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Relatos Ardientes

La suite que tuvimos que compartir esa madrugada

El hotel era una maravilla, aunque el viaje hasta allí había sido una paliza. Mis padres se habían empeñado en llevarme de vuelta a mi piso de estudiante en Asturias —nosotros somos de Almería, así que imaginad la distancia— y entre el tráfico, un desvío por obras y la cena tardía, la cosa se complicó. Hacia la medianoche buscamos en el móvil un sitio decente a medio camino para parar y descansar.

Acabamos en un cinco estrellas perdido entre Cuenca y la sierra, uno de esos que en temporada baja y con la ubicación rara salía sorprendentemente barato.

Soy Adrián, tengo veintitrés años y estudio diseño industrial. Podría haber elegido una universidad más cerca de casa, pero me apetecía poner kilómetros de por medio y espabilar solo. Al viaje vinieron mi madre, Elena, de cuarenta y ocho años, y mi padre, Rubén, de cincuenta y uno. Mi madre es de esas mujeres que dan rabia: trabaja de arquitecta, va al gimnasio tres veces por semana, mide cerca de un metro setenta y cinco y lo lleva todo en su sitio. Siempre fue la envidia de mis amigos y, para mí, un punto incómodo de cargar. Mi padre tampoco se queda atrás: alto, canoso, fibrado de tanto salir a correr por el monte. He oído más comentarios de los que me gustaría de boca de alguna que otra novia. Y yo, supongo, soy una mezcla calcada de los dos: alto, delgado, todavía sin el volumen que da la edad.

Mi hermana Carla prefirió quedarse en casa y aprovechar el fin de semana con su pareja.

Mis padres se habían tomado el viaje casi como una segunda luna de miel. Me dejarían en Asturias y la vuelta la harían con calma, de hotel en hotel, viendo todo lo que pudieran del norte antes de que el trabajo los reclamara.

Reservamos desde el móvil, en la carretera: una individual para mí y una doble para ellos. Sin problema.

Pero la ley de Murphy entró en acción y, mágicamente, en recepción las habitaciones ya no estaban disponibles. Eran casi las tres de la madrugada y el siguiente hotel quedaba a cincuenta kilómetros, así que presionamos al recepcionista para que nos diera una solución.

La suite principal estaba siempre reservada para un directivo de la cadena que casi nunca aparecía. Tras un par de llamadas, nos la ofrecieron disculpándose, pero animándonos a disfrutar de la mejor habitación del hotel: enorme, con terraza, hidromasaje y prácticamente sin estrenar.

Yo ya veía venir el desastre. Mis padres en modo romántico y yo con unas ganas tremendas de perderlos de vista y volver a mi piso. La incomodidad iba a ser la tónica de la noche.

La suite era una pasada. Mis padres entraron abrazados por la cintura, maravillados con la cama enorme, el baño con hidromasaje y la terraza. Yo, en cambio, solo veía un problema: en el salón había una mesa preciosa, pero ni rastro de sofá ni de sofá cama. Solo aquella cama gigante, lo bastante grande para no rozarse, pero no tanto como para dormir tranquilo al lado de una pareja cariñosa que, además, eran mis padres. Y por si fuera poco, medio baño estaba separado de la habitación por un ventanal de cristal: salvo una franja translúcida junto al inodoro, todo lo demás se veía desde cualquier rincón de la suite.

—Qué habitación, qué suerte hemos tenido —comentó mi madre, risueña.

—Sí, fíjate las vistas desde la terraza, y el tamaño de esa cama —añadió mi padre.

—Ya, para uno solo o para una parejita esto sería el sueño. Una pena —solté con sorna, y los dos se rieron, empezando a darse cuenta del lío logístico que teníamos.

—Bueno, somos mayorcitos, nos apañaremos unas horas. Ahora a refrescarse del viaje y a dormir —zanjó mi madre, siempre tan directa, mientras abría las maletas y se metía en el baño.

Ella entró a ducharse y dejó muy poco a la imaginación. Mi padre y yo pusimos un partido viejo en la televisión e intentamos comentar las jugadas con naturalidad, pero era imposible no seguir cada movimiento de mi madre con el rabillo del ojo a través del cristal. Primero su silueta junto al inodoro, luego bajo el agua, recorriéndose el cuerpo con jabón. No pude evitar una erección que disimulé cruzando las piernas igual que las había cruzado mi padre. Me dio la sensación de que ella tardaba más de lo normal. Después, treinta minutos de cremas, y salió fresca como una rosa.

—Todo vuestro, he sido rapidísima —dijo, ante la burla general.

Con mi padre en la ducha la incomodidad fue todavía mayor. Trataba de mirar la pantalla, pero era imposible no distraerse con su silueta. Él fue rápido. Lo peor llegó cuando mi madre empezó a comentar la escena.

—Fíjate cómo está para la edad que tiene. La envidia de todas mis amigas —dijo, y noté que también ella cruzaba las piernas.

Mi padre salió enrollado en una toalla y se tumbó en el lado derecho de la cama, dejando a mi madre en el centro. Entonces fui yo al baño, con más vergüenza que otra cosa. Repetí el ritual a toda prisa, aunque, fuese psicológico o no, sentía sus ojos sobre mí igual que yo no había podido apartar los míos de ellos. Con la excusa del jabón eché un vistazo hacia la cama y me quedé congelado: la mano de mi madre se movía bajo la toalla de mi padre con un vaivén inconfundible, y la de él descansaba entre las piernas de ella. No controlé la erección, y supe que me vieron.

Salí como pude, con la toalla a la cadera y la cara roja como un tomate, y me tumbé en el lado izquierdo.

—Venga, no ha sido para tanto. A dormir, que es tardísimo y mañana queda mucha carretera —dijo mi madre, dándome un beso casto en la mejilla antes de apagar la luz.

***

Era difícil conciliar el sueño en esa situación, pero lo intenté. Las respiraciones de los tres se fueron acompasando y, poco a poco, empezamos a caer en el sueño.

Por desgracia, justo cuando me dormía, algo me devolvió a la vigilia. Mis ojos se habían acostumbrado a la oscuridad y ya distinguía las formas de la habitación. Entre ellas, la de mis padres.

Con la pupila adaptada, vi que la toalla de mi padre estaba abierta y que una mano firme —la de mi madre— subía y bajaba sobre él con un ritmo lento y deliberado.

Esa imagen ya no me dejaría dormir.

En el silencio más absoluto, o lo más silencioso que pudieron, empezaron a besarse. Mi padre apartó la bata de mi madre y buscó su entrepierna. Ahora oía con claridad el roce de los dedos de él y unos gemidos cada vez menos disimulados.

Intenté contenerme, pero ya era tarde. Mi erección era total y la toalla no daba para taparla. Fingíamos dormir los tres, pero igual que yo veía sus cuerpos, ellos no podían ignorar el mío.

Si me quedo quieto, esto no pasa de aquí, pensé. No me quedé quieto.

Con mucha lentitud, mi madre giró el cuerpo y dejó la cara a la altura de la entrepierna de mi padre. El sonido que vino después no se podía disimular con nada. Él, a su vez, hundió la boca entre las piernas de ella, y los jadeos llenaron la suite.

Yo ya no podía más. Aparté la toalla y empecé a tocarme. En una pausa, mi madre giró la cabeza hacia mí. Yo estiré las piernas, incapaz de soportar la tensión, y ella me devolvió el gesto agarrándome el tobillo sin dejar de atender a mi padre. Él también miraba, mientras la mano de su mujer trepaba despacio por mi pierna.

Cuando esa mano llegó a su destino, no pude evitar un gemido y levanté la cadera. Sin pensarlo, llevé la mía hacia ella para acercarla aún más a mi padre.

Lo que vino después fue puro instinto. Mi madre se recolocó hasta quedar de costado, de espaldas a mi padre, con mi cara a un lado. Yo empecé a besarle la nuca, los hombros, la espalda, mientras mi padre seguía ocupándose de ella por delante. La cadera de mi madre se contoneaba sin descanso, y en algún punto, sin querer, mi boca y la de mi padre se encontraron sobre su piel. Ninguno se apartó.

Ella se contorsionaba y, ya sin pudor, dejaba escapar el aire en jadeos largos. Tras unos minutos así, su cuerpo entero vibró en un orgasmo que la dejó temblando, con las piernas rígidas.

Cuando recuperó el aliento, agarró con firmeza y dijo en voz baja, casi una orden:

—Os quiero a los dos.

Mi padre y yo nos miramos un segundo. Sin palabras, con un gesto, me indicó que empezara yo.

Loco de excitación, me coloqué sobre ella y fui entrando despacio, intentando ser cuidadoso con el cuerpo que me había llevado al mundo. Pero mi madre tenía otros planes y, con un movimiento firme de cadera, no me dejó alternativa. Cuando quedamos pegados, los dos soltamos un suspiro de pura satisfacción y nos fundimos en un beso tan prohibido como inevitable.

Mi padre no perdió el tiempo. Se arrodilló junto a la cabeza de mi madre, sujetándole el pelo y acariciándole el cuello, mientras yo aumentaba poco a poco el ritmo. Ella jadeaba y buscaba a mi padre con la boca, a escasos centímetros. No sé describir lo que era estar abrazado a mi madre, dentro de ella, escuchándola atender a mi padre a un palmo de mi oreja.

No aguanté la postura quieto. Empecé a besarle el cuello, las mejillas, hasta llegar al borde de sus labios. Y allí, sin frenar, rocé también la piel de mi padre en cada movimiento. Él bufaba, sujetándonos a los dos la cabeza, marcando un ritmo que nos arrastraba a todos.

Con picardía, mi madre desvió a mi padre hacia mi boca. Yo entendí enseguida y lo acepté con torpeza, mientras el sonido de mis embestidas inundaba la habitación. No podía creer lo que estaba haciendo, y menos con mi propio padre.

Entonces él me sujetó la cabeza, me escupió una orden con la mirada y dijo que ahora le tocaba a él. Se tumbó boca arriba y, con un gesto elegante, hizo que mi madre se sentara encima. Con la humedad que ella traía, lo tuvo dentro en un instante, saltando a un ritmo frenético.

Yo no quería quedarme atrás. Me arrodillé junto a la cara de mi padre, sin atreverme del todo, pero él no dudó. Casi pierdo el control en cuanto su boca me rodeó. En esa postura, mi madre y yo nos fundimos en un beso profundo. Los tres jadeábamos. No había culpa, apenas pensamiento. Solo instinto.

Me incorporé para verlos mientras me tocaba, deseando terminar y, a la vez, sin querer que aquello acabara. Me fui colocando detrás de mi madre, de rodillas, y apoyé contra ella. Los dos pararon un segundo el vaivén y ella se acomodó para alinearse conmigo. Fui entrando con cuidado, despacio, hasta que mis caderas chocaron con las de mi padre.

A partir de ahí nos cegó por completo. No sé cuánto tiempo estuvimos así, los tres sincronizados, hasta que un último orgasmo colosal sacudió a mi madre y nos arrastró a todos fuera del trance, con sus espasmos apretándonos como nunca.

Paramos un instante, agotados y sudorosos, sin separarnos del todo. Mi madre se acomodó entre los dos y nos atendió a la vez, alternando, mientras nos masturbaba con las manos. Yo ya no podía más.

—Me voy a correr, no aguanto más —avisé.

—Yo tampoco puedo mucho más —dijo mi padre—. Hazlo.

Me corrí como nunca. Mi madre recogió el primer chorro y luego siguió con la mano, dejando que el resto cayera sobre el pecho de mi padre. No paró hasta que tuve que retirarme por pura sensibilidad. Él todavía aguantaba, y mi madre me agarró de la mano para que me tumbara junto a ella y lo atendiéramos los dos a la vez.

Nos besábamos mientras nos turnábamos con mi padre, que bufaba y repetía que no podía más. Perdí la noción del tiempo, concentrado en la boca de mi madre, hasta que él terminó con un espasmo largo. Mi madre lo recogió casi todo y, después, vino a darme un beso que usó para compartir conmigo lo que le quedaba. Me volví loco.

Seguimos besándonos, y mi padre, ya incorporado, se sumó, intercambiando besos entre las tres bocas. Poco a poco nos calmamos. Él abrazaba a mi madre por el hombro y los dos sonreían.

Yo los miraba, feliz, hasta que noté que mi cuerpo volvía a despertar. Me incorporé sobre un codo y, medio en broma, medio en serio, pregunté:

—Bueno… ¿y ahora a quién le toca?

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Comentarios (5)

FedePampa

buenísimo!!! uno de los mejores que leí acá en mucho tiempo

Romantica_Cba

Por favor seguí con esto, quedé con ganas de mas. La tension se corta demasiado pronto y quiero saber como termina todo.

NicoVega_87

Me recordó a un viaje familiar que hice hace años donde también tuvimos que compartir habitacion. Obvio que no me paso nada de esto jajaja, pero esa incomodidad inicial la entendi perfecto.

SolDeNoche_Arg

La ambientación esta muy bien lograda. El detalle de la oscuridad le da un clima especial que no tienen muchos relatos de la categoria.

MarisolMDZ

Genial como construiste la tension, no hace falta ser explicito para que se sienta todo. Sigue escribiendo asi!

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