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Relatos Ardientes

Mi prima me buscó bajo la mesa en la cena de Navidad

—¿Y dime, sobrino, ya tienes novia?

La voz de mi tía Patricia llegó clara por encima del ruido de los cubiertos, con esa curiosidad entrometida que ponía en todo. La mesa se quedó callada un segundo y después todos soltaron la risa, esa risa familiar que llenaba el comedor en cada Navidad.

Sentí el calor subiéndome por el cuello. Tenía el plato a medio terminar y el tenedor quieto en la mano. Miré alrededor: todos me observaban, esperando. Mi tío Fernando dio una palmada suave en la mesa, las primas menores se taparon la boca entre risitas, y mi mamá, Adriana, me guiñó un ojo desde el otro lado.

—Eh… no, tía. Nada serio por ahora —dije, intentando sonar tranquilo.

Más risas. Mi primo Sebastián alzó su copa.

—¡No te creo nada, Diego! Con esa cara seguro tienes a varias escondidas.

—Hasta en el gimnasio te andan mirando cuando llegas —agregó mi mamá, imprudente como siempre.

El tío Fernando me palmeó la espalda.

—Déjenlo, este muchacho es selectivo. Tú puedes tener a la que quieras, ¿verdad?

Sonreí por compromiso, pero mi mirada se cruzó con la de Camila, sentada justo enfrente de mí. Su sonrisa había desaparecido. Me miraba fijo, sin parpadear, seria, con los labios apretados. Bajó la vista a su copa de vino, dio un sorbo lento asintiendo despacio, y entonces lo sentí.

Bajo la mesa, su pie descalzo me rozó la pantorrilla. Se había quitado el tacón sin que nadie lo notara. El pie subió hasta mi entrepierna y presionó ahí, firme, justo en el punto exacto. Se me endureció casi de inmediato bajo la tela del pantalón.

Me tensé. Abrí más los ojos, miré rápido a los lados: nadie se había dado cuenta. Camila tomó otro sorbo de vino y se puso a charlar con mi mamá sobre la universidad, como si estuviera en cualquier otra conversación, como si su pie no estuviera apretándome justo debajo del mantel.

No se detuvo. Sus dedos empezaron a moverse alrededor de mi miembro ya duro, subiendo y bajando despacio, masajeándome a través de la tela. El talón se apoyaba en mi muslo para mantener el control mientras los dedos seguían jugando, rodeando, presionando con ritmo. Cada movimiento me aceleraba el pulso ahí abajo.

Apreté los dientes para no soltar un sonido. Intenté retroceder un poco en la silla, pero su pie me siguió, insistente, apretando más fuerte. Tuve que morderme por dentro la mejilla.

—…por ahora no busco nada serio —repetí, la voz un poco más ronca—. Estoy enfocado en el trabajo, ya saben.

La tía Patricia suspiró con una sonrisa.

—Ay, estos jóvenes… pero no te vamos a dejar soltero para siempre, eh.

Todos rieron otra vez. Bajé la mano con disimulo y le rocé el tobillo, como pidiéndole que parara. No lo hizo. Al contrario, su pie siguió haciendo círculos lentos durante el resto de la cena, sin moverse de mi entrepierna, ignorando mis ojos, evitando mirarme. Lo hacía a propósito, y los dos lo sabíamos.

***

La cena terminó con el último brindis y el arrastrar de las sillas. Todos pasamos a la sala, esa parte de la casa que siempre me impresionaba un poco: techos altos con molduras blancas, un sofá enorme de terciopelo gris, lámparas que tiraban luz suave y un árbol de Navidad gigante brillando en la esquina. A través de los ventanales se veía el jardín oscuro y cuidado de San Ángel. Todo olía a pino, a vainilla y al perfume caro de mis primas.

Me senté con Sebastián y un par de primos más. Hablábamos de mi trabajo —acababa de entrar a una consultora en Santa Fe— y ellos me preguntaban cuánto pagaban el primer año, si había bonos, si valía la pena el estrés. Yo respondía a medias, asentía, soltaba alguna broma, pero la verdad no podía concentrarme.

Mis ojos se desviaban solos.

Camila estaba al otro lado de la sala, de pie junto a la chimenea, charlando con sus hermanas menores. Llevaba un vestido negro ajustado que le llegaba apenas arriba de los muslos, con un escote en uve y unos tacones de aguja que la hacían verse más alta. El cabello castaño le caía liso hasta la mitad de la espalda, brillante bajo la luz. Y cuando se movía… era imposible no notarlo. El vestido parecía hecho a propósito para marcar cada una de sus curvas cuando cambiaba el peso de una pierna a otra.

Me quedé mirándola más de lo que debía. El pulso se me aceleró otra vez al recordar el pie bajo la mesa, los dedos apretando, el calor que se me había quedado encima toda la cena.

De pronto giró la cabeza y nuestras miradas se cruzaron. No sonrió. Solo me sostuvo la vista un segundo, con esos ojos oscuros que parecían saber exactamente lo que pasaba por mi cabeza. Después se dio la vuelta y caminó hacia la cocina, taconeando despacio por el pasillo.

Tragué saliva.

—…sí, el bono de fin de año no está mal —dije, aunque ya no sabía de qué hablaban.

Uno de mis primos me dio un codazo, riendo.

—Oye, Diego, ¿estás bien? Te ves distraído.

—Nada, nada —forcé una sonrisa—. Voy un segundo al baño.

Me levanté, me disculpé con un gesto y caminé hacia el pasillo. Pero no fui al baño. Giré hacia la cocina.

Éramos una familia grande, de las que llenan la casa en Navidad. Mi mamá y la tía Patricia eran hermanas; Patricia estaba casada con el tío Fernando, y Camila era la mayor de sus tres hijas. Yo era el mayor de mi casa. Crecimos juntos, en estas mismas reuniones, sin que a nadie se le ocurriera nunca lo que había empezado a pasar entre nosotros.

***

Entré a la cocina y cerré la puerta con cuidado. El clic sonó demasiado fuerte en el silencio. Camila estaba de espaldas, inclinada sobre la isla de granito, fingiendo revisar una de las cazuelas que habían quedado de la cena. El vestido se le pegaba como una segunda piel. Me quedé un segundo mirándola: la espalda desnuda, la piel pálida bajo la luz tenue, las caderas alzándose justo a la altura de mis ojos cuando se movía. Se me puso dura al instante.

No pude resistirme. Di dos pasos y la abracé por detrás, pegando mi cuerpo al suyo. Ella soltó un gemido corto, pero no se apartó.

—Me tienes loco desde la cena —murmuré contra su cuello, besándoselo despacio mientras mis manos le apretaban la cintura—. Quiero arrancarte este vestido aquí mismo.

Le besé el cuello otra vez y sentí cómo empujaba las caderas hacia atrás, frotándose contra mí en un movimiento lento y deliberado.

—Te ves demasiado bien con esto puesto —le susurré al oído—. Ya no puedo esperar más.

Cerró los ojos y dejó escapar un gemido bajito. Sus caderas se movieron de nuevo, presionando más fuerte, dibujando pequeños círculos.

—Parecía que querías matarme con esa mirada en la mesa —le dije, besándole el lóbulo de la oreja—. Cuando mi tía preguntó por mi novia, estabas furiosa, ¿verdad?

Camila bufó, molesta con el recuerdo.

—Mi mamá y sus preguntas estúpidas —dijo entre dientes—. Siempre metiéndose donde no la llaman.

La giré con cuidado, poniéndola de frente. Sin tacones era mucho más baja que yo, pero con esos de aguja me llegaba casi a la altura de los ojos. Su pecho subía y bajaba con cada respiración rápida.

—No digas eso —le dije suave, acariciándole la mejilla—. Sabes que era solo una broma. Nadie sabe nada.

Me miró un segundo, los ojos oscuros brillando, y poco a poco juntamos las caras. Nuestros labios se rozaron, suaves. Los de ella estaban calientes, con sabor a vino tinto y a algo dulce que era solo suyo. El beso empezó lento, pero no duró así: su respiración se aceleró contra mi boca y de pronto me metió la lengua, hambrienta, mordiéndome el labio inferior mientras sus manos subían a mi nuca.

—Te necesito ya —susurró entre besos, jadeando—. No aguanto más. Aquí, ahora… por favor.

La apreté contra mí, a punto de levantarle el vestido, cuando se oyó un ruido en el pasillo: risas, voces de mujeres acercándose.

Nos separamos de golpe. Camila se giró hacia la encimera, fingiendo arreglar la cazuela. Yo di un paso atrás y me acomodé la camisa para disimular.

La puerta se abrió y entraron nuestras mamás, riendo de algo que se contaban.

—Ay, pero miren quiénes están aquí —dijo la tía Patricia—. ¿Qué hacen solos en la cocina, eh?

Camila se volvió con la cara más inocente del mundo.

—Solo vine por agua —dijo, alzando un vaso que ni siquiera había llenado.

—Y yo necesitaba un descanso de los primos y sus preguntas sobre el trabajo —añadí, forzando una risa.

Mi mamá arqueó una ceja, esa que ponía cuando sospechaba algo, pero no dijo nada. La tía Patricia soltó una carcajada y se acercó a la nevera.

—Pues sírvanse lo que quieran, pero no se queden mucho. Todavía falta el pastel.

Las dos empezaron a sacar platos y cubiertos, charlando de nuevo. Camila y yo nos miramos un segundo por encima de sus cabezas. Sus ojos decían todo lo que no podíamos decir en voz alta.

Aprovechó ese instante. Se acercó un paso más, pegando su cuerpo al mío con disimulo, y su mano bajó rápido a rozar el bulto que todavía se marcaba en mi pantalón. Lo apretó una vez, firme. Sentí su aliento caliente cuando se inclinó a mi oído.

—Espera diez minutos y sube a mi cuarto —susurró, la voz baja y ronca—. No me hagas esperar.

Su lengua me rozó el lóbulo de la oreja, húmeda, dejando un rastro de calor que me recorrió entero. Después se apartó como si nada, giró con una sonrisa inocente y salió de la cocina taconeando suave, sin mirar atrás.

Me quedé ahí, aturdido, con su perfume dulce pegado a la piel. Tuve que respirar hondo para calmarme. Por la puerta abierta la vi de lejos, subiendo las escaleras, el vestido subiéndosele un poco con cada paso. De sus tres hermanas, Camila siempre había sido la más guapa, y no solo por el cuerpo: era su forma de moverse, de mirar, de hacer que todo a su alrededor pareciera desvanecerse.

***

Volví a la sala con las piernas algo flojas. Me senté otra vez con mis primos, que seguían hablando de fútbol, y di un sorbo largo de whisky intentando bajar la excitación. No funcionó. Mi mente estaba fija en ella, en cómo se sentiría, en cómo gemiría si la tenía contra la puerta de su habitación.

Aguanté lo que pude. Al final me puse de pie.

—Oigan, perdón, tengo que hacer una llamada del trabajo —dije—. No tardo.

Nadie sospechó. Sebastián soltó una broma sobre «el jefe que no descansa ni en Navidad» y todos rieron. Me alejé esquivando a la familia, subí las escaleras de dos en dos, el corazón en la garganta.

La puerta de su cuarto estaba entreabierta, con una rendija de luz suave saliendo de adentro. La empujé, entré y cerré detrás de mí, girando la llave para que nadie nos interrumpiera. Solo estaba encendida la lámpara de la mesita, bañándolo todo en un tono cálido. Camila esperaba de pie junto a la cama.

Nuestras miradas se cruzaron, y eso fue todo lo que necesitamos. Nos lanzamos el uno hacia el otro, los cuerpos chocando mientras nos comíamos a besos. Su boca era voraz, su lengua entrando profunda, mordiéndome el labio con un gemido bajo que vibró contra mí.

—Me has tenido así toda la cena —susurró, tirándome del cabello—, pensando en esto.

—No aguanto más —gruñí, besándola con más fuerza.

Sus manos bajaron a mi camisa, soltando botones con urgencia, después al cinturón, desabrochándolo rápido mientras me mordía el labio.

—Esto lo vas a disfrutar —dijo con una sonrisa perversa, los ojos brillando.

Me empujó hasta que caí sentado en la cama. Se arrodilló entre mis piernas, me bajó el pantalón de un tirón y se recogió el cabello en una cola alta con una liga que llevaba en la muñeca, lista. Envolvió mi miembro con la mano y empezó despacio, inclinándose después con la boca. Me miraba a los ojos mientras bajaba y subía, lento, rápido, lento otra vez, marcando ella el ritmo aunque yo le hundiera los dedos en la cola de caballo. Era la mejor que me había dado.

—Mierda, Camila… —murmuré, sintiendo el orgasmo acercándose demasiado pronto.

La detuve tirando suave de su cabello para levantarla. La besé de nuevo, feroz, mientras le bajaba el cierre del vestido. Se lo quité y la dejé solo en unas bragas de encaje negro; no traía sostén. La empujé sobre la cama y me incliné sobre ella, recorriéndole el pecho con la boca mientras mi mano bajaba entre sus piernas, ya húmedas.

—Sí, así… —jadeó, arqueando la espalda, sus manos presionándome contra ella—. No pares…

Le quité las bragas y la giré sobre la cama, levantándole las caderas. La penetré de un solo empujón, profundo, sintiendo cómo me envolvía, apretada y caliente. Ella arqueó la espalda y ahogó un grito contra la almohada. Empecé a moverme con embestidas firmes, el choque de piel contra piel resonando bajo en la habitación. No pude evitar reírme entre jadeos.

—Casi me comes con la mirada cuando preguntaron si tenía novia… ¿celosa, eh? —le di una nalgada juguetona que la hizo gemir más alto.

Giró la cabeza y me miró con los ojos entrecerrados y un enojo fingido.

—Claro que sí. Todos riendo como si pudieras tener a cualquiera menos a mí —replicó, la voz entrecortada por cada embestida.

Empujaba las caderas hacia atrás, saliéndome al encuentro en cada movimiento. Bajé el ritmo, me incliné a besarle el cuello.

—Pero soy tuyo —susurré con una risa—. Solo tuyo.

No le bastó. Se zafó, me empujó de espaldas sobre la cama y se montó encima, hundiéndome de un solo movimiento mientras gemía y empezaba a cabalgar con furia. Le sujeté las caderas, después el pecho.

—Dilo bien. Yo soy tu novia, ¿verdad? Nadie más te hace venir así —exigió, moviéndose más rápido.

—Sí, joder, eres mi novia… mi todo —admití, riendo mientras la veía dominarme.

Se inclinó hacia adelante y me capturó la boca en un beso largo, sin frenar el ritmo.

—Dilo otra vez —murmuró contra mis labios, mordiéndomelos.

La abracé fuerte y la volteé de nuevo, ahora de frente, sus piernas envolviéndome la cintura y sus uñas clavándose en mi espalda. La penetré profundo, acelerando.

—Eres mía, Camila… eres mi novia —gruñí, embistiendo más rápido.

Sus gemidos se volvieron gritos ahogados. Se corrió primero, temblando debajo de mí en oleadas que me arrastraron. No aguanté más: aceleré hasta terminar dentro de ella, gruñendo su nombre, mientras el eco lejano de la fiesta abajo nos recordaba el riesgo.

—La próxima vez, no me mires así en público —bromeé, todavía abrazado a ella.

Camila se rio bajito y se acurrucó contra mi pecho.

***

Nos quedamos así un rato, jadeando, los cuerpos pegados y el cabello castaño desordenado sobre su cara. La tenía abrazada fuerte.

—Me hacías falta —murmuró, besándome el pecho—. Necesitaba esto contigo.

—A los dos nos hacía falta —dije, acariciándole la espalda.

Levantó la cabeza con esa sonrisa pícara.

—Gracias a Dios que estamos en el segundo piso. Si no, nos escuchaban hasta Tlalpan —reí.

—No me importaría —dijo ella, encogiéndose de hombros—. No hay nada de malo en estar con mi novio. Que escuchen si quieren.

—No somos cualquier tipo de novios, Camila.

—Primos o no, me da igual. Yo soy tuya y tú eres mío. Punto.

Me dio otro beso, largo y lento, mezcla de ternura y hambre. Cuando se separó, me miró fijo.

—No lo vuelvas a olvidar. No hay nadie más.

Mi prima me quería con locura, eso era evidente. Y yo no podía dejar de mirarla. Sentí cómo volvía a endurecerse contra su muslo, y ella lo notó de inmediato.

—Uy, ya estás listo para el siguiente round —rio, sensual.

La besé rápido, pero negué con la cabeza.

—No hay tiempo. Abajo nos están esperando.

Se levantó de la cama y se inclinó a mi oído con esa voz que sabía cómo prenderme.

—Pronto es fin de semana. Entonces seré toda tuya, y podrás hacerme lo que quieras… si te portas bien.

—Ojalá ya llegue —murmuré, casi suplicando.

Siempre sabía cómo dejarme al borde. Se rio bajito y empezó a vestirse despacio, subiendo el vestido por las piernas, dejando que la tela se pegara a su cuerpo todavía húmedo. No se puso las bragas; las dejó tiradas en el piso. Me guiñó un ojo.

—No te tardes mucho.

Salió primero, taconeando suave por el pasillo. Yo me quedé un segundo sentado, respirando hondo, pensando en ella bajando las escaleras y sonriéndole a la familia como si nada, mientras debajo del vestido no llevaba absolutamente nada. Era una locura. Pero era nuestra locura.

***

Me vestí rápido, me acomodé el cabello y bajé. La fiesta seguía en pleno. Las tías sacaban el pastel y el aroma a chocolate llenaba la sala. Mis primos seguían en el sofá, con los vasos en la mano.

Sebastián me vio llegar y alzó una ceja.

—¿Y qué tal la llamada, carnal? Te tardaste un buen.

—Demasiado bien —respondí, sentándome como si nada y dando un sorbo a mi whisky—. Todo resuelto.

Seguí en la plática —fútbol, trabajo, chistes tontos—, pero mis ojos no podían evitar desviarse hacia ella. Estaba al otro lado de la sala, charlando con sus hermanas, riendo como si el mundo fuera perfecto. El vestido se le pegaba un poco más por el calor, y yo sabía que debajo no llevaba nada. Me miró un segundo por encima del hombro, con esa sonrisa mínima que solo yo entendía, y sentí cómo todo volvía a despertarse bajo el pantalón.

Nadie podía imaginar lo que había pasado hacía menos de cinco minutos. Y yo ya quería más. El resto de la noche no logré dejar de recordar sus gemidos.

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Comentarios (5)

NachoBaires

Que relato!!! imposible no quedar enganchado desde el primer parrafo. Muy bien logrado.

MartaFuentes

Y despues que paso?? necesito saber como siguio la noche, por favor una segunda parte!

WalterOk

Me mato la parte de la tia preguntando si tenia novia jajaja, el timing perfecto. Tremendo.

ClarisaR

increible!!!

RubenSur23

Este tipo de situaciones con la familia alrededor y teniendo que disimular... la tension esta muy bien narrada. Me parecio muy creible, se siente real.

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