El secreto prohibido que guardé con mi familia
La semana que viene cumplo los dieciocho, y no se me ocurre mejor manera de celebrarlo que contando, por una vez, lo que de verdad me pasa por dentro. Me llamo Carla, vivo con mis padres y con mi hermano Diego, que es algo menor que yo. Descubrí lo que era el deseo hace cosa de un año, y desde entonces no he sabido pensar en otra cosa.
Todo empezó una noche, sin que yo lo buscara. Me había despertado con sed y me levanté a oscuras hacia la cocina. Al pasar por delante de la habitación de mis padres, vi que la puerta estaba entornada. Supongo que pensaron que ya dormíamos y no la cerraron del todo.
Me quedé quieta, sin hacer ruido, mirando por la rendija. Y lo que vi me dejó sin aire.
Estaban haciendo el amor. Veía la espalda de mi madre, el cuerpo de mi padre moviéndose contra ella, el brillo del sudor en su piel a la luz de la lamparita. Me estaba meando de verdad, pero pudo más la curiosidad que cualquier otra cosa. No fui capaz de moverme.
Volví a mi cama temblando y me toqué como nunca lo había hecho. No me quitaba de la cabeza la imagen de mi padre, su cuerpo grande, robusto, la forma en que se movía. Roberto siempre había sido un hombre guapo, de esos que llaman la atención sin proponérselo. Y desde aquella noche, no había nada más en mi mente.
***
Durante semanas intenté coincidir con él. Buscaba excusas para cruzármelo en el pasillo, salía del baño con la toalla más corta de lo necesario, me paseaba por casa con lo mínimo. Quería que me mirara como había mirado a mi madre aquella noche. Pero mi padre no entraba al trapo. Ni una mirada de más, ni un gesto. Me sentía frustrada y, a la vez, cada negativa me encendía un poco más.
Empecé a buscar historias en internet. Encontré una página de relatos donde la gente contaba sus fantasías más prohibidas, sin tabúes, y me pasaba las noches leyendo. Cuanto más leía, menos me bastaba con imaginar.
Lo que no había previsto era que mi cuerpo, que tanto enseñaba para captar la atención de mi padre, estaba surtiendo efecto en otra persona. Tengo buenas curvas y unos pechos que se notan, y de tanto pasearme por casa descubrí que era Diego, mi hermano, el que no podía disimular cuando me veía.
—Oye, niño, ¿qué te pasa? —le solté un día, medio en broma—. Te quedas embobado cada vez que me miras.
Lo estaba provocando a propósito. Me encanta sentirme deseada.
—¿Y qué quieres que haga, hermanita? —respondió él, sin apartar los ojos—. Si te paseas casi desnuda por toda la casa.
—¿Así que te gusta lo que ves?
—Me gusta más mamá —dijo, y se rió—, pero tú también te estás poniendo muy buena.
—Mira que eres descarado. Seguro que ni siquiera has estado con nadie todavía.
—Pues enséñame tú, que seguro que eres toda una experta —contestó, riéndose otra vez.
Sus palabras me excitaron más de lo que estaba dispuesta a admitir. Si no hubiera habido nadie en casa, creo que aquella misma tarde habría hecho una locura.
Te estás volviendo loca, pensé. Esto no está bien. Pero aquel día fue el detonante. Algo hizo clic en mi cabeza. ¿Por qué no? Diego lo deseaba tanto como yo, y al fin y al cabo era una manera de saciar lo que llevaba meses ardiéndome por dentro.
***
La ocasión llegó pronto. Una mañana mis padres salieron temprano a correr y supe que tenía al menos dos horas. Eran las nueve cuando me deslicé hasta la habitación de mi hermano.
Me acerqué a su cama y aparté la sábana con cuidado. Dormía plácidamente, de espaldas, y noté el bulto bajo el pantalón del pijama. No me corté. Se lo bajé despacio y empecé a recorrerlo con la boca como si me fuera la vida en ello.
Diego se despertó con un gemido largo.
—Joder, Carla... —dijo medio dormido, agarrándose a las sábanas—. No pares, sigue, por favor.
—Tranquilo —murmuré sin soltarlo—. Vas a darme lo tuyo, y después tú vas a ocuparte de mí.
Su cuerpo se arqueaba con cada movimiento. Bajé un poco más, le acaricié con la lengua, le humedecí un dedo y jugué con él hasta que lo sentí temblar entero.
—No aguanto... —jadeó—. Carla, no aguanto...
Noté cómo se tensaba, cómo todo en él se acercaba al límite. Me coloqué de manera que pudiéramos alcanzarnos los dos a la vez, en un sesenta y nueve torpe y primerizo, y con apenas el roce de su lengua entre mis piernas supe que iba a estallar. Lo hicimos casi al mismo tiempo, los dos ahogando los gritos contra el cuerpo del otro.
No quedó ni rastro. Me aseguré de ello, y de que él siguiera firme, tenso, listo para más.
—Métela —le pedí, tumbándome y tirando de su cuerpo sobre el mío.
Entró sin esfuerzo, despacio. Enseguida sentí los primeros calambres del placer subiendo por todo el cuerpo. Tuve un orgasmo, y otro, y otro más, sin pausa, y me oí a mí misma jadeando como nunca. Besé su boca, busqué su lengua con la mía, y él, todavía excitado, terminó dentro de mí con un temblor que nos sacudió a los dos.
—Vamos a la ducha —le dije después, riéndome.
Nos enjabonamos el uno al otro bajo el agua caliente. Me derretía de placer y se lo hice saber.
—Lo haces muy bien, Diego. Si quieres, podemos repetir cada día. Me encanta tu cuerpo, hermanito.
—Menudo regalo de cumpleaños —dijo él, abrazándome por la espalda—. Aunque creo que me lo has hecho tú a mí.
Nos reímos los dos, todavía con el agua corriéndonos por la piel.
***
A partir de aquel día nos buscábamos en cada rincón de la casa. Y lo que tenía que pasar, pasó.
—Pero ¿qué estáis haciendo? —La voz de mi madre nos cortó como un cuchillo.
Nos había sorprendido en el sofá, medio desnudos. Diego salió corriendo y me dejó sola con ella. Mi madre me agarró del brazo y me arrastró hasta el comedor.
—¡Roberto! —gritó—. Mira lo que hace tu hija. Estaba besándose y manoseándose con Diego.
—A ver, Carla —dijo mi padre, despacio—. ¿En qué estabas pensando?
—Lo sé, papá —respondí entre lágrimas—. No tengo remedio. Desde que una noche os vi a mamá y a ti haciendo el amor, mi cuerpo no ha dejado de sentir cosas. No he sabido contenerme.
Mi madre me soltó una bofetada y rompí a llorar de verdad. Estaba en ropa interior, con los pechos casi al aire, y me sentí pequeña y sucia.
—No le pegues, Marta, por Dios —intervino mi padre.
Me abrazó. Y al hacerlo, aplastó mis pechos contra su cuerpo, con una intención que no se me escapó ni en aquel momento. Seguí llorando, avergonzada, pero rodeada por fin del cuerpo con el que llevaba meses soñando.
Cuando me calmé un poco, mi madre me mandó vestirme y llamó a Diego. Los cuatro nos sentamos en el sofá y tuvimos que aguantar una reprimenda larguísima. Mi hermano no lo soportó y los dos terminamos llorando mientras la escuchábamos.
Más tranquilo, mi padre se removió en su sitio y soltó una pregunta que no esperaba.
—¿Hasta dónde habéis llegado? Imagino que no habréis...
Y entonces lo noté. En sus ojos había algo más que enfado. Mis padres todavía llevaban la ropa de deporte, sudados los dos. A mi padre se le marcaba un bulto que no era de enfado, y a mi madre se le notaban los pezones a través de la camiseta.
—Yo quería experimentar —confesé—. La culpa es solo mía. Diego no hizo nada que yo no buscara primero.
Me miraron sin saber qué decir. Y yo, que en el fondo sabía quién mandaba en aquella casa, me acerqué a mi madre y la abracé con fuerza, agarrándome a ella como una niña que pide perdón. Ella intentó separarme, pero yo no la solté.
—A ver, chicos —dijo al fin, con la voz distinta—. En parte es culpa nuestra, por no haber visto lo que pasaba. Hablaré con vuestro padre y decidiremos qué hacemos. Ahora id a vuestro cuarto.
***
Diego y yo nos encerramos con la cabeza gacha. Oí a mis padres meterse en la ducha juntos y quedarse allí un buen rato, cuchicheando. No perdí la esperanza de que aquello acabara de otra manera.
Nos llamaron para cenar y su actitud me desconcertó. Hablaban como si no hubiera pasado nada. Diego callaba y yo apenas probaba bocado.
—Mirad —dijo mi madre al terminar—, sois hermanos. Lo peor que os podría pasar es quedaros traumatizados por esto. Vuestro padre y yo lo hemos hablado, y estamos de acuerdo en una cosa: si va a pasar, que pase bien. Vamos a enseñaros a disfrutar de vuestro cuerpo. Pero esto no sale de aquí. ¿Entendido?
—¿Entonces... no estáis enfadados? —pregunté, casi sin creérmelo.
—No, hija —respondió ella, acercándose. Y me besó. En la boca, directamente, sin prisa.
La complací abriendo los labios y buscando su lengua con la mía. Nunca había pensado que pudiera excitarme con una mujer, y mucho menos con mi madre, pero me gustó más de lo que jamás habría imaginado.
—Mamá, yo no sabía... —empezó Diego, con la voz rota.
Mi madre se acercó a él e hizo lo mismo. Lo besó con ternura, buscó su boca igual que había buscado la mía. Yo, mientras tanto, me senté en el regazo de mi padre y fui directa a por lo que llevaba un año deseando.
—Eres igual de descarada que tu madre —murmuró él contra mi oído—. Vas a saber lo que es de verdad, hija.
Restregué mi cuerpo contra el suyo, sintiendo cómo se endurecía bajo la tela. De reojo veía a mi madre ya entregada a mi hermano, guiándolo. Era mi fantasía hecha realidad. Bajé despacio, liberé por fin aquello con lo que tantas noches había soñado y lo recibí con devoción.
Mi padre arqueaba la espalda, llenaba el silencio con su respiración entrecortada. Después me abrió las piernas, llevó su boca entre ellas y un escalofrío me recorrió de arriba abajo.
—Sí, papá, sí... —jadeé, y tuve un orgasmo casi inmediato.
Cuando por fin entró en mí, sentí un tirón breve y agudo. No me importó lo más mínimo, no me quejé. Fue avanzando despacio, y a partir de ahí ya no hubo pausa: un orgasmo detrás de otro, su cuerpo resoplando como el de un animal hasta que se vació entero dentro de mí.
Ese fue mi regalo de cumpleaños. El mejor que podía recibir.
***
Desde aquella noche, el sexo se convirtió en nuestra forma de vivir, siempre entre las cuatro paredes de casa. Volví a sentir a Diego muchas veces, y me gustaba tanto como mi padre. Era distinto, más torpe, más tierno, y había días en que prefería dormir abrazada a él. Mi madre resultó ser una maestra, para mi hermano y también para mí, porque descubrí que el placer con ella tampoco tenía nada que envidiar.
No quiero alargar más el relato. Al final mi deseo se cumplió, mucho más allá de lo que jamás me atreví a imaginar. Y este secreto, el más prohibido de todos, sigue siendo solo nuestro.