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Relatos Ardientes

El motel donde mi hijo y yo nos reencontramos

Querido lector, para entender lo que voy a contarte necesitas saber una cosa: mi hijo y yo llevamos varios años compartiendo algo que nadie más conoce. Empezó hace tiempo, casi sin darnos cuenta, y desde entonces no hemos sido capaces de soltarlo. Si quieres conocer cómo nació todo, eso es otra historia. Hoy quiero hablarte de una tarde en particular.

Mauricio ya es un hombre hecho y derecho. Está casado, tiene su vida resuelta, su rutina, su casa. Y aun así, cada cierto número de semanas encontramos la manera de vernos. No en una comida familiar, no en un cumpleaños. Nos vemos a solas, lejos de todos, para entregarnos a algo que su esposa jamás imaginaría y que mi marido nunca sospecharía. Siempre en la discreción de un motel, donde solo existen nuestros cuerpos y las ganas que se nos acumulan entre un encuentro y el siguiente.

Esa vez quedamos en que él me pasaría a buscar a la parada del autobús, en la avenida que da a la salida de la ciudad. Esperé apenas unos minutos, con el corazón golpeándome el pecho como si fuera la primera vez. Cuando vi aparecer su auto sentí ese cosquilleo que nunca se me ha ido. Subí, me sonrió, y tomó rumbo a la zona de las afueras, donde se alinean los moteles uno tras otro.

Antes de llegar paró en una tienda y compró unas cervezas bien frías y un paquete de cigarrillos. Íbamos charlando de cualquier cosa, de su trabajo, de un viaje que pensaba hacer, de nada importante. Pero por debajo de la conversación había otra corriente, esa que los dos conocíamos y que nos tensaba la piel sin necesidad de decir una palabra.

Entró al motel Las Palmas, donde ya habíamos estado antes. Ese instante de cruzar el portón siempre me pone un poco nerviosa. Una mujer le indicó el número de la habitación desde una ventanilla. Mauricio estacionó, fue a pagar, y la encargada cerró el portón a nuestras espaldas. Recién entonces me bajé del auto.

Se acercó a mí y nos besamos ahí mismo, junto a la puerta, despacio al principio y enseguida con hambre, buscándonos la lengua, perdiendo la noción de quiénes éramos para todos los demás.

—No sabes cuánto te extrañaba —le dije contra los labios.

—Yo también, mamá. Mucho.

Subí las escaleras hacia el cuarto caminando despacio, sabiendo que él me miraba desde abajo. Quería que mirara.

***

Ya adentro, me metí al baño a cambiarme. Me había llevado un conjunto más atrevido en el bolso, así que me puse un body negro, medias y unos tacones altos. Me retoqué el maquillaje frente al espejo y me observé un momento. A Mauricio le gusta verme así, provocativa, arreglada solo para él.

Salí y lo encontré sentado en el sillón pequeño que había junto a la cama. Se le iluminó la cara. Di una vuelta lenta para que me viera de todos los ángulos.

—¿Te gusta? —pregunté.

—Muchísimo. ¿Te puedo tomar unas fotos?

—Las que quieras, mi amor.

Posé para él un rato, divirtiéndome con su mirada, y después me senté a su lado. Destapó dos cervezas y encendió un cigarrillo. Nos quedamos así, bebiendo despacio, hablando bajito, mientras yo disfrutaba de cómo me recorría con los ojos cada vez que daba un trago.

Encendió la televisión en un canal de música. Cuando empezó una canción que me gustaba, me puse de pie y comencé a bailar para él, igual que siempre. Me moví despacio, dándole la espalda, mirándolo por encima del hombro. Poco a poco me bajé los tirantes del body, lo desabroché por la entrepierna y dejé que me viera entera.

Él se había quitado la ropa mientras yo bailaba. Estaba desnudo, mirándome, tocándose despacio, ya excitado. Verlo así me encendió todavía más.

Cuando terminó la canción me senté con él. Me abrió otra cerveza y me la fui tomando con el cuerpo casi descubierto, solo el body enrollado en la cintura. Nos besamos otra vez, más hondo. Le dije que se me antojaba algo más fuerte y llamó a la recepción para pedir un par de tragos. Mientras los traían seguimos besándonos, sin prisa, dejando que la tensión creciera.

Llegaron los tragos por ese pequeño torno que gira en la pared para no ver a nadie. Los pusimos en la mesa y los fuimos bebiendo a sorbitos. Para entonces yo ya me sentía mareada y cachonda, con la piel sensible a cualquier roce.

***

Ahí mismo, en el sillón, Mauricio empezó a besarme el cuello y a acariciarme los pechos con esas ganas suyas que tanto me gustan. Sentir sus manos amasándome, jugando con mis pezones, me hizo arquearme. Después agachó la cabeza y se los llevó a la boca, succionando despacio, primero uno y luego el otro.

—Así, mi amor —le dije, hundiéndole los dedos en el pelo—. Despacio.

Abrí las piernas y él llevó la mano entre ellas, recorriéndome entera con la yema de los dedos. Sentí que me derretía. Me levanté, lo besé y me arrodillé entre sus piernas. La tenía dura. Se la tomé con la mano y, mirándolo a los ojos, me la llevé a la boca.

Lo hice despacio, como a él le gusta. Recorría con la lengua toda su longitud y luego me la metía poco a poco, cada vez un poco más. Mauricio me observaba sin perder detalle, con la respiración cada vez más entrecortada. Esa mirada suya, fija en mi boca, me ponía más que cualquier otra cosa.

Cuando la tuve bien húmeda me incorporé y fui hasta el espejo grande de la pared. Me apoyé en la repisa y él se pegó a mi espalda, tomándome los pechos, besándome la nuca, la oreja, haciéndome erizar toda. Sentí su erección entre las nalgas, frotándose, y verme reflejada así, con sus manos por todo el cuerpo, me volvió loca.

—¿Ya me quieres? —le pregunté al reflejo.

—Sí. Ya.

—Ven.

***

Fui a la cama y me acosté con las piernas abiertas, llamándolo con un gesto. Mauricio se acomodó entre ellas, me besó en la boca y, sin dejar de mirarme, fue entrando despacio. Solté un gemido largo al sentirlo dentro.

—Así, mi amor —le susurré—. Despacio, que ya te extrañaba.

—Yo también —respondió contra mi cuello.

Empezó a moverse con un ritmo parejo, hundiéndose y saliendo, deteniéndose a veces para besarme o para volver a mis pechos. Yo le acariciaba la espalda, el pelo, sintiéndolo en lo más profundo. Después de un rato lo detuve, lo empujé suave para que se acostara boca arriba y me subí encima.

Lo guié de nuevo dentro de mí y empecé a moverme yo, marcando el ritmo, viéndolo desde arriba. Él me tomaba las caderas, me acariciaba, me apretaba las nalgas. Cada tanto me inclinaba para acercarle los pechos a la boca y él me los recibía con ganas.

—Me encantas —me dijo, casi sin aire—. Eres preciosa así.

Me bajé un momento y me incliné a su oído.

—Quiero sentir tu boca ahí —le dije.

No hizo falta repetirlo. Me acosté de espaldas, abierta para él, y Mauricio bajó hasta colocarse entre mis piernas. Lo vi sacar la lengua y empezar a recorrerme entera, lento, concentrado. Me abrí con los dedos para él.

—Tenla, mi amor —le pedí.

Su lengua subía y bajaba, se detenía justo donde yo lo necesitaba, jugaba en círculos hasta hacerme retorcer. Cerré los ojos y me dejé llevar, agarrándome de las sábanas, moviendo las caderas contra su boca.

—Así, no pares, por favor —le rogué—. Ya, ya casi…

Mauricio se concentró por completo y, en cuestión de segundos, me hizo estallar. El orgasmo me recorrió de pies a cabeza mientras él seguía ahí, sosteniéndome con la boca hasta que terminé de temblar.

***

Me quedé quieta unos instantes, recuperando el aliento. Él volvió a subir y me penetró de nuevo, despacio, mirándome a los ojos. Tenía la espalda mojada de sudor; se la acariciaba y la sentía caliente bajo mis manos.

—¿Te gusta? —le pregunté.

—Muchísimo —jadeó—. Estás riquísima.

Lo hicimos un rato más así, sin prisa pero cada vez más intenso. En un momento me puso boca abajo y, antes de seguir, me sorprendió con su lengua recorriéndome por detrás. Me arqueé de placer.

—¿Qué haces, travieso? —le dije, riéndome bajito.

No contestó. Siguió un rato más y después volvió a entrar en mí con fuerza, tomándome de las caderas, embistiéndome mientras yo apretaba las sábanas y gemía sin control.

—Soy tuya, mi amor —le dije—. Toda tuya.

—Mamá, ya no aguanto —jadeó.

—Dámelo, dámelo todo.

Me dejé caer del todo sobre el colchón y él se vino encima de mí, hundiéndose hasta el final con un último empujón. Sentí su peso, su respiración agitada contra mi oreja, y supe que estaba terminando dentro de mí. Estrujé la sábana, deshecha, gozando cada segundo.

Se quedó quieto un momento, vencido, antes de dejarse caer a un lado. Nos quedamos así, recostados, recuperándonos, con las piernas todavía enredadas.

***

Más tarde, ya más calmados, él fue por unas bebidas frías mientras yo encendía un cigarrillo. Me dejé caer en el sillón con las piernas abiertas y noté cómo me miraba.

—¿Te gusta lo que ves? —pregunté.

—Mucho.

—Ven, quítame las medias.

Mauricio se arrodilló y, despacio, me sacó primero los tacones y después las medias, una y luego la otra, besándome los tobillos. Tomó uno de mis pies y se llevó los dedos a la boca, lamiéndolos sin dejar de mirarme. Sentir su lengua ahí, su saliva tibia, me erizó la piel de nuevo. Hizo lo mismo con el otro pie, sin prisa, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo.

Yo misma me quité el body y se lo arrojé, riéndome.

—Ponme los tacones otra vez, por favor.

Me los puso. Quedé desnuda salvo por ellos, y entre los dos compartimos otro rato de juego, de caricias lentas, de esa complicidad que solo nosotros entendemos. Cuando por fin nos vestimos, ya había caído la tarde.

Mauricio me llevó de vuelta cerca de casa, como siempre, y nos despedimos con un beso largo dentro del auto, sabiendo que en cuanto cada uno cruzara su puerta volveríamos a ser lo que el mundo cree que somos. Hasta la próxima escapada.

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Comentarios (5)

Tomas_78

Que relato tan cargado de tension!!! me tuvo pegado de principio a fin

FernandoRVL

Por favor seguilo, quede con muchas ganas de saber como termina todo. Muy buen comienzo

AmazonasNocturna

Me gusto mucho el manejo de las emociones, se siente muy real sin ser burdo. Seguí asi

NocheK

excelente!!!

MarceloNoche

Ese comienzo con la espera me atrapo de entrada. Se nota que sabes escribir, no es facil transmitir esa tension sin pasarte. Espero mas relatos tuyos

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