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Relatos Ardientes

Mi madrastra decidió que ya no iba a esperar más

Helena se levanta del sofá sin soltarte la mano. Tira de ti con suavidad, te obliga a ponerte en pie y te invita a seguirla escaleras arriba, procurando no hacer ruido mientras las niñas juegan encerradas en su cuarto. Te conduce hasta su dormitorio, cierra la puerta tras de sí y te empuja sobre la cama hasta que caes de espaldas. Hay un brillo nuevo en sus ojos, una determinación que no le habías visto antes.

A pesar del rímel corrido por las lágrimas, te cuesta imaginar a una mujer más hermosa que ella en este instante.

—Estás preciosa, Helena —le susurras mientras empieza a desnudarse, descubriendo para ti su cuerpo sin la menor prisa.

—Dios, no aguanto más —responde ella, y se sube a la cama para colocarse sobre ti.

Te desabrocha el pantalón y tira de él hacia abajo, arrastrando la ropa interior en el mismo gesto. Te agarra con la mano, te frota despacio contra la entrada de su sexo para humedecerte y, cuando lo decide, se sienta sobre ti centímetro a centímetro, dejándote entrar en su interior cálido y estrecho.

—Te deseo, Marcos. Este es nuestro momento. No pienso volver a apartarte de mí —dice, sosteniéndote la mirada mientras empieza a moverse.

Te sorprende esa firmeza suya. Después de lo mal que lo habéis pasado esta semana, después de la visita de sus padres y de todo lo que se dijo en aquel salón, no entiendes cómo puede entregarse así, con tanta hambre. Pero entonces tú también lo sientes: un deseo áspero que nace en algún punto del pecho y baja. Le acaricias los pechos mientras ella sube y baja sobre ti.

—Hazme tuya —jadea, balanceándose con una violencia tierna que te enciende—. Lléname como la primera noche. Hagamos el amor ahora.

Lleváis siete días esperando esto. No era solo el cuerpo lo que se os había secado, era todo lo demás. Erais dos personas con mucha sed bebiendo demasiado rápido, atragantándoos, sin importaros.

Te corres dentro de ella antes de lo que querrías. Apenas puedes contenerte. Pero Helena gime, percibe el momento exacto en que te dejas ir y goza contigo, con tu placer, apretándose contra ti. Tú gruñes con los dientes apretados porque hoy es ella quien manda, quien marca el ritmo, y te entregas a sus deseos como si no hubiera otra cosa en el mundo. Se mueve sobre ti incluso después de que has terminado, hasta que empieza a dolerte.

Por fin se apiada de ti. Se detiene, se inclina y te abraza. Te besa la frente, la mandíbula, la boca, como si quisiera consolarte de algo. Te dejas llevar por ese cariño que te envuelve en una calma que no recordabas. Ella se ríe bajito, sin que le importen las manchas oscuras bajo los ojos, cuando ve los tuyos turbios todavía.

—¿Estás bien? —pregunta en voz muy baja, acariciándote la cara, aún unida a ti—. Ahora estamos aquí, juntos. —Se aprieta un poco más contra tu cuerpo, disfrutando del calor, del latido todavía acelerado—. Y te prometo que no voy a dejar que nadie nos quite esto. Nunca, Marcos.

Nunca. Qué fácil suena dicho así, en la penumbra de su cuarto.

—Eres tan joven, tan intenso… —murmura antes de liberarte de su peso y tumbarse a tu lado—. Contigo cada momento se vuelve inolvidable.

Seguís besándoos un rato más, haciéndoos carantoñas tontas, y por unos minutos conseguís olvidar que existe un mundo ahí fuera lleno de comentarios hirientes y miradas de desaprobación. Es vuestro pequeño territorio y nadie tiene permiso para entrar.

Entonces, claro, alguien llama a la puerta.

***

Helena se incorpora de un salto, busca su bata a tientas y se la anuda mientras tú te hundes bajo las sábanas. Se asegura de que has desaparecido del todo antes de quitar el pestillo. Cuando abre, lo hace con una naturalidad que te asombra.

—¡Mirad quién ha venido hoy! ¿A que no os lo esperabais?

—¡Marcos, Marcos! ¡Ven a jugar! —gritan las niñas a coro.

Entran corriendo, se ríen con un pudor adorable y se suben a la cama mientras tú sigues escondido y un poco avergonzado bajo las sábanas. Helena no las riñe; al contrario, le hace gracia la situación comprometida en la que te ha dejado.

—Venga, niñas, no lo molestéis. Esperad en el salón, que mamá y él se van a dar un baño, ¿vale?

Las pequeñas asienten, confundidas pero contentas, y se retiran dejándoos solos otra vez. Helena cierra la puerta, echa el seguro y se apoya en la madera con media sonrisa en los labios.

—Ven a la ducha conmigo —dice, y la insinuación le sale natural, sin esfuerzo.

Se quita la bata y su cuerpo desnudo vuelve a revelarse ante ti. No te cansas de mirarla.

—Eres preciosa —repites, saliendo de entre las sábanas tan desnudo como ella.

Bajo el agua caliente os enjabonáis el uno al otro y volvéis a besaros. Los besos saben mejor con el agua corriendo por la cara. Jugáis como adolescentes a robaros la esponja, te resbalan las manos por su espalda, por sus pechos, por el trasero firme, y al final acabáis amándoos de nuevo de pie, contra los azulejos, en un encuentro improvisado que ninguno de los dos había planeado.

Salís, os secáis y volvéis a la cama para un segundo asalto, este más calmado, más paciente. Os tomáis vuestro tiempo, os atrevéis con todo, lo probáis todo, y todo os sabe bien hasta que vuelves a terminar dentro de ella. Después os vestís, ordenáis un poco el cuarto y bajáis al salón con la respiración por fin tranquila.

***

Mientras tú juegas con las niñas y les preguntas qué han estado haciendo, Helena prepara chocolate caliente para todos. Cuando lo trae, os repartís los tazones humeantes y mojáis en ellos unas lenguas de gato. Es entonces cuando las pequeñas, con esa inocencia que desarma, hacen la pregunta.

—¿Vais a ser novios? —suelta Daniela, la mayor.

La pregunta te deja sin palabras. Miras a Helena incapaz de contestar, cediéndole el turno mientras por dentro se te encoge algo. Sabes lo que acaba de pasar arriba. Tal vez por eso te aterra tanto la respuesta.

—Sí, cariño —responde su madre, para tu sorpresa—. Marcos va a ser mi novio.

Sientes que puedes volver a respirar y el corazón se te suelta, aliviado. Lucía, la pequeña, chilla de emoción; Daniela, más consciente de lo que esas palabras implican, frunce el ceño, pensativa.

—¿Y eso va a cambiar algo? —pregunta la pequeña.

Helena te toma la mano y entrelaza vuestros dedos.

—Significa que Marcos estará más tiempo con nosotras, que nos ayudará más y que él… bueno, que él me hace muy feliz —dice, y se le quiebra la voz antes de terminar la frase.

La abrazas y os besáis delante de las niñas, sin esconderos esta vez.

—Se acabaron los secretos, Helena —le susurras al oído, consciente de todo lo que eso arrastra.

—Se acabaron los secretos, Marcos —responde ella, hundiéndose en tu abrazo.

Las niñas reciben la noticia con la misma ilusión arrolladora de siempre. Como ya es tarde, decidís acostarlas. Les dais un beso a cada una, como todas las noches, y les deseáis felices sueños antes de salir del cuarto sin soltaros de la mano.

***

Hoy más que nunca os hace falta otra copa. Bajáis al salón y, mientras ella sirve, tú preparas algo para picar: un poco de queso, fiambre y unos palitos repartidos en platitos. Cuando vuelves, dejas la bandeja en la mesita frente al sofá y te sientas a su lado. Helena te acerca tu copa y sostiene la suya.

—Bueno, supongo que ya somos oficialmente papá y mamá. Qué locura, ¿verdad? —dice sonriendo.

Mientras lo asimilas, te das cuenta de lo grande que es lo que acaba de decir. Ella se ríe bajito, sacude la cabeza y levanta la copa.

—Por «papá y mamá» —propones, ofreciéndole un brindis.

Las copas chocan en el aire con ese tintineo limpio del cristal bueno.

—Suena tan surrealista… —murmura ella, alzando la vista hacia ti con una expresión más suave—. Sí, es una locura. Pero una locura hermosa, ¿no crees? —Baja la mirada y juguetea con la base de la copa—. Por primera vez desde que llegaste a esta casa, siento de verdad que podemos ser una familia. Una de verdad. Y eso, para mí, vale más que cualquier cosa que puedan decir nuestros padres.

—Yo también os siento ya parte de mi familia —respondes.

Y, sin embargo, no puedes negar que estás aterrado por lo que viene. Aunque también piensas que con ella al lado podrás enfrentarlo todo.

—Tu madre fue muy dura conmigo —continúas—. Me preguntó cómo pensaba mantenerte a ti y a las niñas. Lo he estado pensando. Me queda un año para terminar la carrera, y luego quiero hacer un máster que me llevará uno o dos años más antes de poder trabajar en serio. Hasta entonces no podré encargarme de vosotras económicamente.

Helena te acaricia el pelo, tratando de aflojarte la tensión de los hombros.

—No le hagas caso, Marcos. Mi madre nunca te lo va a poner fácil. Si encuentra una debilidad, la aprieta hasta agotarte. Es así y no puede evitarlo. Yo pasé por lo mismo cuando terminé de estudiar: no entré directa a la empresa, estuve dos años dando tumbos porque mi padre quería que me curtiera antes de ponerme al frente. No eres el primero ni serás el último que tiene que pelear por su futuro. —Suspira y te aprieta la mano—. Y mientras tanto, yo te ayudo. Para eso estoy.

Sabes que hablar en serio, que hará lo que esté en su mano. Pero la situación puede complicarse mucho si sus padres cumplen la amenaza de apartarla de la empresa familiar.

—De momento mi padre me paga los estudios —dices con un nudo en la garganta—. Y, sinceramente, no sé cómo se lo va a tomar cuando le contemos lo nuestro. Imagino que se va a enfadar muchísimo, y a partir de ahí no sé qué pasará. No quiero hacerle daño, es mi padre. Pero no voy a renunciar a ti, Helena. Me importas demasiado.

A ella se le acelera el pulso al oírte. Puede imaginar lo difícil que será para ti enfrentarte a él. Te coge la mano entre las suyas y te la aprieta para darte ánimo.

—Te entiendo, de verdad. Es tu padre y eso no va a cambiar nunca. Pero no tienes que elegir entre él y nosotras. Solo espero que, cuando se entere, encuentre algo dentro de él que le impida perder la cabeza. Después de todo, eres su único hijo.

Mira un instante hacia las escaleras, donde duermen las niñas, y vuelve a ti.

—No va a ser fácil, pero nos tenemos el uno al otro. Ya sabíamos que tocaba dar la cara. Por mí, por ti, por ellas… por nuestra familia. No podemos escondernos para siempre. —Su voz suena firme, decidida, igual que el primer día que os quedasteis a solas tras la marcha de tu padre—. Te voy a ayudar a preparar esa conversación. No solo porque te quiero, sino porque quiero que estés listo para cualquier reacción. ¿De acuerdo?

Es la mujer de hielo y fuego que te atravesó con la mirada la primera tarde, cuando pensó que serías fácil de manejar y le demostraste lo contrario.

Te preguntas cuánto tiempo ha pasado desde aquello. Apenas dos semanas, y se te antoja una eternidad.

—Dijo que volvía en tres semanas, ¿no? —recuerdas de pronto—. Eso es el viernes que viene, Helena. Nos quedan cuatro días para prepararnos.

Cuatro días suenan a mucho, pero el tiempo corre rápido cuando hay algo que temes al final del camino. Te preguntas si seréis capaces de prepararos de verdad, de pensar una estrategia para que la cosa no acabe como con sus padres. Ella te aprieta la mano, te sostiene la mirada, y por un momento te basta para creer que sí.

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