Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Treinta y dos grados a la sombra de mi madrastra

Mateo llegó un jueves con una maleta enorme, una mochila al hombro y la cara que pone alguien de veinte años al que han trasladado de país por una decisión que no tomó él. El vuelo había sido largo, la ciudad le resultaba ajena, y su padre lo recibió en el aeropuerto con el mismo abrazo breve e incómodo con que se saluda a un conocido lejano, no a un hijo al que no se ve hace años.

En el carro, de camino a casa, Ricardo hizo preguntas sobre el vuelo, sobre la madre de Mateo y sobre si había comido algo. Preguntas correctas y espaciadas que Mateo respondió con la misma corrección, y los dos miraron por la ventanilla con ese alivio callado de quien ya cumplió con la parte social de algo difícil.

El apartamento era amplio y estaba bien ubicado, en uno de los edificios buenos de la ciudad, piso catorce con portería de veinticuatro horas y un ascensor que no hacía ruido. No era una mansión ni pretendía serlo, pero tenía esa solidez concreta de los espacios habitados por alguien que gana bien y sabe gastarlo: sala con cine en casa, cocina equipada, el cuarto del pequeño Tomás decorado con un criterio que claramente no había sido el de su padre.

Ricardo le mostró todo con la eficiencia de un agente inmobiliario: la sala, la cocina, el estudio donde no debía entrar sin avisar, el cuarto de su hermanito y, al final, casi como un dato administrativo, el cuarto de huéspedes que sería el suyo. Vista a la ciudad, baño privado, muebles neutros. Funcional y sin personalidad, como corresponde a un cuarto de huéspedes. Mateo dejó la maleta en el suelo y no dijo nada, pero esa palabra, huéspedes, se le quedó instalada en algún sitio que prefirió no revisar de inmediato.

—El desayuno es a las siete y media —dijo Ricardo—. Yo salgo a las ocho. Tengo reunión.

Siempre tenía una reunión.

Fue entonces cuando apareció Marcela.

Mateo la escuchó antes de verla: unos pasos ligeros en el pasillo y una voz llamando a Tomás con esa mezcla justa de autoridad y ternura que tienen las madres jóvenes. Cuando dobló la esquina con el niño en la cadera, Mateo entendió de golpe varias cosas que antes solo había intuido. Por qué su padre se había casado con ella. Por qué en las fotos de eventos de empresa que había encontrado por internet los socios de Ricardo lo miraban con esa mezcla particular de envidia y respeto. Y por qué el mundo repartía sus dones con una injusticia que a veces costaba aceptar con elegancia.

Marcela tenía treinta años y el tipo de belleza que no necesita presentación ni esfuerzo. Alta, con un pelo negro largo y liso que enmarcaba un rostro de facciones limpias y una piel que parecía no haber conocido nunca el descuido. Los ojos color miel, demasiado claros para una cara así, del tipo que uno vuelve a buscar para confirmar que son de verdad. Y el cuerpo, que ni la ropa de andar por casa ni el niño en la cadera lograban disimular: los pechos generosos y firmes bajo una blusa de algodón fino, las caderas que se imponían con la misma naturalidad con que sale el sol, las piernas largas terminando en unas sandalias sencillas. Una mujer hecha y derecha desde joven, de esas que no mejoran con los años porque nunca tuvieron por dónde mejorar.

—Bienvenido —dijo, y le tendió la mano libre con una sonrisa que era sincera sin ser calculada—. Esta es tu casa.

Mateo le estrechó la mano, sintió el calor de sus dedos y dijo que muchas gracias con una compostura que le costó más de lo que habría querido admitir. Después miró al niño. Tomás tenía dos años recién cumplidos, el pelo negro de su madre y unos ojos grandes y oscuros que lo evaluaban con la seriedad sin filtro de los muy pequeños ante un desconocido. Mateo le hizo una mueca. Tomás lo miró un segundo más y escondió la cara en el cuello de Marcela.

—Ya agarrará confianza —dijo ella, riéndose.

Vaya con el viejo, pensó Mateo al verla por primera vez. Y enseguida se sintió un poco miserable por haberlo pensado.

***

Ricardo había conocido a Marcela tres años atrás en su propia empresa, una importadora de electrodomésticos donde él era director general y ella había entrado al área de ventas con un título universitario, buenas referencias y esa combinación de inteligencia y presencia que reordena sin querer la postura de la gente cuando entra a una sala.

Ricardo, que llevaba años consiguiendo lo que quería con la misma metodología con que dirigía sus negocios, le había empezado a coquetear con detalles caros y una atención medida, la proyección de una solidez que en ese momento todavía no era del todo falsa.

Marcela, por su parte, había llegado a los veintiocho con un historial sentimental que era básicamente la misma decepción en distintos envoltorios. Hombres guapos, encantadores, de su edad, que sin excepción acababan siendo alguna variante de lo mismo: vividores, irresponsables, incapaces de comprometerse con algo que no fuera su propio ombligo. Había amado con intensidad y la habían defraudado con la misma intensidad, y en algún punto entre el último novio y la llegada de Ricardo tomó una decisión que no dijo en voz alta pero que su conducta dejó clara. Ya había probado con los inmaduros de su generación. Quizás hacía falta un cambio de perspectiva.

Ricardo no era el hombre de sus sueños, y ella lo sabía desde el principio con esa honestidad consigo misma que era uno de sus rasgos más firmes. Tenía cincuenta y cinco años cuando empezaron a salir, una energía que ya no era la de un hombre joven y una forma de estar en el mundo ordenada pero no precisamente cálida. Y sin embargo tenía cosas que sus novios anteriores, con toda su belleza, jamás habían tenido: aparecía cuando decía que iba a aparecer, resolvía problemas sin drama, hacía que una mujer se sintiera protegida de un modo que ella no sabía que echaba de menos hasta que lo tuvo.

Cuando, al cabo de un año, Ricardo le propuso matrimonio con un anillo que costaba lo que ella ganaba en seis meses, Marcela dijo que sí pensando en el futuro. No solo el suyo. El de los hijos que quería, ese hijo que ya imaginaba con una claridad casi física, ese niño que merecía todo lo que ella no había tenido: estabilidad, seguridad, un colegio donde no hubiera que preocuparse por nada.

Lo de Mateo lo sabía desde el principio. Que el hijo del primer matrimonio de Ricardo, que vivía con su madre en un país vecino, terminaría viniendo a estudiar la universidad con ellos. Lejos de inquietarla, le había parecido una buena señal: que Ricardo reconociera esa responsabilidad económica, aunque la afectiva fuera otra cosa, decía algo de él. O eso creyó entonces.

El pequeño Tomás llegó ocho meses después de la boda. Sano, precioso, con las facciones exactas de su madre y una sonrisa que apareció temprano y se quedó para siempre. Ricardo lo miraba con el orgullo genuino de un hombre ante su heredero, y por unas semanas Marcela se permitió pensar que había elegido bien. Que la versión amable y detallista de Ricardo, la que conoció primero, era la verdadera, y la otra, pasajera.

No lo era.

Algo fue cambiando tan despacio que costaba señalar el momento exacto. Como si para Ricardo ella hubiera dejado de ser mujer en el instante en que se volvió madre. Las noches juntos se espaciaron sin explicación. Los detalles desaparecieron. Las llegadas tarde se hicieron costumbre, y los perfumes baratos que llegaban con él, perfumes que desde luego no eran los suyos, le confirmaron lo que prefería no confirmar. Marcela no era ingenua. Era muy inteligente, y esa inteligencia a veces pesaba, porque no la dejaba ignorar lo evidente.

Pero Tomás dormía en un cuarto decorado en el mejor barrio de la ciudad, tenía pediatra privado y una vida que ella había diseñado al milímetro desde antes de que existiera. Y eso, se repetía en las noches en que Ricardo no llegaba o llegaba sin mirarla, valía lo que costaba.

***

Mateo tardó exactamente dos días en entender la dinámica de aquel apartamento.

Su padre era una presencia periférica: llegaba tarde, salía temprano, hablaba de negocios por teléfono durante la cena las pocas veces que aparecía y miraba a Marcela con la misma expresión funcional con que miraba al portero. A Tomás lo quería, eso se notaba, lo cargaba con una ternura que contrastaba por completo con su trato al resto del mundo. Con Mateo era correcto, atento en lo práctico, puntual con el dinero para gastos. Pero había algo en su forma de tratarlo que Mateo no supo nombrar hasta la tercera noche, cuando cayó en la cuenta: su padre lo trataba exactamente como a un huésped. Con la cortesía debida y la distancia justa. Como si fuera alguien de paso que en algún momento recogería su maleta y se marcharía, y la vida real del apartamento seguiría sin él.

Marcela lo notó antes de que Mateo lo dijera. Lo vio en los pequeños gestos de Ricardo: el estudio cerrado con llave aunque Mateo nunca había mostrado el menor interés en entrar, la manera en que repartía las tareas de la casa sin incluirlo, como si su presencia fuera provisional. Una noche, ya con Ricardo dormido, encontró a Mateo en la cocina haciéndose un sándwich con esa discreción de quien no quiere molestar en casa ajena, y algo en esa imagen le dolió de una forma que no esperaba.

Le puso un momento la mano en el hombro.

—Mateo. Esta también es tu casa.

Él la miró. Asintió con una sonrisa más agradecida de lo que la frase pedía. Marcela se fue a dormir pensando en ese gesto y más furiosa con Ricardo de lo que había estado en mucho tiempo.

Con Tomás, en cambio, Mateo era otra cosa. El niño lo había adoptado con la velocidad y la determinación absolutas de los dos años, y Mateo le correspondía con una naturalidad que a Marcela le resultaba enternecedora. Lo cargaba, se tiraba al suelo a jugar con sus cosas con una paciencia que muchos adultos no habrían tenido, le hacía caras hasta arrancarle esa risa de bebé que es imposible no contagiar. A veces los encontraba en la sala, Tomás trepado encima de Mateo como si fuera un mueble disponible, los dos viendo dibujos con la misma concentración, y pensaba que Mateo iba a ser un buen hermano mayor. Ya lo era.

Con ella, Mateo descubrió desde el primer día una facilidad que no esperaba. Los separaban diez años, pero compartían referencias con una soltura que desconcertaba: las mismas series, algo de música, la misma manera de encontrarle gracia a las cosas pequeñas. Marcela tenía el don de hacer que la gente estuviera cómoda sin esfuerzo aparente, y Mateo, que había llegado predispuesto a sentirse fuera de lugar, encontró en ella algo que volvía la situación no solo tolerable, sino genuinamente buena.

Salían juntos casi todos los días. Centros comerciales, visitas a universidades, el cine cuando Tomás lo permitía. Mateo empujaba el coche del niño sin que nadie se lo pidiera, cargaba las bolsas, le sostenía la puerta. No por cálculo, sino porque así lo había criado su madre, con esa educación básica y firme que a veces es lo único que una madre sola puede garantizar. Marcela lo notaba y lo agradecía sin decirlo.

***

Mateo procuraba no mirarla demasiado. Lo intentaba con verdadera determinación y resultados variables. Había momentos en que el esfuerzo era simplemente insuficiente: en el cine, cuando la luz de la pantalla le iluminaba el perfil y ese escote; en el centro comercial, cuando se agachaba a recoger algo de Tomás y la ropa se ajustaba de maneras que él prefería no registrar con tanta precisión. Marcela era la mujer más bella que había visto de cerca en su vida, vivía en la misma casa, hacía el desayuno en pijama y a veces lo miraba con esos ojos claros y sonreía como si no supiera perfectamente el efecto que producía.

No era un chico con malas intenciones. Era, sin más, un chico de veinte años en una situación que ningún chico de veinte años está diseñado para manejar con serenidad. En su país había dejado a Carolina, su primera novia formal, con quien había llegado casi hasta el final sin terminar de llegar. El momento había sido cruel: seis días antes de viajar, Carolina se la había chupado por primera vez, torpe y breve, terminándolo con la mano porque le daba miedo que acabara en su boca. A Mateo, que había construido ciertas expectativas a partir de años de videos donde las cosas funcionaban de un modo bastante distinto, le había parecido un desenlace insatisfactorio, aunque no dijo nada porque tampoco era el momento. También le había chupado los pechos, lo cual había sido notablemente mejor. Esa era toda su experiencia con mujeres reales, y era bastante menos de lo que una situación como aquella exigía para no perder la compostura.

Por las noches, en su cuarto con vista a la ciudad, Mateo procesaba todo eso de la única forma disponible para un chico en su situación: arrancaba pensando en Carolina y terminaba, inevitablemente, en otro lugar, y después se dormía con esa mezcla concreta de alivio y culpa leve que es la firma emocional de los veinte años. El universo, concluía antes de cerrar los ojos, tiene un sentido del humor particularmente cruel.

***

Fue un domingo, en la cena, cuando Ricardo apareció con cara de quien trae un anuncio, no una consulta.

—Compré un apartamento en la costa —dijo, sirviéndose vino sin ofrecer—. A tres horas de aquí. Vista al mar, edificio nuevo, buena zona.

Marcela lo miró.

—¿Cuándo?

—Esta semana. Es una inversión. Y un lugar para los fines de semana, cuando esté listo.

Mateo escuchaba sin opinar. Tomás reclamaba atención desde su silla con la energía renovada de quien acaba de despertar de la siesta.

—Todavía falta instalar cosas —siguió Ricardo—. La cocina, el aire acondicionado, los muebles nuevos. Va a tomar unos días. Quiero que ustedes vayan la próxima semana y se queden mientras se organiza todo. Yo voy los fines de semana; entre semana tengo trabajo.

—¿Cuántos días? —preguntó Marcela.

—Los que hagan falta. Dos semanas, quizás un poco más. Los trabajadores van a estar ahí. Alguien tiene que supervisar.

Lo que no dijo, pero que Marcela entendió perfectamente, era que ese alguien tenía que ser cualquiera menos él. Porque él tenía cosas más importantes. Siempre las tenía.

Mateo no dijo nada. Miró su plato y luego miró a Marcela, que le sostuvo la mirada un segundo con una expresión que decía lo que no podía decir en voz alta: ya lo sé, y lo siento, y no es justo.

***

El apartamento de la costa era, en efecto, hermoso. Vista directa al mar, una pequeña terraza, ventanales de piso a techo que convertían el océano en algo que parecía pintado. Ricardo no escatimaba cuando el gusto era para él, eso era innegable. Tres habitaciones: la principal, con baño en suite y la mejor vista. El cuarto de Tomás, pequeño y aún sin decorar, donde Marcela improvisaría algo con lo que tenía a mano. Y el tercero, el de huéspedes, para Mateo. Otra vez. Siempre el de huéspedes.

Marcela lo notó. Notó que Ricardo no había dudado ni un segundo al asignar los cuartos, que no había considerado ninguna otra opción, que la palabra huésped seguía siendo la que definía el lugar de Mateo en cualquier propiedad de su padre. Esa noche, mientras deshacía maletas, decidió que al menos en aquel apartamento, durante aquellas semanas, Mateo no iba a sentirse así si ella podía evitarlo.

Por lo demás, el lugar era un piso a medio terminar, con una cocina provisional de microondas y nevera pequeña, y un calor húmedo y constante que venía del mar y se colaba por cada ventana con una persistencia democrática e implacable. Treinta y dos grados con una humedad que los hacía sentir como treinta y siete, una temperatura que lo cambiaba todo: el ánimo, la ropa, la distancia que uno mantiene entre el cuerpo propio y el ajeno.

El WiFi no estaba. La televisión por cable, tampoco. El operador había informado, con la ecuanimidad de quien da malas noticias que no son suyas, que en doce días hábiles estarían listas las conexiones para la zona residencial nueva. Doce días en los que el único entretenimiento disponible era el ruido de los trabajadores instalando la cocina, las deliberaciones sobre el color de las paredes del cuarto de Tomás y el mar, que era hermoso pero que después del primer día ya era, sin más, el fondo permanente de todo.

Marcela organizó las habitaciones, fijó rutinas con Tomás, coordinó a los trabajadores con una eficiencia que habría sorprendido a Ricardo de haber estado ahí para verla. Mateo ayudaba donde podía, cargaba a Tomás cuando ella necesitaba las manos libres, bajaba al malecón a buscar hielo o lo que hiciera falta sin que nadie se lo pidiera.

El calor lo cambiaba todo, y a Marcela en particular la cambiaba de maneras que Mateo habría preferido que no cambiara tanto, o más, según la hora del día y según cuánto control tuviera sobre sus propios pensamientos. En la ciudad, Marcela se vestía con la discreción de una mujer casada en un entorno donde las apariencias importan. En la costa, con treinta y dos grados pegados a la piel y ninguna reunión que atender, se vestía con la lógica simple de la supervivencia: shorts que terminaban bastante más arriba de donde a Mateo le habría convenido, blusas de tirantes finos que hacían cosas con ese escote que él intentaba no registrar demasiado seguido y con resultados que empeoraban con los días. Cuando Tomás dormía la siesta y los obreros paraban, ella se tumbaba en la terraza con vista al mar en lo mínimo necesario para no estar técnicamente en bikini, y Mateo encontraba razones para estar en la sala, que tenía ventana a la terraza, con una frecuencia que él mismo reconocía como poco casual y que, sin embargo, no lograba modificar.

Adiós a los centros comerciales, las universidades y los cines. Los días eran escuchar taladros, discutir acabados y salir los tres al malecón a buscar dónde almorzar y dónde cenar, con Tomás en el coche y la tarjeta de Ricardo con un límite diario que alcanzaba pero no sobraba. Las noches, cuando el niño dormía, eran los dos solos en el apartamento a medio terminar, con un mazo de cartas de UNO como única forma de entretenimiento.

***

Mateo ganaba siempre. Con una regularidad que Marcela encontraba entre irritante y divertida, acumulaba victorias sin celebrar de más ni restregar nada. Se había ganado dos semanas sin lavar su propia ropa, que fue la primera apuesta, y había conseguido que ella le prometiera hablar con Ricardo sobre el televisor para su cuarto, el objeto de deseo más inmediato del apartamento de la ciudad y que su padre consideraba innecesario teniendo sala de cine en casa.

La tercera noche, Ricardo llamó a las ocho. Marcela escuchó con la cara de quien recibe exactamente lo que esperaba. Reunión temprano al día siguiente. No alcanzaba a llegar esa noche. Mañana veía si podía pasar, aunque probablemente no. Colgó, miró el teléfono un momento y lo dejó sobre la mesa.

Tomás dormía desde las siete y media. El apartamento estaba quieto y el mar sonaba afuera con esa constancia que después de tres días ya era, sin más, el silencio de aquel lugar. Mateo estaba en el sofá con un libro que había traído en la mochila.

—¿Jugamos? —dijo Marcela.

Mateo levantó el libro.

—Ya te gané todo el día.

—Entonces hagámoslo más interesante —dijo ella. Se sentó frente a él en el suelo, cruzando las piernas, la blusa de tirantes ajustándose con el movimiento. Mateo hizo el esfuerzo de siempre con los ojos—. Los quehaceres de la casa ya están. El televisor ya está. Apostemos otra cosa. Algo que de verdad te interese.

Marcela lo miró esperando, genuinamente curiosa.

Mateo reunió valor. Lo dijo con esa media sonrisa de quien está listo para convertirlo en chiste si la cosa se pone incómoda.

—Ropa. Eso sí me interesaría.

Marcela no se ofendió. No se escandalizó. Lo miró un momento con esos ojos color miel y por su cabeza pasó algo rápido y pragmático: era un chico de veinte años, no un depredador. Llevaban tres días aburridos y tenían otros nueve por delante. Su esposo no llegaba. Tomás dormía. Y ella llevaba meses siendo invisible para el único hombre que debería verla.

Una travesura. Nada más que eso.

—Trato hecho —dijo, y empezó a repartir las cartas.

Ver todos los relatos de Incesto y Amor Filial

Valora este relato

Comentarios (5)

SolMdq

Increible!!! la tension de la escena de las cartas te atrapa desde el principio. Quede sin respiracion.

CarlosdelSur77

Por favor que haya segunda parte, se corto justo cuando mas queria saber como seguia

Vero_Mendoza

Me recordo a una tarde de verano hace años, ese tipo de situaciones donde el calor afloja todo. Muy bien narrado, se siente real.

RodriNocturno

La apuesta fue lo mejor del relato, genial como lo planteaste sin decir demasiado. Esperando mas de estos

NatySV

buenisimo!!! sigue escribiendo por favor

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.