Mi madre no sabe el efecto que causa en mí
Solo había una forma de describir a Renata: era una diosa.
Pertenecía a esa clase de personas que resultan magnéticas sin proponérselo. Y no era únicamente porque fuera hermosa hasta el escándalo. Ni porque su cuerpo menudo y a la vez exuberante pudiera trastornar a cualquier hombre. Ni porque su melena pelirroja y sus ojos verdes llamaran la atención en cualquier rincón al que entrara. Tampoco era solo que fuera inteligente, divertida y mordaz cuando la ocasión lo pedía. Había algo más, algo imposible de atrapar con palabras. Un imán intangible que dejaba hechizado al instante a cualquiera que la mirara dos segundos de más.
Como digo, una diosa. El único problema era que Renata, además de todo eso, era mi madre.
***
Mi amigo Bruno no le quitaba los ojos de encima mientras ella se abría paso entre la multitud que abarrotaba la sala de conciertos. Avanzaba con las tres cervezas en las manos, intentando que llegaran intactas hasta nosotros, y el muy idiota la seguía con una sonrisa boba y la boca entreabierta.
—Joder, tío —le di un codazo en las costillas—. Disimula un poco, ¿quieres? Que es mi madre.
—Ya, perdona —contestó. Reaccionó, me miró un segundo, y solo me duró eso: un segundo. Enseguida volvió a clavar la vista en ella—. Es que tu madre está tremenda.
—Vete a la mierda. ¿Yo te digo algo de la tuya?
—Claro que no, porque la mía no está buena como la tuya. Si lo estuviera, lo podrías decir. Pero como no lo está, pues no.
Así era Bruno, todo lógica y delicadeza.
—De verdad que te tengo envidia —insistió, y me apretó el hombro—. Tú al menos has tenido la suerte de mamar de esas tetas.
—Mira, si lo que quieres es mamar de algo, puedes mamármela a mí.
—Gracias, hombre, qué detalle —respondió Bruno, riéndose.
—Por un amigo, lo que haga falta.
—Una cerveza para ti, y otra para ti —dijo mi madre cuando por fin consiguió llegar hasta nosotros—. Aunque por lo que me han cobrado, igual me han servido sangre de unicornio.
—Muchísimas gracias, Renata —Bruno agarró la suya por el cuello de la botella—. La próxima ronda corre de mi cuenta.
—Déjalo, que no quiero que tengas que pedir un préstamo antes de cumplir los veinte —se rió y se giró hacia mí—. ¿De qué hablabais, cariño?
—Que te lo cuente Bruno —respondí. Bruno se atragantó con el primer trago—. Yo voy un momento al baño antes de que empiece esto.
Dejé a mi madre interrogándolo y a él sudando, buscando alguna respuesta que no lo delatara. Me abrí paso a empujones hasta los servicios. Cuando salí, me detuve frente al puesto de mercancía. Entre las camisetas con la portada del último disco del grupo había un diseño de chica bastante chulo que me llamó la atención. Pensé que podía regalarle una a mi madre como detalle. Ella y yo coincidíamos en gustos musicales, y no era raro que fuéramos juntos a conciertos. Esa noche, además, ella había dejado que Bruno nos acompañara, y me pareció que merecía agradecérselo de algún modo.
Agarré una camiseta para verla de cerca. La chica que atendía el puesto se acercó.
—Un poco pequeña para ti, ¿no? —dijo, sonriendo.
—¿Qué? Ah, no, no es para mí. Es para…
—Ya, te estaba tomando el pelo —contestó, riéndose con ganas—. Es para esa chica tan guapa que viene contigo, ¿verdad?
Me giré y comprobé que desde allí se veía a mi madre bromeando con Bruno. Volví a mirar a la chica del puesto.
—¿Tu hermana mayor? —preguntó.
—No… es mi… ¿Cómo sabes que somos familia?
—Bueno, os parecéis bastante —volvió a sonreír—. Tienes una hermana muy guapa, ¿sabes?
—Sí, ya lo sé. A su lado, yo soy el feo de la familia. De pequeño me encerraban en una mazmorra y me pasaban la comida por una rendija para no tener que verme.
—¡Qué exagerado! —se rió todavía más fuerte. Luego añadió—: Bueno, si quieres la camiseta para tu hermana, esta talla no le sirve. Es una S, y ella necesita una M como mínimo.
—¿Tú crees? —pregunté, estirando la tela para apreciarla mejor—. A mí me parece que podría valerle.
—Mira —dijo la chica—, yo llevo una S, y tu hermana tiene bastante más que yo —se llevó las manos al pecho y las separó del cuerpo, dibujando un volumen en el aire. Entonces se sonrojó un poco. Y yo más todavía, porque me había pillado mirándole las tetas.
La verdad es que era muy guapa. Morena, con el pelo cortado a media melena que le enmarcaba una cara dulce. Sus ojos, azules y vivos, sobre una nariz respingona, sonreían al mismo tiempo que sus labios. Definitivamente, aquella chica sonreía con los ojos.
—Por desgracia no me quedan de la M —dijo con un suspiro, recuperando su tono profesional—. Solo me queda la S.
—Da igual —devolví la camiseta al montón—. Gracias de todas formas.
—¡De nada! —me sonrió otra vez. Se dio la vuelta para atender a una pareja, pero enseguida volvió a girarse hacia mí—. ¡Eh! —y cuando la miré, añadió—: Tu hermana es muy guapa, pero tú no eres el hermano feo ni de lejos.
En ese instante las luces de la sala se apagaron y el grupo salió al escenario. Un rugido colectivo lo inundó todo. Podría haber vuelto a hablar con ella, pero con semejante estruendo no habría servido de nada, así que me abrí paso a codazos y regresé con mi madre y Bruno. Ella levantaba su cerveza y se llevaba la mano libre a la boca para silbar.
—¿Qué? —me habló al oído mientras me daba otro codazo—. ¿Ya has dejado de ligar con esa chica tan mona del puesto? —me revolvió el pelo, le dio un trago a la cerveza, me guiñó un ojo y volvió su atención al escenario.
No podía culpar a la chica por haber confundido a mi madre con mi hermana. Viéndola saltar como una loca en primera fila, con sus vaqueros ajustados, una camiseta que apenas le cubría el ombligo, una cazadora corta de cuero y la melena pelirroja recogida en una coleta alta, no parecía una mujer que rozaba los cuarenta y dos. Ni de broma. Nadie le habría echado más de treinta, porque siempre había aparentado mucha menos edad de la que tenía. No tenía pinta de ser la madre de nadie. Lo que sí podía parecer, sin ningún problema, era la hermana mayor de un imbécil de diecinueve años. Y ese imbécil, en este caso, era yo.
***
—¿Qué? —preguntó Bruno—. ¿La penúltima antes de irnos a casa?
Salíamos del concierto roncos y reventados, pero felices. Llegamos al coche y mi madre abrió la puerta del conductor.
—De penúltima, nada —dijo—. Mañana tengo que estar en el estudio a primera hora y estoy molida. Además, me parece que me acompañan dos jóvenes muy apuestos que mañana tienen clase. ¿O no?
—Renata… —protestó Bruno—. No seas aguafiestas. Te prometo que vamos a un sitio donde pongan música de tu época.
—Oye, chaval. El grupo que hemos visto esta noche ya era viejo cuando yo empecé a escucharlo. A ver si te vas a creer que vosotros habéis inventado la pólvora. Y encima me has llamado vieja, así que ahora sí que te vas derechito a tu casa.
—Que no, que no quería decir eso… —Bruno se había puesto colorado—. Además, mañana es viernes, y a primera hora…
—Bruno, a primera hora tenemos clase con la Coronela —lo corté—. Y esa no perdona ni una.
—¿La Coronela?
—Sí —le explicó Bruno a mi madre—, es una profe que tiene un genio y unas piernas así de…
—Un poco fuera de lugar, ¿no os parece, chicos? —nos advirtió mi madre, aunque se partía de risa.
—A dormir, y mañana a clase, tío. Con la Coronela mejor no jugársela. Paso de que me baje la nota de la última evaluación por una tontería.
—Ese es mi chico —dijo mi madre, despeinándome de nuevo—. Pero el taco ha sobrado.
—Lo siento, mamá.
—Pelota —masculló Bruno.
—Instinto de supervivencia —aclaré yo.
Dejamos a Bruno en su casa y por fin llegamos a la nuestra. Entré al baño a lavarme los dientes y a mear, y cuando salí, mi madre estaba en la cocina.
Las botas, la cazadora y los vaqueros descansaban arrugados en el suelo. Ella estaba apoyada en la encimera, trasteando con algo. Solo llevaba puesta la camiseta corta y un tanga de encaje negro con remates color vino tinto.
Tragué saliva.
Mi madre y yo siempre habíamos tenido muchísima confianza. Había días en que parecía más una amiga mayor que mi madre. Hacíamos un montón de cosas juntos, hablábamos de cualquier tema, nos entendíamos sin esfuerzo. Y desde pequeño me había acostumbrado a verla en toda clase de situaciones. En la ducha. En topless en la playa. Paseando con poca ropa por la casa en verano.
Pero de un par de años a esta parte, algo había cambiado dentro de mí. Y estaba seguro de que ella no tenía la menor idea del efecto que provocaba. Seguía ligeramente inclinada sobre la encimera, de modo que el culo, coronado por aquel tanga, se le balanceaba apenas con cada movimiento. Se giró un poco para alcanzar la caja del té y vi que, bajo la camiseta, se le marcaban los pezones. También se había quitado el sujetador.
Parado como un idiota en el umbral, no podía dejar de mirarla.
Era un espectáculo. Era una maravilla.
Era una tortura.
—Ah, Lucas, cariño —se volvió al notarme—. Me estoy preparando un té antes de dormir. ¿Quieres uno?
—No, no, gracias —tartamudeé, intentando que no se me notara que la observaba como un psicópata—. Me voy a la cama. Buenas noches.
Me acerqué para darle un beso en la mejilla, y al hacerlo ella me rozó el brazo con un pecho. Sentí un cosquilleo recorrerme el estómago. Me devolvió el beso, me acarició la cara con el dorso de la mano. Su pelo olía de maravilla, a una mezcla de jazmín y humo de concierto que se me quedó pegada a la nariz.
—Que descanses, cielo —murmuró sin soltarme del todo—. Hoy me lo he pasado muy bien contigo.
—Y yo, mamá —dije, y mi voz salió más ronca de lo que pretendía.
No supe si lo notó. Se limitó a sonreír con esa media sonrisa suya y volvió a concentrarse en la taza humeante. Yo me obligué a darme la vuelta antes de que mis ojos siguieran recorriéndola, antes de que ella levantara la vista y lo leyera todo en mi cara.
Me encerré en mi habitación y me apoyé en la puerta con el corazón a mil. A través de la pared oía el tintineo de la cucharilla contra la porcelana, sus pasos descalzos sobre las baldosas, el roce de la ropa al moverse. Cada sonido dibujaba una imagen que no debería haber estado dibujando.
Me dejé caer en la cama y cerré los ojos. No sirvió de nada. La tenía grabada en la oscuridad: inclinada sobre la encimera, los pezones marcándose bajo la tela fina, el encaje negro ciñéndole las caderas. Sabía que estaba mal. Sabía que era lo más prohibido que un hijo podía sentir. Y, sin embargo, no podía apagarlo.
Me masturbé furiosamente, mordiéndome el labio para no hacer ruido, con el olor de su pelo todavía flotando en el aire. Después me quedé tumbado en la penumbra, con la respiración entrecortada y la culpa instalándose despacio en el pecho, escuchando cómo, al otro lado del pasillo, mi madre apagaba la luz de la cocina sin sospechar absolutamente nada.