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Relatos Ardientes

Mi hermana me recibió en Recife con una sorpresa

Lucía era joven todavía cuando el suelo se le abrió bajo los pies. Se había quedado en Rosario esos días para rendir un examen de marzo, y por eso no iba en el auto con sus padres la madrugada en que un camión cruzó la mediana y los borró del mundo en un instante. No quedó nada que velar como ella hubiera querido: solo hierros retorcidos, un teléfono que sonaba sin respuesta y un silencio que se le metió en el pecho y no se fue más.

Le dejaron una casa amplia y dinero suficiente para no preocuparse por un tiempo. Lo que no le dejaron fue un lugar adonde ir con el corazón. Las paredes de Rosario le gritaban ausencias en cada rincón, y dormir sola en esa casa enorme se volvió una tortura.

Su hermana mayor, Verónica, que vivía hacía años en Recife con su marido brasileño, la llamó la misma noche del entierro.

—Venite para acá, Luci. Acá tenés casa, tenés sol, me tenés a mí. No te quedes sola en esa ciudad llorando contra las baldosas.

No lo pensó demasiado. Dejó la casa en manos de una inmobiliaria para que la alquilara, metió en una valija lo imprescindible y tomó el primer vuelo que encontró. Era el principio de algo, aunque ella todavía no supiera de qué.

El calor húmedo del nordeste la abofeteó apenas pisó la pista. Verónica la esperaba del otro lado del vidrio con los brazos abiertos, más exuberante que en los recuerdos: un vestido floreado le marcaba las curvas, las tetas generosas asomando por el escote, las caderas anchas. A su lado, Tiago, su marido, un hombre moreno y fornido de unos treinta y cinco, sonreía con una blancura que partía la cara oscura en dos.

—Bem-vinda, cunhada —dijo él, y le dejó un beso en la mejilla que se demoró un segundo de más, con la mano apoyada en la cadera de Lucía como si midiera la carne bajo la tela.

Lucía sintió un cosquilleo extraño entre las piernas y lo atribuyó al cansancio del viaje.

***

La casa quedaba en lo alto de una loma, modesta, con el mar dibujado al fondo como una promesa. Dos habitaciones, una cocina chica y un patio con hamacas paraguayas donde el viento entraba salado. Lucía se instaló en el cuarto de huéspedes y los primeros días apenas salió de él.

Lloraba de noche, abrazada a una remera vieja de su padre que se había llevado sin pensarlo. Verónica le golpeaba la puerta con mate amargo, el sabor de casa, y se acostaba a su lado a acariciarle el pelo hasta que se dormía.

—No te quedes encerrada, Luci. Acá la vida es otra cosa. Tenés que dejar que el calor te entre en el cuerpo.

Tiago, en cambio, la miraba distinto cuando Verónica no estaba mirando. Lucía lo notaba en la nuca, esa sensación de ser observada mientras lavaba los platos con un short que el calor le había impuesto y que le dejaba medio culo afuera. Lo ignoraba. Estaba demasiado rota para reparar en nada.

Una tarde, Verónica entró a la cocina y se apoyó en la mesada con los brazos cruzados.

—Esta noche viene gente. Unos amigos de Tiago, buena onda. No te pido que hagas nada, solo que estés. Que te rías un poco, aunque sea una vez.

—No estoy para fiestas, Vero.

—Justamente por eso —contestó su hermana, y le acomodó un mechón detrás de la oreja con una ternura que le dolió—. La vida sigue, nena. Y a veces hay que empujarla un poco.

***

Los amigos llegaron al caer el sol con cerveza y carne para la parrilla. Bruno era alto, de risa fácil y una cadena de oro que brillaba contra la piel oscura. Caio, más joven, con el cuerpo trabajado de quien vive cerca del agua, le clavó los ojos a Lucía apenas la vio y no los soltó.

—Verónica falou de você —dijo Caio, mezclando idiomas—. Disse que precisava distrair a cabeça.

Lucía se sonrojó y, sin proponérselo, se rió. Fue la primera risa en semanas, y la sintió como aire después de mucho tiempo bajo el agua.

La noche se fue aflojando con la cerveza y la samba que salía del parlante. Tiago contaba historias con las manos, Bruno se reía a carcajadas, y Verónica, cada tanto, apretaba la rodilla de su marido por debajo de la mesa con una intimidad que a Lucía le pareció, de pronto, demasiado evidente. Había una corriente en el aire de esa casa que ella todavía no terminaba de leer.

Caio se le sentó al lado. Hablaba bajo, le rozaba el brazo al señalar algo, le servía antes de que ella pidiera. Cuando la música cambió a algo más lento, le tendió la mano.

—Vem.

Bailaron en el patio, bajo una guirnalda de luces. Él la guiaba con la palma abierta en la cintura, y de a poco la distancia entre los dos cuerpos desapareció. Lucía sintió el calor de él contra su vientre, el aliento en el cuello, y la polla dura de Caio clavándose contra su cadera a través de la tela del pantalón. Algo que creía muerto desde hacía meses se le despertó entre las piernas con una urgencia que la asustó: el coño se le humedeció de golpe, empapándole la bombacha.

—Hace mucho que no me toca nadie —murmuró ella, más para sí misma que para él.

—Entonces deja que te toque —respondió Caio, y la mano que tenía en la cintura bajó hasta el borde del short y siguió, hasta meterse por debajo y encontrarle la piel desnuda del culo. La apretó fuerte, con dedos anchos, y Lucía soltó un gemido bajo contra su hombro.

***

Se besaron en un rincón del patio, lejos de la luz. La lengua de él tenía gusto a lima y a cerveza, y Lucía respondió con un hambre que la sorprendió a ella misma. Le mordió el labio, se lo chupó, le metió la lengua hasta la garganta como si quisiera comérselo entero. Las manos de Caio le subieron por debajo de la remera, le encontraron las tetas sin corpiño, le pellizcaron los pezones ya duros mientras ella le clavaba los dedos en la espalda y le refregaba el coño contra el muslo.

—Puta que rica sos —le dijo él en portugués contra el cuello, mordiéndole la piel—. Toda mojadinha ya.

Lucía le buscó la bragueta a ciegas, le bajó el cierre, le metió la mano y le agarró la polla. Era gruesa, caliente, palpitante, con una gota espesa en la punta que le mojó los dedos. Se la pajeó despacio, sintiendo cómo le crecía todavía más en la mano, y se le escapó un jadeo cuando él le respondió metiéndole dos dedos por debajo de la bombacha, directo al coño, hundiéndoselos hasta los nudillos.

—Vamos adentro —dijo él contra su boca, con los dedos empapados hasta la muñeca.

Pero antes de moverse, Lucía sintió otras manos. Bruno se había acercado por detrás, y le pegó el bulto contra el culo mientras le mordía la nuca. Cuando ella giró la cabeza, vio que Verónica los observaba desde la puerta, recostada en el marco, con una mano metida por dentro del vestido tocándose una teta, sin un gesto de sorpresa. Su hermana le sostuvo la mirada y, despacio, asintió.

—Tranquila —dijo Verónica, acercándose—. Acá nadie te juzga. Acá solo te cuidamos.

Lucía entendió, de golpe, qué era esa corriente que llevaba días sin poder nombrar. La casa entera respiraba de otra manera. Y en lugar de huir, se quedó, con la mano todavía envuelta en la verga de Caio y los dedos de él aún metidos en su concha.

—¿Vos también? —le preguntó a su hermana, con la voz tomada.

—Somos familia —contestó Verónica, y le acomodó el pelo igual que en la cocina—. Compartimos todo, siempre fue así. Solo que vos no estabas.

***

Entraron al living entre las manos de todos. Caio le sacó la remera por la cabeza y le atacó las tetas con la boca, chupándole un pezón mientras le retorcía el otro con los dedos; Bruno le besó el cuello desde atrás y le abrió el short de un tirón, dejándoselo caer a los tobillos. Tiago se sirvió otro vaso y se sentó a mirar con una calma de dueño de casa, la mano ya trabajándose el bulto por encima del pantalón. Pero fue Verónica la que se arrodilló frente a ella y le bajó la bombacha con los dientes, y Lucía sintió que el mundo se inclinaba.

—Esto no se hace —alcanzó a decir, temblando.

—Por eso te gusta tanto —respondió su hermana, y le abrió las piernas con las dos manos, hasta dejarle el coño de par en par delante de la cara.

La lengua de Verónica fue una sorpresa tibia y conocida, como si supiera de antemano cada pliegue de su cuerpo por el solo hecho de ser de la misma sangre. Le lamió de abajo hacia arriba, larga y despacio, recogiendo el jugo que ya le corría por los muslos, y después le clavó la lengua directo en el clítoris, chupándoselo como un caramelo. Lucía se aferró al pelo de su hermana y gimió sin pudor, apretándole la cabeza contra el coño.

—Ay, la puta, Vero, no pares, no pares —soltó, con la voz quebrada.

Bruno se plantó frente a ella y se sacó la verga, una polla morena y gruesa que le puso contra los labios. Lucía abrió la boca sin pensarlo y se la tragó hasta la mitad, ahogándose un poco, mientras Caio le tomaba las dos tetas por detrás y le pellizcaba los pezones con fuerza. La lengua de Verónica seguía trabajándole el coño, chupándole el clítoris, metiéndosele adentro; Bruno le empujaba la cabeza contra su verga hasta hacerla arcada; y Caio le refregaba su polla dura contra el culo, húmeda ya de tanta precorrida. Era demasiado y, sin embargo, no quería que parara.

Cuando la acostaron sobre el sillón, con las piernas colgando abiertas de par en par, Caio se colocó entre sus muslos, se agarró la verga con la mano y la pasó por toda la raja del coño, embadurnándola de jugo, antes de acomodar la punta en la entrada. Empujó despacio, midiéndola, hasta hundirse del todo, y Lucía arqueó la espalda y soltó un grito largo, el primero de muchos, sintiendo cómo esa polla gruesa le abría el coño hasta el fondo.

—Que apertada, minha deusa —gruñó Caio, y empezó a cogérsela con embestidas lentas y profundas que le arrancaban un gemido en cada bajada.

Verónica, a su lado, se había arrodillado en el sillón y le chupaba la polla a Tiago sin dejar de mirar a su hermana, como si quisiera asegurarse de que estaba ahí, viva, encendida, lejos por fin de la tristeza. Tenía la mejilla abultada por la verga del marido y los ojos brillantes clavados en el coño de Lucía siendo penetrado.

—Mirala —le dijo Verónica a su marido, sacándose la polla de la boca un segundo, con la voz ronca y un hilo de saliva colgándole del mentón—. Está volviendo. Mirá cómo se la come.

Y era verdad. Con cada embestida, Lucía sentía que algo se le destrababa por dentro, que el nudo de meses se aflojaba a fuerza de placer. Caio le agarró las piernas por atrás de las rodillas y se las plegó contra el pecho, para meterle la verga todavía más adentro, y ella sintió los huevos golpeándole el culo con cada estocada. Bruno se subió al respaldo del sillón, se puso encima de su cara y le metió la verga en la boca desde arriba; Lucía la recibió entera, dejándose coger la garganta, mientras Caio la seguía cogiendo firme abajo. Los dos hombres encontraron un ritmo compartido, embistiéndola al mismo tiempo por los dos extremos, hasta hacerla sentir un juguete de carne entre sus vergas.

Su hermana se abandonó a Tiago sobre la alfombra, en cuatro, y desde ahí, cogida por atrás por su marido, seguía mirando a Lucía y susurrándole entre gemidos.

—Dejate, nena, dejate coger, es todo tuyo, es para vos, hoy sos vos la reina.

Lucía se sacó la verga de Bruno de la boca solo para pedir más, con la voz cascada.

—Más fuerte, Caio, más fuerte, rompémelo.

Y Caio la obedeció, agarrándola de las caderas y clavándosela hasta el fondo con embestidas que hacían crujir el sillón. Bruno le volvió a meter la polla en la boca, más profundo, hasta que Lucía sintió las bolas contra la nariz. Le agarró los huevos y se los amasó mientras se dejaba coger la garganta, tragando la saliva y el precome que le chorreaba por el mentón.

El orgasmo la golpeó como una ola que venía de lejos. Se contrajo entera, las piernas cerrándose alrededor de la cintura de Caio, el coño apretándose sobre la verga hasta ordeñarla, los dedos buscando la mano de Verónica, que se la apretó fuerte desde el piso. Gritó tan alto que le dolió la garganta, y siguió gritando mientras Caio se hundía dos veces más y se corría dentro de ella, con un rugido, llenándola de semen caliente que sintió salpicarle las paredes del coño.

Bruno se sacó la polla de su boca y se pajeó rápido, apuntándole a la cara, y le tiró la corrida sobre los labios, la mejilla, las tetas. Lucía sacó la lengua y recogió lo que le caía cerca de la boca, mientras Tiago, atrás, seguía cogiéndose a Verónica con estocadas que le hacían temblar el culo. Su hermana se corrió mirándola, con la cara enterrada en la alfombra y un gemido largo, apretándole la mano hasta clavarle las uñas.

Después Lucía quedó tendida, jadeando, el cuerpo brillante de sudor y semen, con Caio todavía adentro, ablandándose despacio. Los demás reían bajito y le acariciaban la piel, le limpiaban la corrida de la cara con los dedos, se la ofrecían para que la chupara.

—¿Estás bien? —le preguntó su hermana, arrastrándose desde el piso y recostándose contra ella, la boca todavía brillante por Tiago.

—Estoy viva —contestó Lucía, y se le escapó una risa que terminó en llanto, y un llanto que terminó en risa.

Verónica le lamió la corrida de una teta, despacio, y se la dio a probar en un beso largo. Lucía se la tragó sin dudar.

***

Esa primera noche fue solo el principio. A la mañana siguiente, Verónica la despertó con café y se sentó en el borde de la cama como cuando eran chicas y se contaban secretos bajo las sábanas.

—No fue solo sexo, ¿sabés? —dijo—. Fue para sacarte de adentro lo que te estaba matando. Pero si querés que no vuelva a pasar, no pasa más. Vos decidís.

Lucía pensó en la casa vacía de Rosario, en las baldosas, en el silencio. Y pensó en cómo, por primera vez en meses, había dormido de un tirón, con el coño todavía latiendo y el sabor a semen en la lengua.

—Quiero que pase —dijo en voz baja—. Quiero seguir sintiéndome así.

Los días tomaron una forma nueva. Por las mañanas, el mate compartido en el patio. Por las tardes, el calor pegajoso y los cuerpos buscándose en la penumbra. Bruno y Caio aparecían seguido; a veces solo uno, a veces los dos. Y siempre Verónica, que había dejado de ser únicamente su hermana para volverse su cómplice, su maestra, su espejo.

—Sos igual a mí —le decía Verónica mientras se desnudaban frente al ventilador, y le agarraba una teta para compararla con la suya—. Tardaste, pero llegaste.

Aprendieron a leerse sin palabras. Lucía sabía cuándo su hermana estaba a punto de venirse por el modo en que se le cerraban los puños; Verónica sabía qué le pedía Lucía con solo verle la espalda. Compartían a los hombres y se compartían entre ellas: se chupaban el coño una a la otra tiradas en la cama grande, con Tiago mirando desde el sillón mientras se pajeaba, y después él las cogía a las dos, primero a una, después a la otra, mezclando sus jugos en la misma verga. Nada de eso le parecía ya tan prohibido como la primera noche, sino apenas la forma que había encontrado la vida de devolverle el cuerpo.

Una tarde Lucía se dejó coger por Tiago sobre la mesa de la cocina, con las piernas abiertas al aire y Verónica sentada al lado tomando mate, guiándole la verga del marido con la mano hasta metérsela en el coño a su hermana.

—Así, amor, cogétela bien, mirá cómo se le abre —le decía Verónica a Tiago, sin dejar de sorber el mate, tan tranquila como si estuvieran charlando del clima.

Lucía se corrió gimiendo el nombre de su hermana, y Tiago se corrió adentro de ella, y Verónica se agachó después a lamerle el semen que le chorreaba del coño hasta dejarla limpia.

***

Una noche, Verónica la llevó a un club discreto en el centro de Recife, de luces rojas y música baja, donde parejas y desconocidos se mezclaban sin preguntas. Entraron tomadas de la mano, con Tiago, Bruno y Caio detrás como una guardia silenciosa.

—Acá vas a entender hasta dónde llega esto —le dijo su hermana al oído.

En una sala apartada, con colchones en el piso y espejos en el techo, Lucía se entregó a manos que no conocía. La desnudaron entre varios, la acostaron boca arriba, y una boca desconocida le chupó el coño mientras dos vergas se turnaban en su boca. Alguien se le montó encima y se la cogió con ganas mientras otro le apretaba las tetas y se pajeaba sobre su cara hasta correrse en su lengua. Recibió pollas de todos los tamaños, en el coño, en la boca, entre las tetas; se dejó dar vuelta y cogerse en cuatro por un hombre que no le había visto la cara, y sintió el ardor delicioso de una verga forzándole el culo por primera vez, despacio, hasta acomodársele entera adentro.

Verónica la observaba desde un sillón cercano sin perderse un detalle, con las piernas abiertas y un desconocido arrodillado entre ellas comiéndole el coño, igual que aquella primera noche en la puerta del living. Cada tanto sus miradas se cruzaban en medio del enredo de cuerpos, y esa complicidad la sostenía como un hilo. Cuando el tipo que le cogía el culo se corrió adentro, con un gemido gutural, Lucía sintió el semen caliente resbalándole entre los cachetes y se rió, ebria de placer.

Después se besaron entre las dos, tiradas en el mismo colchón, mientras los demás las rodeaban y se les corrían encima, en las tetas, en las caras, en las bocas abiertas. Verónica y Lucía se pasaron el semen de lengua a lengua, mezclado con su propia saliva, y Lucía pensó que jamás se había sentido tan acompañada.

De regreso a casa, en el silencio del auto, Verónica le buscó la mano sobre el asiento.

—¿Seguís triste? —le preguntó.

Lucía miró por la ventanilla las luces de la ciudad reflejadas en el mar negro. Sus padres la habían empujado hasta ahí, en cierto modo: su muerte la había arrancado de Rosario y la había dejado en este otro mundo de calor y deseo. No era el duelo que le habían enseñado a cargar. Pero estaba viva, y el vacío del pecho se había llenado de otra cosa.

—No —dijo, y se sorprendió de que fuera verdad—. Hace mucho que no.

***

Pasaron los meses. Lucía consiguió trabajo en un bar de la costa, hizo amigas, aprendió a moverse en portugués con el cuerpo antes que con la lengua. La casa de la loma se volvió su casa de verdad, con sus rituales de mate al amanecer y sus noches que nadie de afuera habría entendido.

A veces, cuando se quedaba sola en el patio mirando el mar, pensaba en la chica destrozada que había bajado del avión meses atrás, agarrada a una remera vieja. Le costaba reconocerse en ella. No se había curado olvidando, como creía al principio que se hacía. Se había curado dejándose tocar, dejándose coger, dejándose llenar de semen y de gemidos y de manos, dejándose querer de un modo torcido y secreto, dejándose arrastrar por su hermana hacia un lugar del que no pensaba volver.

—¿En qué pensás? —le preguntó Verónica una noche, abrazándola por detrás frente a la baranda, con una mano metiéndosele por debajo del vestido para agarrarle una teta.

—En que llegué muerta —contestó Lucía— y vos me trajiste de vuelta.

Verónica le besó el hombro, le pellizcó despacio el pezón y no dijo nada. No hacía falta. Las dos sabían que ese capítulo recién empezaba, y que en esa loma frente al mar habían encontrado, al fin, una manera de no estar solas.

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Comentarios(8)

Facundo_Rj

Tremendo relato, no pude parar de leer!!!

LectorNoche88

Que historia tan intensa, me dejo con ganas de saber como sigue la relacion entre ellas despues de esa noche.

BrasileroSur

Recife es una ciudad magica, imaginate vivirlo de verdad jaja. Muy buen relato!

MariaJoseBA

Me encanto el contexto emocional al principio, le da profundidad a todo lo que pasa despues. Muy bien escrito

ElPatagonico

por favor continua la historia, quede con demasiadas ganas de saber mas

Tania_OK

Increible!!!

DiegoValles

La forma en que construye la tension desde el principio es genial. Se nota que sabes contar una historia, no solo los momentos calientes sino tambien lo que los rodea.

Vale_nocturna

Me surgio una pregunta: es autobiografico o pura fantasia? Porque se siente muy real el detalle emocional del principio

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