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Relatos Ardientes

Mi hermana entró a mi cuarto después de medianoche

«Renata, esta noche dormís conmigo», le escribí mientras ella estaba afuera, en un bar con sus amigas. Era el tipo de mensaje que mandaba sin pensar, una provocación tonta, de esas que llevábamos años intercambiando sin que pasara nada.

«Lo voy a pensar», me contestó.

Me reí solo, en la oscuridad de mi cuarto. Disfrutaba esos juegos con ella. Lo que no calculé fue que esa misma noche dejarían de ser un juego.

Pasada la medianoche escuché la puerta de mi habitación abrirse despacio. No prendí la lámpara. Reconocí su perfume antes que su silueta.

—¿Sigue en pie tu propuesta? —preguntó en voz baja.

—Claro —respondí, y estiré la mano hacia el interruptor.

—No prendas la luz —me detuvo.

Me quedé quieto. Entre las sombras la vi quitarse la ropa, sin prisa, dándome la espalda. La penumbra apenas dibujaba la curva de su cintura, la línea de sus hombros. Recién entonces, mirándola así, entendí lo hermosa que era mi hermana. Lo había sabido siempre, supongo, pero nunca me había permitido pensarlo con esas palabras.

Se metió en la cama. El colchón se hundió de su lado.

—Abrazame —dijo.

Me acerqué. La rodeé con un brazo y ella se acomodó contra mi pecho como si fuera lo más natural del mundo. Su olor me mareaba. Hundí la cara en su cuello casi sin darme cuenta y la sentí suspirar; ese tipo de caricia le gustaba, lo noté enseguida. Dejé unos besos suaves en esa zona, apenas un roce de labios. Mis manos bajaron por su cintura y mis piernas se enredaron con las suyas. Su piel ardía. Era suave de una manera que me costaba soportar.

Mis dedos rozaron el borde de su ropa interior. Encaje.

—Sos un bombón —le susurré al oído.

—Me halagás —contestó con una risita.

Acaricié su espalda desnuda, el cierre del corpiño bajo mi palma. La sentí respirar más hondo, más lento, acomodándose contra mí como si quisiera que siguiera. Tenía ganas de desabrocharlo, de seguir, de besar más abajo. Y entonces algo en mí reaccionó. Es tu hermana. Es la mujer más prohibida que existe para vos. Aparté la mano y la dejé quieta sobre su cadera, conformándome con eso, con el peso tibio de su cuerpo contra el mío.

Aun así, esa noche fue de las mejores que recuerdo. Solo por tenerla ahí, entre mis brazos.

—Tus manos hacen magia —murmuró ella, y me hizo sonrojar en la oscuridad—. No te preocupes, me gustó. Pero que esto no lo sepa nadie.

Lo dijo riendo, como si fuera un secreto travieso y no una línea que acabábamos de cruzar.

***

Un rato después se levantó a buscar su ropa. Cuando la vi de pie, en ropa interior, casi se me corta la respiración. Bragas de encaje negro, ajustadas. El corpiño le marcaba el pecho. Toda su sensualidad expuesta en la penumbra del cuarto, y yo ahí, mirándola, con una erección que no podía disimular.

Renata se dio cuenta. Por supuesto que se dio cuenta.

—Me estás devorando con los ojos —dijo, divertida—. Contenete un poco.

No supe qué responder. Ella se acercó rápido, se inclinó sobre mí y me dio un beso muy cerca de los labios.

—Te quiero, hermanito. Nos vemos después.

Y se fue a su habitación, dejándome hipnotizado, con el corazón golpeando y la cabeza hecha un lío.

Renata siempre fue extrovertida, de mente abierta. Esa noche lo confirmé. Y supe, con una certeza incómoda, que eso iba a meterme en un camino del que no sabría volver.

***

A partir de ahí me gustaba cada vez más. Aprovechaba cualquier excusa para abrazarla. Era un juego peligroso, y su coqueteo no ayudaba: a veces parecía empeorarlo a propósito.

Una mañana, antes de salir, me tomó de la mano y me arrastró hasta su pieza. Me pidió un favor: que la pasara a buscar por la academia en la tarde. Le dije que sí, obvio. Se puso contenta y me dejó otro beso al costado de la boca antes de irse, dejándome otra vez atónito en el medio del cuarto.

Sabía que para ella todo esto era un juego. Sabía que su coqueteo era parte de eso. Lo que no entendía era el efecto que tenía en mí. Suspiré. Ese beso me daba ganas de muchos más.

Me quedé solo en su habitación. Miré alrededor, pensando en mil cosas, y mis ojos cayeron sobre los cajones de la cómoda. Sentí una curiosidad estúpida. Su ropa. Su ropa interior.

No estaba bien lo que iba a hacer. Lo sabía. Pero la curiosidad pudo más. Cerré la puerta y me acerqué a hurgar.

Al abrir el primer cajón me encontré con un desfile de bragas diminutas de encaje: rojas, negras, rosas, azules. Telas suaves, íntimas. No pude evitar imaginar esas texturas contra su piel. Los corpiños hacían juego, del mismo material delicado. Más al fondo había medias finas y unas mallas de red, prendas claramente pensadas para provocar.

Y entonces encontré algo que no esperaba: un par de preservativos.

El hallazgo me dejó en shock unos segundos. No tendría que haberme sorprendido —Renata era adulta, tenía su vida—, pero verlos ahí me revolvió algo feo. Celos. Imaginar que alguien ya la había tenido me molestaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Me quedé un rato con uno de esos preservativos en la mano, dándole vueltas, inventando caras y nombres para el tipo que se los habría llevado puestos. Después me di asco a mí mismo. No tenía ningún derecho a ese reclamo silencioso. Ella no era mía, no podía serlo, y sin embargo ahí estaba yo, hurgando entre su ropa íntima como un chico celoso. Cerré el cajón de golpe, como si así pudiera cerrar también ese pensamiento.

***

En el trabajo no podía concentrarme. Pensaba en ella, y al mismo tiempo seguía con esa bronca tonta clavada en el pecho. Las horas se arrastraron. A la tarde me escribió: que no me olvidara de pasar a buscarla. Le respondí con un seco «ok». Sabía que un mensaje tan frío iba a molestarla, pero no me importó. Aunque, en el fondo, sí me importaba. No quería perderla. Solo esperaba que, cuando la viera, todo se acomodara.

Cuando llegué a la academia intenté cambiar la cara. No tenía derecho a sentir celos; era ridículo. Renata subió al auto y apenas le dije un «hola» antes de arrancar.

Ella empezó a contarme cosas de su día y yo me limité a escucharla y a responder con monosílabos. No tardó en notar el cambio.

—¿Qué te pasa? —preguntó.

—Nada.

—Dale, decime. Algo tenés.

Insistió un par de veces y yo seguí negando. Entonces se puso seria, dejó de insistir y el resto del viaje lo hicimos en silencio. Mejor así, me dije. Tenía que enfocarme en otra cosa, dejar de pensar en ella de esa manera.

Al llegar a casa se metió en su cuarto sin decir palabra. Sabía lo molesta que estaba. Era lo mejor.

***

La noche cayó y Renata no había vuelto a dirigirme la palabra. Tardé en dormirme, dándole vueltas a todo, hasta que el cansancio empezó a ganarme. Ya estaba medio dormido cuando escuché la puerta abrirse otra vez. Unos pasos suaves se acercaron a mi cama.

—Sé que no estás dormido. ¿Podemos hablar?

Abrí apenas los ojos. Renata se sentó en el borde del colchón y su mano subió a mi mejilla.

—¿Por qué estás enojado conmigo?

El solo contacto de su mano me puso nervioso. Era una sensación prohibida que ya conocía demasiado bien.

—No estoy enojado. ¿Por qué pensás eso? —respondí.

—No sé. En el auto te noté frío. Distante.

Seguía acariciándome la cara. Me fijé en que llevaba unos shorts muy cortos; sus piernas, a la altura de mis ojos, eran un verdadero peligro. Tenía que controlarme. Pero ella me miraba con una intensidad que volvía todo más difícil.

—No es cierto. No me pasa nada con vos —mentí.

—No te creo.

No pude evitarlo. Le tomé la mano, la atraje hacia mí y la rodeé con los brazos.

—Dormí conmigo y te lo demuestro.

Renata sonrió y se metió en la cama.

La abracé con miedo. Miedo de que eso se volviera una adicción de la que no pudiera salir. Le besé las mejillas, el cuello, despacio. Sentí el calor de sus piernas contra las mías, respiré su perfume, me dejé arrullar por sus susurros de que me quería mucho.

Hundí la cara en su cuello. Era una delicia sentir su tibieza tan cerca. La apreté contra mí y el sueño terminó de ganarme. Mi hermana era única. Dormir con ella era un placer que ninguna novia me había dado jamás.

***

A la mañana la desperté con besos suaves en el cuello. La tenía abrazada desde atrás y le había corrido el pelo a un costado para llegar mejor a su piel. Renata reía bajito y susurraba que le hacía cosquillas. Me encantaba escucharla con ese tono juguetón. No dejé de besarla.

Pero no era solo el cuello. Una de mis manos descansaba sobre su vientre, y la fui acariciando con cuidado, en círculos lentos. La mano quería bajar más. Quería colarse bajo la tela, tocar lo que tenía prohibido, sentir su intimidad bajo mis dedos.

Renata atrapó mi mano antes de que llegara. Giró de golpe, sorprendiéndome, y me miró fijo a los ojos. Sonrió.

—Perdoname por lo que voy a hacer —dijo.

Y sin más me besó en los labios. Un beso real, que se estiró varios segundos, lento y caliente, distinto a todos los roces de mejilla de antes. Cuando se separó, se levantó sin dejar de mirarme. Recorrí con los ojos su cuerpo, esa silueta que me hipnotizaba.

—Ya es tarde, me tengo que ir —dijo desde la puerta.

Y se fue a su habitación, dejándome solo, con la boca todavía tibia y la cabeza llena de pensamientos que sabía que no debía tener.

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