanas—. Quiero verte la cara.

Y lo miré. Lo miré todo el tiempo, mientras se movía despacio y después más fuerte, mientras yo me aferraba a su espalda y enredaba las piernas en su cintura. No aparté los ojos ni un segundo, porque era eso, exactamente eso, lo que tanto había querido: existir para él de esa manera.

Terminé con la cara escondida en su cuello, mordiéndole el hombro para no gritar. Él me siguió unos segundos después, abrazándome tan fuerte que casi me deja sin aire.

***

Después nos quedamos en silencio, mi cabeza sobre su pecho, escuchando cómo se le iba calmando el corazón. Afuera la tarde empezaba a apagarse. En algún momento tendríamos que levantarnos, vestirnos, volver a ser padre e hija como si nada.

—¿Y ahora qué? —pregunté en voz baja.

—No sé —admitió, acariciándome el pelo—. Pero no me arrepiento. Que Dios me perdone, pero no me arrepiento.

El celular seguía sobre el escritorio, con las primeras fotos que me había sacado todavía guardadas. Pensé que esas imágenes eran lo único inocente que iba a quedar de esa tarde, y casi me dio risa.

Sé que esto no es algo que pueda contarle a nadie. Ni a mi mamá, que duerme a tres puertas de distancia, ni a mis amigas, ni a nadie en el mundo. Es un secreto que va a pesar más cada día, lo sé. Pero esta noche, por primera vez en semanas, no siento ese zumbido en la cabeza.

Solo lo siento a él, todavía tibio a mi lado, y la certeza de que ya di el paso que no tiene vuelta atrás. Y de que, pase lo que pase mañana, no voy a poder fingir nunca más que no siento nada.

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