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Relatos Ardientes

Mentí a mis amigos y mi prima aceptó ayudarme

A los veintidós años, Adrián seguía siendo virgen, y la mayor parte del tiempo no le pesaba demasiado. Se decía a sí mismo que era una oportunidad: esperar a la mujer adecuada, una parecida a él, y perder la virginidad con cariño y sin vergüenza. Pero esa era la teoría. La realidad es que no destacaba en nada, ni para bien ni para mal. Era, sencillamente, el chico más promedio que uno pudiera cruzarse por la calle.

Su altura, su cara, su físico, su situación económica: todo estaba en el promedio exacto, lo cual a veces es peor que ser feo. Pero lo que de verdad lo frenaba era esa timidez insoportable, ese nudo en la garganta cada vez que tenía que hablar con una mujer. Ese nervio fue lo que lo mantuvo virgen tanto tiempo, y también lo que alimentaba las burlas constantes de sus amigos. Le tenían aprecio, sí, pero les divertía demasiado pincharle con el tema.

Aquella tarde estaban los cuatro matando el rato en casa de Bruno, sin nada mejor que hacer, hasta que uno recordó una historia con su exnovia: el día que lo hicieron en la última fila del cine. A partir de ahí cada uno fue soltando su anécdota, y por supuesto Adrián no tenía nada que aportar. La atención cayó sobre él de golpe cuando le llegó el turno y ni siquiera despegó los labios.

Las risas no tardaron. Acusaciones de micropene, de ser maricón, de cualquier excusa que justificara su virginidad. Normalmente él se lo habría tragado en silencio, ya estaba acostumbrado. Pero esa tarde algo se le rompió por dentro y decidió que no pensaba aguantarlo otra vez.

Se levantó y, fingiendo una seguridad que no sentía, soltó:

—Que no os ande contando milongas como vosotros no significa que sea virgen. Tengo novia, lo que pasa es que no pienso presentársela a unos imbéciles como vosotros.

La reacción no fue la que esperaba. Se rieron todavía más, sin tomárselo en serio, así que él insistió, y en cuestión de minutos ya había una apuesta sobre la mesa: si Adrián demostraba que no era virgen, jamás volverían a meterse con él; si todo era mentira, tendría que regalarles su consola nueva. Ni él mismo sabía por qué aceptaba. Estaba demasiado furioso para pensar. Dijo que sí, aun sabiendo que esa novia no existía y que era imposible inventarla en un solo día.

Salió de allí con el trato cerrado. Nada más pisar la calle se sintió como un perfecto idiota. Pensó en volver y decir que había sido una broma, pero ya era tarde, no había marcha atrás. Volvió a casa repitiéndose lo que había prometido: «Solo tengo que pedirle permiso a mi novia y os enseñaré unas fotos que os van a callar de una vez por todas».

Al entrar suspiró y se dejó caer en el sofá del salón, mirando al suelo, consciente de que al día siguiente no solo sería un virgen, sino un virgen sin consola y, encima, un mentiroso. ¿De dónde iba a sacar una novia, o siquiera una mujer dispuesta a hacerse unas fotos creíbles con él? ¿Una escort? No, se consideraba demasiado «decente» para eso. ¿Salir de fiesta y vencer la timidez de un día para otro? Pura fantasía, sabía que no lo lograría. Y entonces, cuando ya sentía las lágrimas asomar, levantó la vista y la encontró: su prima, la solitaria, esa de la que tantas veces se había burlado llamándola «rarita» o «bruja».

Algunos fines de semana ella y sus padres se quedaban a dormir en casa de Adrián, y Mariela compartía cama con él sin que jamás hubiera habido nada raro entre los dos. Para Adrián el incesto era algo repugnante, y además su prima nunca había mostrado el más mínimo interés por nada sexual. Aun así, ahí sentado, la miró con un hilo de esperanza. Solo necesitaba convencerla de hacerse unas cuantas fotos: de la mano, ella sentada en sus piernas, tal vez un beso fingido. Pero ¿cómo iba a pedírselo después de haber sido tan cruel con ella?

***

Ahí estaba Mariela, de pie en el pasillo, barriendo. Parecía no haber nadie más en casa, y ella misma lo confirmó:

—Se han ido al pueblo a pasar la tarde, no vuelven hasta la noche. Yo ahora salgo.

Adrián no podía permitir que se marchara. Se acercó deprisa, le tomó la mano con suavidad y dijo, nervioso:

—No, ¿cómo te vas a ir ahora? Quédate conmigo, vemos una peli o algo.

Se sostuvieron la mirada. Mariela era una mujer sencilla, solitaria, un poco extraña por culpa de su rostro tan particular. A sus veintiún años conservaba unas facciones casi infantiles, la piel muy pálida, el pelo largo, liso y pelirrojo, casi siempre algo despeinado. Tenía los ojos grandes y oscuros y unos labios carnosos de un rojo intenso. Se podía decir que era guapa, pero de una forma rara: sus cejas apenas se distinguían y un mar de pecas le cubría la cara entera, dejándola más roja que pálida. Su cuerpo, en cambio, era elegante, esbelto, de piernas largas, manos finas, cintura estrechísima y caderas anchas en proporción, con unos pechos pequeños pero firmes.

Lo malo es que casi nadie lo sabía, porque ella escondía esa figura bajo prendas sencillas que la disimulaban. Ese día, sin embargo, iba vestida con esmero, casi seductora de no ser por el enorme abrigo que tapaba todo lo demás: una falda de tubo negra ajustada, medias finas, tacones de aguja y una blusa color rosa abotonada hasta el cuello, con un lazo a juego. Nada de eso se adivinaba bajo aquel abrigo oscuro.

Al oír cómo Adrián le rogaba que se quedara, Mariela supo al instante que algo pasaba. Dejó que le sujetara la mano mientras decía:

—Así que ahora quieres que la rarita que siempre está sola se quede contigo. ¿Por qué? ¿No te da miedo que te use para un ritual de magia negra?

Adrián suspiró. Sabía que tendría que humillarse un poquito. En el fondo ella era dulce y siempre estaba dispuesta a perdonar, pero la última vez que hablaron él había criticado su melena despeinada, su palidez, el hecho de que apenas tuviera amigas.

—Vale, lo siento, soy un idiota. Pero por favor no te vayas —dijo, besándole la mano, apoyando una rodilla en el suelo y mirándola con ojos de cordero degollado.

—Bueno... —respondió ella, conteniendo una sonrisa al verlo así—. Pero antes me vas a contar qué te traes entre manos. Estás rarísimo. Venga, suéltalo.

Adrián le explicó todo: la mentira para frenar las burlas, su virginidad confesada de paso, la apuesta. A ella no pareció escandalizarle nada de aquello, hasta que él mencionó que podría salvarlo con unas simples fotos.

—O sea, que te burlas de mí, le mientes a tus amigos y encima quieres que yo participe. Claro, ahora mismo me pongo —dijo, cruzando los brazos.

—Por favor, no vuelvo a decirte nada nunca más, te compro lo que quieras. No quiero ser el chiste del grupo, no quiero perder la consola. Por favor, por favor.

Adrián se arrodilló del todo, le tomó las dos manos, se las besó y bajó la cabeza hasta rozar con los labios la punta de sus zapatos. Estaba desesperado. Mariela aguantaba la risa por dentro; en realidad ya había decidido ayudarlo, pero disfrutaba viéndolo así. Se quedó callada, le ofreció el otro tacón para que también lo besara y luego se apartó fingiendo indiferencia. Se sentó en el sofá, cruzó las piernas y, sin mirarlo, soltó:

—Convénceme. Estoy esperando.

Entonces giró la cabeza y lo miró con sus grandes ojos oscuros, la cara pecosa casi encendida, los labios curvados en media sonrisa orgullosa.

—Un masaje. Ahora mismo —añadió, moviendo los pies para señalar dónde lo quería.

Adrián no dudó ni un segundo. Se arrodilló junto a sus pies y empezó a masajearlos lo mejor que supo, mientras ella sonreía y abría el abrigo para ponerse cómoda. Él tenía la mirada clavada en aquellos tacones, esforzándose en hacerlo bien.

***

El masaje no servía de gran cosa, pero a Mariela le bastó. Se levantó, agarró a Adrián del pelo con suavidad y le hizo alzar la cara.

—Perdonado. Pero a partir de ahora me tratas mejor.

Él se incorporó feliz, le rodeó la cintura estrecha con los brazos y la levantó en el aire de pura alegría, llenándole la mejilla de besos. Mariela acabó riéndose, porque a pesar de todo Adrián le caía bien.

—Te debo una enorme, Mariela. Me estás salvando de la mayor humillación de mi vida —dijo, apretándola contra él con honestidad.

Los dos se sonrojaron. Siempre se habían querido a su manera, pero aquel instante tenía algo distinto, algo cálido que se rompió cuando ella dijo:

—Bueno, vamos a hacer esas fotos y a librarte de ser el virgencito del grupo.

Rieron juntos. Adrián empezó a pensar qué clase de foto montar y decidió que lo mejor sería mostrar algo de posesividad. Colocó el teléfono sobre un mueble alto, agarró a Mariela por las caderas y la apretó fuerte contra su cuerpo, con la cara muy cerca de la suya. Pero al revisar la imagen no convencía: apenas se veía complicidad y el abrigo tapaba tanto que solo la melena delataba que era una mujer.

Fue ella quien propuso otra cosa. Se quitó el abrigo y empezó a recorrer el salón con la mirada, y en ese gesto dejó a Adrián hipnotizado. La había visto cientos de veces, algunas en pijama antes de compartir la cama, pero nunca con la ropa marcándole de aquel modo las formas: femeninas, elegantes, hechas para que la miraran. Se quedó embobado, perdiendo la noción del tiempo, hasta que ella le cogió de la mano.

—Este salón no me gusta. Anda, ven.

Subieron al cuarto de Adrián, que tenía mejor luz y un par de espejos perfectos para hacerse fotos. Mariela tomó el control de la escena enseguida. Lo sentó al borde de la cama y se acomodó sobre uno de sus muslos, estirando las piernas largas cubiertas por las medias, con los tacones en el aire, la falda subida hasta medio muslo y la blusa tan ajustada que se le marcaba el pecho. Pasó un brazo por el cuello de él y apuntó con la otra mano hacia el espejo para encuadrar toda la escena.

Adrián se sentía raro. Le gustaba, pero a la vez le parecía que no debería haberla dejado sentarse así. Esos pensamientos se desvanecieron en cuanto oyó su voz:

—Vamos, que no tengo todo el día.

Él la miraba a la cara, fingiendo estar enamorado. No era eso lo que ella buscaba.

—Si crees que solo mirándome van a tragarse que somos pareja...

Adrián seguía paralizado, sin saber qué hacer, así que Mariela le tomó las manos y se las colocó: una sobre sus nalgas firmes por encima de la falda, la otra en su propio cuello. Después acercó la nariz a la de él y le presionó los labios en un beso simple y dulce, pero intenso, sensual, que arrancó a Adrián un pequeño gemido que ella fingió no escuchar. Por dentro se sorprendía de lo mucho que aquello la estaba excitando a ella también.

—¿Qué te parece? —dijo, mostrándole el resultado, sonrojada pero sonriente.

—Creo que vale... —contestó él, nervioso—. Muchas gracias, Mariela.

La mano de Adrián seguía sobre las nalgas de su prima, como si no pudiera despegarse. Muy despacio, ella empezó a levantarse, y por puro impulso él la retuvo.

—Una foto más. Por si acaso —pidió, tímido pero ansioso.

—Sin problema —respondió ella, encantada con ese gesto posesivo.

***

Ahora era Adrián quien proponía. Con suavidad cambió la postura: tumbó a Mariela boca arriba sobre el colchón y se colocó encima, llevándole las muñecas por encima de la cabeza y abriéndole apenas las piernas para situarse entre ellas. Ella lo miró suspirando, tímida, con media sonrisa que parecía preguntar «¿de verdad eres tú?». No lo sabía, pero los pezones se le habían endurecido bajo la blusa. Él apoyó el móvil apuntando a uno de los espejos, activó el temporizador y aprovechó los cinco segundos para inclinarse y rozarle el cuello con los labios, arrancándole un gesto de placer que quedó capturado en la foto.

Le costó unos segundos salir del hechizo. La miró con vergüenza, como si hubiera cruzado una línea sin querer, e intentó apartarse. Pero Mariela apretó las piernas contra su espalda, con los ojos entrecerrados.

—La foto va a quedar bien... pero me has lamido el cuello —susurró.

—Perdona, quería que saliera bien. Lo siento.

A ella esa timidez le resultaba mucho más excitante que cualquier chulería. Le sostuvo la cara con las manos pálidas, lo acercó a la suya y susurró antes de besarlo:

—No lo decía a malas. Solo quería que lo hicieras otra vez.

Ladeó la cabeza, ofreciéndole el cuello, y Adrián hizo lo único que podía hacer. Lo besó y lo lamió despacio, mientras sentía cómo se endurecía contra ella en cuestión de segundos. Su prima tenía un sabor que lo atrapaba, realzado por el perfume dulce y por el suave gemido que acompañó al roce de sus dedos en la nuca.

—¿Vas a volver a ser malo conmigo? —murmuró ella.

—No volveré a ser malo con mi prima. Te lo prometo —respondió él contra su oído, mientras la presión de sus cuerpos apretaba la tela de la ropa interior de ambos y los gemidos se mezclaban.

Mariela rió bajito entre suspiros, le tiró del pelo y atrapó sus labios en un beso apasionado, lento al principio, sin lengua, hasta que la dejó entrar. Los gemidos pasaban de una boca a otra. Entonces ella se abrió la blusa de un tirón, deseosa de atención, y él le devolvió el gesto retirándole el sujetador para besarle los pezones endurecidos, casi transparentes sobre su piel pálida.

Mariela gemía el doble de fuerte. Nunca lo había dicho, pero también era su primera vez. No por falta de belleza, sino por miedo a que con un desconocido la experiencia fuera mala. Con su primo no estaba siendo así. Lo apretó aún más con las piernas, clavándole las uñas en la espalda.

—Adrián... yo también soy virgen —confesó.

Él se detuvo un instante. Le besó el torso, le cubrió los hombros de besos y le preguntó en voz baja si quería que parara. Por toda respuesta, ella giró la situación con un movimiento ágil: lo dejó tumbado de espaldas y se sentó a horcajadas sobre él.

—Ahora no puedo parar —susurró.

***

Mariela le subió la camiseta y lo recorrió a besos desde el cuello hasta el abdomen, frotándose contra él hasta que Adrián tuvo que sujetarla con fuerza por las caderas para no terminar antes de tiempo. Ella reía, encantada, y fue deslizándose hacia abajo hasta arrodillarse entre sus piernas. Lo miró relamiéndose, le bajó el pantalón y se quedó observando su erección con una mezcla de hambre y curiosidad, esforzándose por no parecer intimidada en su primera vez.

Lo acarició muy despacio, con las dos manos, sin dejar de mirarlo a los ojos.

—¿Así te gusta? —susurró.

Adrián apenas podía responder, los ojos casi cerrados, la boca entreabierta de placer. Le acarició la cara pecosa y la melena pelirroja antes de besarla con ternura.

—No sé en qué estaba pensando cuando no me daba cuenta de lo guapa que eres —murmuró contra su boca.

Y sin una palabra más, con Mariela casi tan enamorada como él, le recogió el pelo en una coleta improvisada y la guió. Ella abrió la boca de inmediato, lamiendo con suavidad, siempre manteniendo el contacto visual, dejándose dirigir despacio.

—Me siento una sinvergüenza... pero me gusta —dijo con la voz tomada.

Adrián no dejaba de gemir, las piernas le temblaban. La interrumpió para besarla aunque sus labios brillaran, susurrándole que la quería, aunque sonara cursi. Ella reaccionó con otro beso y siguió, atenta a cada reacción suya para aprender qué le gustaba.

—Mariela... joder... —era lo único que conseguía articular—. Esta noche te llevo a cenar. Quiero mimarte.

Cuando sintió que estaba a punto de perder el control, la detuvo de nuevo, temblando, y la atrajo hacia arriba. La sentó sobre la mesita de noche, le apartó la ropa interior a un lado y se maravilló al descubrir su sexo húmedo, evidentemente virgen. Se lanzó a besarlo y lamerlo con la misma delicadeza que ella había tenido con él.

Mariela tenía los ojos en blanco, viendo a su primo entregado entre sus piernas. Se había estado tocando sin que él lo notara, y estaba ya al borde. Adrián alternaba el ritmo, pendiente de cada estremecimiento, disfrutando de aquel sabor que no dejaba de manar.

—Joder... sigue así, por favor —rogaba ella, casi sin voz.

Él redobló el esfuerzo y pronto Mariela se corrió, temblando, agarrada a su cabeza, casi llorando de gusto. Solo le quedaba fuerza para pedirle que se pusiera de pie y la besara. Adrián obedeció, orgulloso de sí mismo, incapaz de creer lo que estaba viviendo.

—Esto no puede ser real... es demasiado bueno —susurró entre suspiros.

Mariela llevaba un rato con los ojos cerrados, y aquellas palabras le dieron el último empujón. Tomó su erección y la guió hacia su entrada virgen. Él la penetró con muchísimo cuidado, y ella abrió los ojos para mirarlo fijamente, diciéndose sin palabras que nunca olvidarían aquel momento en que los dos, primos y vírgenes, dejaban atrás su inocencia.

Los espejos reflejaban la escena: la pelirroja pecosa sentada en la mesita, el primo inclinado sobre ella, las manos entrelazadas, las embestidas lentas, los dedos de los pies retorciéndose dentro de los tacones. Adrián empujó un poco más hondo, sintiendo cómo ella se acomodaba a su tamaño, los dos sudando. Mariela bajó una mano para acariciarse mientras le pedía que aguantara un poco más, y él tensó cada músculo del cuerpo para resistir.

Cuando ya no pudo más, ella le sujetó la cara con desesperación y lo besó como loca, susurrándole un «gracias» que apenas alcanzó a terminar antes de correrse de nuevo, temblando, cerrando las piernas alrededor de él. Adrián se derrumbó sobre su prima, casi sin equilibrio, vaciándose por completo mientras aquel abrazo lo ordeñaba hasta la última gota.

Sudor, saliva, cansancio, placer, amor: todo brotaba de aquella escena. Se abrazaron sin aire, se dieron un beso largo y se dejaron caer en la cama. Mariela apoyó la cabeza en su hombro y le pasó el brazo delgado por el pecho; él le rodeó la cintura y le besó la frente mientras los dos recuperaban el aliento.

Despacio, el placer terminó de derretirlos. Se miraban a los ojos, se daban besos suaves, se susurraban ternuras y agradecimientos.

—Gracias, Mariela. Me has dado el mejor día de mi vida —dijo él.

—Yo creía que nunca encontraría a alguien en quien confiar tanto como para esto —respondió ella.

Después se ducharon juntos, lavándose el uno al otro, cubriéndose de más besos, prometiéndose guardar aquel cariño para siempre, aunque fuera el cariño de una sola tarde.

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Comentarios (5)

CarlitosBA

excelente relato, de los mejores que lei en mucho tiempo!!!

curiosa87

Muy bueno! Espero que haya segunda parte, quede con ganas de saber como termino todo entre ellos jaja

Turco_BA

Que situacion mas comprometida... y que prima tan comprensiva jajaja. Muy bueno

LoboSur88

Me recordo a algo que me paso hace años con una prima lejana, esas cosas que uno guarda para siempre. Muy bien escrito, se siente real.

Martina_Sur

increible como lo narraste, muy natural y sin ser burdo. Mas asi!

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