Mi hijo volvió a casa y dictó sus propias normas
Remedios recogió los platos de la cena mientras los dos hombres se acomodaban en el salón. Honorio, su marido, ocupó el sillón pegado al televisor, con la vista clavada en la pantalla, como cada noche desde hacía meses. En el sofá, algo más atrás, se sentó Mauricio.
Su hijo encendió un puro y se sirvió el whisky que solía tomar después de comer. La cena había sido copiosa y se desabrochó el cinturón y el primer botón del pantalón para estar más cómodo. Apenas miraba el concurso absurdo que entretenía a su padre.
Remedios se acercó y se sentó a su lado. Llevaba un vestido corto de tirantes y, debajo, solo unas medias de rejilla. No usaba sujetador desde que su hijo había impuesto las nuevas normas de la casa, y los pezones se le marcaban en la tela fina. Un poco de maquillaje, unas gotas de perfume.
—¿Quieres que te la chupe, hijo? —preguntó en voz baja.
—¿A ti qué te parece? —respondió él, y terminó de bajarse la bragueta para sacar la polla, que saltó dura frente a la cara de su madre.
Ella se arrodilló sobre el sofá y se la metió entera en la boca. Soltaba hilos de saliva que caían sobre la tapicería, entre arcadas y gruñidos. Bajó una mano hasta su sexo para masturbarse mientras el brazo largo de Mauricio le subía el vestido y le palmeaba el culo antes de empujar un dedo dentro del ano entreabierto.
A dos metros, Honorio afinaba el oído para filtrar todo aquel ruido húmedo y concentrarse en las risas del presentador. Cuando los gemidos de Mauricio se sobrepusieron al volumen del televisor, se vio obligado a subirlo. Bajó la cabeza, se pasó la mano por el pelo y siguió mirando la pantalla sin atreverse a girarse.
Mauricio se corrió en la boca de su madre con el dedo hundido hasta el fondo. Ella temblaba a la vez, terminando su propio orgasmo. Después le limpió la polla con la lengua, le abrochó de nuevo el pantalón y apoyó la cabeza en su hombro mientras él saboreaba lo que quedaba del whisky.
—Me voy a la cama —dijo él al levantarse, en voz alta, para que lo oyera su padre—. No tardes, que te espero.
—Descuida, hijo —contestó ella con una sonrisa.
Un cuarto de hora más tarde, después de limpiar las manchas del sofá, Remedios se despidió de Honorio. Él, incapaz de mirarla a la cara, seguía con los ojos fijos en la pantalla. Todavía no era capaz de asimilar lo que estaba pasando ni cómo habían cambiado las cosas en aquella casa.
***
Porque algo extraño se había impuesto allí. El papel de cabeza de familia se había invertido y ahora, tras la debacle económica que había sacudido el hogar, era el hijo recién llegado quien tomaba las riendas y asumía el mando.
No era que Honorio hubiese muerto o quedado impedido. Era, simplemente, que por su incompetencia y por sus intentos de hacerse rico con atajos absurdos había perdido los ahorros de toda una vida. Inversiones disparatadas, criptomonedas de corcho, castillos en el aire.
Cuando le confesó a Remedios que estaban arruinados, que había hipotecado la casa para tapar las deudas y evitar la cárcel, a ella casi le da un infarto. Lo contempló lloriquear en la cocina, con los codos en la mesa, y no sintió lástima. Sintió una rabia contenida y un desprecio profundo.
A sus cincuenta y dos años, Remedios se vio obligada a imaginarse trabajando otra vez, fregando escaleras o limpiando oficinas, como cuando conoció al ingenuo de Honorio y lo engatusó para casarse con ella. De paso, lo cargó con el crío que ya llevaba dentro, fruto de un revolcón furtivo con el jefe de él.
Esa información jamás llegó al marido. Siempre creyó que Mauricio había sido sietemesino, como le contaron ella y el ginecólogo sobornado, aunque los tres kilos y medio del bebé dejaban claro que el embarazo venía de mucho antes de la boda precipitada.
Durante treinta años, Remedios se había dedicado a sí misma. Criar a Mauricio entre algodones, internarlo en los mejores colegios, y después una vida social intensa, gimnasio, dietas y cirujanos cuando su belleza empezó a flaquear. Aquel tipazo era la envidia de sus amigas y todavía hacía girar la cabeza a los albañiles de las obras.
Por eso, aunque le repugnaba pedir favores a un hijo con el que apenas tenía relación, decidió ignorar a su marido —reacio a confesar el fracaso— y llamarlo para ponerlo al día del desastre.
***
Mauricio escuchó al teléfono el discurso plañidero de su madre con frialdad. Era domingo por la tarde y estaba en el sofá de su apartamento de soltero con la mujer de un empleado, a la que había citado para celebrar el ascenso que acababa de concederle al marido de ella.
Mientras Remedios lloriqueaba y echaba mierda sobre la incompetencia de su padre, la esposa agradecida del recién ascendido le hacía una mamada de campeonato. A Mauricio le gustaban así, maduras y entradas en carnes. Con el teléfono en manos libres sobre el reposabrazos, le guiaba la cabeza y le tanteaba el ano con un dedo. Parte del trato era estrenar aquel culo, y la mujer se había preparado bien.
Dejó hablar a su madre hasta que tuvo la polla a punto. Entonces se despidió, pero le dejó un resquicio de esperanza.
—Escucha, mamá. Van a abrir una oficina de la empresa a dos calles de casa. He pedido el traslado. Si nada se tuerce, a principios de mes me pongo a dirigirla.
—¿De verdad? —preguntó ella, temblorosa.
—Claro. Y si os parece, me instalo con vosotros y os ayudo con los gastos.
—¡Ay, hijo, nos salvas la vida! Gracias, gracias…
—Sí, mamá. Solo que me lavaréis la ropa, comeré ahí cada día, y un par de cosas más, ¿no?
—Por supuesto, es tu casa.
No aclaró a qué se refería con ese par de cosas más, aunque en su cabeza lo tenía clarísimo. No pensaba gastar un duro en buscar mujeres dispuestas a ser sometidas teniendo a su madre bajo el mismo techo. Ya se lo explicaría cuando se instalara.
Colgó, indicó a la mujer que se pusiera a cuatro patas y cobró el ascenso del marido estrenándole el culo. Ella lo pasó mal solo un rato; después disfrutó como una campeona y prometió un segundo plazo. Desvirgar el ano de maduras entradas en carnes era una de sus especialidades favoritas.
***
Una semana más tarde, Mauricio llegó al hogar familiar con dos maletas, dispuesto a quedarse. El recibimiento no pudo ser más entusiasta. Remedios, que ya se imaginaba con las rodillas peladas de fregar suelos, estaba feliz. Se había arreglado: bata veraniega de flores con grandes botones, escote amplio que dejaba ver el canalillo de unas tetas blancas, blandas, con algún lunar atractivo.
Al verla, a Mauricio se le fue la imaginación a una escena en la que su polla resbalaba entre aquellos pechos. Su madre se había teñido la melena de rubio con mechas grises, había ido a la peluquería. Estaba guapa, y animada ante la solución que él representaba.
Tan contenta estaba que le dio un abrazo poco habitual en ella. Mauricio se arrimó bien y aprovechó para manosearle el culo, blando bajo unas bragas enormes y cómodas, de las que llevan las mujeres de su edad. Una costumbre que pensaba cambiar pronto con su decálogo de normas.
Le olió el cuello sin disimulo y le plantó un beso húmedo bajo la oreja, con una intención que de filial no tenía nada. Si ella no se dio cuenta de qué iba aquel repaso con la lengua, es que andaba muy perdida en estas cosas. Pero, según le contaría después, sí lo notó, aunque prefirió atribuirlo a la emoción del reencuentro. El que no se justifica es porque no quiere.
Honorio, avergonzado de su fracaso, permanecía con una sonrisa tímida y la cabeza gacha, incapaz de hilar una frase. Vio el manoseo y no dijo nada. Supongo que creyó que era casual. Qué inocente.
***
Sentado a la mesa del salón, con una cerveza y unas tapas que le había servido su madre, Mauricio no tardó ni diez minutos en dejar claras unas cuantas cosas. Había venido para ayudarlos, pero a cambio quería sinceridad, compromiso y que ambos asumieran que ahora él era el dueño y señor de la casa. Los dos asintieron sin entender muy bien adónde quería llegar.
—Me instalo en la habitación grande. En la de matrimonio.
—Pero, hijo, la otra solo tiene una cama individual —intervino Honorio con timidez—. ¿No sería más fácil que te quedases en tu antiguo cuarto?
—No, papá. Tú te irás a mi antiguo cuarto, la cama te basta. Y mamá puede dormir conmigo en la grande. Así estamos todos contentos, ¿no?
Mientras hablaba, deslizó la mano bajo la mesa hasta el muslo de su madre. La bata fina se le había subido a media pierna. Honorio no podía verlo, pero por el gesto contrariado de su mujer y el movimiento del brazo de su hijo intuyó lo que pasaba. No se atrevió a decir nada.
—Pero, hijo, no sé yo… —titubeó Remedios, roja como un tomate.
—Mamá, esto es una norma de obligado cumplimiento. Es eso o me marcho y os quedáis con la deuda. Además, siempre te has quejado de los ronquidos del viejo. Él ronca a gusto y nosotros dormimos como lirones. Hay confianza, somos familia.
Mientras soltaba aquella chorrada, le subía la mano hasta el borde de las bragas, dando a entender que de dormir como lirones, nada. Se giró hacia el padre.
—¿Tengo o no tengo razón, papá?
El pobre hombre, desconcertado, respondió con un «sí» que apenas escapó de su garganta.
—¿Cómo? ¡Habla más alto, que no se te oye!
—Sí, hijo. Lo que tú digas. Si tu madre está de acuerdo… —la mirada suplicante a Remedios era su última carta.
Pero ella soportaba ya la mano que hurgaba cerca de su sexo empapado, que desde luego no era indiferente a la incursión. Aturdida y excitada a la vez, balbuceó:
—Yo… si a Raimundo… digo, si a ti te parece la mejor idea… me parece bien… ¡ay!
El gritito lo provocó el dedo de su hijo entrando en ella. Estaba ardiendo. Se habría corrido de haber insistido un poco más, pero Mauricio prefirió dejarla caliente, sacó la mano y se olió el dedo con descaro, lo que hizo enrojecer a ambos por motivos distintos.
—Bueno, aclarado. Ven, mamá, saca la ropa de papá del armario para la habitación pequeña. Tú sigue viendo la tele, papá, no hace falta que vengas.
Remedios se levantó como impulsada por un muelle, y la bata tardó un instante en caer, lo justo para que Honorio viera la mancha de humedad en sus bragas. Fue un visto y no visto, pero le bastó para no querer acercarse a ayudar.
***
No había pasado media hora cuando los gemidos del dormitorio se sobrepusieron a la televisión. Honorio, sabiendo lo que ocurría, subió el volumen casi al máximo.
Dentro, Mauricio le dio dos palmadas fuertes en el culo a su madre antes de ponerla de frente.
—Bueno, vamos a ponernos serios, ¿no?
Agarró la bata y la abrió de golpe, reventando los botones, hasta dejarla en ropa interior. La carne blanca temblaba por la respiración agitada. Le acarició la cara, le levantó la barbilla y la besó: un morreo intenso mientras le quitaba el sujetador y le liberaba las tetas grandes y caídas. Ella respondió con la lengua, ya no solo por miedo, sino por puras ganas.
—Besas bien —dijo él, sorprendido, mientras le bajaba las bragas enormes hasta la alfombra.
—¿Cuánto hace que no te comes una buena polla?
—¿Qué…? —balbuceó ella.
—¿Estás sorda? Que desde cuándo no haces una buena mamada. —La cogió del pelo para mirarla a los ojos.
—Muchos años… Desde antes de casarme —confesó, colorada.
—Vaya. Dicen que es como montar en bici, que no se olvida.
La empujó sobre la cama y se bajó el pantalón. La polla quedó frente a su cara y ella, boquiabierta, percibió el olor intenso de su hijo.
—Pero… soy tu madre. No debería…
Un tirón de pelo fue toda la respuesta. Al instante tenía la mandíbula forzada por aquel cilindro de carne, el más grueso que había probado, aguantando las arcadas como podía.
Resultó que tenía razón. Remedios recuperó pronto los viejos conocimientos que dormían en su memoria desde hacía treinta años, de su época casquivana, cuando era una entusiasta que disfrutaba y no cobraba. Al sentir de nuevo la boca llena, le asaltó una punzada de nostalgia y recordó lo feliz que era reconociendo los espasmos previos a la corrida.
—Joder, mamá, esto es increíble. El viejo debería estar contento de haberte tenido en exclusiva tantos años.
Ella estaba demasiado concentrada para explicarle que a Honorio jamás le había hecho nada parecido. En su matrimonio el sexo siempre fue secundario, casi inexistente. Quizá disfrutó tanto antes de casarse que le bastaba con los recuerdos.
Mauricio se corrió en su garganta. Creyó que ella se retiraría, pero abrió la boca para mostrarle la carga, como solo las mejores saben hacer.
—Eres mejor que muchas profesionales, ¿lo sabías?
—Gracias, hijo… —sonrió ella, modesta.
—Te has ganado un buen repaso. Túmbate.
Hundió la cara entre las piernas de su madre. El olor de aquel sexo de mujer madura le devolvió la erección enseguida mientras le comía el coño y le metía un dedo en el culo. Remedios encadenaba un orgasmo tras otro, consciente al fin de lo que le esperaba con un hombre así bajo el mismo techo.
Los gritos, cada vez más fuertes, hicieron levantarse a Honorio, preocupado. Debió pensar que su hijo la maltrataba. Cuando se asomó por la rendija de la puerta y la vio tumbada, apretando la cabeza de Mauricio contra ella, se sintió estúpido, humillado y, sobre todo, cornudo. No aguantó mucho ahí. Antes de volver al salón alcanzó a ver la enorme polla erecta de su hijo, una serpiente monstruosa comparada con la suya. La genética había dado un salto. Bueno, su supuesto hijo.
De vuelta a la triste programación, Honorio se perdió el polvo final con que Mauricio penetró el coño materno entre insultos. Esta vez subió la tele a tope, porque los «¡toma, toma!» se le clavaban como dagas.
***
Cuando la pareja salió por fin, ambos sonriendo de oreja a oreja, había pasado apenas una hora, aunque a Honorio le pareció una eternidad. Lo suficiente para que su hijo se corriera dos veces y su mujer una infinidad. Demasiados años sin orgasmos como para no recuperarlos.
Remedios llevaba solo la bata, atada con un cordón porque los botones ya no existían. Las tetas asomaban casi enteras y, por abajo, se le veían los muslos y el sexo todavía con restos de semen. Mauricio, recién cambiado, la llevaba de la cintura y le soltó una palmada sonora que la mandó al baño entre risitas tontas.
—¿Vas a salir? —preguntó ella al volver, tras un morreo.
—Doy una vuelta. Así organizas los armarios y arreglas la habitación.
—De acuerdo. Honorio, llevo tus cosas al cuarto pequeño, ¿vale?
—Va… vale —musitó él, con los ojos en la pantalla, sin atreverse a girarse.
Hizo bien. Mientras hablaba, su mujer tenía la mano de Mauricio masajeándole el culo y un dedo entrándole en el ano como Pedro por su casa.
—Esto es un adelanto de lo de esta noche —le dijo él, acercándole el dedo a la boca.
—Genial —respondió ella, chupándolo a fondo.
Aquella noche, cuando Mauricio le clavó la polla en el culo, descubrió que también ese agujero había tenido visitantes. Algo desentrenada, ella encajó con entusiasmo los veinte centímetros de su nuevo amante, sin preocuparse de que los alaridos llegaran al cuarto de al lado, donde Honorio lo oía todo: los crujidos de la cama vieja, los gemidos, los insultos.
Entre lágrimas, incapaz de revertir nada, el pobre marido trató de entender qué había pasado. Y lo más sorprendente es que, en lugar de culpar a su hijo cínico o a su esposa depravada, se culpó a sí mismo por la ruina que había llevado a Mauricio a tomar posesión de todos sus bienes. Con su mujer incluida en el lote.