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Relatos Ardientes

Mi tía me pidió que me quedara esa tarde

Renata tenía cuarenta y uno, y era el secreto mal guardado de todos los hombres que pisaban la peluquería que dirigía en el centro. No era una belleza de revista, delicada y simétrica. Era otra cosa: carisma, carácter y un magnetismo casi animal que hacía que las miradas se quedaran pegadas a ella sin permiso. Bajita, con algún kilo de más que sabía disimular con maestría, llevaba siempre el uniforme rosa del salón ceñido a la cintura, con un pantalón que marcaba sin piedad la curva de sus caderas y el vaivén hipnótico de su trasero al caminar.

Tenía también unos pechos generosos que, aunque ya empezaban el descenso lento de cualquier mujer madura, seguían siendo pesados y llenos. Se mecían despacio cada vez que se movía, dibujando junto a sus caderas una figura de reloj de arena que ella conocía perfectamente. Renata era consciente del poder de su cuerpo y disfrutaba de que la devoraran con la mirada, sobre todo los más jóvenes. Durante su matrimonio había tenido más de un amante, y ese apetito que su marido nunca supo saciar fue, al final, lo que terminó de romper aquella casa.

Para la mayoría de los hombres ella era, simplemente, una fantasía hecha carne. Para mí había un solo problema, pequeño y enorme a la vez: Renata era mi tía.

Yo era su sobrino más joven y, de toda la familia, el que más la visitaba. Después del accidente de moto que estuvo a punto de dejarme en una silla de ruedas, ella y mi madre se habían turnado para cuidarme durante los largos meses de recuperación. Aquella intimidad forzada nos había acercado de una forma peligrosa. No tardé en notar que Renata me miraba distinto, que se demoraba más de la cuenta cuando me ayudaba a vestirme, que a veces se quedaba callada observándome con una sonrisa que yo no sabía leer.

Yo siempre me había portado con respeto, aunque me costara horrores que los ojos no se me escaparan hacia su escote cuando me cortaba el pelo. Sabía del rechazo que buena parte de la familia sentía hacia ella, y eso me ablandaba, me hacía querer protegerla. Pero también guardaba en una carpeta escondida del ordenador decenas de fotos discretas que le había robado en las comidas familiares. Eran el combustible de mis peores noches. La deseaba con una fuerza que no sabía cómo controlar.

***

Aquel sábado de verano su coche amaneció muerto: no arrancaba, hacía un ruido raro y se recalentaba en cuanto giraba la llave. Como yo me había metido de lleno en la mecánica, fui la opción más rápida. La llamó desesperada y, media hora después, yo estaba aparcando frente a su casa.

Me abrió la puerta con un camisón holgado de color azul cielo, tan fino y suelto que me resultó imposible no darme cuenta de que no llevaba nada debajo. La tela se le pegaba a las curvas con cada movimiento, marcando el contorno de sus pechos y dejando adivinar la sombra de sus pezones.

—Menos mal que viniste —dijo, apartándose para dejarme pasar—. No sé qué le hice.

Me metí bajo el capó y pasé horas trabajando bajo el sol de la tarde. Cada tanto Renata salía a «ayudarme», agachándose a mi lado con la excusa de pasarme una herramienta. Cada vez que lo hacía, sus pechos colgaban libres bajo el camisón, balanceándose a un palmo de mi brazo. Era una tortura. Cerca de las siete, después de mucho sudor, conseguí que el motor arrancara limpio.

—¿Me puedo quedar un rato? No quiero volver todavía —le pregunté al entrar, fingiendo cansancio.

—Claro. Hay almohadas en la cómoda.

Me lavé la cara y me acomodé a su lado en la cama, con una almohada sobre las piernas. No podía dejar de mirarle el escote de reojo, y ya empezaba a notar la tensión bajo el pantalón.

—¿Qué estamos viendo? —pregunté.

—No sé, acabo de cambiar de canal.

Se recostó sobre mí y sus pechos rozaron mi brazo. No llevaba sujetador, y con el frío del aire acondicionado tenía los pezones casi erectos. Yo permanecía rígido, con la mirada clavada en el televisor como si la vida me fuera en ello, intentando disimular una erección que ya empujaba contra la tela. Cuanto más sentía el peso y el calor de su cuerpo contra el mío, más imposible se volvía ignorarlo.

En la pantalla apareció de pronto una escena de cama, y noté cómo los pezones de mi tía se endurecían del todo.

—¿Nunca te han hecho eso? —preguntó en voz baja.

La miré, sorprendido.

—¿El qué?

—Que te aten a la cama. Se siente rico —contestó, divertida al verme nervioso—. No me digas que te da vergüenza. Si ya tienes veintitrés.

—Es que eres mi tía —dije, ahora más excitado que incómodo—. Pero no, nunca me lo han hecho.

—¿Y qué te gusta que te hagan? —insistió, acomodándose de lado. Sus pechos cayeron sobre mi brazo, marcando los pezones bajo el camisón. Los miré ya sin disimulo.

—Pues… lo normal.

—¿Qué es lo normal? Dime, no le voy a contar a tu madre —se rió—. ¿Te la han chupado?

—Sí, varias veces.

—¿Quién? ¿Daniela? —la mención de mi novia me dio una punzada de culpa; le había dicho que pasaría la tarde con mi tía sin imaginar el rumbo que estaban tomando las cosas.

—Sí, pero no le gusta mucho. Ni que se lo haga yo a ella —respondí, envalentonado, sin apartar la vista de sus labios—. ¿A ti te gusta, tía?

—¿A mí? Claro. No hago nada si no me lo hacen primero a mí —contestó entre risas, un poco sonrojada—. ¿Y qué más has hecho? Mira que te has vuelto todo un hombre.

Me fui acercando. En la pantalla los gemidos se mezclaban con una música suave.

—Ya me acosté con ella.

—¿En serio? ¿Y qué tal?

—Estuvo bien. Aunque me lo imaginaba mejor.

Bajé la almohada poco a poco, dejando a la vista el bulto del pantalón. Los ojos de mi tía se clavaron de inmediato ahí, y sonrió.

—Ya veo que se te está poniendo dura, cochino. Cuéntame más, antes me contabas todo —me puso una mano en el vientre y empezó a acariciarme despacio, bajando hacia la entrepierna. En la pantalla volvía a sonar otro gemido, y ella se mordió el labio.

—¿Sabes qué les gusta mucho? —murmuró, metiendo la mano por debajo de la ropa interior y sujetándome con firmeza—. Cuando les hacen así.

La miré sin atreverme a moverme, dejándome hacer.

—¿Quieres que pare? —preguntó.

—Es que eres mi tía.

—¿Y qué tiene? No nos vamos a casar. Solo es esto —contestó, acelerando la mano.

—¿Estás segura?

—Mírate cómo la tienes. Si te la pasas mirándome, ¿o crees que no me doy cuenta? —su voz se volvió ronca, y buscó mi boca casi con desesperación.

Nos besamos con un hambre que llevaba años acumulándose, las lenguas enredándose, los dientes chocando por la urgencia. Ella no dejaba de mover la mano, subiendo y bajando, sintiendo cómo palpitaba bajo sus dedos. No quería que terminara todavía; quería estirar aquel encuentro prohibido todo lo posible.

Tomó mi mano y la llevó directamente a sus pechos. Los acaricié con avidez, apretándolos, amasándolos entre las palmas.

—¿Quieres comértelos? —susurró.

Metió la mano dentro del camisón y se los sacó con dificultad, libres y pesados, los pezones grandes y oscuros. Me lancé sobre ellos, chupando con fuerza, succionando mientras los apretaba con ambas manos. Eran suaves, cálidos, con finas marcas plateadas en la parte de arriba que, lejos de molestarme, me parecieron lo más sensual de todo.

Se subió el camisón hasta la cintura y apartó la ropa interior hacia un lado, mostrándome sin pudor su sexo completamente depilado. Deslicé la mano entre sus muslos y la encontré ardiente y empapada. Bajé hasta arrodillarme entre sus piernas y le besé los muslos por dentro, despacio, hasta hundir la cara en ella sin piedad.

Renata soltó un gemido largo y ronco cuando sintió mi lengua recorrerla entera de abajo arriba.

—Así, mi niño… justo así —jadeaba, acariciándome la nuca con dedos temblorosos.

La lamía con avidez, hundiendo la punta de la lengua en su entrada, mientras mis manos subían a sus pechos para pellizcar los pezones. Ella se abría con los dedos, ofreciéndose entera, el clítoris hinchado y rojo bajo mis círculos firmes.

—¡Así! ¡Sigue, no pares! —suplicaba entre gemidos ahogados, mordiéndose los labios con los ojos cerrados.

—Ven, que ahora te la quiero chupar yo —exigió de pronto, tomándome la cara con las dos manos y apartándome.

Le di un último lametón que casi la hizo estallar y me dejé caer en mitad de la cama. Me quitó el pantalón con prisa y se quedó mirando lo que tenía delante, sujetándolo con las dos manos como si no terminara de creérselo.

—¿Nunca habías visto una así? —pregunté.

—Últimamente solo me cruzo con cositas —contestó, subiendo y bajando la mano con admiración.

Se frotaba sus propios pezones mientras me masturbaba despacio, hipnotizada. Besó primero, despacio, hasta subir con la lengua plana y rodear la punta.

—¿Quién lo hace mejor? ¿Ella o yo?

—Tú… definitivamente tú —gemí.

—Mentiroso —susurró con una sonrisa perversa, y se lo metió entero en la boca de un solo movimiento.

Subía y bajaba con rapidez, haciendo el vacío cada vez, con una destreza que me dejó sin aire. Yo levantaba la cabeza para ver cómo desaparecía entre sus labios. Estaba desatada.

—¿Quieres terminar dentro? —preguntó.

—Donde tú quieras —contesté, con la voz rota.

Me chupó un par de veces más y se tumbó de espaldas. Entendí al instante y me coloqué entre sus piernas abiertas.

—Despacito, ¿eh? Que me va a doler —advirtió, señalándome el cajón donde guardaba los preservativos.

Me lo puse rápido y froté la punta a lo largo de su sexo caliente. Empujé solo la cabeza y me quedé quieto. Ella movía las caderas con desesperación, intentando tragárselo. Poco a poco fui entrando, hasta que, impaciente, se abrió con los dedos y me suplicó:

—¡Métemela ya! ¡Toda!

De un solo empujón llegué hasta el fondo. Renata soltó un grito agudo, entre el placer y el dolor, y empecé un vaivén lento y profundo que la hacía gemir con cada embestida. Me miraba a los ojos como si no pudiera creer lo que estaba pasando.

Aceleré apoyándome en sus muslos. Sus pechos rebotaban libres. Se los besaba, se los lamía, se los mordía mientras la embestía más fuerte.

—¡Me voy a venir! —gritó.

Tras un par de embestidas brutales se corrió, su interior contrayéndose alrededor de mí, gimiendo contra mi cuello. Seguí moviéndome despacio, abrazados, para retrasar lo mío.

—¿Quieres por detrás? —preguntó con la voz entrecortada cuando me detuve.

La puse de rodillas, le subí el camisón hasta la espalda y dejé al descubierto su trasero grande y redondo. Se inclinó, ofreciéndose. La penetré de golpe y la sujeté de la cintura, follándola rápido y profundo, disfrutando de cómo se movía su cuerpo con cada embestida.

—Quítate el condón —suplicó de pronto. Me detuve, atónito.

—¿Estás segura?

—Sí. Te quiero sentir.

Salí despacio, me lo quité y volví a entrar. La sensación de piel contra piel fue indescriptible; los dos gemimos a la vez.

—¡Sí! ¡Sí! —gritaba ella contra la almohada.

La follé con todo hasta que no pude más. Apenas salí a tiempo y terminé sobre su espalda, varios chorros calientes cayendo sobre su piel. Ella, frotándose con furia, tuvo un último temblor. Me incliné, agotado, y le besé la espalda sudada.

***

Renata estaba tan perdida en aquel placer prohibido que ni siquiera había oído las llamadas que vibraban insistentes en el móvil de la mesita. Su mente solo registraba el sonido húmedo de nuestros cuerpos.

De pronto, el ambiente cargado de sudor se rompió con unos golpes secos y desesperados en la ventana del cuarto. Renata se congeló. Era Paulina, su hija, a quien debía haber recogido horas atrás. Sin respuesta y sin llaves, la chica golpeaba el cristal con rabia.

Mi tía me miró con puro terror, el rostro todavía enrojecido pero de pronto pálido. Saltó de la cama con el corazón desbocado.

—¡Rápido, ponte los pantalones y métete al baño! —me ordenó en un susurro tembloroso.

Mientras ella salía corriendo, subiéndose la ropa interior por los muslos aún húmedos, yo apenas alcancé a recoger lo mío del suelo y encerrarme en el baño con el mayor sigilo posible. Desde allí oí la voz de mi prima llenar la casa, molesta, reprochándole a su madre que se hubiera olvidado por completo de ella. La discusión fue corta pero tensa. Renata la calmaba con excusas improvisadas.

Cuando por fin dejé de oír a mi prima, abrí la puerta unos milímetros. Renata apareció frente a mí: la cara todavía roja, el pelo revuelto, los labios hinchados de tanto morderlos. Se veía salvaje y peligrosamente vulnerable.

—Vete antes de que nos metamos en un lío —susurró, acercándose—. Pero me debes algo todavía, ¿eh?

Lo dijo con una sonrisa traviesa mientras me sujetaba con firmeza, sintiendo cómo, pese al susto, empezaba a endurecerme otra vez bajo su mano. Me besó con urgencia, metiéndome la lengua, y llevó mis manos hasta su trasero, todavía desnudo bajo el camisón levantado. Lo acaricié, lo apreté, lo amasé mientras nuestras lenguas se enredaban en un beso húmedo y desesperado.

Nos despedimos a trompicones, con la respiración agitada y las miradas cargadas de promesas. Salí por la puerta de atrás con el cuerpo aún temblando, sabiendo que aquello no iba a quedar en una sola tarde.

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Comentarios (6)

Juanpa_92

Me dejó con ganas de mas... por favor que haya continuación!!

VioletaK_99

Que bien escrito, se siente tan real. Me quedé enganchada desde la primera línea hasta el final.

ToniMdp

tremendo, lo lei de corrido sin darme cuenta

MarceloLR

La tensión que vas construyendo al principio es lo mejor del relato. Excelente trabajo!

LucilaM

Increible... pocas veces algo me atrapa tanto. Espero que sigas escribiendo, de verdad!!

DiegoMM

Buenisimo!! segunda parte por favor

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