La medicina que mi marido inventó para mi hermano
El aire del club de billar pesaba como una manta húmeda, cargado de humo viejo y del chasquido seco de las bolas al partir. Bruno llevaba tres whiskies dobles encima y miraba el paño verde como si buscara en él una respuesta que nunca llegaba. Adrián, su cuñado, lo observaba desde el otro lado de la mesa con una atención que el chico ni siquiera sospechaba: la mezcla exacta de lástima y cálculo de quien ya ha decidido algo.
—Te lo juro, Adrián, me siento un fenómeno de feria —soltó Bruno de golpe, dejando el taco sobre el fieltro con un gesto de rabia—. Todos creen que esto es una bendición. No lo es. Es una condena. Cada mujer con la que me he acostado se asusta en cuanto me ve la polla. Se bloquean. Les entra el miedo y se acabó.
Adrián le puso una mano en el hombro y escuchó sin interrumpir, como quien recoge munición.
—Nunca se la he metido entera a nadie —siguió el joven, con los ojos vidriosos por el alcohol—. Ni una sola vez. Las putas, apenas me la ven fuera del pantalón, me dicen que no, que esa verga no entra ni con litros de aceite, que no quieren terminar con el coño destrozado en urgencias. Me siento un gigante a medias. Como si ningún coño en el mundo estuviera hecho para tragarme.
Adrián sintió un escalofrío al recordar lo que había visto esa misma tarde, sin que su mujer lo supiera: sus caderas anchas abiertas de par en par, sus muslos firmes tragándose el juguete grueso que ella escondía en el cajón, el coño estirado hasta lo imposible chorreando alrededor del silicón.
—Tranquilo, chaval, no digas eso —respondió con voz firme—. Escúchame bien. El otro día, en el baño, cuando te eché una mano porque venías mareado, vi lo que llevas. Me quedé de piedra. Pero no eres ningún fenómeno.
—¿De verdad me la viste? —preguntó Bruno, casi avergonzado.
—Vaya si te la vi. Colgando como un brazo, y encima estabas flácido. Y te digo una cosa: no es que las mujeres no quieran. Es que no has dado todavía con una hembra de verdad. Una con cuerpo, con años, con la calma de saber disfrutar de una polla así. Hay mujeres que darían lo que fuera por sentir ese grosor abriéndoles el coño. Mujeres que no se asustarían: te la mamarían con hambre y te pedirían más.
El chico se rió sin ganas y apuró la copa. Adrián pensaba en Lorena, en sus pechos pesados, en sus aureolas rosadas empapadas de sudor después de correrse a chorros. Pensaba, sobre todo, en que era, posiblemente, el único coño capaz de tragarse aquella bestia y agradecerlo.
—¿Y tú crees que existe alguien así? —insistió Bruno con una chispa de esperanza.
—Estoy convencido. Y está mucho más cerca de lo que imaginas —contestó Adrián, pidiendo otra ronda mientras su mente trazaba ya el plan completo.
***
—Dime una cosa —retomó Adrián, apoyado en el taco con una sonrisa de absoluta complicidad—. Con esa bestia que cargas entre las piernas, ¿qué clase de mujer sueñas? ¿Cómo te gustan para follártelas de verdad?
Bruno suspiró, le dio un trago largo a su copa, y la honestidad sin filtros del borracho brotó sola.
—Pues si te soy sincero… me gustan grandes. Imponentes, altas, con unos muslos gruesos que te aprieten fuerte la cintura cuando les hundas la polla y un culo que llene las manos al agarrarlas. Con las caderas anchas, de esas que sabes que no se van a romper cuando les metas todo el rabo hasta los huevos.
Adrián asintió, sintiendo cómo el morbo le subía por la espalda al pensar en quién lo esperaba en casa con el coño todavía caliente.
—¿Y de tetas? —incitó, con un brillo diabólico.
—Eso es lo que más me pone —se animó el chico—. Las de tetas grandes y naturales, pesadas, con volumen. Sueño con una tía de aureolas anchas y pezones gordos que se pongan duros solo de mirarlos, para poder mamárselos hasta dejárselos en carne viva. Y follármelas entre las tetas, ahogándome la polla en toda esa carne, hasta correrme encima del cuello. Pero nunca he tenido suerte. Siempre acabo con chicas delgadas que se asustan en cuanto me abro la bragueta. Por eso me siento un raro.
Adrián soltó una carcajada cargada de intención. El retrato era, punto por punto, el de su propia esposa.
—No eres ningún raro. Buscas una hembra de verdad, de las de antes —dijo, dándole una palmada en la espalda—. Y existen. Y tienen mucha más capacidad de la que crees. Mi mujer, sin ir más lejos, tiene ese cuerpo que describes. Unas tetas que le rebotan hasta la cara cuando se la follan, un coño ancho que se lo traga todo. Curvas que asustarían a cualquiera que no sea un hombre hecho.
Bruno se puso rojo y bajó la vista al suelo, notando cómo la polla le engordaba dentro de los vaqueros.
—Joder, Adrián… no me digas eso, que me incomoda. Pero… sí. Tienes razón. Tu mujer es justo mi ideal. La verdad, no sé cómo aguantas sin que se te vaya la olla, teniéndola en casa.
Adrián sonrió hacia su copa. Era exactamente la respuesta que había venido a buscar.
***
Entró en casa con el rostro sombrío, fingiendo una preocupación que rozaba la tragedia. Lorena lo esperaba en el salón, con un camisón de seda que resaltaba sus curvas y el rosa de su escote, la piel todavía sensible tras la tarde que había pasado a solas metiéndose el juguete hasta que se había corrido dos veces sobre el sofá.
—¿Qué pasa, mi vida? Tienes mala cara —preguntó ella, acercándose con instinto protector.
Él se dejó caer en el sofá y le tomó las manos.
—Es tu hermano, amor. Me ha dejado hecho polvo —empezó, con la voz quebrada a propósito—. Está hundido. Me ha confesado, casi llorando, que se siente un fenómeno. Dice que ninguna mujer lo quiere por culpa del tamaño de su polla, que todas huyen en cuanto se la ven fuera del pantalón.
Lorena abrió mucho los ojos. Una punzada de lástima real le cruzó el pecho, y sus tetas subieron y bajaron con un suspiro de angustia bajo la seda.
—Pobre chico… sabía que le costaba, pero no que sufriera tanto —murmuró, conmovida.
—Es peor de lo que crees —insistió Adrián, agravándolo con malicia—. Me ha dicho que no le encuentra sentido a la vida si nunca va a follar a una mujer que no le tenga miedo a la verga. He visto algo en su mirada… Me da pavor que haga una locura. Que no aguante más tanta soledad y tanta pelirroja hecha a mano.
Ella se llevó las manos a la boca, los ojos empañados. Imaginar a su hermano pequeño sumido en semejante desesperación la llenó de una pena infinita.
—No puede ser… ¡tenemos que hacer algo! —exclamó, sintiendo cómo el afecto y un compromiso nuevo se mezclaban dentro de ella—. No podemos dejarlo así por algo que no es culpa suya.
Adrián la atrajo hacia sí. Notó cómo el cuerpo de ella temblaba de emoción, y también cómo los pezones se le marcaban duros a través de la seda. Sabía que había tocado la fibra exacta: la compasión de una mujer de corazón enorme, y de coño hambriento, ante el sufrimiento de un hombre al que todos temían, excepto, quizás, ella.
***
Movida por la angustia, Lorena tomó el móvil. Sus tetas subían y bajaban bajo la seda mientras marcaba el número y pulsaba el icono de videollamada. El teléfono sonó varias veces en un silencio absoluto. Por fin la pantalla se iluminó.
Apareció el rostro de Bruno, sudoroso, despeinado, con una mirada de pánico que traspasaba la cámara. Estaba a oscuras, iluminado solo por el brillo del propio teléfono, y se notaba que acababa de incorporarse a toda prisa. Lorena entendió, en ese instante, que lo había interrumpido cascándosela, con la polla en la mano.
—¿Hola? ¿Hermana? ¿Pasa algo? —preguntó él, con la voz quebrada y el aliento entrecortado.
—Hola, cariño. Te llamaba porque te noto raro últimamente. ¿Cómo estás? —dijo ella con una dulzura infinita, dejando que la cámara mostrara el rosa de su escote, la sombra profunda entre sus tetas y la amplitud de sus caderas al acomodarse en el sofá.
Bruno tragó saliva, incapaz de apartar la vista. Se le fue sin querer la mirada a las dos ubres pesadas que casi se le salían del camisón, y notó cómo la polla, que ya tenía dura, dio un latigazo brutal contra el edredón. Adrián, fuera de plano, contenía la respiración.
—Bien, bien… ¿Has hablado con tu marido? ¿Te ha contado algo de esta tarde? —preguntó el chico con el corazón en la boca, temiendo que el secreto hubiera estallado.
Ella, siguiendo el juego que su marido le había instigado, mintió con calma.
—No, ¿por qué? Me ha dicho que estuvisteis jugando al billar y poco más. ¿Ha pasado algo?
Se oyó un suspiro de alivio físico. Bruno se relajó contra la almohada, aunque su mirada seguía clavada en el escote de su hermana a través de la pantalla, y la mano derecha se le fue sola de nuevo bajo la sábana, cerrándose sobre el grosor durísimo de su verga.
—No, nada… Bebí de más. No te preocupes.
—Escúchame bien —dijo Lorena, fijando los ojos en los de él—. Prométeme que cualquier cosa que necesites, me vas a llamar. No quiero que te sientas solo nunca. ¿Entiendes? Jamás. Me tienes a mí para lo que sea.
El joven asintió en silencio, conmovido y con la polla goteando premen a partes iguales por el ofrecimiento de aquella mujer que ahora intuía capaz de cualquier cosa, hasta de abrirle las piernas.
***
Apenas colgó, Adrián salió de la penumbra donde había observado toda la escena con la respiración pesada y un bulto notorio en la entrepierna. Los ojos le brillaban de orgullo y de algo más turbio.
—Me has dejado sin palabras, amor —le susurró, rodeándole el cuello con las manos—. Cuidarlo así, sabiendo que se la estaba cascando mientras te miraba las tetas… es lo más increíble que he visto en treinta años. Pero ahora no puedo más. Después de todo lo que hemos hablado, me muero por verte con el sustituto, aquí, delante de mí, abriéndote el coño de par en par.
Ella soltó una risa nerviosa y notó cómo sus muslos se apretaban solos, la humedad del coño empapando ya la seda.
—¿Aquí? ¿Ahora? —preguntó, aunque su mano ya buscaba instintivamente el cajón.
—Aquí mismo. Quiero que me demuestres en directo que esa polla no es nada para una hembra como tú. Quiero ver cómo se te abre el coño hasta el límite, hasta que se te tragué el juguete entero. Enséñame de lo que eres capaz, guarra.
Lorena se puso en pie con lentitud provocadora. Dejó caer el camisón al suelo y reveló su cuerpo entero: la curva ancha de las caderas, el vientre suave, el triángulo depilado brillando de humedad, las tetas pesadas cayendo con su peso natural y las aureolas rosadas endurecidas por el frío y la excitación, los pezones tan duros que parecían dos gomas gordas apuntando al techo. Tomó el juguete, un consolador de silicona de cabeza tan gruesa como la bestia de la que tanto habían hablado, y miró a su marido con desafío.
—Espera… deja que me prepare —susurró, sentándose en el borde del sofá y abriendo las caderas de par en par para darle vista privilegiada a su marido del coño rosa y brillante—. Necesito lubricar bien antes de intentar meterme algo así.
Se llevó dos dedos a la boca, los ensalivó despacio, y los bajó a su clítoris. Empezó a frotárselo en círculos lentos mientras con la otra mano se apretaba una teta, tirando del pezón hasta ponerlo largo y morado. Los labios del coño se le fueron hinchando, abriéndose solos como una flor carnosa, y un hilo espeso de flujo empezó a bajarle hasta el ojete. Se metió un dedo, luego dos, buscándose el punto de dentro, y notó cómo la carne le latía alrededor.
—Estoy chorreando, cariño… mírame el coño, mira cómo se me abre —jadeó, separándose los labios con dos dedos para que Adrián le viera el interior rosa y palpitante.
Pero pasaron los minutos y, aunque el coño ya le goteaba en el sofá, el tamaño del juguete seguía imponiéndole respeto. Adrián notó esa última barrera y supo cómo romperla.
—Te falta el estímulo de verdad, amor —dijo, cogiendo el mando del televisor—. Voy a pasar la foto de la polla de tu hermano a la pantalla grande. Se la he sacado esta tarde en el baño, con él dormido de la borrachera. Quiero que la veas ahí, enorme, ocupando todo. Quiero que te toques el coño mirándosela.
—¡No! ¡Por Dios, qué vergüenza! —exclamó ella, tapándose la cara, aunque su mano no dejó de moverse entre sus piernas—. Me da muchísima pena… es la polla de mi hermano. No puedo verla así.
—Mírala, cariño. Mira ese grosor, esa bestia que solo tú puedes domar con tu coño —insistió él, mientras la imagen llenaba la pantalla con cada vena nítida, el glande morado hinchado, los cojones pesados colgando debajo—. Hazlo por él. Para que sepa que su hermana es la única guarra del mundo capaz de mamársela entera.
Ella apartó las manos y clavó la mirada en el televisor. Ver aquel tamaño en alta definición fue el detonante. Sus dedos empezaron a trabajar con furia sobre el clítoris. Metió uno en el coño, luego dos, después tres, moviéndolos rápido, curvándolos para golpearse el punto G, mientras las tetas le rebotaban salvajemente contra el pecho, subiendo y bajando pesadas, con las aureolas encogidas en cráteres rosados alrededor de los pezones erectos.
—¡Ay, Dios… es tan grande, es tan gorda! —gimió, perdiendo el control, chapoteando ya los tres dedos dentro de su coño empapado—. ¡Es la polla más grande que he visto en mi vida! ¡Me estoy corriendo solo de mirársela!
Un espasmo violento le sacudió los muslos y, tras unos segundos de tensión máxima, estalló en un orgasmo ruidoso que le empapó los dedos, la mano y el sofá, con la polla de su hermano presidiendo el salón como un tótem prohibido. Sacó los dedos chorreando de un flujo blanquecino y espeso, se los llevó a la boca sin pensar y los chupó uno a uno, sin apartar los ojos de la pantalla.
—Sabes a hembra caliente, guarra —gruñó Adrián, con su propia polla ya fuera de los pantalones, dándole tirones lentos mientras la miraba—. Ahora coge el juguete. Métetelo. Enséñame cómo te folla tu hermano.
***
Todavía palpitante, Lorena tomó el juguete con manos temblorosas. Se lo llevó primero a la boca y se lo empezó a mamar despacio, ensalivándolo entero, mojándolo con saliva espesa que le chorreaba por la barbilla hasta caerle entre las tetas. Se ahogaba cuando intentaba meterlo hasta el fondo, dando arcadas ruidosas, la garganta abriéndose para tragar aquel grosor imposible. Se apartaba con los ojos llorosos, respiraba, y volvía a tragárselo hasta la base, dejando el silicón brillante de baba.
—Así se la mama una a un hombre de verdad —murmuró Adrián, meneándose la polla más fuerte—. Con hambre. Ahora ábrete el coño y siéntatela encima.
Ella se recostó en el sofá, levantó las piernas y las sostuvo pegadas al pecho, dejando el coño hinchado y el ojete abierto a plena vista. Se abrió con dos dedos, se acercó la punta gruesa del consolador, y empujó despacio.
—Despacio, amor… siente cómo te va estirando el coño —le susurraba Adrián, pegado a su oído mientras grababa con el móvil, enfocando cómo los labios rosados se estiraban al máximo alrededor del silicón—. Imagina que es tu hermano, que por fin ha encontrado el único coño capaz de aguantarlo. Imagina lo que siempre ha soñado en secreto: metértela hasta los huevos.
Ella soltó un gemido profundo, gutural, y cerró los ojos con fuerza mientras el juguete avanzaba centímetro a centímetro, abriéndola por dentro, apartando las paredes de su coño. Sus caderas se balanceaban con lentitud agónica, subían y bajaban intentando tragárselo un poco más cada vez. Sentir aquel volumen real, tan parecido al de la imagen, la arrastraba a un estado de trance.
—Es que es… demasiado ancho… me llena el coño entero —balbuceaba, con las tetas subiendo y bajando frenéticas, los pezones apuntando al techo—. Siento que me va a partir en dos… ¡ay, Dios, no aguanto, es la polla de mi hermano abriéndome el coño!
Le llegó al fondo. La base del juguete tocó el perineo, y el vientre de Lorena se hinchó un poco por la presión interior. Se quedó unos segundos así, con la boca abierta, los ojos en blanco, empalada hasta el tope. Después empezó a mover las caderas en círculos, moliéndose el coño contra el silicón, sintiendo cómo la punta gorda le golpeaba el cuello del útero.
—Fóllate, guarra, fóllate como te follaría él —gruñía Adrián, tirándose de la polla con rabia junto a ella—. Que se te oiga chapotear.
Y se oía. Cada vez que subía y bajaba las caderas, el coño empapado hacía un ruido obsceno, un chapoteo húmedo que llenaba el salón, mezclado con el golpe seco de las tetas contra el pecho. Sacaba el juguete brillante de flujo espeso y volvía a hundírselo de un golpe, gimiendo cada vez más agudo, cada vez más ronco.
Adrián no dejaba de empujarla con la voz.
—¡Mírala en la pantalla! ¡Es la polla de tu hermano! ¡Siente cómo te la mete tu propia sangre hasta el fondo del coño!
Esa frase fue el detonante final. Ella hundió el juguete de un movimiento decidido, sin frenar, hasta la base, y empezó a bombearlo con las dos manos, con furia animal. Los muslos se le pusieron rígidos como piedra, los dedos de los pies se le curvaron, y su cuerpo se arqueó en un espasmo violento. Por segunda vez en el día, un chorro salió disparado de su interior, un géiser transparente que empapó el juguete, la mano, el sofá y hasta la alfombra. Su coño temblaba, se contraía y expulsaba, se contraía y volvía a expulsar, chorreando sin control mientras ella gritaba con la garganta rota.
—¡Me corro, me corro con la polla de mi hermano dentro! ¡Ay, Dios, me la meto entera, la aguanto entera!
Adrián no pudo más. Se le acercó a la cara con la polla en la mano y le disparó un chorro espeso de semen que le cayó desde la frente hasta la barbilla, cruzándole un ojo y colgándole del labio. Otro chorro le aterrizó entre las tetas, resbalando pesado por la aureola derecha hasta perderse en el pezón erecto. Ella sacó la lengua sin abrir los ojos, atrapando lo que le caía a la boca, y se tragó lo que pudo con una sonrisa lenta.
Se quedó arqueada, con el juguete aún encajado en el coño y los ojos entrecerrados, mientras Adrián contemplaba alucinado a su mujer de treinta años de fidelidad convertida en pura electricidad, la cara embadurnada de leche, las tetas pintadas de blanco.
—¡Otra vez! ¡Lo has vuelto a hacer! —exclamó él, soltando el móvil para abrazarla—. Nunca te había visto así. Tu hermano te ha despertado algo que ya no tiene marcha atrás. Se te ha puesto el coño de puta.
Ella, recuperando el aire, se sacó el juguete despacio, con un chasquido húmedo, y lo dejó sobre el vientre, brillando de flujo. Solo pudo mirarlo con una sonrisa de satisfacción incrédula, pasándose un dedo por la mejilla para recoger el semen que le colgaba y llevárselo a la boca, sin terminar de creer de lo que era capaz su propio cuerpo, ni de las guarradas que le estaban saliendo de la boca.
***
Más tarde, ya recompuesta, Lorena se cubrió con la bata mientras Adrián repasaba el vídeo en el móvil con una chispa de triunfo en la mirada.
—Mira esto, amor… es arte puro —dijo, con la voz cargada de morbo—. Se te ve el coño abriéndose entero, como un plato. No puedo guardármelo. Se lo tengo que enseñar.
Ella se encogió de hombros, sintiendo cómo el rubor le trepaba por la espalda, aunque entre las piernas notaba que el coño le seguía palpitando solo de pensarlo.
—¡No, por favor! Me muero de vergüenza si me ve así, con los dedos metidos y las tetas fuera… es mi hermano. Y encima con su polla en la pantalla detrás. Nuestras hijas ya están casadas, son mujeres hechas… y él parece de su generación. Me siento una guarra, una pecadora, solo de imaginarlo cascándosela viendo cómo me abro para él.
Adrián la tomó de la cintura, disfrutando del conflicto que la tensaba, metiéndole una mano bajo la bata para pellizcarle un pezón todavía sensible.
—Por eso es tan potente —susurró, bajando la voz—. Tus hijas tienen su vida. Pero tú eres la matriarca de esta familia, la hembra imponente, la del coño ancho y las tetas grandes. Que él vea que su hermana mayor se abre así de par en par, que se traga esa bestia entera pensando en él… es la cura definitiva para su abatimiento. Se le va a poner la polla dura para siempre.
Lorena cerró los ojos. La imagen de sus hijas y la de su hermano se mezclaban con la del juguete enorme desapareciendo en su coño, y notaba cómo se le volvía a humedecer el sexo bajo la bata.
—Es una locura… me hace sentir intensa y prohibida al mismo tiempo —confesó, apoyando la cabeza en su hombro y frotando las piernas para calmar el escozor—. Pero saber que puedo rescatarlo de la soledad, que puedo darle mi coño y calmarle esa polla que nadie aguanta, me da un escalofrío que no sé describir. Está bien… esperaremos a que venga a cenar. Pero prométeme que llevarás tú todo. Que parezca un descuido mío, que se queda el móvil abierto encima de la mesa y él lo ve sin querer. Que sea él quien decida qué hacer después de verme así, con las piernas abiertas y su polla en la pantalla.
—Te lo prometo. Será nuestro pequeño experimento familiar —concluyó Adrián, sellando el pacto con un beso en el cuello y otro pellizco en el pezón, ya saboreando la cena más explosiva de sus treinta años de matrimonio, imaginando a su cuñado metiéndosela hasta los huevos a Lorena sobre el mantel, y a ella gritando de gusto pidiendo más.