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Relatos Ardientes

La confesión de mi hijo que lo cambió todo entre nosotros

Marisol era una de esas mujeres que detenían conversaciones cuando entraba a una habitación. A sus cuarenta y muchos conservaba un pecho generoso, una cintura que parecía dibujada y unas caderas anchas que hacían que cualquier vestido se viera como si lo hubieran cosido sobre ella. Lo sabía, y por eso vestía con prudencia delante de la familia. Lo que nunca imaginó fue que esa misma noche su propio hijo la miraría de un modo que ninguna prudencia habría podido prever.

El estruendo de los platos rompiéndose contra el suelo la sacó de la duermevela. Bajó las escaleras con el corazón en la garganta, segura de que un ladrón se había metido en la casa.

—¡Adrián! —gritó al llegar al rellano.

Se quedó petrificada al pie de la escalera. La televisión de cincuenta pulgadas iluminaba el salón en aquella madrugada fría y, en la pantalla, una mujer madura fregaba el suelo a cuatro patas con el escote desbordado. Su hijo, de espaldas, intentaba subirse el pantalón del pijama que tenía enrollado en los tobillos.

—No, mamá, espera. No es lo que parece —balbuceó él, girándose con la cara encendida.

Marisol no respondía. Miraba la imagen congelada en la pantalla y, poco a poco, reconocía aquellos rasgos. Era la madre de Carla, la suegra de su hijo.

Adrián corrió hasta ella, le tomó las manos y las revisó con torpeza.

—¿Estás bien? ¿Te cortaste? Déjame ver.

—Estoy bien —dijo ella, con la voz hueca—. Recoge eso antes de que alguien se lastime.

Él juntó los pedazos de loza, los tiró a la basura y volvió a buscarla. La encontró sentada en el borde del sofá, todavía mirando al frente, como si la pantalla apagada siguiera proyectando algo.

—Lo siento, mamá. De verdad lo siento.

—Esa foto —lo interrumpió ella sin mirarlo—. ¿La tomaste tú?

Adrián dudó. Se sentó a su lado, con los codos en las rodillas y la mirada clavada en el piso.

—Sí. Fui yo.

—Yo no te eduqué así —murmuró Marisol, y por un instante su voz se quebró—. ¿Por qué le harías eso a la madre de tu esposa?

—Porque la idea fue de Carla.

Marisol giró la cabeza tan rápido que el cuello le crujió. Lo miró a los ojos por primera vez desde que había bajado.

—¿Qué?

—Carla lo propuso, mamá. Te lo juro.

—¿Me crees idiota? —Apoyó la sien en la mano, agotada—. ¿Cómo va tu mujer a pedirte que le tomes una foto así a su propia madre?

—Te lo digo en serio. Es por una condición que tengo. Eso es lo que no me dejaste explicarte abajo.

Ella entrecerró los ojos. Conocía a su hijo lo suficiente para saber cuándo mentía, y aquella vez no encontró el gesto que delataba la mentira.

—¿Una condición? ¿Estás enfermo y no me dijiste nada?

—No quería preocuparte. Y, además, es algo íntimo. Me da vergüenza hablarlo contigo.

—Más vergüenza debería darte lo que estabas haciendo en mitad de mi sala a las tres de la madrugada —replicó, aunque su tono ya no tenía filo, solo cansancio—. A ver. Te escucho.

Adrián respiró hondo. Le explicó, con rodeos y la mirada en cualquier parte menos en ella, que un médico le había diagnosticado una inflamación en una glándula. Que su cuerpo producía demasiado, mucho más de lo normal, y que si no se aliviaba con frecuencia la cosa podía agravarse. Que tenía fecha de operación, pero no antes de un mes.

—¿Demasiado de qué? —preguntó Marisol, genuinamente perdida.

—Mamá, no me lo hagas más difícil.

—Las cosas por su nombre, hijo. Si tiene nombre, dilo.

—Semen —soltó él al fin—. Produzco casi el triple de lo normal. Y si no lo descargo, la glándula sigue creciendo. Por eso tengo que… hacer ejercicios. Muy seguido.

Marisol movió la cabeza despacio, entre la incredulidad y una preocupación nueva.

—¿Y qué tiene que ver mi consuegra con todo esto?

—La enfermedad me quita sensibilidad. Después de tantas veces, mi cuerpo deja de responder a lo de siempre. Carla no puede ayudarme a todas horas, así que se le ocurrió que estímulos distintos, mujeres distintas, podían engañar a esa falta de sensibilidad. Y pensó en su madre porque… bueno, porque sigue siendo una mujer muy llamativa.

—Dios santo —susurró Marisol, llevándose una mano a la frente—. Están ustedes dos mal de la cabeza. ¿Y ella no lo sabe?

—Nadie lo sabe. Lo guardamos en secreto. Por eso te pido que tú también lo hagas.

Hubo un silencio largo. Marisol miró a su hijo y vio, debajo del hombre adulto, al niño que había criado sola, al que tantas noches había velado cuando le subía la fiebre. La indignación seguía ahí, pero empezaba a mezclarse con algo más blando.

—Me siento culpable de haberte interrumpido —dijo al fin—. Si es por tu salud, no debí hacerte sentir un monstruo.

—No, mamá. Fui yo el que faltó al respeto a tu casa.

—Al contrario. Te agradezco la confianza. —Tomó el control remoto y, antes de poder pensarlo dos veces, encendió de nuevo el televisor—. Termina lo que empezaste. Yo me subo a mi cuarto.

—Mamá…

—Sigue, cariño. Te doy privacidad. —Se levantó, le acarició el pelo como cuando era pequeño y subió las escaleras sin mirar atrás.

***

Marisol se tumbó en su cama y se quedó mirando el techo. ¿Estoy haciendo bien?, pensó. Es una enfermedad, al fin y al cabo. Si Carla le dio permiso, no estoy haciendo nada malo. Las preguntas se enredaban unas con otras. ¿Y si de verdad es peligroso para él? ¿Y si yo, por mi pudor, le hago daño?

No alcanzó a responderse. Unos golpes suaves sonaron en la puerta.

—Adelante.

Adrián asomó la cabeza.

—¿Puedo pasar?

—Claro, mi amor. —Dio unos golpecitos en el colchón, a su lado—. ¿Ya terminaste?

—No pude. Me sentí mal por haberte faltado el respeto.

—Ay, hijo. —Se incorporó sobre un codo—. Por mí no hay problema. Entiendo que es algo médico. Puedes hacerlo.

—Mejor espero hasta la operación.

—De ninguna manera. Tú mismo dijiste que puede ser peligroso. No vas a arriesgar tu salud por un tabú tonto. —Le sostuvo la mirada—. Hazlo. Aquí, si quieres. Yo me siento responsable de habértelo cortado.

Él la miró como si no diera crédito.

—¿Me lo estás diciendo en serio?

—Antes de que me arrepienta —dijo ella, con una sonrisa que ni ella misma supo de dónde salía.

Adrián conectó el teléfono al televisor del cuarto y volvió a aparecer la imagen de su suegra. Se recostó junto a su madre.

—Tiene buen cuerpo, tu suegra —comentó Marisol, fingiendo desenfado.

—¿Verdad que sí? Aunque Carla dice que…

—¿Qué dice Carla? Habla, que de este cuarto no sale nada.

—Dice que tú estás mejor. —Adrián tragó saliva—. Que tienes mejor pecho que su madre.

—¿Eso dice tu mujercita de mí? —Marisol arqueó una ceja, entre escandalizada y, muy en el fondo, halagada—. Están ustedes peor de lo que pensaba.

—La verdad es que yo estoy de acuerdo con ella.

—Oye —le advirtió, dándole un golpe flojo en el hombro—. Soy tu madre, no se te olvide.

—Solo reconozco unos buenos pechos cuando los veo —dijo él, y se le escapó una media sonrisa.

Marisol resopló, fingiendo indignación, pero el calor que le subió por el cuello no tenía nada que ver con la temperatura de la habitación.

—No te voy a poder creer. Anda, empieza, que para eso subiste.

Adrián se bajó el pantalón. Lo que apareció hizo que su madre se incorporara de golpe.

—Por Dios, hijo —dijo, sin poder apartar la mirada—. Eso es… enorme.

—¿Tú crees?

—Jamás había visto una así. —Se le escapó una risa nerviosa—. Está mal que lo diga tu madre, pero es la verdad.

Él empezó a acariciarse, lento, mirando alternativamente la pantalla y el rostro encendido de su madre.

—Mamá, ¿podrías…? No sé. Algo en persona ayuda más que una pantalla. La sensibilidad, ya sabes.

Marisol cerró los ojos un segundo. Pensó en Carla, en la suegra de la foto, en todos los argumentos razonables que se había repetido en su cuarto. Y luego, despacio, deslizó la bata por sus hombros hasta dejar al descubierto un sujetador de encaje rojo que apenas contenía su pecho.

—¿Así? —preguntó, con un hilo de voz.

—Así perfecto —respondió él, ya con la respiración entrecortada—. Carla tenía razón. Eres mil veces mejor que su madre.

—¿Tu madre le gana a tu suegra? —Algo se encendió en ella al oírlo. Llevaba años sin que un hombre la mirara así.

—Por mucho.

Adrián seguía moviéndose la mano, pero le costaba, como había advertido. Le pidió, casi sin atreverse, que se moviera un poco. Marisol, perdida ya en una corriente que no terminaba de entender, se balanceó sobre el colchón hasta que su pecho se agitó bajo el encaje.

—¿Te gusta tocarla? —preguntó él de pronto—. La mano sola no me alcanza.

—¿Me dejarías? —La pregunta salió antes de que pudiera filtrarla.

—Ven.

Ella alargó la mano y lo rodeó. La piel caliente, las venas marcadas bajo los dedos, el peso inesperado. Empezó a moverla despacio, fascinada casi en contra de su voluntad.

—Es la primera vez en años que toco a alguien así —admitió en voz baja—. Y nunca había tenido una tan… —no terminó la frase.

—Eres muy buena, mamá.

—Usa las dos manos para enseñarme, anda.

Trabajaron juntos hasta que las primeras gotas le resbalaron por los dedos. Marisol sonrió, ya sin culpa, solo con un deseo que llevaba demasiado tiempo dormido.

—Te ensucié las manos —dijo él, con un hilo de disculpa.

—Mejor. Así resbala más rico, ¿no? —Y él soltó una carcajada ahogada que se convirtió en gemido.

—Mamá… ¿podría ponerla entre tus pechos?

Marisol se quedó quieta un instante. Después, sin decir nada, se recostó boca arriba y lo invitó con la mirada. Adrián se montó sobre ella y acomodó su miembro en el canal cálido de su escote.

—Mételo por debajo del sujetador —le indicó ella—. Así te aprieta mejor.

—¿Cómo sabes esos trucos? —preguntó él, deslizándose bajo el encaje.

—¿Crees que tu madre nunca fue joven?

Él empezó a moverse, despacio primero y luego con más urgencia. Marisol sostenía sus pechos con ambas manos, cerrándolos en torno a él, sintiendo el roce húmedo y caliente subir y bajar contra su piel.

—Qué ricas se sienten —jadeó Adrián.

—Son tuyas, mi amor —respondió ella, perdida del todo—. Mientras tu madre tenga pecho, a ti nunca te va a faltar dónde descargar.

Cada vez que la punta asomaba por encima del encaje, ella bajaba la barbilla y la rozaba con la lengua, como si quisiera comprobar hasta dónde estaba dispuesta a llegar esa noche. La respiración de Adrián se volvió un tartamudeo.

—Ya no aguanto, mamá.

—No te contengas —lo apremió ella, sujetándose el pecho con fuerza—. Dale a tu madre lo que necesita.

Él se tensó, soltó un gemido largo y se vació sobre su piel, sobre el encaje rojo, sobre la curva de su cuello. Marisol cerró los ojos y dejó que el calor la recorriera, asombrada de la cantidad, asombrada sobre todo de cuánto había deseado aquello sin saberlo.

—Cuánto guardabas, hijo —murmuró después, mirándose las manos.

—Tú la provocaste —respondió él, sin aliento—. Tú y tu cuerpo.

Marisol se rió por lo bajo y le acarició la mejilla, todavía con los dedos brillantes.

—Menos mal que no fue dentro. No quiero ni imaginarlo.

Adrián la miró un segundo de más.

—¿Crees que algún día me dejarías?

Ella sostuvo su mirada, y por primera vez en toda la noche no sintió ninguna necesidad de fingir indignación.

—Depende —dijo, con una media sonrisa— de lo bien que te portes hasta tu operación.

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Comentarios (5)

LauraVdP

buenisimo!!!

MarceloLR

Que relato tan intenso, me dejo sin palabras al final.

Beto_lector

Tremendo. Uno de los mejores de esta categoria sin dudas.

PabloLector77

Por favor que haya continuacion! Quede con ganas de saber que paso despues entre ellos.

SoldeNoche

Me gusto mucho como narraste esa tension interna, se siente muy real. Sigue subiendo!

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