Lo que pasó con mi hermana al volver de la fiesta
Me llamo Tomás, tengo veinticuatro años y desde que terminé la facultad vivo otra vez en casa de mis padres, ahorrando para irme. Soy delgado, de piel oscura, con el cuerpo de alguien que entrena lo justo para no sentirse mal frente al espejo. Y tengo un problema que es el origen de casi todos mis males: mi hermana Renata.
Ella tiene veintiuno, estudia diseño en la universidad y es lo opuesto a mí en todo. Piel clara, pelo negro y rizado, una figura menuda que llena cualquier habitación apenas entra. Mis padres trabajan desde temprano hasta tarde, así que durante años la responsabilidad de tenerla controlada cayó sobre mí, como si yo fuera el adulto de turno y no un tipo que también tenía una vida propia.
—Tomás, llevame al centro. Tomás, prestame plata. Tomás, ¿podés esperarme despierto?
Esa era la banda sonora de mi casa. Renata salía a cualquier hora, traía amigas sin avisar, me pedía favores como si fueran obligaciones. Y lo peor es que sabía exactamente lo que hacía. Se aprovechaba de que mis padres nunca estaban y de que yo, por costumbre o por culpa, siempre terminaba cediendo.
La odiaba. No es una palabra fácil de escribir sobre una hermana, pero es la verdad. La odiaba por inmadura, por egoísta, por cómo me usaba sabiendo que yo no iba a quejarme delante de nuestros padres. Durante meses fantaseé con desquitarme de alguna forma, con que por una vez fuera ella la que dependiera de mí. No sabía cómo. Hasta que una noche se presentó la oportunidad.
Era un sábado. Mi padre me cruzó en el pasillo con esa cara de cansancio que no admite discusión.
—Tu hermana está en una fiesta. Necesito que la vayas a buscar a las seis de la mañana, a la casa de su amiga.
—¿Y por qué yo?
—Porque mañana tu madre y yo entramos a trabajar temprano y necesitamos dormir. Hacelo y listo.
Me fui a la cama refunfuñando. No podía creer que tuviera que levantarme en plena madrugada de fin de semana, y encima no por mí, sino por ella. Puse la alarma, pero estaba tan enojado que me costó horrores dormirme. Cuando por fin lo logré, dormí de más y escuché el despertador tarde.
Me levanté de un salto. Por suerte mis padres no se despertaron. En el teléfono tenía cinco mensajes de Renata, cada uno más impaciente que el anterior. Le contesté que ya iba, pero los reclamos seguían entrando. Pedí un auto para llegar más rápido, y cuando bajé frente a la casa de su amiga, ella me recibió a los gritos.
—¿Dónde estabas? ¿Por qué llegás tan tarde? Sos un insoportable.
—La insoportable sos vos —le devolví—. Ahora vámonos.
***
Empezamos a caminar hacia la parada del colectivo. A esa hora la ciudad estaba muerta, con esa quietud gris que tiene todo justo antes de que salga el sol. Renata frenó en seco.
—¿Qué hacemos acá? Yo quiero volver en taxi.
—No puedo, ya gasté en venir hasta acá. Recordá que estaba llegando tarde.
Me miró con las mejillas encendidas de furia, los labios apretados.
—Siempre lo mismo con vos. Me tenés cansada.
—Bueno, está bien.
Cambié de dirección y caminé hacia una agencia de remises. Ella me siguió, desconcertada.
—¿Y ahora adónde vas?
—¿No querías ir en remis?
—¿No era que no había más plata?
—Mentí.
La verdad es que estaba tan agotado que, por una vez en la vida, no quería hacer lo que ella pedía. Y, sin embargo, ahí estaba, haciéndolo igual. Durante esas dos cuadras me siguió gritando, aunque estuviéramos yendo justo adonde quería. Entramos a la agencia y nos dijeron que el auto tardaba media hora. Nos sentamos a esperar.
Renata se ubicó frente a mí, con la mirada clavada y la boca tensa, como si yo fuera el culpable de todo. Y ahí, en esa sala vacía y mal iluminada, empecé a mirarla de verdad por primera vez en años.
Tenía puesto un top ajustado, de esos que usan las chicas para salir, que le marcaba el pecho y dejaba el vientre al descubierto. Por la forma en que la tela se movía cuando respiraba, era evidente que no llevaba nada debajo. Abajo, una pollera corta que se le había subido al sentarse. Crucé y descrucé las piernas en mi propia silla, incómodo, porque algo se estaba despertando en mí que no tenía nada que ver con el cansancio ni con la bronca.
Es mi hermana. En qué estoy pensando.
Pero seguí mirándola. Su pelo negro y rizado le caía sobre los hombros, todavía con el brillo de la fiesta. Y entonces se me cruzó una idea que llevaba meses dándome vueltas sin forma. La venganza. La recompensa por todos esos años de hacerle de chofer, de niñero, de cajero automático. Por una vez, iba a ser ella la que me diera algo a mí.
—Vámonos —dije, parándome.
—¿Y ahora qué?
—Tomamos el colectivo. Va a ser más rápido.
—¿Qué? ¿Es en serio?
Siguió protestando, pero yo ya no la escuchaba. Lo único que importaba era que caminaba a mi lado, siguiéndome a pesar de cada queja. De camino a la parada habíamos pasado, sin que ella lo notara, frente a un pasaje angosto entre dos edificios. Esta vez, cuando llegamos a su altura, la tomé del brazo.
***
La metí en el pasaje y la apoyé contra la pared. Renata abrió los ojos, más sorprendida que asustada.
—¿Qué hacés?
—Estoy cansado —le dije, con mi cuerpo casi pegado al suyo, la voz baja—. Me tenés cansado. Y creo que… me merezco una recompensa.
No dijo nada. Solo me miró, conteniendo la respiración. Y en esa pausa, en ese silencio que duró apenas un segundo pero se sintió eterno, entendí que no me estaba apartando. Que algo en ella también estaba esperando, quizá desde hacía tanto como yo.
Le pasé la mano por debajo del top y le toqué un pecho. Tenía la piel tibia y los pezones se le endurecieron al instante bajo mis dedos. Los apreté, jugué con ellos despacio, y se le escapó un sonido por la garganta que enseguida intentó tragarse. Me sostenía la mirada, terca hasta el final, como si rendirse fuera perder. Eso me daba más ganas de hacerla ceder.
Bajé la boca hasta su pecho. Le pasé la lengua por un pezón, lo tomé entre los labios, lo succioné mientras ella se mordía el labio para no gemir. Mi hermana, la que me había hecho la vida imposible durante años, temblaba contra una pared con mi boca recorriéndola y se negaba a admitir cuánto le gustaba.
Así que pasé a mi última carta. Le subí la mano por el muslo, por debajo de la pollera, hasta encontrar la tela fina de la ropa interior. La corrí a un lado y la toqué directamente, deslizando los dedos por una humedad que la delataba mucho más que cualquier gemido.
—Decilo —le pedí, casi en su oído—. Quiero escucharte.
Renata cerró los ojos y por fin se dejó ir.
—Seguí… —murmuró, con la voz quebrada—. No pares, por favor.
Moví los dedos despacio entre sus pliegues y después la penetré con ellos, sintiendo cómo se aferraba a mí. Entraban y salían cada vez más fáciles, lubricados por ella misma. Abría más las piernas, ofreciéndose, mientras con la otra mano yo seguía jugando con su pecho. De reojo controlaba la calle: no pasaba nadie, era la calma absoluta de la madrugada, rota solo por su respiración en ese rincón.
La miré. Tenía la boca entreabierta, los labios brillantes, la piel pálida casi luminosa en la penumbra. Me pareció tan deseable que no pude contenerme. Acerqué mi cara a la suya. Ella abrió los ojos, me miró, y no hizo nada por evitarlo. La besé. Besé a mi hermana, a la que tanto me molestaba, y lo hice con una intensidad que me sorprendió a mí mismo, hundiéndole la lengua en la boca mientras ella me devolvía el beso con la misma desesperación.
Cuando nos separamos para tomar aire, abrí el cierre de mi pantalón. Renata bajó la vista y se relamió, y eso fue lo único que necesité. La tomé de la cintura, le mantuve la ropa interior corrida y empujé despacio.
—Ah… —se le escapó.
Sentí una resistencia que no esperaba. Me detuve, confundido. Por todo lo que insinuaba, por su forma de provocar, siempre había asumido que mi hermana tenía experiencia de sobra. Pero estaba equivocado. Era virgen. Lo había guardado, vaya a saber por qué razón, hasta esa madrugada absurda en un callejón.
—¿Querés que pare? —le pregunté, con la voz más suave de lo que pretendía.
—No —dijo enseguida, abrazándome el cuello—. Seguí.
Empujé con cuidado, ganando terreno de a poco, y ella gimió contra mi hombro, una mezcla de dolor y placer que la hizo clavarme las uñas en la espalda. Esperé a que su cuerpo se acostumbrara. Cuando empezó a moverse contra mí, buscándome, entendí que el dolor había pasado.
—Me encanta —susurró—. No pares, por favor, no pares.
No le contesté. Seguía enojado con ella, y a la vez nada en el mundo me parecía más urgente que esto. La sostuve contra la pared, le levanté una pierna y empecé a moverme con un ritmo cada vez más firme. Su cuerpo menudo rebotaba con cada embestida, su respiración se cortaba, y yo intercalaba besos en su cuello y en su boca para callar los gemidos que se volvían demasiado fuertes para un lugar público.
Después de un rato la giré contra la pared. Renata me miró por encima del hombro, agitada, y arqueó la espalda ofreciéndose otra vez. La tomé de las caderas y la penetré de nuevo, más profundo en esa posición. Le sujeté el pelo negro con una mano, tirando apenas, y con la otra la sostenía firme mientras la embestía. Ella ya no se contenía: cada movimiento le arrancaba un gemido ahogado que se mezclaba con el primer canto de los pájaros.
—Así —me decía—. Así, no pares.
Aguanté todo lo que pude, pero la combinación de su cuerpo, de su voz, de lo prohibido de todo aquello, terminó por vencerme. Me hundí en ella una última vez y me dejé ir, abrazándola contra la pared mientras los dos temblábamos. Nos quedamos quietos unos segundos, recuperando el aire, sin saber muy bien qué decir.
***
Nos acomodamos la ropa en silencio. Le sequé como pude las piernas con un pañuelo que tenía en el bolsillo, y ella se reía bajito, todavía colorada. Al final, como había querido desde el principio, volvimos a casa en colectivo, sentados uno al lado del otro, los hombros tocándose, sin pelear por primera vez en años.
Cuando llegamos, nuestros padres ya se habían ido a trabajar, como siempre. Nos miramos en el pasillo y no hizo falta decir nada. Esa madrugada no terminó en el callejón. Terminó horas después, en mi habitación, con la puerta cerrada y la certeza de que algo entre nosotros había cambiado para siempre.
Esa noche, cuando mis padres volvieron, preguntaron lo de siempre.
—¿Hubo algún problema con la búsqueda?
—Ninguno —contesté.
Renata y yo nos miramos y se nos escapó una sonrisa que tuvimos que disimular.
—¿Ahora se llevan mejor? —preguntó mi madre, sorprendida por la tregua.
—Nos llevamos muy bien —dijo Renata, mordiéndose el labio—. Mucho mejor.