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Relatos Ardientes

La madrugada en que dejé de esconderme

Acababa de cumplir dieciocho años. El reloj de la mesita marcaba las 00:43 cuando el crujido de la madera del pasillo me sacó del duermevela. No me moví. Conocía ese sonido: pasos pesados, irregulares, lastrados por el alcohol.

La cortina de tela que separaba mi rincón del resto de la casa se apartó despacio. Una silueta ancha se recortó contra la penumbra. Damián. El marido de mi madre.

Llevaba meses notando cómo me miraba cuando ella no estaba delante. Una mirada que se quedaba un segundo de más en mis piernas, en la forma en que me movía por la cocina, en los gestos que se me escapaban cuando bajaba la guardia. Yo me había pasado la vida tragándome quién era, escondiéndolo debajo de ropa ancha y de un nombre que nunca sentí mío. Pero él lo había olido desde el primer día.

Y esa noche, la noche de mi cumpleaños, yo había decidido dejar de esconderme. Por eso el conjunto de encaje guardado en el fondo del cajón. Por eso la depilación a escondidas, el rosa en las uñas, el camisón que me había puesto y luego quitado para dormir solo con la lencería. Una parte de mí lo había estado esperando.

Entró sin decir una palabra. Solo respiraba hondo, y ese aliento traía el olor dulzón y áspero del whisky barato que llenaba toda la habitación. Cerré los ojos y fingí dormir, pero el corazón me golpeaba el pecho con tanta fuerza que estaba segura de que lo oía desde la puerta.

Que no se note. Que crea que estoy dormida. Que se vaya. Pero una parte de mí, una parte que llevaba meses creciendo en la oscuridad, no quería que se fuera.

De un tirón seco arrancó la sábana. El aire fresco de la madrugada me recorrió la piel y se me erizó entera. Solo llevaba el conjunto que me había puesto a escondidas para dormir esa noche, mi regalo secreto de cumpleaños: un sostén de encaje negro, diminuto, y una tanga de hilo fino que apenas cubría nada.

—Mírate… —murmuró con la voz ronca, casi un gruñido—. Ya no hay manera de esconderlo, ¿verdad?

Tragué saliva. Cuando hablé, la voz me salió fina, temblorosa, pero dejé que se volviera suave a propósito.

—Es mi cumpleaños…

El colchón se hundió cuando se arrodilló sobre la cama. Sus manos grandes y ásperas me agarraron de los muslos y me los separaron sin pedir permiso, con la naturalidad de quien ya ha decidido.

—¿Y cómo te llamas ahora? —preguntó. Su aliento caliente me bajaba por el cuello—. Dime tu nombre de verdad.

—Valeria… —susurré. La espalda se me arqueó sola, sin que yo se lo pidiera—. Me llamo Valeria.

—Buena chica.

Su boca chocó contra la mía. Fue un beso torpe, invasivo, con la lengua impregnada de licor. Quise resistirme un segundo, fingir un pudor que ya no sentía, pero mi cuerpo sabía exactamente qué hacer. Abrí los labios, lo dejé entrar, y mi lengua empezó a enredarse con la suya, tímida primero, después cada vez más ansiosa.

Llevaba tanto tiempo imaginando esto. Demasiado.

Una de sus manos se cerró sobre mi pelo y tiró hacia atrás, dejándome el cuello expuesto. La otra bajó directa, sin rodeos, entre mis nalgas. Con un dedo apartó la tanga hacia un lado y presionó justo en mi entrada, todavía cerrada, virgen, apretada.

—Ah… despacio… —gemí bajito.

—Despacio nada —gruñó contra mi oreja—. Esto lleva meses pidiendo guerra. Lo he visto en cómo me miras.

Tenía razón y los dos lo sabíamos.

Empujó el dedo medio hasta el segundo nudillo, sin aviso. Solté un grito agudo y corto.

—¡Ay…! ¡Por Dios…!

—Calladita —ordenó—. Tu madre duerme al otro lado de esa pared. ¿O prefieres que venga a ver cómo te estoy abriendo?

Negué con la cabeza, jadeando entrecortado, mientras él movía el dedo en círculos lentos y me iba abriendo de a poco. Todo el cuerpo me temblaba. Bajo la tanga ya estaba dura, goteando, latiendo a un ritmo que no podía controlar.

—Quítate todo —dijo.

Con las manos temblorosas me solté el sostén. Los pezones, rosados y pequeños, estaban tan duros que dolían. Después bajé la tanga por las piernas largas y lisas, y la dejé caer al suelo. Quedé completamente desnuda frente a él, depilada, pálida en la penumbra, con las uñas de los pies pintadas de un rosa que él no había visto hasta esa noche.

—Así que esto es lo que escondías —dijo, y algo en su voz se ablandó un instante, casi orgullo.

Se bajó los pantalones. Su miembro saltó libre, grueso, venoso, con la punta brillante. La sola visión me cortó el aliento.

—Ponte de rodillas. Ya. —No había espacio para discutir.

Me giré deprisa y me apoyé en los codos y las rodillas. Arqueé la espalda todo lo que pude y levanté las caderas, ofreciéndome. Sentí el aire fresco rozarme donde nadie me había tocado antes.

—Eso es… más arriba —dijo, y me dio una palmada firme en la nalga izquierda.

El golpe sonó seco en el silencio de la casa. Chillé, pero en lugar de bajar las caderas, las subí aún más, como si suplicara con el cuerpo lo que no me atrevía a decir con la boca.

Otra palmada, más fuerte. La carne me vibró y un calor me subió por toda la espalda.

—Mírate —dijo en voz baja—. Llevas toda la vida fingiendo ser lo que no eres. Y mira lo que eras de verdad.

Sentí la punta apoyarse contra mi entrada. Presionó. No cedía fácil.

—Respira —murmuró—. Relájate. Déjame entrar.

—Me va a doler… —lloriqueé, pero la voz ya me salía cargada de un deseo que no podía disimular.

—Te va a doler bien. Aguanta.

Empujó con más fuerza. La punta venció el anillo de músculo con un sonido húmedo y un tirón de dolor que me arrancó un grito ahogado.

—¡Ahhh…! ¡Es demasiado…! ¡Ay, ay…!

—Shhh… ya pasó lo peor —dijo, y se quedó quieto un momento, dejándome respirar—. Ahora viene lo bueno.

Empezó a entrar centímetro a centímetro, paciente, implacable. Yo sentía cómo me abría por dentro, cómo me llenaba más de lo que creía posible, hasta que sus caderas tocaron mis nalgas y comprendí que ya estaba toda dentro. Solté un gemido largo y tembloroso contra la almohada.

—Oh, Dios… —jadeé, con la boca abierta y un hilo de saliva mojándome la almohada—. Me llenaste entera…

—Aguanta ahí.

Empezó a moverse. Primero despacio, saliendo casi del todo y volviendo a hundirse hasta el fondo, marcando un ritmo lento que me hacía gemir en cada vaivén.

El golpe de su cuerpo contra el mío llenaba la habitación, acompasado, húmedo. Cada embestida me arrancaba un sonido nuevo, agudo, femenino, un sonido que yo nunca me había permitido hacer en voz alta.

Esto es lo que soy. Esto es lo que siempre fui.

Apreté la cara contra la almohada para sofocar los gemidos, pero él me agarró del pelo y me obligó a levantarla.

—No —dijo—. Quiero oírte. Quiero oírla a ella.

Y la dejé salir. Dejé salir todo lo que había callado durante años, cada gemido que me había mordido por miedo, cada sonido que ahora brotaba sin permiso mientras él me marcaba el ritmo con las manos clavadas en mis caderas.

—Ah… ah… sí… —murmuraba contra la almohada—. Más adentro…

Aceleró. Las palmadas volvieron, alternadas ahora con palabras roncas pegadas a mi oreja.

—Esto es lo que querías, ¿no? Lo querías desde hace meses.

—Sí… —gemí, y ya no me importaba que mi madre durmiera detrás de la pared—. Sí, lo quería… me estás haciendo mujer…

El sonido de su miembro entrando y saliendo de mí, ya dilatada, abierta, llenaba el cuarto entero. Yo me aferraba a la almohada con las dos manos y empujaba las caderas hacia atrás para recibirlo más hondo, completamente entregada.

De pronto se retiró de golpe. Me quedé abierta unos segundos, latiendo, incapaz de cerrarme, sintiendo el aire frío donde antes había estado él.

—Date la vuelta. Abre la boca —ordenó.

Me giré sobre las rodillas. Abrí grande y saqué la lengua, mirándolo desde abajo. Él se acariciaba deprisa frente a mi cara, con la respiración entrecortada y los músculos del abdomen tensos.

—Ahí va… —gruñó—. Tómalo.

El primer chorro caliente me golpeó la mejilla. El segundo cayó directo sobre la lengua. El tercero y el cuarto me bañaron los labios y la barbilla. Gemí mientras tragaba lo que podía, con los ojos entrecerrados.

—Mmm… —ronroneé, y me pasé la lengua por los labios.

Me dio una caricia en la mejilla, suave esta vez, casi tierna, y me limpió un hilo con el pulgar.

—Buena chica —dijo en voz baja—. De ahora en adelante, cuando yo lo pida, te arreglas como lo que eres. Y vienes a mí. ¿Entendido?

Asentí deprisa, con la cara todavía pegajosa.

—Sí… soy tuya.

Se limpió con la sábana arrugada, se subió los pantalones y salió sin decir nada más. La cortina volvió a cerrarse detrás de él.

Me quedé ahí, de rodillas sobre la cama, temblando, con el cuerpo latiendo y una sonrisa boba que no podía borrar. Por primera vez en mi vida no sentía vergüenza de nada.

Por fin me sentía completa. Por fin era Valeria. Y mientras escuchaba sus pasos perderse por el pasillo, supe con total certeza que esa madrugada no sería la última.

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Comentarios (6)

Ceci_Mdq

Me quedé sin palabras. Tremendo relato!!!

SombraFelina

Por favor necesito la continuacion, quede con ganas de saber como siguio todo esto...

Nocturno_ARG

Que intensidad tiene esta historia. Se nota que fue escrito con mucho sentimiento, no es un relato mas.

Mariana_RBA

Me recordó a una situacion que yo misma tuve que enfrentar. Ese momento en que ya no podes seguir fingiendo mas... tremendo.

PilarLectora

Increible como lograste transmitir esa tension. Uno siente que esta ahi adentro de la escena.

RafaLector

Excelente, de los mejores relatos que lei por aca en mucho tiempo!!

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