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Relatos Ardientes

Lo que su marido descubrió sobre su hermano esa noche

La fiesta no celebraba nada en concreto, solo las ganas de salir un sábado cualquiera. Después de veintiocho años de casados, Rubén todavía miraba a Carmen con la misma devoción del primer día, aunque desde hacía un tiempo esa devoción tenía un matiz nuevo: le gustaba imaginarla deseada por otros ojos, imaginar otras pollas endureciéndose al verla pasar, otros dedos rozando ese culo redondo que él conocía de memoria.

En la discoteca se encontraron con Dani, el hermano pequeño de ella. El chico les sacaba muchos años de diferencia; para la pareja era casi como un hijo. Carmen lo consentía y Rubén lo aconsejaba con esa autoridad tranquila de quien hace de padre sin serlo.

Las horas pasaron entre copas y carcajadas. La música subía de tono y la confianza también. Desde la mesa, Rubén observaba cómo su mujer bailaba con Dani. Carmen se movía con una soltura desbordante, su cuerpo generoso meciéndose al ritmo del bajo.

El vestido, pegado a la piel por el sudor, dibujaba el contorno de sus tetas amplias, encendidas de un rosa cálido por el calor y el alcohol, con los pezones marcándose duros bajo la tela cada vez que giraba. Rubén se acercó a ella en la pista y le rodeó la cintura mientras el cuñado reía, un poco mareado.

—¿Lo estás pasando bien, mi vida? —le susurró él al oído.

—De maravilla —respondió Carmen radiante, abrazando a su hermano con ese cariño de siempre—. Hacía siglos que no salíamos los tres así.

Pero Rubén notaba otra cosa. Veía cómo el chico, achispado, no podía evitar que la mirada se le escurriera hacia el escote de su hermana, hacia esas tetas que rebotaban con cada paso. La inocencia de ella contrastaba con la tensión que el marido empezaba a alimentar a propósito.

A la hora del cierre, Dani apenas se sostenía en pie.

—No podemos dejarlo volver solo en este estado —sentenció Rubén, intercambiando con su mujer una mirada cargada de intención—. Se viene a dormir a casa.

***

Al llegar al piso, el ambiente mezclaba el cansancio con la euforia de la madrugada. Dani apenas coordinaba, así que Carmen, con su instinto protector de siempre, le pidió ayuda a su marido.

—Entra tú con él, que se dé una ducha fría y se le pase un poco. Yo pongo un café —dijo ella, ajustándose el vestido que aún dejaba ver el rubor de su escote.

Rubén llevó al joven al baño. Al ayudarlo a desvestirse, se quedó de piedra. No esperaba encontrarse algo así en alguien de su propia familia. Entre las piernas del muchacho colgaba una polla descomunal, gruesa incluso en reposo, con unos huevos pesados que le hacían juego, de un tamaño que le costó procesar. El glande, ancho como un puño pequeño, asomaba entre el prepucio con una carnosidad brutal.

Lo dejó bajo el chorro de agua y salió del baño casi sin aliento, con una sonrisa de pura incredulidad y la polla propia empezando a moverse dentro del pantalón. Fue directo a la cocina, donde Carmen servía las tazas. Se acercó por la espalda, le rodeó las caderas y le habló al oído con un tono entre bromista y morboso, apretando su erección incipiente contra el culo de su mujer.

—No te vas a creer lo que acabo de ver ahí dentro. Tu hermanito esconde un animal entre las piernas. Una verga que da miedo.

Carmen soltó una carcajada nerviosa, convencida de que exageraba.

—No seas bobo. Si es un crío todavía —respondió ella, aunque las mejillas empezaron a encendérsele.

—De crío no tiene nada, te lo aseguro —insistió él, riéndose—. La genética se portó bien con tu hermano. Tiene una polla que a más de una la haría llorar. Mucho mejor de lo que cualquiera de los dos habría imaginado.

Ella se tapó la cara con las manos, sintiendo cómo el calor le subía por el cuello hasta las orejas y, sin quererlo, un cosquilleo húmedo empezaba a instalársele entre los muslos. Recordó las bromas que a veces compartían en la cama sobre tamaños cuando veían algún vídeo porno, cuando ella confesaba que le ponía imaginar una polla monstruosa abriéndola, pero que el tema fuera ahora su propio hermano la dejó en un estado de vergüenza casi cómica.

—No me puedo creer que me estés contando esto —exclamó entre risas ahogadas—. ¡Es mi hermano, cállate ya!

—Es que tendrías que haber visto mi cara —porfió Rubén, divertido por la reacción—. Me quedé sin palabras. Con la boca abierta como un idiota.

***

La cocina se convirtió en el escenario de una comparación tan absurda como excitante. Rubén, con la imagen grabada en la retina, no paraba de gesticular mientras ella intentaba servir el café con las manos temblándole de la risa.

—Escúchame, que no exagero —dijo él, apartando una taza y cogiendo un molinillo de pimienta, de esos gruesos y robustos—. ¿Ves esto? Pues de ancho anda por aquí, o más. Es una polla maciza, te lo juro. Un tronco.

Carmen ahogó una carcajada tapándose la boca. Sus tetas amplias subían y bajaban con la risa, agitando el escote rosado bajo la luz de la cocina, y bajo el vestido notaba las bragas cada vez más pegajosas.

—¡Para ya, por Dios! —suplicó, aunque los ojos le brillaban con una curiosidad que no sabía esconder.

—Y de largo… —el marido rebuscó en un cajón y sacó un rodillo de amasar—. Ponle que le falta poco para llegar a esto. Lo he tenido a un palmo ayudándole con el pantalón. Y eso blando, imagínatela empalmada.

Ella se quedó paralizada, con la cafetera en el aire. La imagen mental de su hermano pequeño, al que siempre había cuidado, comparado con los trastos de su propia cocina, la dejó sin palabras. El contraste entre su carácter recatado de siempre y aquellas descripciones tan gráficas estaba creando una atmósfera eléctrica que le humedecía el coño sin permiso.

—No puede ser… Estás exagerando por las copas —acertó a decir, con la cara como una amapola—. Nadie tiene eso, y menos él.

—Te prometo que es más impresionante que cualquier polla que hayamos visto en un vídeo —insistió él, acercándose y notando cómo a ella se le aceleraba la respiración—. Y lo tenemos ahí al lado, en la ducha. Con esa verga colgándole hasta medio muslo.

Carmen bajó la mirada al suelo, incapaz de sostenerle los ojos, sintiendo un cosquilleo desconocido bajarle desde el estómago hasta el clítoris. La risa empezaba a convertirse en un silencio tenso, mientras el rumor del agua en el baño cobraba un protagonismo absoluto y ella se preguntaba, sin querer, cómo estaría su hermano en ese momento, con esa polla enorme colgándole entre las piernas mientras el agua le corría por encima.

***

Poseído por esa picardía que llevaban años cultivando en la intimidad, Rubén dejó el rodillo sobre la encimera y sacó el móvil con una sonrisa conspiradora.

—¿No me crees? Pues voy a llevarle una toalla limpia y le saco una foto de descuido —susurró, tan cerca que ella sintió su aliento—. Para que veas que no exagero ni un milímetro de esa polla.

Carmen se quedó de piedra, el corazón galopándole contra el pecho.

—¡Estás loco! No puedes hacer eso —protestó en un murmullo, aunque no movió un dedo para impedírselo—. Es una falta de respeto… ¡y es mi hermano!

—Es solo para nosotros, amor. Un secreto entre tú y yo, como siempre —replicó él con un guiño, ya camino del pasillo.

Ella se quedó apoyada en la encimera, apretando una taza vacía entre las manos, sintiendo cómo el vestido se le pegaba al culo empapado en sudor y algo más. Escuchó los pasos de su marido, el clic de la puerta del baño. El agua seguía cayendo, y la imagen del molinillo y el rodillo no dejaba de darle vueltas en la cabeza, mezclada con una fantasía imposible: la polla de su hermano abriéndola en canal.

Está mal, es mi hermano pequeño, pensó. Pero la curiosidad que Rubén le estaba contagiando era más fuerte que su timidez de siempre. Se metió la mano por debajo del vestido, casi sin darse cuenta, y confirmó lo que ya sospechaba: las bragas estaban empapadas, el coño hinchado y palpitante. Se quedó allí, en silencio absoluto, esperando la prueba de que aquel «animal» era real.

***

Cuando Rubén volvió, traía una sonrisa de triunfo y la pantalla del móvil vuelta contra el pecho. Se acercó a ella, que seguía apoyada en la encimera con el rostro encendido.

—Prepárate, porque no vas a dar crédito —dijo, girando el teléfono.

Carmen se tapó la boca con una mano, pero los ojos se le clavaron en la imagen. La realidad superaba cualquier comparación con los trastos de la cocina. Era una polla tremenda, de un grosor que parecía imposible, potente incluso quieta, con los huevos gordos colgándole debajo como dos frutas maduras. El glande, incluso relajado, tenía un tamaño obsceno.

—Dios mío… ¡pero si es un animal! —exclamó en un susurro, rompiendo a reír de pura vergüenza mientras notaba un latigazo entre las piernas—. No puede ser. ¿Cómo puede tener esa polla ahí guardada y que no nos hayamos enterado en todos estos años?

La timidez se le desmoronaba ante el morbo de la foto. Se acercó más a la pantalla, olvidando por un instante de quién se trataba, viéndola solo como una verga descomunal que le hacía la boca agua.

—Te lo dije —rio el marido, disfrutando de su reacción y frotándose disimuladamente el bulto que ya no podía disimular—. Esa sangre es fuerte.

Ella no podía dejar de mirar, alternando entre la risa nerviosa y una fascinación que la hacía humedecerse los labios y apretar los muslos con fuerza.

—Es demasiado gruesa… —murmuró ya más seria, con la respiración entrecortada—. Si esa polla se pone dura, tiene que ser una barbaridad. No sé cómo folla con eso sin partir a nadie.

Rubén notó cómo su mujer se relamía y decidió que había llegado el momento. La agarró del culo con las dos manos, apretándole las nalgas gruesas por encima del vestido, y le mordió el cuello.

—Vamos a la cama —le gruñó al oído—. No voy a aguantar ni un minuto más.

***

La tensión de la cocina se trasladó al dormitorio como un incendio. Dani ya roncaba en el cuarto de invitados, ajeno al torbellino que había desatado, pero la imagen de su polla enorme seguía grabada a fuego en la mente de Carmen.

Apenas cerraron la puerta, Rubén la tomó con una urgencia que no sentían desde hacía años. Le arrancó el vestido de un tirón, dejándole al aire esas tetas amplias que él adoraba, con los pezones tan duros que parecían a punto de estallar. Le bajó las bragas empapadas y se las llevó a la nariz, respirando hondo.

—Estás chorreando, cerda —le dijo con la voz ronca—. Chorreando por la polla de tu hermanito.

Carmen quiso protestar pero él ya la había tirado sobre la cama boca abajo, con el culo en pompa. Le abrió las nalgas y le clavó la lengua entre ellas, chupándole desde el ojete hasta el clítoris, saboreando toda la humedad que le corría por dentro de los muslos. Ella se agarró a las sábanas y gimió contra la almohada, mordiéndola para no gritar.

—Chist… que tu hermano te va a oír gozar así por su culpa —le susurraba él entre lametones, hundiéndole dos dedos gruesos en el coño empapado mientras seguía chupándole el culo.

Carmen se corrió casi al instante, apretando los dedos de su marido con las paredes del coño, mordiendo la almohada para ahogar un grito. Pero él no le dio tregua. La volteó de espaldas, le abrió las piernas de par en par y se sacó la polla, dura como nunca.

—Chúpamela primero —le ordenó—. Imagínate que es la de él.

Ella no dudó. Se puso de rodillas en el borde de la cama, agarró la polla de su marido con las dos manos y se la metió entera hasta la garganta. Rubén la miraba con los ojos entornados, viendo cómo su mujer, siempre tan recatada, le mamaba la verga con una hambre que no le conocía. Le cogió del pelo y empezó a follarle la boca, entrando y saliendo con fuerza, mientras ella babeaba a chorros sobre sus tetas.

—Así, cerda mía… imagínate que es la polla monstruosa de tu hermanito la que te está abriendo la garganta.

Carmen gimió con la boca llena, ahogándose de placer. Cuando él sintió que iba a correrse, la sacó de golpe y la volvió a tumbar. Le agarró las piernas por los tobillos, se las levantó hasta pegárselas a las orejas, y le clavó la polla hasta el fondo de una sola embestida.

—¡Ah, joder! —gimió ella, mordiéndose el labio para no gritar.

Empezó a follársela con fuerza, con el sonido húmedo del coño empapado retumbando en la habitación. Cada vez que Carmen intentaba gritar de placer, él le tapaba la boca con la mano o con un beso profundo. Las tetas de ella rebotaban con cada embestida, y él bajaba la cabeza a chuparle los pezones con hambre, mordiéndoselos hasta hacerla temblar.

—Dime que la quieres —le susurraba entre estocadas—. Dime que quieres la polla enorme de tu hermano metida hasta el fondo.

—Sí… sí, la quiero —confesó ella entre jadeos, ya sin poder contenerse—. Quiero esa polla monstruosa dentro… quiero que me parta en dos.

Rubén casi se corre ahí mismo al oírla. La volteó de nuevo, la puso a cuatro patas y le agarró las caderas anchas con las dos manos. Le hundió la polla desde atrás, con embestidas brutales que hacían que el culo grande de ella chocara contra su pelvis con un ruido obsceno. Le dio un par de azotes sonoros que le dejaron la nalga marcada de rojo.

—Mira qué culo tienes, guarra… hecho para que te lo folle una polla como la de él.

Carmen se corrió otra vez, temblando de arriba abajo, el coño chorreando sobre las sábanas. Y otra vez. Y otra. Perdió la cuenta de cuántas veces su cuerpo se estremeció mientras la fantasía prohibida se le colaba en cada gemido. Cuando Rubén ya no aguantaba más, la volteó boca arriba, se le puso a horcajadas sobre las tetas y se corrió a chorros sobre su cara y su escote, salpicándole hasta los labios entreabiertos. Ella sacó la lengua y se relamió el semen espeso mientras lo miraba con los ojos vidriosos.

Horas después, empapados y recuperando el aliento, se quedaron abrazados en la oscuridad.

—Reconoce que hoy estabas a otro nivel —rio él en voz baja, dándole un toquecito—. ¿Me vas a decir que no ha sido por la foto?

Carmen escondió la cara en la almohada, muerta de risa y de vergüenza.

—Eres un pesado… —logró decir—. Pero vale, lo confieso. No me lo podía quitar de la cabeza. Cada vez que me la metías, imaginaba la de él. Mañana no voy a poder mirarlo a la cara sin pensar en ese rodillo de amasar entre sus piernas.

***

A la mañana siguiente, Dani se despidió con un café rápido y un adiós apresurado, sin apenas recordar nada de la noche. En cuanto la puerta se cerró, Rubén se giró hacia su mujer con una mirada cargada de intención.

—Venga, vístete. Tenemos una misión —dijo—. Vamos a buscar un juguete que se parezca a la polla que tiene tu hermano. Quiero ver si de verdad ese coño tuyo es capaz de tragárselo entero.

Carmen se tapó la cara, soltando una carcajada de incredulidad.

—¡Estás mal de la cabeza! Eso no me cabe ni en tres vidas. ¿No has visto el grosor? Me partiría el coño por la mitad.

Pero él no cedió. Le acarició las caderas anchas y esos muslos firmes que siempre habían sido su perdición, deslizándole la mano hasta rozarle el sexo por encima del pantalón.

—Mírate, cariño. Tienes un cuerpo hecho para follar, un culo enorme, unas tetas que piden guerra, un coño que traga lo que le echen. Eres una mujer imponente, no una niña. Si algún coño puede con esa polla, es el tuyo.

Ella se quedó callada un momento, mordiéndose el labio mientras sentía el calor recorrerle las piernas ante el reto y el coño empezando a humedecérsele otra vez. La idea empezaba a ganarle la partida al sentido común.

—No creo que pueda, de verdad… —murmuró, ya con menos convicción—. Pero bueno, si insistes tanto, podemos ir a mirar. Solo a mirar, ¿eh?

Rubén soltó una carcajada triunfal, sabiendo que ya la tenía convencida.

***

Llegaron a la tienda con el corazón a mil. Carmen caminaba con la cabeza gacha, ocultando el rubor, mientras él sacaba el móvil con total naturalidad. En la sección de tallas especiales empezó el juego más surrealista de su matrimonio: filas y filas de pollas de silicona, unas más monstruosas que otras, colgando de los ganchos como trofeos.

Rubén cogía un modelo, lo ponía junto a la pantalla con la foto y comparaba el ángulo.

—No, esta es larga pero le falta grosor. La polla de tu hermano es más contundente —comentaba en voz baja, mientras ella quería que la tierra se la tragara y a la vez notaba cómo el clítoris le latía dentro de las bragas.

—¡Guarda eso, por favor! —susurraba Carmen, mirando a los lados, aunque no podía evitar fijarse en las dimensiones de lo que tenía delante, imaginando cada una entrándole hasta el fondo.

Cogió una con las manos casi temblando, sintiendo el peso y el grosor. Tuvo que abrir los dedos al máximo para rodearla. Los huevos de silicona colgaban gordos, realistas. Se le escapó un suspiro que Rubén notó al vuelo.

—Esa te gusta, ¿eh, guarra? —le susurró al oído, apretándose contra su culo—. Ya te estás imaginando cómo te va a abrir.

Tras varias comparaciones, dieron con el elegido: una polla de silicona médica, pesada, de un color muy realista, con las venas marcadas, el glande hinchado y un grosor que asustaba. Los cojones colgando y todo. No escatimaron; compraron el mejor, para que ella pudiera sentir cada centímetro sin lastimarse el coño. Salieron con la bolsa escondida, pero la cabeza ya volaba hacia lo que pasaría en casa.

***

Antes de irse a trabajar, Rubén dejó la caja sobre la cama, imponiendo con su tamaño y aquel acabado que recordaba inevitablemente a la polla de Dani.

—Hoy tienes una misión sagrada —le dijo, guiñándole un ojo—. Quiero que te la metas entera. Que ese coño se abra y trague hasta los huevos. Y quiero una foto como prueba de que ese animal ha entrado en tu cuerpo.

Carmen, sentada en el borde de la cama, soltó una carcajada nerviosa mientras miraba de reojo el juguete.

—¡Estás loco! No sé si seré capaz… ¡es demasiado! Me va a destrozar.

Él rio y, justo antes de cerrar la puerta, añadió con tono burlón:

—Mira el móvil en un minuto. Te mando una ayuda visual.

A los pocos segundos, el teléfono vibró sobre la mesita. Era de nuevo la foto de la polla enorme de su hermano. Carmen soltó un grito ahogado y luego una risa histérica.

—¿De verdad quieres que lo haga con esa polla en la cabeza? —escribió, muerta de vergüenza pero con el pulso acelerado y el coño ya humedeciéndosele.

—Te conozco desde hace casi treinta años —respondió él al instante—. Sé de sobra que ver esa verga te va a poner tan cachonda que el juguete va a entrar solo. Disfruta de la polla de tu hermanito de silicona.

Ella se quedó sola, mirando alternativamente la pantalla y la pieza que tenía al lado. El corazón le latía con fuerza mientras el morbo y la curiosidad empezaban a vencer del todo a su timidez.

Se desnudó despacio, delante del espejo, viéndose reflejada: las tetas grandes cayéndole con un peso deseable, los pezones ya duros como piedras, el vientre suave, el pubis rasurado y los labios del coño hinchados, húmedos, brillando con su propia lubricación. Se pasó dos dedos entre los pliegues y confirmó que estaba empapada solo de pensarlo.

Se tumbó en la cama, abrió las piernas y volvió a mirar la foto en la pantalla. La polla de Dani, colgando gorda y pesada bajo el agua de la ducha. Su hermano pequeño. Un latigazo de placer culpable la sacudió entera. Cogió el juguete, todavía frío, y empezó a pasárselo por el clítoris, dando círculos lentos, mientras con la otra mano se apretaba una teta y se tiraba del pezón.

—Joder… —susurró para sí misma—. Qué guarra soy.

Se lamió el glande de silicona, imaginando que era el de él, chupándolo con hambre, ensalivándolo entero. Bajó por el tronco venoso, se metió los cojones falsos en la boca, uno cada vez, como había visto hacer en los vídeos. Cuando la polla estuvo empapada de saliva, se la volvió a llevar al coño.

***

El teléfono de Rubén vibró en la oficina y la imagen lo dejó sin respiración. Carmen, desde la penumbra del dormitorio, había capturado una escena cargada de morbo: recostada, con los muslos abiertos con una naturalidad que solo daba la confianza de tantos años, la piel clara enmarcando el juguete oscuro y enorme, apoyado sobre los labios hinchados del coño empapado.

La luz de la tarde resaltaba el rubor de su escote, y una teta se le escapaba por encima del encaje de la lencería, con el pezón tieso.

—Mira lo que has provocado… me parece imposible que esta polla entre en mi coño —escribió ella bajo la foto.

—Estás preciosa, guarra —respondió él con el corazón galopando—. No te presiones. Escúpete en el clítoris, empápalo bien de saliva y de tus jugos, y déjalo entrar poco a poco. Ese coño está hecho para tragar polla, verás cómo se rinde.

Carmen dejó el móvil a un lado. Miró otra vez la imagen real y luego el juguete. La sugestión era tan fuerte que el miedo al tamaño empezaba a transformarse en una necesidad física de sentirse llena, de sentirse rota, abierta por esa polla monstruosa.

Hizo lo que él le decía. Se llevó dos dedos a la boca, los ensalivó bien y se los pasó por el clítoris, dando círculos cada vez más rápidos. Con la otra mano cogió el juguete y empezó a frotarse los labios con el glande, mojándolo en su propio flujo, que ya le corría hasta el ojete. Fue empujando despacio, notando cómo la corona del glande se abría paso, estirando la entrada del coño de una manera que nunca había sentido. Le ardía, le dolía, pero era un dolor delicioso que la hacía gemir sola en la cama.

—Ay, joder, joder… —gemía, mordiéndose el labio—. No cabe, no cabe…

Pero cabía. Poco a poco. Con la boca abierta y los ojos cerrados, sintió cómo el glande entero desaparecía dentro de ella, y las paredes del coño se cerraban en torno a esa cabeza gorda. Se quedó quieta, jadeando, dejándose a acostumbrarse.

***

El móvil volvió a vibrar con una insistencia que casi lo tiró de la mesa. Carmen había dejado atrás cualquier resto de timidez. En la nueva foto, sus muslos se tensaban abriendo paso al juguete, que ya empezaba a hundirse un tercio en el coño hinchado y brillante de lubricación. Se veía cómo los labios se estiraban en torno al tronco, blancos por la tensión.

Junto a la foto llegó una nota de voz, un susurro entrecortado, entre gemidos:

—No tienes idea de cómo me estoy poniendo mirando esta polla… la de mi hermano… Siento que me voy a romper el coño, pero estoy tan empapada que el juguete quiere entrar solo. Ya lo tengo hasta la mitad, amor. Me da vergüenza decírtelo, pero imaginar de quién es esta verga me tiene fuera de control. Estoy haciendo cosas que jamás pensé que haría… me estoy chupando los dedos llenos de mis jugos, me estoy pellizcando los pezones hasta hacerme daño…

Rubén, con la respiración acelerada en plena oficina, tuvo que meterse en el baño. Se encerró en un cubículo, se bajó la bragueta y se sacó la polla, ya durísima y goteando. Empezó a pajearse escuchando la nota de voz una y otra vez, imaginando a su mujer, siempre tan recatada, empalándose con esa polla monstruosa mientras pensaba en la de su propio hermano.

***

El vídeo que recibió después fue el desenlace de tantos años de complicidad. La imagen era nítida: Carmen recostada, el cuerpo temblándole de un modo que él nunca había visto, con las tetas al aire rebotando ligeramente y el coño abierto hasta un punto imposible en torno al juguete.

Con una mano sostenía el móvil con la foto de su hermano; con la otra guiaba la polla de silicona, meneándola con embestidas cortas, sacándola brillante de flujo y volviéndola a hundir. Se le escapaban gemidos guturales, la boca abierta, los ojos entrecerrados. La tensión era insoportable, los muslos le temblaban en espasmos. De pronto su cuerpo se arqueó con una fuerza animal y un chorro de humedad la sacudió, expulsando líquido a presión alrededor del juguete, empapando las sábanas en el primer orgasmo squirt de toda su vida.

—¡Ay, joder! ¡Joder, joder! —gritó sin poder callarse, con el coño convulsionándose alrededor de la silicona.

Aún jadeando, no se detuvo. Aprovechando esa lubricación abundante y el morbo de la imagen prohibida, empezó a empujar el juguete hacia adentro con las dos manos. Rubén observó, hipnotizado, con su propia polla en la mano, cómo la pieza desaparecía centímetro a centímetro. Los labios del coño de Carmen se estiraban obscenamente, blanquecinos, tragando pulgada tras pulgada de esa verga monstruosa mientras ella soltaba un gemido profundo, mezcla de esfuerzo y liberación.

El juguete entró entero. Hasta los cojones de silicona apoyados contra el culo. Carmen se quedó un segundo quieta, con los ojos muy abiertos, sintiendo cómo la polla le llegaba hasta un fondo que nunca nadie había tocado. Después empezó a moverse, meneando las caderas, sacándosela hasta el glande y volviéndola a meter entera, follándose sola con una desvergüenza que dejó a su marido corriéndose en el cubículo del baño de la oficina, salpicando la puerta.

Carmen miró a la cámara con los ojos empañados y una sonrisa de absoluta satisfacción, con el juguete todavía enterrado en el coño, demostrando que su cuerpo de mujer madura era capaz de tragar semejante polla.

—Mira, amor… ha entrado entera. Me la he metido hasta los huevos. Me siento tan llena que apenas puedo respirar. Ven pronto y sácamela tú con la boca —decía el mensaje que acompañaba al vídeo—. Quiero que me chupes hasta la última gota que se me está escapando.

Rubén, con el pulso disparado y la cabeza bloqueada por la imagen de su mujer empalada, se limpió como pudo y recogió sus cosas. No podía esperar ni un segundo más.

***

El impacto había sido tan fulminante que se corrió sin poder evitarlo, apenas rozándose la polla. Con una sonrisa de derrota y placer, le hizo una foto a la evidencia de su clímax involuntario: la mano llena de semen espeso, el suelo del baño salpicado.

—Mira lo que me has hecho. Me has corrido en el baño de la oficina, solo de verte. Tengo la mano llena de leche por tu culpa —le escribió.

Carmen, desde la cama, todavía con el juguete dentro, soltó una carcajada de triunfo al ver la foto de su marido vencido por su propia excitación.

—Vente y tráemela caliente —respondió—. Este coño quiere polla de verdad ahora.

Pero entonces el teléfono sonó de otra forma. No era un mensaje, era una llamada. Era Dani.

—Oye, perdona que te moleste en el trabajo —dijo el chico con la voz algo apagada—. Estoy un poco bajo de moral por un lío de faldas. ¿Te apetece que echemos unos billares esta tarde, los dos solos?

Rubén miró la foto en la pantalla y luego el mensaje de su mujer. El morbo cerraba el círculo perfecto. El dueño de aquella verga que había puesto patas arriba su matrimonio quería quedar con él a solas.

—Claro que sí, chaval —respondió—. Pásate por casa en una hora y nos vamos.

Cuando Dani llegó, Carmen ya se había vestido, ocultando bajo la ropa el secreto de aquella tarde: las bragas empapadas, el coño todavía palpitando y ligeramente hinchado, las marcas de sus propios dedos en los pezones. Rubén lo recibió con un abrazo paternal, pero al mirarlo no podía dejar de pensar en la polla que el chico llevaba encima y en cómo su mujer la había imitado horas antes hasta correrse a chorros.

—Portaos bien —dijo ella con una sonrisa recatada y angelical, despidiéndolos en la puerta, apretando los muslos disimuladamente porque solo con verlo se le volvía a humedecer todo.

Los dos hombres se alejaron hacia el bar, dejándola a solas con sus fantasías y el juguete todavía tibio sobre la cama, mientras Rubén se disponía a pasar la tarde con el dueño de la polla que había cambiado su matrimonio para siempre.

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Comentarios(8)

Marcos_norte

tremendo relato!!! me dejo con muchas ganas de mas

SofiaDesperada

Por favor seguí la historia, no puedo creer que lo dejaste ahí. Necesito una segunda parte urgente!!

Ernesto_cba

me recordo a algo que viví hace tiempo, esas cosas que uno descubre sin querer y ya no puede dejar de pensar en ellas... muy bien contado la verdad

Meli_GBA

Como sigue?? me quedé pegada sin poder parar de leer

TomVargas

Muy bien escrito, el enganche desde el principio es total. Se nota el cuidado en como lo contás

CuriosaLola

jaja pobre Carmen, nada iba a volver a ser lo mismo despues de esa foto

ManuelBaires

Me atrapó desde el primer parrafo y no pude soltar. Espero que haya continuación pronto

LauraF_88

Hay algo en esa tensión que describís que se siente muy real, esa mezcla rara de culpa y fascinación que no te deja tranquila. Buenisimo como lo trabajaste sin caer en lo burdo

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