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Relatos Ardientes

Compartí habitación con mi media hermana

Voy manejando hacia la casa de campo de mi tía y siento que en cualquier momento me voy a salir del camino. La jaqueca me taladra y las náuseas se vuelven insoportables. Bajo la ventanilla y el olor a tierra mojada me afloja un poco los hombros.

Llevo años inventando excusas para no aparecer en estas reuniones familiares.

Tener una familia grande y «perfecta» no ayuda a mi ansiedad. Todos haciendo preguntas incómodas, midiendo cada palabra que respondo, esperando el dato jugoso que después servirá de chisme en el grupo de WhatsApp.

¿Qué les voy a contar? ¿Que tenían razón? ¿Que por priorizar mi carrera mi matrimonio se hizo trizas? ¿Que se pueden sentar a esperar los nietos que no van a llegar? ¿Que a mis treinta y cuatro años me toca empezar de cero otra vez? No, gracias.

No necesitan saberlo todo.

Con mi mejor sonrisa y respuestas ambiguas sobrevivo las primeras horas.

Tenía todo bajo control hasta que la vi cruzar el portón de madera.

De golpe me cayeron los recuerdos como un baldazo de agua helada. Los suspiros robados detrás del cuarto de las herramientas, los besos prohibidos en la pieza compartida, las caricias inexpertas debajo de la sábana. Un juego peligroso que casi nos quemó. Éramos dos adolescentes con las hormonas a mil. Una cosa llevó a otra y, con la excusa de aprender a besar, nos gastamos los labios un verano entero. Todo terminó cuando empecé a salir con mi primer novio a los diecisiete y fingimos que jamás había sucedido.

Nunca volvimos a tocar el tema. Supongo que en algún momento nos ganó la vergüenza, porque éramos medias hermanas y porque no había manera de explicárselo a nadie.

Perdí la cuenta de cuántos años llevaba sin verla. Romina se había mudado lejos con su familia materna y, sin darnos cuenta, los mensajes se fueron espaciando hasta desaparecer.

Al verla de nuevo se me cortó la respiración. Me quedé dura mirando esta nueva versión.

Ya no era esa nena tímida a la que tenía que convencer para hacer cualquier travesura. Su carisma se imponía mientras saludaba a cada tío y a cada prima. En segundos la escaneé de pies a cabeza. Su estilo siempre había sido sencillo y ahora, desde el corte de pelo hasta las zapatillas, hacía imposible apartar la mirada. El cabello corto resaltaba esa combinación de ojos almendrados y labios carnosos. Me llamó la atención que, a diferencia de mí, que mantenía mi estética femenina, ella había elegido un aire con toques masculinos. Eso me desarmó. Era como lo mejor de los dos mundos.

Su seguridad al caminar hacia mí me disparó el pulso. Las manos me temblaban un poco y la punzada en la boca del estómago me hizo entender que tal vez no había enterrado tan bien el pasado. Ella había sido mi única experiencia con una mujer, y no habíamos llegado tan lejos, y verla así, tan magnética, me hizo cortocircuito en el cerebro.

Todo pasó en cámara lenta. Ella saludándome con una sonrisa perfecta y yo respondiendo monosílabos como si me hubiera olvidado de hablar.

—¿Estás bien, Camila?

—Sí… sí, es el viaje. No estoy acostumbrada a tantas horas de ruta. Si me disculpás…

—Claro.

Logré decir antes de prácticamente correr al baño, dejando atrás a una Romina desconcertada.

***

El agua fría en la cara me devolvió al presente. Era la falta de sexo, me dije. No había otra explicación razonable para esa reacción. Solo era un fin de semana. Después cada una para su lado, como si nada.

Mi plan maestro no vio venir lo peor: cuando mi madre me avisó que iba a compartir cuarto con ella, empecé a hiperventilar otra vez. Tenía que calcular cada palabra, no podía mandarme una macana.

Cerca de las once de la noche subí al cuarto para tomar aire. Había sido un día largo y quería aprovechar el poco rato de privacidad antes de que Romina apareciera.

El olor a pino, la madera crujiendo bajo mis pies en cada escalón y los detalles tallados en las columnas convertían la casa en un espectáculo para los sentidos.

Me di una ducha larga. El agua caliente me recorría el cuerpo aflojando cada nudo. Cerré los ojos buscando la mente en blanco y, sin darme cuenta, estaba pensando en Romina mientras mis manos empezaban a apretar mis pezones de manera involuntaria. Su mirada pícara después de la cuarta cerveza, sus dedos enroscados en la botella, esa sonrisa provocadora…

El calor me bajó por el vientre y mi cuerpo respondió a las caricias que me regalaba sola. No quería abrir los ojos, no quería despertar de esa ilusión. Hasta que escuché ruidos en la habitación y me sobresalté. Salí del baño con apuro, evitando todo contacto visual.

—Pensé que ibas a dormir adentro del baño —me dijo mientras acomodaba sus cosas en su lado del cuarto.

—Jaja, ya sabés cómo soy. Resuelvo los problemas mundiales ahí adentro.

—Sí, ya sé cómo sos —me contestó con tono de picardía, sosteniéndome la mirada.

El comentario me calentó las mejillas. Claro que sabía cómo era. En muchísimos aspectos.

Esa primera noche casi no pude pegar un ojo. Daba vueltas en la cama. Del otro lado, en cambio, ni un movimiento.

—Tenés frío, ¿verdad? —me susurró con voz adormilada.

—¿Qué?

—Que si tenés frío. No siento la calefacción.

—Ah, sí… un poco.

¿De qué frío me habla? Más que frío, lo que siento es un incendio que necesita ser apagado.

—Vení. ¿O preferís que vaya yo a tu cama?

—¿Qué? No.

—Jajá, ¿preferís amanecer congelada?

—No… no es eso.

—Dejate de boludeces, Camila.

—¿En serio te lo tengo que recordar?

—Por Dios, ya pasaron casi veinte años. Somos adultas —me dijo con tono aburrido.

—Bueno… si querés, vení vos —me rendí. Tal vez todo estaba en mi cabeza calenturienta y ella ya había pasado la página. Romina lo tenía superado y yo me estaba comportando como una nena.

Se acostó con cuidado a mi lado. Me puse de espaldas pensando que haría lo mismo, pero se quedó de frente a mi espalda. En cucharita, sin tocarnos. Podía percibir su calor a través de la ropa, su respiración tranquila.

—Sigo pensando que esto no es buena idea —protesté en voz baja.

—¿Y te parece buena idea no quitarme los ojos de encima en toda la noche?

—¿Yo? Yo no…

Me interrumpió al abrazarme y atraerme contra ella.

—Jaja, era una joda. No puedo creer que te la hayas tragado.

Me quedé sin palabras. Estaba jugando conmigo. La vergüenza me subió a la cara, pero enseguida la reemplazó una palpitación constante en la zona baja del vientre. Cada centímetro de mi cuerpo era consciente de la cercanía, de su respiración pegada al cuello, de mi cola encajada en su pelvis, de esos movimientos casi imperceptibles que profundizaban el roce. Si ella quería jugar, yo también iba a jugar. Bueno, eso pensé hasta que la escuché roncar.

¿Era en serio? No lo podía creer. Me sentía como una olla a presión a punto de estallar.

Pero así no me iba a dormir. Disimulada, metí la mano dentro del pijama y empecé a tocarme despacio para no despertarla. Sabía lo que necesitaba e iba directo a buscarlo. Movimientos circulares sobre el clítoris, suaves, roces apenas superficiales eran más que suficiente. No pasaron tres minutos y el corazón ya me galopaba, la respiración se me agitaba y tuve que juntar todas las fuerzas del universo para reprimir los gemidos y controlar los espasmos al llegar al final. Yo desmoronándome al lado de ella, inmóvil, como si no estuviera pasando nada. El sueño me ganó casi al instante.

***

Al despertar al día siguiente, en el cuarto solo estaba yo y sentí un alivio raro. Un momento incómodo menos.

Las horas pasaron demasiado rápido para mi gusto. Hicimos actividades familiares: una caminata por el bosque, almuerzo en un restorán del pueblo cercano, sobremesas eternas poniéndonos al día. Si ella iba para la derecha, yo iba para la izquierda. Después de lo de la noche anterior, mi mejor opción era evitarla a toda costa. Pensando con la cabeza fría me daba cuenta del nivel de pifie y de lo mal que estaba todo esto.

Esa noche me fui a la cama un poco más tarde que el día anterior. Esperé un tiempo prudencial para que Romina se durmiera y así no tener que cruzármela. Otro plan de cuarta, porque ella tampoco subía. Pasada la medianoche solo quedábamos nosotras y un tío borracho cantando en una punta del living.

Romina se sentó a mi lado y por un momento hubo un silencio incómodo.

—¿Y… cómo estás, Camila? Pasó tanto tiempo que ya casi no te conozco —me dijo sonriendo.

—Jaja, eso lo puedo decir yo. ¡Estás muy distinta!

—¿Distinta para bien o distinta para mal? —me dijo con tono burlón.

—Jaja, buena pregunta. Para bien, supongo —respondí mirándola a los ojos. Un contacto visual que no duró nada. El brillo de su mirada me hizo sentir minúscula y los nervios me invadieron.

No sé si lo notó, pero cambió de tema y yo se lo agradecí. Estuvimos un rato más actualizándonos sobre nuestras vidas y, aunque hubo cierta incomodidad, por un instante el morbo desapareció y solo veía a mi hermanita menor.

Estaba orgullosa de mi avance hasta que…

—¿Te puedo hacer una pregunta?

—Jaja, sí, disparale.

—¿Por qué me estuviste esquivando?

—¿Quién, yo? Para nada.

—Mmm, bueno, son ideas mías entonces.

—Sí, no sé de dónde lo sacaste, hermanita.

Apenas le dije «hermanita» su cara cambió. Se le endureció la mirada y por un segundo deseé que me tragara la tierra.

—Decime una cosa: si hago esto, ¿no te provoca nada? —y me puso la mano en el muslo, deslizándola hacia arriba.

—Pero ¿qué hacés? —le saqué la mano lo más rápido que pude.

—No respondiste mi pregunta, hermanita —dijo marcando esa última palabra.

—Nos pueden ver. ¿Estás loca?

—Ah, ese es tu miedo. Que nos vean, que se enteren —me dijo con tono seductor.

—Estás mal de la cabeza. Esto no está bien. Buenas noches.

—Sí, claro, seguí fingiendo que tu moral está intacta.

***

Me levanté y prácticamente corrí al cuarto. Solo rogaba que mi tío no se hubiera dado cuenta del show. Estaba furiosa. ¿Cómo se atrevía? Y lo peor era que no estaba tan lejos de la verdad. Me metí bajo la ducha con el agua fría, todo lo que pude aguantar.

Cuando Romina entró al cuarto, se fue directo al baño. Creo que las dos necesitábamos esa ducha. Había demasiada tensión en el aire. Cuando salió, se me quedó mirando fijo. Yo estaba juntando mi ropa. Apenas amaneciera me iba. Ya no éramos adolescentes. Si algo pasaba, iba a ser plenamente consciente de la situación, y eso me asustaba.

—Creo que se te queda esto —me dijo levantando con el índice una bombacha del piso.

—Sí, eso es mío.

Antes de entregármela, se la llevó a la nariz y respiró hondo.

—¿Qué hacés? Sos una guarra —estiré la mano para sacársela y ella se alejó mordiendo la zona de la entrepierna.

—¿La querés? Vení, sacámela.

—¡Sos idiota!

Me lancé sobre ella y, cuando logré agarrar la prenda, sus manos me sostuvieron la cintura con tanta fuerza que dolía.

—¡Soltame!

—Decímelo de nuevo y te suelto.

Mi respuesta fue ninguna.

Sentir el olor de su piel recién bañada, su agarre firme y esos ojos desafiantes solo lograron que me palpitara, y no precisamente el corazón.

—¿Por qué te gusta tanto torturarte, eh? —me reclamó.

—Esto no está bien y lo sabés.

—Qué curioso. Lo venís repitiendo desde ayer, pero entre nosotras, no te vas a convencer por más que te lo repitas.

Me miró la boca sin disimulo.

—Estás hermosa —me dijo pasándome el pulgar por los labios con delicadeza, de un extremo al otro.

Solté un suspiro profundo entreabriendo los labios y lo siguiente que sentí fue su dedo invadiéndome la boca. Lo empecé a chupar sin pensarlo, primero la punta y después toda la extensión.

—Mmm, sí, así —me dijo aumentando el ritmo. De pronto me agarró del mentón y me atrajo hacia sus labios.

El cerebro se me desconectó con ese beso. Nada tenía que ver con los besos torpes de hacía veinte años. Era un beso lleno de lujuria con un toque de delicadeza. Todo esto estaba malísimo y al mismo tiempo se sentía malditamente bien.

Ella no perdió tiempo. Sus manos inquietas tomaron posesión de cada centímetro de mi cuerpo. Me sentía empapada, hinchada, lista para más, pero ella seguía besándome, mordiéndome, manoseándome como si fuera la primera y la última vez. La ropa me estorbaba. Necesitaba sentirla.

—Romina, Romina…

—Por favor, no me digas que querés parar —dijo entre quejidos.

—No, no… necesito más.

—Jaja, ¿cómo se dice?

—Por favor —supliqué con vergüenza.

—A tus órdenes.

***

En su cama, el olor a ella en las sábanas me nubló la vista. Estaba tan excitada que cualquier roce me volvía loca. La ropa terminó en el suelo a la velocidad de la luz. Ella, encima de mí, se acomodó de tal forma que nuestros pezones quedaron alineados y empezó a moverse mientras deslizaba el dedo de arriba abajo por toda mi raja. Los besos ahogaban los jadeos que iban subiendo de volumen. Todo el cuerpo me empezó a temblar. No paraba de pedirme que se lo diera todo, y no me pude resistir al orgasmo durísimo que estaba teniendo.

Ni siquiera me había recuperado cuando me penetró con tres dedos. A pesar de estar mojada y sensible, la primera sensación fue un escozor que me arrancó un grito chico de dolor.

—¿Te duele?

—Sí, un poco.

—¿Paro?

—No, por favor, no pares.

Así estuvo un rato, hasta que dejó solo dos dedos y, en forma de gancho, me empezó a estimular el punto G. Me revolcaba de un lado al otro. Cuando creía que ya no podía sentir más, ella, con esas manos expertas, me provocaba una sensación nueva.

Estaba a punto de venirme otra vez cuando me dijo:

—Ni se te ocurra que este va a ser tan fácil como el otro. Te lo vas a tener que ganar.

Se frenó y por fin pude recuperar el aire. Aproveché para sentirla un poco más. Le llené el cuello y los pechos de besos. Mi lengua fue bajando y ella, con la mano en mi cabeza, me guio hasta donde quería.

—Tranqui, yo te llevo —me dijo con calma. Yo solo asentí.

Con la lengua plana le limpié todo. La muy desgraciada estaba empapada y sabía riquísimo. Con la otra mano me agarraba el pelo en una colita y me apretaba más contra su clítoris.

No tenía mucha experiencia con el tema, así que solo le hice como me gustaba a mí. Ni muy rudo ni muy superficial. Con la presión justa.

Tener su cuerpo rendido frente a mí era una de las mejores sensaciones del mundo. Estuve un buen rato deleitándome del festín hasta que su respiración se volvió irregular.

—Camila, pará, pará.

—¿Todo bien?

—Jaja, no podría estar mejor.

—Sentate encima de mí.

En posición de vaquero, levantó la pelvis de modo que, al moverme, nuestros labios se restregaban con facilidad.

—Movete. Mové ese culo para mí.

Dirigía mis movimientos con las uñas clavadas en mis nalgas.

Nuestros clítoris estaban a punto de explotar y la vista que yo tenía era un poema. Ella con el ceño fruncido, gimiendo con dificultad, mordiéndose los labios, las manos clavadas en mis nalgas, en mi cintura, en las tetas, en el cuello. Como si no supiera dónde quedarse. Y yo moviéndome como si de eso dependiera mi vida.

Explotamos al unísono. Salvaje, primitivo, durísimo. Caí rendida sobre su pecho, sintiendo cómo se iba desvaneciendo el cosquilleo.

—No digas nada, por favor —me pidió acariciándome el pelo con ternura.

Me quedé dormida en esa posición más de lo planeado.

A la mañana siguiente el cuerpo me sentía raro. No terminaba de despertar de ese sueño en el que mi hermana me besaba y yo le respondía. Cuando logré abrir los ojos, la sensación se volvió real, solo que los besos que estaba recibiendo eran entre las piernas.

—Eh, ¿qué hacés?

—Shhh… y apurate, que tenemos que bajar a desayunar.

—Mierda.

Eché la cabeza hacia atrás y me dejé llevar.

A partir de ese momento nos volvimos más unidas. Más de lo que mi familia se imagina, más de lo que la sociedad acepta. Hay días en los que me agarra el remordimiento y entonces aparece ella, me deja seca con esa boquita superdotada y todo se me olvida.

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Comentarios (5)

CristinaLectora

me dejó sin palabras... que bueno!!

Pab_lector

Por favor una segunda parte, quede con ganas de mas. Se hizo cortisimo

Mila_RV

Me encanto como lo narraste, se siente tan real. Uno termina de leer y queda pensando un rato

SandraRioBA

jajaja el final me mato, no me lo esperaba para nada

NocturnaLA

dios mio que relato... tremendo

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