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Relatos Ardientes

Mi hermana no se levantó de mi regazo esa tarde

Después del primer asalto decidimos parar para comer algo. Lo había previsto esa misma mañana: pasé por el supermercado a comprar un par de bandejas de pasta de las que se hacen en el microondas, justo para no perder tiempo en la cocina y aprovechar cada minuto que teníamos la casa para nosotros.

Los dos seguíamos encendidos. El sexo oral de antes nos había quitado algo de la urgencia, pero la calentura no se iba a ninguna parte. Eran casi las cuatro de la tarde y, por mucho que quisiéramos seguir, el estómago mandaba.

Habíamos puesto una película cualquiera de sobremesa, de esas que nadie mira de verdad. Lucía ya iba por el postre cuando empezó a ponerse cariñosa otra vez. Apoyó la mano derecha en mi rodilla, sobre la tela del pantalón que me había vuelto a poner, y la fue subiendo despacio.

—Venga, termínate el plato y volvamos a lo nuestro, que tengo muchas ganas, Mateo —me apremió, sonriente, deslizando las caricias hacia mi entrepierna mientras me besaba el cuello y la mandíbula.

—Mmmmm… —gruñí, todavía con la boca llena—. Espera a que acabe. No tengas tanta prisa, cielo.

—Es que tienes que entenderme —insistió, arrodillándose a mi lado en el sofá y rodeándome el cuello con un brazo, acercando sus pechos a mi cara—. Tantos días sin poder tocarte como yo quería. Tantos momentos imaginándote. Tantas veces que tenía que disimular delante de la abuela para no pedirte que me llevaras a un rincón.

—Para, Lucía… —le rogué, gruñendo de nuevo, aunque ya empezaba a notar el efecto de sus palabras—. No seas impaciente.

—¿Impaciente? —repitió mi hermana, frenando en seco y apartando un instante la cara de la mía, solo para volver a la carga enseguida—. No, amor mío, no te equivoques: bastante paciente he sido ya.

Y se me echó al cuello sin contemplaciones, sujetándome la cara con las dos manos y besándome con ganas. Ante esa actitud, decidí rendirme. Mi hermana estaba ardiendo, y la verdad es que la entendía perfectamente. Se sentó sobre mí, abriéndose de piernas, y me susurró al oído.

—¿Sabes lo mojada que estoy ahora mismo? —Sus palabras me la pusieron dura de inmediato—. Tengo el coño caliente, y es por ti, Mateo. —Me hablaba con los labios rozando los míos, restregando las caderas contra el bulto del pantalón.

Le rodeé la cintura con los brazos y, mientras disfrutaba de sus curvas, decidí que, ya que ella me había hecho comer a toda prisa, le tocaría a ella currarse los preliminares antes de que volviéramos a la cama.

Como iba medio desnuda, me recreé tocándola, pero esta vez más despacio, dejando que fuera ella quien se esforzara para ponerme tan duro que ya no aguantara más.

—Mmmm… Lucía. Para tener tantas ganas de follar, te veo poco activa.

—Pero si te noto el garrote entre las piernas, tonto —se rió.

—Ya, pero aunque la tenga despierta, creo que te puedes esforzar un poquito más, mi amor.

—¿Me estás pidiendo que me insinúe como una zorra, hermanito?

—Tal vez… No sé… Prueba a ver si me gusta —la reté.

—Está bien. Si lo que quieres es hacerte el difícil, voy a conseguir que lo difícil sea que no sucumbas. —Empezó a moverse despacito sobre mi regazo—. Voy a ponerte los ojos en blanco, mi amor. ¿Y sabes por qué? Porque te comería enterito, Mateo. Porque me tragaría con gusto todo lo que ahora mismo te niegas a darme.

Bajó una mano hacia su propia ropa interior sin dejar de mirarme.

—¿Y sabes qué haría si me dejaras? Te dejaría correrte dentro de mí, en lo más profundo, una y otra vez, hasta que no quedara nada. Y estoy tan mojada que entrarías sin ningún esfuerzo.

Como una estaca. Así me habían dejado sus palabras. Como una putísima estaca.

Tuve que contenerme para no bajarme los pantalones en ese mismo instante y dejar que me cabalgara mientras jadeaba en mi oído. En lugar de eso, le seguí el juego.

—Eres muy perra, Lucía —le solté, con la intención de ponerla a mil yo también—. Mira que calentarme así. Tocarte el coño sentada en mis piernas. Qué cerda eres.

—Sííí… Soy una cerda. Me gusta mi hermano mayor. Y no solo me toco delante de él. También… ¡Aaah…! También me toco sin nada de por medio. Y le enseño lo que provoca.

Sin ningún pudor, se sacó la mano de entre las piernas y me la mostró: un líquido claro y viscoso le resbalaba entre los dedos y le bajaba por la palma.

—¿Ves lo mojada que me tienes, cariño?

—Te chorrea el coño —observé, excitadísimo, notando cómo mi propio pantalón empezaba a empaparse debajo de ella.

—Pues sí. Y soy una persona limpia, tengo que recoger esto de alguna forma. Y solo se me ocurre una.

Entonces, con todo su descaro, se chupó los dedos a pocos centímetros de mi nariz y, en plena faena, me preguntó:

—¿Quieres probar? —Y se rió de nuevo, encantada de sí misma.

—Eres demasiado —carraspeé, aguantando el impulso de ensartarla hasta el fondo—. Una diablilla del sexo.

—¿Es que lo dudabas, Mateo? —preguntó con una sonrisa maliciosa, pasándose la mano por la cara a propósito, embadurnándose la nariz y las mejillas—. Soy tu mujer. En público te sirvo, y en privado te doy lo que sé que deseas. ¿Quieres o no?

Estampé mi boca contra la suya y probé sus fluidos con todas las ganas, cruzando lenguas y labios de forma intermitente. Ella me llevó la mano derecha a la nuca, presionando para que no me separara, mientras con la izquierda guiaba mi mano hasta su ropa interior para que comprobara lo húmeda que estaba.

—¿Sabes qué haría ahora mismo si me dejaras? —me dijo entre besos—. Me sentaría despacito encima de ti y no me bajaría hasta dejarme afónica. Te deseo, Mateo. Cómeme.

Me besó con un hambre que no esperaba, una intensidad que me hizo gemir contra su boca.

—Me encantaría que me follaras hasta que nos olvidáramos de todo. Hasta gritar tu nombre. Y no te pediría que pararas, cariño.

Como tenía la mano derecha prácticamente sobre su sexo, no perdí el tiempo: le metí los dedos y la hice jadear contra mi cara, empapándome con lo que salía de ella.

—¡Aaah…! ¡Mateo…! ¡Sííí…! ¡Sigue…! ¡Te…! ¡Te quiero tanto…!

—Eres una guarra incestuosa a la que le encanta que su hermano mayor la toque sin vergüenza —le dije, y le di un lametón obsceno en la mejilla que le dejó la piel brillante—. Dime, ¿qué crees que diría papá si nos viera?

—No lo sé, Mateo. Pero sí sé lo que haría yo. Te dejaría correrte dentro. Me encantaría que lo hicieras sin avisar y que papá lo viera todo: cómo se quieren sus hijos. Qué indecente es esto.

Levantó la mirada y clavó sus ojos en los míos.

—Estoy chorreando por ti, mi amor. Me volvería loca que me miraras así mientras me corro encima de ti. —Y me mordió el labio inferior antes de sentenciar—: Fóllame.

***

Antes de que pudiera reaccionar a sus palabras, mi instinto tomó el control y decidió por mí. Me bajé los pantalones y el calzoncillo de golpe, salió a relucir mi polla, húmeda y goteando, y se la metí a Lucía de una sola vez.

—¡¡Aaah…!! —exclamamos casi al mismo tiempo. La penetración, con lo lubricados que estábamos, no nos resultó dolorosa en absoluto.

Mi hermana empezó a botar sobre mí, hambrienta. Por la postura en la que estábamos veía perfectamente cómo subía y bajaba, cómo entraba y salía entre sus labios hinchados, matándonos a los dos de placer.

—¡Ooooh…! ¡Sííí…! —jadeaba ella, descontrolada—. ¡Mi vida…! ¡Dame más…! ¡Qué dentro te siento…!

Yo le devoraba los pechos, el cuello, las mejillas. Terminé de desnudarla de cintura para arriba y me amorré a sus pezones, chupándolos como si quisiera sacar leche de ellos. Estaban deliciosos.

—¡Aaah…! ¡Hermanita…! —gruñí con la cabeza hundida entre sus pechos, mientras ella se los apretaba con las manos para que siguiera besándolos—. Eres deliciosa. Con qué facilidad te entra. Me encanta.

Le rodeé el cuerpo con los brazos y deslicé las yemas de los dedos por su espalda. La sentí estremecerse y pegarse más a mí, con auténtica necesidad. El calor y el olor que desprendía me tenían hechizado, adicto a su cuerpo y a sus curvas.

Sentía cómo la recorría una y otra vez por dentro, abrigado por la sensación húmeda de sus paredes acogiéndome. Habría querido que aquel momento se alargara para siempre, porque la conexión que había entre nosotros me parecía simplemente insuperable: unidos, éramos uno solo.

Pero, para mi desgracia, con todo el juego previo que habíamos hecho, las ganas de correrme emergieron incontrolables y todo mi cuerpo entró en modo vibración.

—¡Lucía…! Estoy… Estoy cerca —la avisé, acelerando el ritmo y chupándole los pechos con más fuerza.

—¡Sííí…! ¡Lo noto, Mateo…! Fóllame más deprisa, cariño —me rogó, y, cogiéndome de la nuca, apartó mi cara de sus pechos, la levantó y se inclinó para meterme la lengua hasta el fondo.

Nuestros alientos y nuestra saliva se mezclaron una vez más y, entre respiraciones entrecortadas, entre miradas cómplices y lametones, se me pusieron por fin los ojos en blanco. Me aferré a ella y empecé a llenarla por dentro.

—¡Aaah…! ¡Mi amooor…! —exclamé, todavía con la boca pegada a la suya, abrazándola mientras ella resoplaba, cerca también de su propio límite.

***

A medida que terminaba de vaciarme dentro de ella y mi polla empezaba a perder fuerza, me preocupé, aún jadeante, de que Lucía pudiera correrse también. Llevé el pulgar a su clítoris, hinchado y resbaladizo por los fluidos de los dos, y empecé a frotar con rapidez.

—¡Oooh…! ¡Dios mío…! —gimió contra mi cara, y vi cómo se le tensaban las facciones, la boca entreabierta, la mandíbula apretada de puro placer—. ¡Sííí…! ¡Mateo…! ¡Así…! Qué gusto, joder. No pares.

—No pienso parar, Lucía. Me pone muy perro hacerte jadear así. Frotarte para que te corras. Ponerte los ojos en blanco.

Cambié de mano y me llevé la que tenía pringada de fluidos a la boca, la chupé un poco y se la ofrecí.

—¿Quieres?

Sin dudarlo, se amorró a mis dedos y empezó a succionar, mientras yo aceleraba ahí abajo. Sus ojos entornados eran la señal de que el orgasmo se acercaba.

—¡Aaah…! ¡Sííí…! ¡Joder, Mateo…! —exclamó mientras chupaba—. ¡Soy una guarra…! ¡Una cerda que se relame con su propio sabor…!

Aunque se había tragado buena parte, algunas gotas le caían por la boca y le recorrían el mentón y el cuello, bajando hacia sus pechos. Llevado por el morbo, le sujeté la nuca con la otra mano y bajé la cabeza para recoger con la lengua, de abajo a arriba, lo que quedaba.

—Estás deliciosa, cariño. Sabes de maravilla —gruñí, notando su pulso acelerado.

—¡Mi amooor…! ¡Joder…! ¡Ahí…! ¡No te detengas…! —me suplicaba, gimiendo alto, con la voz ronca y entrecortada, mientras yo movía los dedos en círculos que la hacían arquearse cada vez que pasaba por su punto.

—Te chorrea el coño, hermanita —le dije para provocarla, sintiendo su humedad resbalar por mi mano—. Estás empapada.

—¡Oooh…! ¡Sííí…! ¡De la calentura que tú me provocas, cabrón…! ¡Lame…! ¡Lámeme el cuello otra vez…! ¡Lo necesito…! —me pidió, echando la cabeza hacia atrás y exponiendo la piel.

Obediente, deslicé la lengua por los sitios donde sabía que más le gustaba, subiendo hasta el lóbulo de su oreja izquierda para chupárselo. La sentí estremecerse mientras mis dedos la frotaban un poco más rápido a cada segundo.

—Voy a hacer que te corras, hermanita —le dije, notando cómo me clavaba los dedos en los hombros y se mordía el labio—. Voy a hacer que jadees hasta que se te pongan los ojos en blanco. ¿Quieres eso?

—¡Sííí…! ¡Por favor…! ¡Qué gusto…! ¡Por favor, Mateo…! ¡Haz que me corra…!

Sus caderas se movían solas, frenéticas, montándome la mano como si fuera mi polla, empapándome los dedos. Sus gemidos se volvieron más continuos, roncos y temblorosos, buscando con ansia ese orgasmo. Bajé la otra mano hasta su trasero y la obligué a apretarse más fuerte contra mis dedos.

—Así. Córrete, Lucía. Córrete en mi mano. Déjamelo todo. Déjame sentir cómo te aprietas. Te quiero, mi amor.

Entonces, sin previo aviso, se tensó y me clavó las uñas en los hombros, abriendo la boca para soltar un grito que apenas le salió porque se quedó sin aire, atravesada de arriba a abajo por el orgasmo.

—¡Aaaah…! —estalló por fin, un gemido largo y gutural que se rompió en jadeos mientras su sexo palpitaba alrededor de mis dedos, con contracciones fuertes que me empaparon la mano hasta la muñeca—. ¡Oooh…! ¡Sííí…!

Se puso a temblar entera, con lágrimas de placer, la cabeza echada hacia atrás. Yo seguí frotando sin descanso, alargando cada ola que la recorría, hasta que se derrumbó contra mi pecho, jadeando, rodeándome el cuello con unos brazos que le temblaban igual que las piernas.

La tenía así, vulnerable y agradecida, y le besé la coronilla con toda la dulzura del mundo mientras le acariciaba la espalda sudada con las yemas de los dedos.

—Te amo —le susurré al oído, todavía con los dedos dentro de ella, notando los últimos espasmos—. Disfruta, mi reina.

Lucía solo movió la cabeza, diciendo que sí, pegada a mi cuerpo, con la respiración aún entrecortada.

***

Entre la digestión de la comida y el orgasmo que acababa de darle con la mano, mi hermana se quedó algo adormilada, con la cabeza apoyada en mi pecho y el cuerpo relajado y calentito. Su pelo me hacía cosquillas en la barbilla, y sus brazos, rodeándome el cuello, estaban suaves y en calma. Estaba para comérsela.

Habría querido dejarla dormir un rato, siendo honesto. Sé por experiencia que la universidad le quita horas de sueño, y que ni con maquillaje consigue siempre disimular las ojeras.

Habría querido, sí. Pero no podía, por tres razones. La primera, porque no quería desperdiciar durmiendo esa libertad absoluta que teníamos hasta el día siguiente. La segunda, porque, si la dejaba sobando, mi hermana, que siempre se queja de que apenas podemos estar juntos, me habría echado una bronca de las buenas, y con razón.

Y la tercera, la más evidente: tenerla encima, desnuda, calentita, con el olor de sus fluidos y mi mano todavía pringada de ellos, me la estaba volviendo a poner dura.

—Mi vida… Despierta —la llamé suavemente, levantándole la barbilla con la mano y besándola en la frente, en las mejillas, en los labios—. Venga, que aún nos quedan muchas horas por delante para hacer travesuras.

—Mmmm… Sííí… No estoy dormida. Es que me has tocado tan bien que me he quedado a gusto. Gracias, hermanito —me dijo, y acto seguido me dio un beso de amor que no esperaba, con lengua y mucha pasión.

Si yo ya estaba encendido, ese beso terminó de despegarme. Cogí a mi hermana por las piernas, dejé que me rodeara la cintura con ellas, y me levanté de un brinco del sofá rumbo al dormitorio, listo para el tercer asalto.

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Comentarios (5)

Lucas1988

que relato mas morboso, no pude soltar el cel hasta terminarlo!!

PatriciaLN

necesito la segunda parte ya!! como termino esa tarde??? no me puedo quedar con la duda jajaja

RominaK_Mdq

Me encantó lo bien que describís la tension entre los personajes. Muy bien escrito, se siente autentico y sin ser burdo. Seguí así

FanArd22

excelente!!!

JuanHM_77

vas a continuar con mas capitulos? el final me dejo con ganas de mas, muy bueno

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