Lo que mi padre permitió aquel fin de semana
El silencio en el comedor era tan espeso que casi se podía cortar con el cuchillo del pescado. Mis padres estaban sentados frente a mí, pero ninguno de los dos tocaba la comida. Mi madre torturaba la servilleta de lino entre los dedos. Mi padre mantenía la vista clavada en su copa de vino tinto, como si esperase encontrar alguna respuesta en el fondo del cristal.
—Marina, tenemos que hablar de algo serio —soltó él al fin.
Su voz, siempre tan firme, sonaba quebrada esa noche. Me contaron la verdad de golpe, sin anestesia. Los problemas de la empresa, las inversiones que se habían hundido, las deudas que nos pisaban los talones. La casa, mi universidad, el coche, todo pendía de un hilo. Me mareé. Tenía veintiún años y una vida que creía garantizada para siempre.
—Este fin de semana viene un socio mío —continuó mi padre, mirándome a los ojos por primera vez—. Se llama don Vicente. Es un hombre de una fortuna incalculable, pero también es exigente. De él depende que no acabemos en la calle.
Estiró la mano y apretó la mía sobre el mantel. Sus dedos estaban helados.
—Tienes que entenderlo, hija. Todos vamos a tener que hacer sacrificios. Quiero que hagas todo lo que esté en tu mano para que don Vicente se sienta cómodo, realmente a gusto, este fin de semana. No podemos permitirnos que se marche descontento. ¿Lo entiendes?
Asentí con la cabeza, aunque un escalofrío me recorrió la columna. ¿Cómoda con qué, exactamente?
***
Don Vicente llegó el viernes por la tarde en un coche negro y reluciente. Lo primero que noté fue su manera de ocupar el espacio: un hombre de unos cincuenta y tantos, con el pelo canoso peinado hacia atrás y un traje que le tiraba un poco de la barriga. Tenía esa arrogancia de los que saben que pueden comprarlo todo, hasta la voluntad de las personas.
Su mirada me recorrió de arriba abajo nada más cruzar el umbral. No fue un vistazo discreto. Fue un escaneo lento, posesivo, que se detuvo en el escote de mi vestido.
—Vaya, Gonzalo —le dijo a mi padre sin apartar los ojos de mí—, no me habías dicho que tu hija fuera una mujer tan espectacular.
—Es mi mayor tesoro —respondió mi padre, con una sonrisa servil que me dio ganas de vomitar.
El ambiente del salón cambió de golpe cuando entró mi madre. Me quedé de piedra. Nunca, en mis veintiún años, la había visto así. Llevaba un vestido de satén rojo, tan corto que apenas le cubría las nalgas, con un escote que dejaba sus pechos casi al aire, alzándose con cada respiración. Se había maquillado de un modo agresivo: labios rojo sangre, los ojos cargados y el pelo suelto cayéndole por la espalda.
Cuando nuestras miradas se cruzaron, vi un destello de vergüenza en sus ojos. Lo apartó enseguida, como quien se coloca una máscara.
—A Carmen ya la conoces —dijo mi padre, en un tono que pretendía ser orgulloso y que sonaba a pura desesperación.
Don Vicente soltó una carcajada grave. Se acercó a mi madre y, sin mediar palabra, le tomó la mano para besársela. Pero no se conformó con eso: la retuvo atrapada mientras con la otra mano le recorría el brazo desnudo.
—Gonzalo, eres un hombre afortunado —dijo, sin soltarla—. Dos bellezas bajo el mismo techo.
Mi madre forzó una sonrisa, una mueca lastimosa, y se dejó tocar.
—Espero que el fin de semana sea de su agrado, don Vicente —susurró ella, con una voz impostada, melosa.
Él no perdió el tiempo. Con un gesto descarado le puso la mano en la cintura y la atrajo hacia sí, pegando su cuerpo al de ella. Vi cómo esa mano bajaba sin ningún pudor y le apretaba una nalga por encima del satén, marcando los dedos en su carne. Mi madre dio un respingo, pero se quedó allí, dejándose manosear delante de mi padre y de mí.
—Va a ser un fin de semana inolvidable —gruñó él, mirándome a mí mientras seguía apretando—. Me gusta la hospitalidad de esta casa.
Mi padre, en lugar de partirle la cara, se limitó a servir otra copa de vino.
—Por supuesto, Vicente. Queremos que te sientas como un rey.
***
Me fui de allí y me encerré en mi habitación de un portazo, con el corazón golpeándome las costillas. Me daba asco todo: el brillo de sudor en la frente de mi padre, la sonrisa de depredador de aquel tipo y, sobre todo, el vestido que se había puesto mi madre. No pensaba ser testigo de aquello. No pensaba ver cómo entregaban la dignidad de la familia a cambio de un fajo de billetes.
Me tiré en la cama y hundí la cara en la almohada, intentando que el olor a suavizante me limpiara el rastro de tabaco y deseo rancio de don Vicente.
A los pocos minutos la puerta se abrió despacio. Por el perfume y el sudor frío supe que era ella. Mi madre se sentó en el borde del colchón. No me moví.
—Marina… —su voz era apenas un hilo, sin rastro de la coquetería del salón—. Mírame.
Me giré. Se le había corrido un poco el maquillaje, y eso le daba un aire todavía más derrotado. Se veía pequeña, a pesar de lo explosiva que estaba con ese satén.
—Tengo mucha vergüenza, hija. No te imaginas cuánta —dijo, bajando la vista hacia sus manos llenas de anillos—. Pero tienes que entender por qué estamos en esto. No es solo dinero. Es una deuda vieja.
—¿De qué hablas? —pregunté, incorporándome.
—Hace dos años, cuando todo iba bien, tu padre humilló a Vicente delante de todo el consejo. Se rio de él, lo llamó paleto con suerte. Ahora Vicente ha vuelto con la soga en la mano. Se ha ofrecido a salvarnos, sí, pero no ha venido solo a invertir. Ha venido a cobrarse la deuda de la forma más sucia posible.
—Pues que se arruine papá solo —escupí con rabia—. Esto está mal, mamá. Me da vergüenza verte así. Es asqueroso cómo te dejas tocar por ese cerdo solo porque él no supo cerrar la boca.
Algo cambió en su cara. La fragilidad desapareció y sus ojos se volvieron de acero. Me miró con una dureza que jamás le había conocido, una dureza que me hizo sentir pequeña otra vez.
—Eres una cría caprichosa, Marina —me soltó, ahora fría y cortante—. Te encanta la ropa que llevas puesta, siempre fuiste a los mejores colegios, siempre viviste entre algodones. ¿Qué será de ti cuando tengamos que mudarnos a un piso de cincuenta metros en las afueras? ¿Cuándo tengas que vender tus bolsos para pagar la luz? ¿Crees que tus amigas seguirán llamándote?
Me quedé muda. La realidad me golpeó como una bofetada. Vi mi armario lleno de ropa, vi mi futuro de privilegios tambaleándose sobre el abismo.
—El nivel de vida que tanto te gusta tiene un precio —añadió—, y don Vicente tiene la chequera abierta.
Se acercó a la puerta, pero antes de salir se volvió.
—En quince minutos te quiero abajo, antes de la cena. Y veas lo que veas que me haga ese hombre, sonríe.
La puerta se cerró. Me quedé sola en la penumbra, mirando mi reflejo en el espejo. Me temblaban las manos cuando alcancé el pintalabios rojo. La niña de papá había muerto. La moneda de cambio acababa de aceptar su destino.
***
Cenamos bajo una tensión insoportable. Vicente llevaba la iniciativa en todo, de una forma sucia y directa. Durante la comida no dejó de meterle mano a mi madre por debajo de la mesa. Ella se ponía roja, soltaba pequeños jadeos que intentaba disimular con la tos, mientras mi padre hablaba de acciones y fondos de inversión como si no pasara nada.
—Carmen, tienes unos pechos magníficos —soltó Vicente de pronto, cortando a mi padre—. Gonzalo, ¿te importa si compruebo lo suaves que son?
Mi padre tragó saliva y apretó los cubiertos, pero asintió con una sumisión que me revolvió las tripas.
—Adelante, Vicente. Eres nuestro invitado de honor.
El hombre alargó la mano por encima de la mesa y le sacó un pecho por encima de la tela roja, sopesándolo con descaro.
—Magnífico. Siempre, en las cenas de empresa, me fijaba en el cuerpo de tu mujer.
Mi madre soltó una risita, fingiendo que toda esa ordinariez le hacía gracia.
—Qué atrevido es usted, don Vicente —dijo, cubriéndose otra vez con el vestido.
El aire del salón se había vuelto irrespirable: un vapor espeso de whisky, sudor y el perfume dulzón de mi madre. Nada más terminar la cena, don Vicente se dejó caer en el sillón de orejas con las piernas abiertas, como un rey en un trono que no le pertenecía.
—Carmen, ven aquí. Tengo las rodillas frías —ordenó, con la voz pastosa.
Vi dudar a mi madre apenas un segundo. Luego, con un movimiento de cadera que me cerró el estómago, se sentó sobre él. El satén se le subió hasta las ingles y dejó ver que no llevaba medias, solo la piel desnuda contra el pantalón oscuro del viejo. Vicente no esperó: le hundió las manos en las nalgas y apretó hasta que se le pusieron blancos los nudillos.
—Así me gusta. Una mujer que sabe obedecer —gruñó.
Él y mi padre retomaron la charla de porcentajes, intereses y deuda. Era una escena surrealista y obscena. Mi padre estaba de pie junto a la chimenea, con una copa de coñac temblándole en la mano. Intentaba sostener una conversación profesional, pero los ojos se le iban una y otra vez hacia donde las manos de Vicente desaparecían bajo la tela roja.
Mientras hablaba de dinero, Vicente le desabrochó el escote, le sacó un pecho pesado, con el pezón ya erecto, y empezó a amasarlo como si fuera plastilina. Mi madre dejó escapar un suspiro entrecortado, a medio camino entre el sollozo y el jadeo. Me miró un instante, con los ojos empañados por una vergüenza que se iba transformando en algo más oscuro.
—Cómo me ponía siempre tu mujer, Gonzalo —dijo Vicente, lamiéndole el cuello—. Una señora elegante que me miraba por encima del hombro, como si su vida fuera perfecta.
No aguanté más. El asco me subía por la garganta como ácido. Me levanté de golpe para salir corriendo de aquel manicomio, pero antes de dar el segundo paso la mano de mi padre se cerró sobre mi brazo como una tenaza. Me dolió. Me arrastró hacia él y me pegó los labios al oído, su aliento a alcohol quemándome la piel.
—¿Adónde vas? —siseó, con una frialdad que me heló la sangre—. ¿No te lo ha explicado tu madre? Tienes que estar presente. Mira y aprende lo que cuesta mantenerte los caprichos, Marina. Los dos tenemos que estar. Ese es el trato.
Me empujó contra el sofá y me obligó a sentarme al lado del viejo y de mi madre.
***
Vicente no tardó en perder el interés por las finanzas. Agarró a mi madre del pelo, tiró de ella hacia atrás para dejar su garganta al descubierto y con la otra mano se abrió la bragueta. Su sexo saltó hacia fuera, congestionado y obsceno.
—Chúpala, Carmen. Demuéstrame que vales la inversión —ordenó.
Mi madre, ante mis ojos y los de mi padre, se deslizó de sus rodillas al suelo. Se arrodilló entre sus piernas y obedeció. El sonido húmedo llenaba el silencio del salón, roto solo por los gruñidos de satisfacción del viejo. Yo quería cerrar los ojos, quería vomitar, pero sentí una punzada de calor entre las piernas que me horrorizó. La humillación era tan absoluta que, de algún modo retorcido, se me estaba metiendo dentro.
Vicente la levantó de un tirón y la tumbó sobre la mesita de centro, barriendo las copas de cristal, que cayeron al suelo y estallaron en mil pedazos. Le arrancó la ropa interior y la puso a cuatro patas.
—Mira esto, Gonzalo. Mira cómo se abre tu mujer por dinero —gritó, colocándose detrás de ella.
Entró sin ninguna preparación, de una sola embestida seca que arrancó a mi madre un grito desgarrador. Y entonces ocurrió lo más perturbador. Tras los primeros segundos de dolor, el tono de sus gemidos cambió. Ya no eran de queja. Empezó a arquear la espalda, a buscar el contacto, a mover las caderas contra él con una desesperación animal.
—¡Sí… oh, Dios, sí! —gritaba, perdiendo todo el decoro, toda la fachada de madre perfecta.
Se estaba corriendo delante de nosotros. Sus pechos rebotaban con cada embestida, y Vicente la castigaba con una saña casi inhumana. Mi madre gemía, entregada por completo al placer de ser usada como mercancía. Sentí que mi ropa interior se empapaba. La imagen de ella poseída de esa forma, el olor a sexo y a poder, la mirada fija y vacía de mi padre… todo me empujaba al límite.
Sin previo aviso, Vicente levantó la mano y la descargó con fuerza sobre la nalga derecha de mi madre. El chasquido fue seco, brutal. Vi cómo la piel se le enrojecía al instante. Ella dejó escapar un grito ahogado de dolor y sorpresa.
—¡Eso es lo que eres! —le gritó él, azotándola de nuevo en la otra nalga—. Dilo. Di que me perteneces, Carmen.
—Sí… te pertenezco, Vicente —jadeó mi madre, con la voz quebrada. Y para mi horror, sus caderas se movían cada vez con más fuerza bajo cada azote, buscando más.
—¡Más… dame más fuerte! —suplicó, sin rastro de dignidad, rendida al placer que ese hombre le provocaba delante de nosotros.
Vicente sonrió con sadismo y la agarró del pelo.
—Te gusta, ¿verdad? Te gusta que te trate así —gruñó—. Pues prepárate, porque esta noche no vas a pegar ojo.
Se vació dentro de ella con un rugido mientras mi madre se convulsionaba en un orgasmo violento que la dejó temblando sobre la mesa.
Él se subió los pantalones con parsimonia, me miró y sonrió. Una sonrisa que decía, sin ninguna duda, que aquello era solo el principio.
—Vamos a la cama, Carmen —dijo, secándose el sudor de la frente—. Despídete de tu marido y de tu hija. No vas a dormir en toda la noche.
Se marchó a la habitación sin añadir nada más. Mi madre se quedó allí, tirada entre los cristales rotos, jadeando, con una expresión de placer culpable que no olvidaré jamás. Y yo, en la penumbra del salón, me toqué por encima de la ropa, dándome cuenta con espanto de que estaba excitada. Mañana también será fin de semana, pensé. Y supe, con un nudo en el estómago, que la próxima vez la mirada del viejo no se detendría en mi madre.