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Relatos Ardientes

Mi hijo me escuchó pagar el precio en la oficina

La oficina de Eduardo Sandoval estaba en la quinta planta del edificio de la avenida Reforma. Subí en el ascensor mordiéndome el labio, repasando frases que no sabía si iba a poder pronunciar. Llevaba la blusa más decente que tenía, una falda gris que me ajustaba más de la cuenta y un perfume que no me ponía hacía años. A mis treinta y nueve, todavía me miraban en la calle. Esa mañana, esa mirada era lo único que me quedaba para negociar.

Mi hijo Mateo trabajaba en aquella empresa de logística desde hacía casi dos años. El muchacho había cometido un error grave: un envío internacional mal facturado, una pérdida importante para la compañía. La carta de despido ya estaba redactada. Eduardo me había llamado el día anterior. «Venga a verme, señora Marisa. Tal vez podamos arreglarlo». El tono con el que lo dijo me dejó claro qué clase de arreglo tenía en mente.

—Pase, pase —dijo, levantándose apenas para indicarme la silla frente al escritorio.

Cerró la puerta con llave. El clic del pestillo me hizo temblar las rodillas.

Eduardo tenía cincuenta y dos años, espalda ancha, barba canosa recortada con cuidado y la mirada del hombre acostumbrado a conseguir lo que quería. Se sentó, juntó las manos sobre la mesa y me miró con la calma del que ya sabía el final de la conversación.

—Su hijo es un buen chico, señora. Pero esta vez se le fue de las manos. Mañana mismo lo tengo que echar.

—Por favor, don Eduardo… —empecé, y sentí cómo la voz se me quebraba—. Soy viuda. Limpio casas. Mateo es mi único hijo. Si lo echa, no sé qué vamos a hacer. Le pido que le dé una oportunidad más.

Él sonrió de medio lado, recostándose en el sillón de cuero. Sus ojos bajaron despacio desde mi cara hasta mi escote y se quedaron ahí un par de segundos de más.

—Mire, Marisa. Yo soy un hombre razonable. Pero las oportunidades cuestan. ¿Está usted dispuesta a pagar por su hijo?

Lo sabía. Sabía exactamente lo que quería decir.

Por mi cabeza pasaron veinte respuestas y todas terminaban en lo mismo. Me levanté, rodeé el escritorio y me paré delante de él. Las manos me temblaban. Eduardo no se movió. Esperó.

—¿Qué tengo que hacer? —pregunté en voz baja.

—Arrodíllese. Y empiece por la boca.

Me bajé despacio hasta la alfombra. Él se abrió el cinturón y la bragueta sin apuros, como si tuviera todo el día para esa escena. Sacó la verga gruesa, ya medio dura, venosa, con la cabeza ancha y oscura. Olía a colonia cara y a hombre. Cerré los ojos un segundo y abrí la boca.

—Despacio. Quiero verle la cara mientras la tiene adentro.

Lo tomé con las dos manos y empecé a chupar. Eduardo me agarró del pelo, sin tirar, solo sosteniéndome la cabeza. Cuando estuvo del todo dura, me empujó más adentro y me hizo tragar hasta la garganta. Tosí, babeé, los ojos se me llenaron de lágrimas, y él gruñó satisfecho.

—Así, mamita. Mire qué buena boca tiene una madre cuando quiere a su hijo.

La humillación me ardía en la cara y, sin embargo, algo entre las piernas se me iba ablandando. Hacía cuatro años que no me tocaba un hombre. Cuatro años desde que enterré a mi marido. Mi cuerpo, el muy traidor, empezaba a responder.

—Sáquese la blusa.

Obedecí. Me bajé también el sostén y mis pechos cayeron pesados, los pezones ya duros a pesar de todo. Eduardo me los apretó con las dos manos mientras yo seguía chupando, los amasó, los pellizcó. Después me hizo levantarme.

—Encima del escritorio. De espaldas a mí.

Me subí la falda hasta la cintura y me bajé la tanga. La concha estaba mojada, lo sentí en cuanto el aire frío del aire acondicionado me rozó. Me apoyé en el cristal del escritorio y abrí las piernas. Eduardo se rio bajito.

—Mire nada más cómo está, Marisa. Y todavía no la he tocado.

Me pasó dos dedos por los labios mojados y los hundió de una sola vez. Solté un gemido que no pude tragar.

—Le encanta —dijo, casi para sí mismo—. Le encanta pagar así.

—No diga eso… por favor… —jadeé, con la frente apoyada en el cristal.

Sentí la cabeza de su verga apoyarse en la entrada. No avisó. De un empujón firme me la metió hasta el fondo y el escritorio entero se sacudió. Apreté los dientes para no gritar. Era gruesa, demasiado gruesa, y me llenaba de una forma que me dejaba sin aire.

Empezó a cogerme con un ritmo seco, profesional, sosteniéndome de las caderas. Cada embestida hacía que mis pechos chocaran contra el cristal. La oficina se llenó del sonido obsceno de la piel contra la piel y de mi propia respiración, que ya no sabía contener.

—Tome, puta. Tome toda mi verga. ¿Cuánto hace que no la cogían así?

—Mucho… mucho tiempo —admití, y me odié por la sinceridad.

Cuando me corrí fue en silencio, mordiéndome el dorso de la mano para no aullar. Sentí mi propio jugo bajándome por la cara interna del muslo. Eduardo aceleró, gruñó algo que no entendí y se descargó adentro con dos o tres últimas estocadas. El semen caliente me llenó por completo. Se quedó un momento dentro, palpitante, y después salió despacio.

—Límpiemela —dijo, dándome la vuelta.

Me arrodillé otra vez y le pasé la lengua por la verga sucia. El sabor mezclado de los dos me revolvió el estómago y me encendió al mismo tiempo. Cuando terminé, se cerró los pantalones con calma.

—Su hijo se queda, Marisa. Pero esto no termina hoy. Cuando yo la llame, usted viene. ¿Estamos?

—Sí, don Eduardo —contesté, todavía de rodillas, todavía con su sabor en la boca.

***

Salí del despacho intentando no cojear. Me arreglé el pelo, me limpié la cara en el ascensor con un pañuelo. Sentía el semen bajando lento dentro de la tanga. Cuando crucé el pasillo hacia la salida, me lo encontré.

Mateo estaba al final, junto al ventanal. Tenía un sobre en la mano, seguramente la carta de disculpas que se había animado a llevar él mismo. Me miró sin moverse. La cara colorada, los ojos brillantes, la mandíbula apretada. Y por esa mirada supe que había escuchado todo. Cada gemido. Cada palabra.

No me dijo nada. Pasó a mi lado sin saludarme y se metió en el ascensor.

***

Volví a casa antes que él. Me bañé dos veces. Me puse un vestido suelto, sin nada debajo, porque me ardía todo y cualquier ropa apretada me dolía. Empecé a preparar la cena con las manos todavía temblando. Cada ruido de la calle me sobresaltaba.

Cuando Mateo entró, no dijo hola. Cerró la puerta con llave, dejó las llaves sobre la mesa y se quedó en el marco de la cocina mirándome. Tenía veintiún años y la espalda ancha de un hombre, no la del chico que yo recordaba.

—Mamá. ¿Qué carajo hiciste hoy en la oficina de don Eduardo?

Me apoyé en la mesada para no caerme.

—Hijo… no es lo que…

—No me mientas. Te escuché. Escuché cómo le gemías. Escuché cómo le pedías más. Te dejaste coger como una puta para salvarme el puesto. Decímelo a la cara.

Las lágrimas me subieron a los ojos. Pero también algo más, algo que no quería reconocer: un calor traicionero entre las piernas con solo oírlo hablarme así.

—Lo hice por vos. No quería que te quedaras sin trabajo.

Se acercó hasta que su pecho casi tocó el mío. Era más alto que yo. Olía a sudor de oficina y a algo más oscuro. Me agarró la cara con una mano, suavemente al principio, después firme.

—Te dejaste usar como una perra en celo. Y te corriste, mamá. Yo te escuché correrte.

No pude contestar.

—Ahora soy yo el que te va a dar la lección. Porque si tanto te gusta que te usen, vas a aprender lo que es de verdad.

No me dio tiempo a discutir. Me dio vuelta contra la mesada, me subió el vestido y se encontró con lo que sabía que iba a encontrar: nada debajo, la piel todavía irritada, los labios todavía hinchados.

—Mirá nada más —dijo en voz baja, casi con asco, casi con admiración—. Todavía estás roja. Todavía estás abierta.

Lo escuché bajarse el cinturón. Lo escuché bajarse el pantalón. Cuando me apoyó la verga entre las nalgas, supe que era más gruesa que la de Eduardo. Más larga. Más joven.

—Mateo… hijo…

—Callate.

Me la metió de un empujón en la concha. Solté un grito ahogado y me agarré al borde de la mesada con las dos manos. La pija de mi hijo me llegaba a un lugar donde nadie me había llegado nunca. Me sentí abierta hasta el último rincón.

—Sentí —me dijo al oído, con los labios pegados a mi nuca—. Esta es la verga que vos misma criaste, mamá.

Empezó a cogerme con una rabia callada, ni rápido ni lento, sostenido, profundo. Cada embestida me empujaba las caderas contra el filo de mármol. Yo gemía sin querer, gemía contra mi voluntad, gemía como había gemido por la mañana.

—Decime qué sos.

—No…

—Decímelo.

—Soy… soy tu puta, hijo —solté al fin, y en cuanto lo dije me corrí, un orgasmo seco y violento que me dobló el cuerpo en dos.

Él no se vino todavía. Me sacó, me dio vuelta, me sentó sobre la mesada y me abrió las piernas de un tirón. Volvió a meterse, pero más despacio esta vez, mirándome a la cara, queriendo que yo le mirara la cara también.

—Mirame mientras te cojo, mamá. Quiero verte los ojos.

Y se los miré. Eran los mismos ojos que yo le había mirado de bebé, de chico, de adolescente. Ahora me cogían. Algo en mí se rompió y se acomodó al mismo tiempo. Le pasé los brazos por el cuello y lo abracé mientras él me empujaba más adentro.

Cuando se vino, me agarró fuerte y se descargó en el mismo lugar donde su jefe se había descargado horas antes. Sentí los chorros calientes mezclarse con lo que ya tenía dentro. Mateo se quedó adentro, respirando contra mi cuello, hasta que la verga le bajó sola.

***

No comimos enseguida. Me llevó al sillón y nos quedamos los dos en silencio mucho rato, él detrás de mí, mi espalda contra su pecho. Me acariciaba el pelo despacio, como cuando era chico y se quedaba dormido en mi falda. Yo no sabía qué decir. No sabía qué pensar.

—Mañana vas a volver a la oficina cuando él te llame —dijo al fin—. Pero antes vas a pasar por casa al mediodía. ¿Entendido?

Lo miré. Sus ojos no eran los del muchacho que había salido esa mañana al trabajo. Eran otros ojos. Yo tampoco era la misma.

—Sí, hijo —respondí—. Como vos digas.

Esa noche dormí en su cama. No por obligación, no del todo. Lo abracé por detrás, sentí su espalda subir y bajar con la respiración tranquila, y supe que algo había terminado y algo había empezado.

Me dormí pensando en don Eduardo y en su próxima llamada. Pensando en mi hijo. Y, sin querer, pensando en los dos al mismo tiempo, sin poder separarlos, sin querer separarlos del todo. Una parte oscura y caliente de mí estaba esperando lo que viniera, fuera lo que fuera.

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