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Relatos Ardientes

La vecina podría ser su madre y no pudo evitarlo

Cuando los tres jóvenes desaparecieron escaleras arriba, Marlene bajó la voz y se inclinó sobre la mesa hacia su nueva vecina.

—Me has dicho que te lleve un currículo. ¿De verdad crees que tengo opciones de que me den trabajo en tu hospital? —preguntó.

—Ya quisiera yo que el hospital fuera mío —rió Pilar—. Pero sí, creo que tienes posibilidades. Solo necesitas que te convaliden el título y apuntarte a la bolsa de empleo. Ahora mismo hay vacantes de laboratorio, y es posible que en unas semanas te llamen.

—El título ya lo tengo convalidado. Empecé a tramitarlo antes incluso del divorcio. Mis hijas y yo teníamos clarísimo que nos veníamos a vivir aquí —explicó Marlene, y se mordió el labio antes de añadir algo más bajo—: Tengo ganas de empezar de cero. Si me quedo sin nada que hacer, me agobio.

—Mañana mismo, si quieres, te presento en personal. Yo entro a consulta a las diez. —Pilar la observó un momento—. Perdona la curiosidad, pero si siempre has trabajado, ¿cómo te las arreglabas con dos niñas de la misma edad?

Marlene giró la copa entre los dedos antes de contestar.

—Mi exmarido contrató a una niñera, Remedios, una española que se ocupó de ellas hasta hace un año. Yo estudié, hice carrera y nunca me faltó empleo. Esa parte de mí fue, en gran medida, lo que rompió el matrimonio. Soy poco hogareña, nunca me sentí una madre tradicional. Las quiero con locura, pero a veces siento que somos más hermanas que madre e hijas.

—¿Y él qué decía de eso?

—Que era sosa y aburrida en la cama. —Lo dijo sin rabia, casi divertida—. Y que para qué iba a trabajar, si sus ingresos sobraban. Ahora está con su secretaria, una chica de oficina con las tetas enormes que, según él, es una fiera. Le ha prometido dejarlo todo por él y darle el hijo varón que yo nunca quise darle. Está embarazada desde antes de que firmáramos los papeles.

—Si tú eras tan recatada —dijo Pilar, frunciendo el ceño con una sonrisa—, ¿cómo es que su familia te acusa de haberlo seducido a él?

Marlene miró de reojo hacia la escalera por la que habían subido los chicos. Bajó todavía más la voz, intranquila, como quien confiesa un secreto que lleva años guardado.

—Porque lo seduje. Pero solo por curiosidad, por la fama que tienen los del sur. Lo que pasa es que a mí… a mí me gustan las mujeres. Bueno, los hombres también, con él disfrutaba. Pero me llama mucho más la atención una mujer. Solo he estado con una en mi vida, y quizá esa duda fue la que me volvió, como él decía, apagada. De esto mis hijas no saben nada.

—Pues si ese es el problema, solo te falta echarle un poco de sal a la vida —rió Pilar, y le apoyó la mano en el antebrazo un segundo de más—. Y mira, yo soy experta en eso. Desde que enviudé no he vuelto a estar con nadie, pero a unas cuantas amigas indecisas les he buscado la pareja correcta. Si quieres, también en eso te echo una mano.

Marlene abrió la boca para responder, pero el timbre la interrumpió.

—Las pizzas —dijo, levantándose—. Mañana me lo cuentas todo. Soy muy curiosa.

***

Cenaron en el jardín, las dos mujeres y los tres jóvenes. Adrián, el hijo de Pilar, apenas levantaba la vista del plato cada vez que Saskia o Lena le dirigían la palabra. Eran gemelas, una rubia y una morena, vestidas igual hasta en los calcetines, y tan guapas que costaba mirarlas de frente. Quedaron en que a la mañana siguiente las dos madres se irían a la ciudad a resolver los papeles del hospital, y Adrián se quedaría con las chicas para dejar tiradas las conexiones de internet de la casa nueva.

—Portaos bien y no le hagáis la vida imposible al chico —dijo Marlene a sus hijas—. Y nada de hacer agujeros en las paredes.

—A sus órdenes, mi capitán —contestó Adrián, y la risa de las gemelas le hizo sentir, por primera vez en la noche, que quizá no era tan invisible.

De vuelta en su casa, Adrián le dio las buenas noches a su madre y, sin encender la luz, se asomó por la rendija de la persiana hacia la casa de enfrente. Las hermanas habían cerrado la suya. Esa noche soñó con cosas que le costaba admitir incluso dormido: en sus sueños no estaban solo Saskia y Lena, sino también Marlene, la madre de ambas, desnuda frente a un espejo.

***

Lo despertó su madre golpeando la puerta. Faltaban cinco minutos para que sonara la alarma y todavía arrastraba el sueño, una imagen nítida de Marlene mirándose desnuda a través de unos prismáticos que él mismo había comprado por internet y que llegaban ese mismo día. Se duchó, se puso unas bermudas deportivas nuevas, una camiseta a juego y se dio ánimos frente al espejo para no hacer el ridículo.

—Pórtate bien con las hijas de Marlene —le dijo Pilar al salir—, pero no te dejes avasallar. Son demasiado guapas y van a intentar manejarte. Tú eres lo bastante apuesto para no desentonar entre esas dos.

Dejaron a Marlene en la puerta de su casa, ya esperándolos con un traje de chaqueta impecable. Adrián sacó su caja de herramientas del coche mientras ella ocupaba el asiento que él acababa de dejar.

—Las niñas ya desayunaron y te esperan arriba —le dijo Marlene, asomada por la ventanilla—. No dejes que mis dos diablillos te apabullen.

Se quedó en la acera viendo alejarse el coche, sintiendo un tirón incómodo en la entrepierna que el recuerdo del sueño no ayudaba a calmar. Subió al dormitorio de las gemelas, que ya conocía, y se paró en seco en el umbral. Las dos estaban terminando de hacer la cama vestidas únicamente con una camiseta corta de tirantes y unas braguitas azules que apenas quedaban tapadas.

—Hola, Adrián. ¿Has desayunado? —saludó Lena, agitando la mano con total naturalidad.

—Sí… ya desayuné —contestó él, sin creerse que aquellas dos criaturas no se inmutaran estando casi desnudas. Cogió una de las mesillas que tenían que bajar al sótano—. Voy bajando esta, ahora vuelvo por la otra.

—¿Puedes tú solo? —preguntó Saskia con una sonrisa inocente y provocadora a la vez—. Si quieres te ayudo.

—Puedo, mejor bajar de uno en uno por la escalera —respondió, y prácticamente huyó.

Al llegar al rellano se dio cuenta del estado en que estaba: las bermudas deportivas llevaban una malla interior por la que no se había puesto calzoncillo, y la erección era imposible de disimular. Hizo cuatro viajes innecesarios, cargando muebles y cajones, solo para mantenerse lejos de ellas hasta que se vistieran. No se vistieron. Cuando volvió del último, las gemelas seguían en ropa interior, esperándolo de pie.

—¿Por dónde empezamos? —dijeron casi al unísono.

—Lo primero, una escalera para llegar a los registros del techo —explicó, señalando hacia arriba sin atreverse a bajar los ojos a sus piernas—. Voy metiendo una guía desde el salón y vosotras me avisáis cuando salga la punta.

Tengo que buscar una excusa para ir a casa y ponerme unos boxers ajustados, pensó, o esto va a acabar en una vergüenza monumental.

Le mandó un mensaje al grupo que acababa de crear con sus números —«Me olvidé una cosa, vuelvo en cinco minutos»— y salió disparado. Cuando regresó, con la ropa interior cambiada y una herramienta de más para justificar la ausencia, las gemelas se habían puesto unos shorts diminutos para abrir la puerta. Duró poco. En cuanto subieron, volvieron a quedarse en braguitas.

—Supongo que no te molesta que estemos cómodas —dijo Saskia con una sonrisa de medio lado—. Aquí hace mucho más calor que en nuestra ciudad.

—Estáis en vuestra casa —contestó él, esta vez con la dureza más bajo control.

***

El trabajo consistía en pasar tres cables de un registro a otro con una guía y una cuerda. Adrián empujaba desde abajo y una de las hermanas tiraba desde lo alto de una escalera de aluminio. Cuando le tocó a Lena subirse, con los brazos levantados, la camiseta corta se le separó del cuerpo, y desde el suelo Adrián tuvo una visión directa de sus pechos balanceándose al ritmo con que él empujaba la guía, los pezones extrañamente duros.

—¿Qué pasa? —preguntó ella al oírlo soltar un taco—. ¿Se rompió la cuerda?

—No, nada, me golpeé un dedo —mintió, embobado—. Tú sigue empujando despacio, sin prisa.

—¡Ya sale! —dijo Lena al rato, y al mirar hacia abajo lo descubrió extasiado. Sonrió sin darle importancia—. ¿Y ahora qué?

—Arriba, a hacer lo mismo —respondió él, apartando los ojos a toda prisa.

En el otro dormitorio se repitió la escena con Saskia, la rubia, con unos pechos casi idénticos a los de su hermana pero más blancos, el mismo balanceo exacto. Cuando la cuerda llegó por fin hasta el cuarto de Marlene, dieron el trabajo por terminado a la espera del repartidor.

—Yo me lo he pasado muy bien —dijo Saskia, riendo—. Me ha gustado que desde abajo me dirigieras sin quitarme ojo.

—Y a mí —añadió Lena—. Daba la impresión de que tenías miedo de que hiciéramos algo mal. Vamos a ponernos guapas para ir a comer, que tu madre dijo que íbamos a hacer que te envidiaran en el restaurante.

***

Bajaron a comer a un restaurante a dos kilómetros, donde Pilar les había reservado mesa. Adrián, antes, había recogido en una gasolinera cercana un paquete que escondió en el asiento del conductor: los prismáticos de largo alcance que había hecho desviar allí para que su madre no los viera llegar a casa.

El local estaba lleno. La entrada de las dos gemelas, idénticas y arrebatadoras, levantó una expectación que hizo que hasta el camarero tropezara al apartarles la silla. Adrián, lejos de sentirse orgulloso como pronosticaba su madre, estaba incómodo de ser el centro de todas las miradas. Su incomodidad se volvió pánico cuando Lena preguntó:

—¿Qué es el paquete que dejaste en el coche?

—Una pieza para conectar mis dos ordenadores —mintió descaradamente—. Por si uno se estropea, no perder los programas.

—Pues eso nos haría falta a nosotras —dijo Saskia—. Tienes que enseñarnos tus ordenadores. Nosotras no tenemos secretos, lo compartimos todo: programas, fotos, hasta los mismos vídeos.

Pidieron una paella y, a insistencia de las gemelas, una botella de vino blanco. Entre copa y copa, le contaron su vida. A su madre, dijeron, la querían más como a una hermana mayor; la que de verdad las había criado era Remedios, la niñera española.

—Estamos seguras de que Remedios estaba liada con nuestro padre —confesó Saskia, bajando la voz—. Hace un año se marchó llorando, pero lo más probable es que él le contara que se había enamorado de su secretaria, con la que ahora se casa.

—Siendo vuestra madre tan guapa, ¿cómo pudo engañarla? —preguntó Adrián, asombrado—. Hay pocas mujeres tan hermosas como Marlene.

—Anda, coño —se rió Lena—. Si te gusta nuestra madre, te gustará también Saskia, que es su clon, pero más joven.

—No… no es eso… —se trabó él, rojo hasta las orejas, hasta que se rindió—. Bueno, sí. Me gusta Marlene, no voy a negarlo. Es preciosa, igual que Saskia. Pero tú, Lena, tampoco tienes desperdicio. Eres incluso más guapa.

—Por fin lo suelta sin tartamudear —celebró Lena—. Ya nos habíamos dado cuenta de que te gustábamos, sobre todo cuando intentabas vernos las tetas desde debajo de la escalera.

—No puedo negar lo evidente —admitió él, ya más audaz al ver que las gemelas no se ofendían—. Pero no me habéis contestado: ¿por qué la engañó?

—Por dos cosas —dijo Saskia con cara de diversión—. La primera, porque los hombres sois un poco idiotas y os volvéis locos por un par de tetas. La segunda, y la más importante, porque Marlene no le daba lo que él quería. Nosotras creemos que a nuestra madre le gustan más las mujeres que los hombres.

Adrián las miraba alucinado de que hablaran así de su propia madre. Pero lo que vino después lo dejó sin habla. Saskia acercó la boca a su oído, como en una confesión.

—Anoche lo hablamos las dos. Vimos cómo miraba Marlene a tu madre. Y se nos ocurrió un plan para confirmarlo.

—Y ahí entras tú —siguió Lena—. Esta mañana, viendo lo ilusionada que se ha arreglado para ir con tu madre, casi no nos quedan dudas. Pero queremos confirmarlo. Vamos a ayudarte a que conquistes a Marlene. O al menos a que lo intentes.

—¡Estáis locas! —exclamó él, horrorizado—. ¡Si Marlene podría ser mi madre!

—Pero está buenísima, y nos lo acabas de confirmar —replicó Saskia, muy seria—. Y tú eres joven, guapo y, creemos, tierno. Le caes bien. Si tu madre no se te adelanta, igual te la trajinas y nos sacas de dudas.

—¿Cómo que si no se me adelanta mi madre?

—Anoche nos dio unos besos muy especiales —dijo Lena—. Y cómo miraba nuestros atributos no deja lugar a dudas. Pero podemos equivocarnos. ¿Tu madre tiene novio, o amigos?

Adrián se quedó pensando. Las pocas veces que su madre salía de cena o de fin de semana, siempre era «con compañeras». Quizá tuvieran razón.

—Hagamos un trato —dijo al fin, mirándolas con otra cara—. Yo lo intento con Marlene, aunque me mande a la mierda. Pero vosotras me ayudáis con mi madre y, cuando estéis seguras de lo que insinuáis, me lo decís. Y os adelanto que no me importaría. ¿Os imagináis que Marlene y mi madre acabaran liándose?

—Hostia, es verdad —se rió Saskia—. Podríamos ser hermanastros. Y oye, no harían mala pareja, la rubia y la pelirroja. Tu madre es un monumento.

—Una milf de las que hacen volver la cabeza —remató Lena—. Y tú, aunque seas su hijo, no estarás ciego.

—Claro que sé que mi madre está de buen ver, igual que la vuestra —cortó él, incómodo—. Pero dejémonos de conjeturas y vámonos, que hay que dejar montadas las conexiones.

***

Salieron primero las gemelas con las llaves del coche mientras él pagaba en la barra. Cuando llegó al aparcamiento se quedó petrificado: habían sacado la caja de los prismáticos del envoltorio y leían sus características con curiosidad. Al verlo, se disculparon a la vez, avergonzadas.

—Perdona que husmeáramos —dijo Lena—, pero teníamos curiosidad. ¿Para qué quieres unos prismáticos así, y por qué nos mentiste?

Adrián, que compensaba la timidez con una mente rápida, dejó la caja en el asiento trasero, arrancó el coche y se inventó una historia sobre un videojuego en el que su avatar era un águila y los anteojos le servían para ir a la sierra a observar el vuelo de las aves de cerca, mejorar el personaje, ese tipo de cosas. Lo contó con tanto aplomo que las gemelas se lo tragaron entero.

—Qué casualidad —dijo Saskia—, nosotras también jugamos con avatares de animales. Yo soy una zorra y mi hermana una loba. Tienes que enseñarnos ese juego.

—Cuando queráis —respondió él, aliviado de que la patraña hubiera colado.

Llegaron a la casa y aparcó el coche en el mismo sitio exacto de la cochera. Agarró la caja de los prismáticos y les dijo que mientras ellas se cambiaban de ropa él iría un momento a su casa a por unos conectores de mejor calidad y cinta aislante. Salió disparado.

Subió a su cuarto, enfocó los prismáticos por la rendija de la persiana y comprobó, con el corazón acelerado, que la cama de las gemelas —ahora que la habían movido de sitio— se veía entera. Si esa noche no bajaban la persiana, podría verlas acostarse en aquel colchón inmenso, casi tan ancho como largo. El armario y las mesas quedaban fuera de su ángulo, pero la cama, no. Escondió los binoculares debajo de su propia cama, recogió los conectores y la cinta y, ufano, pensando en las vistas que le esperaban aquella noche, volvió a la casa de enfrente.

***

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Comentarios (5)

Seba_Mdq

tremendo relato!! quede pegado desde el primer parrafo

CuriosaBaires

La tension que va construyendo de a poco es lo que mas me gusto, nada de apuros. Muy bien narrado!

nacho_cba

Por favor continua la historia, justo cuando se pone buena cortas jaja. Esperamos la segunda parte!

FedericoMdq

de lo mejor que lei en mucho tiempo, increible como lo contaste

AnaMendz

Me trajo el recuerdo de un verano de esos que uno no olvida. Muy bien escrito, se siente autentico.

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