La tormenta nos encerró a mi hijo y a mí
Estoy hecha polvo. Catorce horas de viaje hasta el hotel, contando vuelos, escalas, una lancha y una espera eterna en el aeropuerto.
No debería quejarme. A caballo regalado no se le miran los dientes. «Un reconocimiento corporativo», me dijeron, «gracias por tu récord de ventas». Y sí, soy la mejor vendedora de toda la compañía. La número uno, la que les saca ventaja a todos. Cuando vuelva, yo, Valeria Solberg, voy a ser la nueva gerente regional de comercialización.
«Disfrútalo con Andrés, se lo merecen», me dijo la de Recursos Humanos.
Isla privada en el Caribe, hotel de lujo, todo pago. El carrito eléctrico nos lleva desde el muelle. Las fotos no mentían: es el paraíso en la tierra.
Hay un solo problema. Andrés salió eyectado de mi vida hace cuatro meses. Desapareció como un mosquito molesto que se aplasta sin remordimiento.
Y ahí fue cuando tuve mi gran y estúpida idea. Podría haber venido con una amiga. O sola, para encamarme con algún turista y que me follara duro hasta olvidarme del nombre de Andrés. Pero no. En lugar de cualquiera de esas opciones razonables, tengo a este crío a mi lado, que no me dirige la palabra desde que salimos, encerrado en su teléfono. ¿Cómo se supone que voy a divertirme con esta especie de zombi que transpira hormonas?
Me reprendo a mí misma. Es mi hijo. No está pasando un buen momento y, reconozcámoslo, yo tampoco soy la madre ideal. Necesita un poco de tiempo con su mamá.
—Señora, lo lamento muchísimo —me dice el conserje—. Debería haber aclarado que no venía con su pareja. Ya le expliqué que no tenemos habitaciones con camas separadas.
Tomás me mira horrorizado.
—No hay problema —le guiño un ojo a mi hijo—, como si nunca hubiéramos dormido juntos. La vamos a pasar genial.
La habitación derrocha lujo tropical. Flota sobre la arena blanca y da la sensación de que el océano turquesa se nos viene encima por el ventanal inmenso.
—Peque, me voy a bañar. Acomódate y salimos a pasear —le digo mientras me quito la ropa.
Me deshago del vestido con un movimiento perezoso y lo dejo caer al piso. La bombacha sigue el mismo camino, deslizada por mis muslos con la calma de quien no tiene nada que ocultar. La mirada de Tomás se estanca en mi cuerpo. El teléfono queda olvidado en su mano. Sus ojos recorren mis tetas paradas, bajan por el vientre y se clavan en el triángulo prolijo de vello oscuro que corona mi coño. Su inocencia es incapaz de disimular.
—E-está bi-bien, mamá —tartamudea.
—¿Qué te pasa? ¿Ahora te pones colorado porque me ves las tetas? Peque, durante casi un año estuviste prendido a ellas como una garrapata —me las aprieto para remarcar las puntas, y los pezones se me endurecen entre los dedos.
No sé de quién heredó semejante timidez. No pienso perderme el placer de andar desnuda en una playa privada porque a este chico le dé vergüenza. Mejor que se acostumbre.
El agua caliente me quita el cansancio de encima. Me paso las manos jabonosas por el cuello, por el escote, y bajo hasta apretarme las tetas. Los pezones responden duros. Bajo más, entre los muslos, y me demoro un instante sobre el clítoris. Hace meses que nadie me toca ahí. Al girarme, lo veo en la puerta mirando hacia la ducha. Tiene dos shorts en la mano.
—¿Cuál? —me pregunta.
—El rojo.
—Gracias —responde sin dejar de clavar los ojos en mi coño.
—¿Quieres entrar para verla más de cerca? —abro apenas las piernas y me paso la mano enjabonada por los labios, desafiante. Un dedo se me hunde entre los pliegues y sale brillante.
Con la cara más colorada que el bañador, cierra la puerta.
***
Salimos a caminar. La isla se recorre a pie en apenas unas horas. El complejo tiene de todo lo que no necesito para descansar: clases de yoga, gimnasia, deportes extremos. ¿Esta gente cree que uno viene a relajarse o a un campo de entrenamiento?
Almuerzo liviano. Frutas y fiambres. En una televisión anuncian amenaza de tormenta. Nos ofrecen un paseo en lancha. Se me revuelve todo lo que comí, pero mantengo la sonrisa. El peque sigue mirando su maldito teléfono. No digo nada. Son mis vacaciones y no las voy a arruinar con una pelea estéril.
Atardece.
—Peque, vístete bien para la cena.
—Sí, mamá.
Dejo la ropa sobre mi lado de la cama mientras el chico está tirado mirando videos en el teléfono. Vuelvo a buscar mi crema en la valija. Lo encuentro de espaldas, inclinado sobre mi ropa. Tiene la tanga que pensaba ponerme entre los dedos. Acerca el encaje a su nariz. Bueno, respiro aliviada, al menos le corre sangre al zombi. Una carcajada corta se me escapa por encima del ruido del ventilador de techo.
Tomás da un respingo y suelta la prenda sobre la colcha. El rubor le trepa por el cuello. Balbucea una excusa torpe sobre buscar el cargador. Lo dejo hablar. Su nerviosismo es un espectáculo entretenido.
—Si vas a hacer una travesura, no la hagas a medias —lo interrumpo con un guiño.
Camino hacia el baño, abro la bolsa de ropa sucia y busco hasta encontrar la bombacha que usé durante las horas de vuelo y las escalas. La tela oscura guarda el peso de la humedad y el rastro crudo del viaje, con la mancha visible en la entrepierna donde mi coño estuvo pegado a la tela durante catorce horas. Vuelvo a la habitación y se la arrojo al pecho.
Él la atrapa en el aire por puro reflejo.
—Si quieres saber a qué huele una mujer, no uses ropa limpia. Aspírala profundo. Justo ahí, donde está la mancha. Ahí huele a coño de verdad.
Tomás traga saliva. Aprieta la tela entre las manos. Intenta devolverla, pero doy un paso al frente y me planto delante de él. La distancia se acorta y mi autoridad ocupa todo el espacio.
—Dije que la huelas. Y descríbeme qué hay ahí.
Levanta la prenda despacio. El temblor de sus dedos le transfiere una vibración mínima a la tela. Hunde el rostro en el algodón sucio. La respiración se le corta un segundo y sus pupilas se dilatan. Vuelve a acercarla, pero esta vez pega la nariz justo sobre la mancha y aspira con fuerza. El bulto en su short se marca al instante.
—¿Y bien? —insisto, cruzándome de brazos, divirtiéndome con su agonía—. Habla.
Tomás niega con la cabeza, pero no suelta la prenda. La tela se estira entre sus dedos.
—¿Te doy asco, Tomás? —suelto con una sonrisa cínica—. ¿Huelo tan mal?
Él traga aire.
—No... —su voz sale amortiguada—. Todo lo contrario. Huele a... almendras amargas. Y a piel tibia. Es un olor rico.
Suelto una carcajada que rebota en la habitación.
—Qué poeta me salió el peque. Para mí esto es puro pis de gato y pescado podrido. Pero si te gusta el olor a coño sudado de tu madre, disfrútalo. Ahora mueve el esqueleto, que tengo hambre.
***
Bajamos a cenar. El restaurante es una estructura de madera y palma que desafía el viento que empieza a soplar afuera. Pedimos langosta y un vino blanco.
—¿Todo esto lo paga la empresa? —pregunta, admirado.
—Algo así. Este año yo cerré la venta de la Torre Apolo y el Residencial Costa Marina, peque —le digo, saboreando el triunfo—. Dos megaproyectos en un año. Nadie en la compañía lo había logrado.
—¿Y te pagan con un viaje con tu hijo?
Me río con ganas por la ocurrencia.
—No, amor, esto es solo un regalo. Cuando vuelva voy a liderar toda la región. Ese es el verdadero pago.
Él me mira con un brillo de orgullo que no le veía hacía años. Me gusta que demuestre interés. Aprovecho el impulso.
—¿Y tú? ¿Alguna chica que te caliente el teléfono?
Tomás se encoge de hombros y clava la vista en el plato. El color le vuelve a las mejillas.
—No tengo a nadie.
—Estás solo porque eres demasiado tímido. Tienes que soltarte, Tomás. La vida no pasa por una pantalla.
La música del parador sube de volumen. Es un ritmo tropical que invita a moverse. Lo tomo de la mano y lo arrastro a la pista antes de que pueda protestar. Mi vestido corto de playa es una gasa transparente que no deja nada a la imaginación; se me pega a los muslos con cada paso, y los pezones se marcan oscuros contra la tela. Me muevo como una gata a su alrededor, rodeándolo, provocando que sus manos busquen dónde apoyarse.
—Toma esto —le ordeno, pasándole dos tequilas.
Él duda.
—¿Puedo?
—Chico, hoy todo está permitido. ¡De un trago!
Se los baja de golpe. La quemazón del alcohol le enciende los ojos. Enseguida se suelta. Saltamos, bailamos, nos subimos al karaoke. A medida que el tequila circula, se mueve con más entusiasmo.
La música baja de revoluciones. Lentos. Lo abrazo por el cuello y obligo a que sus manos bajen a mis caderas. Vuelve la rigidez, como si me tuviera aprensión.
—No, peque, así no vas a conquistar a ninguna chica. Tienes que tomar el control. ¿Ves? Así se hace —le susurro al oído mientras le pego el pecho al suyo. Mis tetas quedan aplastadas contra su torso, los pezones duros pinchándole a través de la tela—. Tienes que usar el cuerpo, sentir la piel.
Meto un muslo entre sus piernas, rompiendo la distancia, obligándolo a sentir la presión de mi carne contra la suya. Muevo la cadera despacio, restregando el pubis contra su pierna, y siento cómo la verga se le hincha dentro del pantalón hasta clavárseme en la cadera como un fierro. Tomás asiente, rígido, con las pupilas dilatadas por el alcohol y la cercanía. A lo lejos, un relámpago ilumina la playa.
Volvemos a la habitación con siete tequilas encima y un mareo que nos hace reír como idiotas. Caemos en la cama enorme sin sacarnos siquiera los zapatos. El mundo gira un poco, pero el sueño nos tumba antes de que la tensión termine de estallar.
***
A la mañana siguiente, la luz del Caribe es un cuchillo que corta el rastro de la borrachera. Desayunamos en silencio, compartiendo el café y el cansancio.
—Hoy vamos a la playa secreta —le digo, ajustándome el traje de baño—. Me dijeron que es el rincón más privado de la isla.
Cargamos el bolso de pícnic y caminamos por la costa hasta un risco de piedra caliza. Una pequeña caverna, oscura y fresca, se abre paso en la roca. Cruzamos el umbral y la piedra nos devora para escupirnos en una lengua de arena blanca, rodeada de salientes que nos ocultan de todo y de todos. El paraíso es nuestro. Solo nosotros dos.
Me sirvo un poco de bloqueador en las palmas.
—Date la vuelta —le ordeno.
Extiendo la crema sobre su espalda. La piel es pálida, casi traslúcida, como si el sol fuera una novedad en su vida. Sigo por los hombros, el pecho, y bajo hasta su vientre plano. Mis dedos rozan la línea donde empieza el short, preguntándome qué forma tomará más abajo, pero sigo de largo. Le entrego el envase.
—Tu turno.
Me desato el nudo del bikini y dejo caer la parte de arriba sobre la arena. Tomás se queda con el frasco en la mano. Sus músculos se bloquean.
—Por favor, no me vengas con chiquilinadas —suspiro, apoyando el mentón en los brazos cruzados—. Ayer no podías quitarles los ojos de encima, ¿y ahora me vas a decir que te da pena tocarlos?
Siento el frío de la crema contra el calor de mi espalda. Sus manos trazan círculos torpes y acelerados. Cuando termina, me giro sobre la toalla, exponiendo el pecho por completo. Le agarro la mano y me la aprieto contra una teta.
—La parte de adelante también. No seas mezquino con tu madre.
Se la unta con dedos temblorosos, resbalando por la carne blanda, rozándome los pezones con la palma. Cada roce me manda un latigazo al bajo vientre. Cuando termina, se aparta de golpe, con la respiración pesada. El bulto en su short está a punto de reventar la costura. Tomás traga saliva y desvía la mirada hacia el mar. Sonrío por dentro. Cómo me divierte ponerlo incómodo. Con algo tengo que entretenerme.
Abro una novela barata de misterio. Él se calza los auriculares y se refugia en el teléfono. Al cabo de una hora, cierro el libro de un golpe. La inercia me agota.
—Al agua. Ahora —sentencio.
El mar está templado, una caricia líquida que nos envuelve hasta el cuello. Le pregunto qué hace para divertirse. Me habla de computadoras y amigos virtuales. Le respondo que a su edad mi mundo era mucho más divertido: había que sudar y tocarse para entretenerse. Como no entiende, le hundo los dedos en las costillas.
Da un salto en el agua, retorciéndose. Sigo hurgando sin tregua hasta que, en un arrebato de defensa, contraataca. La guerra de cosquillas se vuelve una lucha de fuerza. Nos entrelazamos, forcejeamos. Todo vale. Las piernas se enredan tratando de derribarnos. Mi muslo aprieta su entrepierna y mis tetas se pegan contra su piel. Siento cómo se le pone dura otra vez debajo del agua, restregándose contra mi cadera. Queda descolocado. Aprovecho y, tomándolo de la cabeza, lo sumerjo. Sale resoplando y me embiste. Me empuja por los hombros intentando hundirme. Si este chico cree que puede ganarme, no me conoce. La piedad no me hizo gerente.
Me sumerjo. Busco el cordón de su bañador y doy un tirón seco. Antes de subir, mis ojos alcanzan a distinguir en el agua verdosa la silueta pálida de su verga colgando erguida, más grande de lo que había imaginado. Sonrío bajo el agua y salgo escupiendo sal.
Emerjo a varios metros de distancia, sosteniendo su short mojado en alto como un trofeo. Me alejo nadando hacia la orilla mientras él balbucea súplicas. No lo escucho. Llego a mi reposera justo cuando una mujer voluptuosa, de unos cincuenta años y traje de baño entero, se instala a mi lado. Charlamos animadas, ignorando al crío que flota desconsolado, sin atreverse a salir.
—Llegamos ayer —le respondo a la mujer, cruzando las piernas.
—Nosotros nos vamos mañana. Dicen que viene una tormenta fuerte.
—Algo escuché. ¿Será grave?
—Sí, mira esas nubes negras —comenta ella, señalando el horizonte—. ¿Y ese chico de allá? Hace muchísimo que está en el agua. Le debe gustar.
—Es mi hijo, Tomás. Un fanático de la natación.
La señora levanta la mano para saludarlo. Tomás, atrapado y desnudo con el agua al cuello, le devuelve el saludo con una sonrisa tiesa.
—¿No querrá algo para comer?
—Mejor dejémoslo. Cuando se mete al agua, no lo puedo sacar.
La mujer se queda varias horas contándome sobre su marido, su empresa y su nieto recién nacido. Escucho divertida y cada tanto miro de reojo a Tomás, que flota con los ojos incendiados de enojo.
Cuando la intrusa por fin desaparece por la cueva, Tomás sale del mar. Tiembla. La piel se le ha arrugado como una pasa de uva. Se pone el short en silencio y se calza los auriculares.
Saco unos sándwiches del bolso. Come mirando la arena.
—Me dejaste desnudo en el agua —dice por fin.
—¿Y qué problema tienes con eso?
—Que estaba desnudo y apareció esa mujer. No podía salir.
—Por el amor de Dios, peque. Aquí medio mundo se pasea sin ropa. Tienes que dejar de ser tan tímido.
—Una cosa es que me mires tú —levanta la voz—, y otra es que una desconocida me ande observando.
—Ah. ¿Si te miro yo está bien, pero si te mira otra no? —inclino la cabeza—. ¿Te gusta que te mire?
—No —duda—. Sí. No sé, me confundes. Me gusta que me mires, pero no quiero que me vea nadie más.
El viento salado nos golpea la cara y se lleva el calor de la playa. La temperatura cae de golpe.
—Tenemos que volver.
***
Llegamos a la habitación justo cuando la tormenta muerde la costa. Un empleado del resort nos avisa que debemos quedarnos adentro; traerán la cena al cuarto. Nos cambiamos en silencio. Noto que Tomás se quita el bañador mojado frente a mí, sin esconderse, y se pone un pantalón de lino corto directamente sobre la piel. Alcanzo a verle la verga colgando gruesa y pesada entre los muslos antes de que la tela la cubra. Sonrío satisfecha. Yo me pongo un vestido de playa transparente y nos sentamos frente al ventanal a ver cómo la tormenta azota el cristal.
Llegan las hamburguesas y las papas fritas. Comemos con ganas, amparados por el ruido del viento.
—Dime algo —rompo el hielo, limpiándome los dedos—. ¿Qué problema tienes con tu cuerpo? Ayer casi te tengo que emborrachar para que bailaras, hoy te da pudor la playa. ¿Por qué eres tan tímido?
—No lo sé. Me parece que no corresponde.
—¿Y quién te metió esas ideas en la cabeza? El cuerpo es lo más natural que tenemos. ¿Por qué razón no deberías mostrármelo, o darme una muestra de cariño con él?
—Es que tú eres mi madre.
—¿Y? Como soy tu madre, ¿soy un monstruo horrendo al que es mejor no tener cerca? ¡Santo cielo, yo te tuve en mi vientre!
—Sabes que no eres fea —me interrumpe, mirándome fijo—. Eres la mujer más hermosa que existe. Todos te miran cuando entras a un lugar. Es que tú eres...
—¿Soy qué?
—Intimidante.
Suelto una carcajada limpia, honesta.
—¿Intimidante? Me han dicho muchas cosas en la vida, pero nunca eso. ¿Qué quieres decir?
—Que eres demasiado perfecta. Tus piernas, tus tetas, tu culo. Cuando estoy delante de ti, no sé... siento cosas.
—¿Cosas?
—Tú sabes. Cosas.
—Ah —me acomodo en el sillón, cruzando las piernas—. ¿Se te para la polla mirándome?
El color le estalla en la cara. Se queda mirando la tormenta, que ahora azota el vidrio con ráfagas feroces.
—Me gustas mucho —confiesa al fin, con la voz rota.
—¿Y te la has cascado pensando en mí? —digo con tono malicioso—. Cuéntame. ¿Cuántas veces? ¿En qué me imaginas? Me encantaría ver cómo te corres con mi nombre en la boca.
Duda. Es el momento de asestar el golpe con un poco más de humillación, pero me compadezco y dejo que evada la respuesta.
—Es que no entiendes. Tu belleza me hace sentir que no estoy a la altura. Mírame. Soy flacucho, desgarbado, soy feísimo. No merezco ser tu hijo.
Dejo la comida sobre la mesa.
—Si pudiera, te metería la mano en el cerebro y te lavaría todas esas ideas con una esponja. ¿De qué estás hablando? Eres un chico hermoso. Tu piel es fina, tus músculos son largos y, por Dios, esa polla que te vi colgando ahí abajo va a romper más de un coño. Estoy más que orgullosa de ti. ¿Te crees que si tuviera vergüenza de ti te habría dicho que salieras del agua delante de esa mujer? Quería que salieras. Quería que todos vieran que eres mío.
Tomás sonríe, confundido pero desarmado. Observamos cómo un par de sombrillas vuelan por la playa, devoradas por el viento.
—¿Vemos una película? —pregunta en voz baja.
Nos tumbamos en la cama gigante y ponemos cualquier cosa en la televisión. Extiendo un brazo y él, sin dudarlo, se recuesta apoyando la cabeza contra mi pecho.
***
La película termina con el sol ya puesto. Adivinamos la fuerza de la tormenta por el aullido del viento y los relámpagos que, cada tanto, iluminan la habitación a destellos.
Me quito el vestido de gasa y me acomodo entre las sábanas para dormir, en bombacha y nada más. Al rato, abro los ojos. Tomás se mueve de un lado a otro, inquieto, hundiendo y sacando la cabeza de la almohada.
—¿Qué te pasa, peque?
—No lo sé, no me puedo dormir.
—Intenta cerrar los ojos. ¿O quieres que te arrulle como cuando eras bebé?
No responde. Se queda quieto, pero a los pocos minutos vuelve a agitarse. Resoplo y enciendo la luz del velador.
—¿Tienes miedo de la tormenta? ¿Es eso?
—No —dice él, rehuyendo mi mirada—. Apaga la luz, mejor.
Bajo la vista. A través del pantalón de lino, la polla se le marca dura como una barra de hierro, tensando la tela hasta el punto de amenazar con romperla. La punta empuja contra el lino y una mancha oscura de fluido delata que ya está goteando. Sonrío.
—Anda, no me vas a dejar dormir en toda la noche. Quítate ese pantalón, que lo vas a manchar todo, y abrázame.
Se baja el lino con una torpeza avergonzada. La polla se le libera de un golpe, dura, larga, palpitando contra su vientre. La punta brilla húmeda, hinchada y colorada. Es una verga hermosa, gruesa en la base, y me quedo mirándola un segundo más de la cuenta antes de apartar los ojos con una sonrisa. Me giro dándole la espalda y él se aprieta contra mí. La verga se le clava caliente contra la parte baja de la espalda. Estiro la mano hacia atrás y deslizo una caricia por sus glúteos. Él cierra la distancia, pegando su cuerpo al mío por completo, y sin querer o queriendo, empieza a mover la cadera despacio, restregándome la polla contra el culo.
Pasa el rato y vuelvo a salir del entresueño. Tomás sigue quieto, aferrado a mi cintura. Pero su pulso late descontrolado contra mi trasero, cada latido bombeando la verga que se le clava entre las nalgas. La humedad de su líquido preseminal ya me está empapando la piel de la espalda baja. Definitivamente el mocoso no me va a dejar dormir.
Estiro la mano y le agarro la polla. Es suave, delicada, imberbe como el resto de su anatomía, pero está dura como una piedra caliente. La rodeo con los dedos y la aprieto con firmeza. La humedad me baña la palma en el acto y siento cómo la verga da un latigazo violento en mi mano. Se le escapa un gemido ahogado.
—¿Quieres correrte, así podemos dormirnos?
—No —responde en un susurro gutural.
—¿Por qué no? Estás por explotar, necesitas descargar toda esa leche que tienes acumulada.
—Por favor, me da mucha vergüenza esto.
—No te puedo creer. ¿Qué es lo que te da vergüenza?
Mientras hablo, mi mano abierta sube y baja contra la tensión de su verga, marcando un ritmo lento y firme. Descorro la piel que le cubre el glande con el pulgar, exponiendo la punta lisa y sensible, y unto la gota espesa de preseminal por toda la corona. Su cuerpo se vuelve una tabla rígida, pero la boca se le sella para no gemir.
—No sé —alcanza a murmurar—. Que tú me mires. Que me toques la polla. Es mi mamá la que me está masturbando.
—Sí. Tu mamá te está pajeando, peque, y tienes la verga a punto de reventar. Mira cómo te chorrea.
Niego con la cabeza. Este crío necesita un poco de acción, si no va a ser un timorato toda su vida. Me giro para clavarle los ojos en la penumbra. Aprovecho el movimiento para deslizarme la bombacha por las piernas y arrojarla al piso. Quedo completamente desnuda frente a él.
—A ver, pongamos las cosas en claro. A esta altura tú estás desbordado, con tu escenita me contagiaste y ahora la que no va a poder dormir soy yo. Me parece que no es justo.
—Perdóname. No lo puedo controlar. ¿Quieres que yo...?
—No, ya es tarde. Si te corres rápido, me vas a dejar con más ganas a mí. Vamos a hacer otra cosa, a ver si dejas de estar tan acomplejado.
Lo empujo hasta dejarlo boca arriba y me arrodillo entre sus piernas. La verga se le levanta contra el vientre, apuntando al techo, gruesa y palpitante. La agarro con la mano y la sostengo firme mientras me inclino sobre ella. Tomás abre los ojos como platos.
—Ma... mamá, no...
—Cállate y disfruta.
Saco la lengua y le lamo la punta con la punta de la mía, recogiendo la gota espesa de preseminal. El sabor me revienta en la boca, salado, amargo, cargado. Tomás pega un respingo y gime largo, un sonido de animal herido. Vuelvo a lamer, esta vez con la lengua plana, subiendo desde la base hasta la punta, recorriendo esa vena gruesa que le atraviesa la verga por debajo. Su cuerpo se retuerce sobre las sábanas.
—Mira bien, peque. Mira cómo tu madre te mama la polla —le digo, sin dejar de mirarlo a los ojos.
Abro la boca y lo engullo entero. La verga me llena la cavidad, empuja contra el paladar, choca contra la garganta. Empiezo a chuparlo con succión firme, subiendo y bajando la cabeza. Los labios me resbalan por la piel tersa, ensalivando cada centímetro. Con la mano libre le agarro las bolas y se las masajeo con cuidado, sintiendo el peso, la carga que tiene guardada ahí adentro.
Tomás gime sin control. Las manos se le van a mi cabeza, se agarran de mi pelo. No lo empuja, pero tampoco me suelta. Le tiembla todo. Chupo más rápido, arrastrando la lengua contra la parte de abajo de la verga en cada subida, presionando la punta con el paladar en cada bajada. La saliva me chorrea por la comisura y le empapa las bolas. El ruido húmedo y obsceno de mi boca llena la habitación por encima del rugido de la tormenta.
—Mamá... mamá, para... me voy a correr...
Lo suelto de un tirón. La verga sale de mi boca con un chasquido y rebota contra su vientre, brillante de saliva, hinchada al extremo, palpitando como si fuera a explotar sola.
—Todavía no, peque. Todavía no te toca correrte.
Me subo a horcajadas sobre él. El pulso entre mis muslos exige alivio, una vibración constante que me tiene el coño empapado, con los labios hinchados y resbalosos. Tomo sus manos y las obligo a cubrirme las tetas. Un pellizco brusco en los pezones me arranca un gemido agudo. Se los aprieto con más fuerza y siento la corriente eléctrica que me atraviesa desde las puntas hasta el clítoris. Aprieto las piernas contra sus costados para sujetarlo y me agacho. Le doy un beso en la boca. Suave. Húmedo. Cuando sus labios ceden, introduzco la lengua para tomar el control. Lo lleno con mi saliva, barriendo todo su interior, dejándole probar el sabor de su propia verga en mi boca. Él se retuerce y arquea la espalda buscando más fricción, tratando de encontrar mi coño con la punta hinchada.
Nada de facilidades. No tan rápido. Sigo besándolo y me muevo apenas, cuidando de que mis pliegues aún no rocen su miembro. Deslizo el coño empapado por encima de su verga, sin dejar que entre, restregándole el clítoris contra la piel dura, embadurnándolo con mis jugos. Tomás gime dentro de mi boca. Él me rodea la espalda con los brazos y sus manos bajan, atraídas como imanes, hasta mi culo. Aprieta mi carne con una fuerza que me desarma por dentro, hincándome los dedos en las nalgas, separándomelas.
—Por favor, mamá... por favor, méteme la polla... por favor...
Sonrío contra su boca. Ahora sí, este mocoso está aprendiendo a pedir.
Tomo su dureza ciega y la ubico en la entrada. Froto la punta contra mis labios empapados, dejándola resbalar entre los pliegues, tocándome el clítoris con el glande. Un escalofrío me recorre la espalda. Después la ubico justo en la boca de mi coño y me dejo caer con todo mi peso. El interior cede y lo envuelve, ocupando cada centímetro vacío. La verga se me hunde hasta el fondo de un solo golpe, tocándome un lugar tan profundo que se me escapa un jadeo.
Tomás ahoga un grito desesperado. Es la señal.
—Estás dentro de tu madre, peque. Toda tu polla está enterrada en mi coño. ¿Lo sientes?
—Sí... sí, mamá... está tan caliente... tan apretado...
Empiezo a moverme. Lo hago sin apuro. La lentitud de mi cadencia choca contra la furia del huracán que golpea los vidrios. Me desplazo con densidad, un roce pesado y húmedo que abre el camino, devorando toda su extensión. Subo hasta que la punta queda apenas atrapada en la entrada y bajo lento, sintiendo cómo cada centímetro me llena hasta que las bolas chocan contra mi culo.
El cuerpo de Tomás se arquea. Me inclino hacia atrás, apoyando las manos en sus rodillas, para que él pueda ver cómo su verga entra y sale de mi coño, brillante de mis jugos, marcada por los pliegues hinchados que la abrazan. La imagen le hace gemir de una manera visceral.
—Mírate, peque. Mira cómo tu polla se hunde en el coño de mamá. Mira cómo entras.
Paso una mano por detrás y le palpo las bolas. Se le han contraído bajo la piel, endurecidas al extremo, pegadas al cuerpo. Mis dedos acarician la textura tersa y una convulsión eléctrica le cruza el abdomen, anticipando la caída.
Me detengo. Corto el movimiento y lo dejo ahogarse en la espera, con la verga clavada hasta el fondo, palpitando dentro de mí. Aprieto las paredes internas del coño rítmicamente, ordeñándolo con los músculos, consciente de la desesperación que le estoy inyectando.
—Mamá, por favor... por favor, muévete...
—Aguanta, peque. Todavía no.
Al final, me apiado. Subo y bajo con un golpe seco. Una, dos, tres veces. Cada bajada arranca un sonido húmedo, obsceno, del encuentro de nuestros sexos. Me freno para que asimile el impacto. Cuando la necesidad lo hace gemir, repito. Una, dos, tres veces. Mantengo la secuencia, obligando a su verga a hincharse hasta el límite, dilatándome por dentro más de lo que creí posible.
Me inclino hacia adelante y le pego las tetas en la cara. Él, sin dudar, abre la boca y me chupa un pezón como si volviera a ser el bebé que fue. Le muerdo la oreja.
—Buen chico. Mama las tetas de tu madre mientras te la folla.
El dirty talk lo enciende. Cambia el ritmo. Me agarra las caderas con desesperación y empieza a embestirme desde abajo, hundiéndose con golpes secos y salvajes. La cama cruje. Nuestros cuerpos chocan con un chasquido húmedo y rítmico. Siento cómo su verga toca el fondo con cada estocada, cómo se hincha aún más, cómo se prepara.
Repito esa tortura deliciosa hasta que la tensión lo quiebra. La represa cede con una convulsión descontrolada. Grita mi nombre —no «mamá», sino «Valeria», por primera vez— y un calor espeso y repentino me inunda por dentro con tal abundancia que desborda por los pliegues y resbala por mis muslos. Siento cada chorro, cada latigazo caliente que le sale de la polla y me baña las paredes internas. Es una cantidad brutal, semanas de deseo contenido descargándose de una sola vez en el coño de su madre. Ese incendio en mi interior es el detonante que faltaba. Antes de que su cuerpo pueda procesar el alivio, hundo las caderas con desesperación salvaje, cabalgándolo con brutalidad, buscando mi propia descarga sobre su verga todavía dura y llena de semen. No tardo en romperme. Las paredes del coño se me contraen alrededor de su polla en espasmos violentos, exprimiéndole hasta la última gota. El clímax me arrastra hacia el precipicio y me obliga a soltar un grito que se pierde en el trueno de la tormenta.
Me desplomo sobre el pecho de Tomás. Su verga sigue enterrada dentro de mí, resbaladiza, empapada en la mezcla de nuestros dos fluidos. Cuando por fin la deslizo hacia afuera, un chorro tibio de semen mezclado con mis jugos me resbala por los muslos y mancha la sábana blanca. La respiración de los dos choca en el aire pesado, con los cuerpos empapados en sudor y agotamiento.
Le doy un beso lento en la boca, saboreándole el aliento entrecortado. Con la mano recojo un poco del semen que me chorrea por la ingle y se lo llevo a los labios. Él, obediente, abre la boca y me lame los dedos sin apartar los ojos de los míos.
—Ese es mi peque —le susurro.
Nos rendimos al sueño horas después, envueltos en la oscuridad, abrazados y fundidos en un pacto de piel que ninguno de los dos podría explicar.