El insomnio que terminó en la cama de mi madre
Tengo veintidós años y todavía vivo en casa de mis padres. No es por falta de ganas de independizarme: trabajo desde mi habitación, gano lo suficiente para aportar a la casa y, mientras pueda ahorrar un poco más, no veo el apuro. Lo cuento porque sin esa rutina —yo encerrado de noche frente a la pantalla, ellos durmiendo del otro lado del pasillo— nada de lo que pasó habría pasado. Y todavía me cuesta creer que pasara.
Esa noche no podía dormir. Llevaba más de una hora dando vueltas en la cama, con la cabeza llena de ruido y el cuerpo inquieto. Probé el truco de siempre, el que nunca falla, pero después de buscar un buen rato no encontré nada que me terminara de prender. Me rendí, agarré el control y me quedé jugando a algo sin sentido hasta que la garganta seca me empujó fuera del cuarto.
La casa estaba a oscuras. Bajé las escaleras descalzo, tanteando la pared, y justo cuando llegaba a la cocina un ruido a mi espalda me hizo dar un salto.
—Soy yo, tranquilo —dijo una voz baja.
Era mi madre. Carmen. Estaba de pie junto a la mesada, con una bata de dormir fina y el pelo suelto. La luz del extractor le caía encima desde arriba, y por primera vez en mi vida la miré de un modo que no debía. Se le marcaban los pezones bajo la tela, y no pude evitar quedarme mirando un segundo de más.
—Tampoco podés dormir —dije, disimulando, sirviéndome el agua.
—Hace rato que doy vueltas —respondió ella—. Tu padre ronca como un tractor.
Mi madre es lo que algunos llaman, con bastante poca elegancia, una mujer madura de las que se dan vuelta en la calle. Estatura mediana, caderas anchas, un cuerpo que llena la ropa. Yo había crecido viéndola todos los días sin reparar en nada de eso. Era mi madre y punto. Pero esa noche, con la casa dormida y esa bata, algo en mi cabeza hizo un clic que no supe apagar.
No la mires así. Es tu madre.
Nos quedamos un rato apoyados contra la mesada, hablando en voz baja para no despertar a nadie. Después, casi sin darnos cuenta, nos pasamos a la sala y nos sentamos en el sofá. Eran más de las dos de la mañana y la casa entera estaba en silencio, ese silencio espeso que solo existe a esa hora.
—¿Y de novia, nada? —preguntó, acomodándose un cojín en el regazo.
—Nada hace meses. Lo de Lucía terminó bastante mal.
—Qué pena, se la veía linda contigo —dijo—. Y vos sos buen mozo, no entiendo cómo no tenés una fila en la puerta.
—No exageres, ma.
—No exagero. Lo digo en serio.
—Mirá quién habla. La guapa de la familia sos vos.
Se rió, sorprendida, y se llevó una mano al pecho.
—¿Yo? —dijo—. No sabía que tu madre te parecía guapa. Si no fuera porque estoy casada con tu padre… —dejó la frase en el aire un segundo y enseguida agregó—: Es broma, tonto. Siempre vas a ser mi nene.
—Ya sé, ya sé. Solo digo que te ves muy bien para tu edad. Es un hecho.
Nos miramos unos segundos sin decir nada. Fue apenas un instante, pero hubo algo ahí, algo que ninguno de los dos nombró. Ella desvió la vista primero y dijo que ya era hora de ir a dormir, que mi padre se iba a despertar y preguntar dónde andaba. Pero ninguno se movió.
***
Tendría que haber subido en ese momento. Lo sé. Pero me quedé sentado, y mi respiración debió delatarme, porque ella me miró de reojo con una sonrisa rara antes de hablar otra vez.
—Una pregunta de madre entrometida —dijo, jugando con el borde del cojín—. ¿A Lucía la tenías contenta? En la cama, digo. Porque a veces las parejas se rompen por eso y nadie lo dice.
La pregunta me agarró desprevenido. Sentí que se me subía el calor a la cara.
—La verdad… ella era bastante cerrada para esas cosas —admití—. No teníamos mucho. No es que yo tenga tanta experiencia tampoco.
—Mmm. ¿Y qué sabés hacer? —insistió, con una media sonrisa—. ¿Las cosas que se ven en los videos esos o sos más tímido?
—Lo intento —dije, riéndome para tapar los nervios—. Pero para eso necesitaría una mujer tan de película como vos.
Apenas lo dije quise tragarme las palabras. Pero ella no se enojó. Bajó la mirada, se mordió el labio inferior y se quedó así un momento, pensando.
—Qué morboso saliste —murmuró—. ¿En serio te gustaría algo con tu madre?
Mi corazón latía tan fuerte que pensé que ella lo iba a escuchar.
—Estás muy bien, ma —dije en voz baja—. Tenés un cuerpo que vuelve loco a cualquiera.
El silencio volvió, más denso que antes. Ella me miraba fijo, y yo no sabía si me había metido en un problema enorme o si estaba a punto de pasar algo que no me iba a animar a contarle a nadie. Entonces apoyó la mano en mi rodilla, apenas, y se levantó.
—No te muevas de acá —dijo—. Ya vuelvo.
Subió las escaleras y tardó unos minutos eternos. Yo me quedé en el sofá con la boca seca, repasando cada palabra, convencido de que iba a volver vestida y arrepentida, lista para hacer como que nada de eso había sucedido. Pero cuando bajó, lo hizo despacio, mirándome a los ojos, y al llegar al último escalón dejó caer la bata al suelo.
Debajo llevaba solo una tanga negra, fina, y nada más. La luz de la lámpara pequeña le recortaba la silueta. Me quedé sin aire.
—Escuchame bien —dijo, acercándose—. Esto es una sola vez. No vamos a tener sexo. Solo quiero que me veas mientras te tocás. Nada más. ¿Entendido?
—Entendido —contesté, aunque apenas me salió la voz—. Estás increíble, ma.
***
Se sentó en el sillón de enfrente, con las piernas un poco abiertas, y empezó a acariciarse despacio por encima de la tela mientras me miraba. Yo me bajé el pantalón y empecé a tocarme sin dejar de mirarla a ella. Subía las manos hasta el pecho, se acariciaba, se mordía el labio. La situación era una locura, y justamente por eso estaba más excitado que en toda mi vida.
Aguanté lo que pude. Pero llegó un punto en que las reglas que ella misma había puesto me parecieron imposibles de respetar.
—Ma —dije con la respiración entrecortada—, ¿puedo al menos besarte? Solo eso.
Dudó. La vi dudar, mirar hacia las escaleras como midiendo el riesgo, y después suspirar.
—Apurate —murmuró—. Solo un poco. Y después paramos.
Me acerqué y la besé en el cuello, en los hombros, bajé despacio. Ella trataba de no hacer ruido, de aguantar cualquier sonido que pudiera atravesar el silencio de la casa y llegar al cuarto donde dormía mi padre. Pero la respiración la traicionaba. Cada vez que tomaba aire se le escapaba algo parecido a un gemido contenido.
—Más te vale que tu padre no se entere de esto —dijo de pronto, agarrándome de la nuca—. Vení.
Y eso fue todo. La frágil regla del «solo mirar» se cayó a pedazos en un segundo. Mi madre corrió la tanga hacia un lado y me atrajo hacia ella. Lo que pasó después no fue elegante ni planeado: fue urgente, torpe, cargado de meses de tensión que ninguno de los dos sabía que existía. Su cuerpo de mujer madura tenía un calor distinto, una experiencia que yo nunca había conocido en alguien de mi edad.
—Hacía mucho que no… —dijo ella entre dientes, abrazándome fuerte—. No sabés cuánto necesitaba esto.
—Vos me apretás de una manera —respondí, perdido—, no voy a aguantar mucho.
—Esperá. Acá no —dijo de repente, frenándome con una mano en el pecho—. El sofá rechina y se escucha todo. Vamos a tu cuarto. Tu padre duerme como un tronco hasta las seis por el turno de mañana. Tenemos tiempo.
***
Subimos las escaleras de la mano, en puntas de pie, conteniendo la risa nerviosa como dos adolescentes que se escapan de algo. Cerré la puerta de mi habitación con cuidado, giré la llave, y antes de que pudiera reaccionar ella me empujó suave sobre la cama y se subió encima.
Verla así, recortada contra la poca luz que entraba por la ventana, moviéndose sobre mí, fue algo que jamás voy a olvidar. Se sostenía con las manos en mi pecho y marcaba el ritmo ella, despacio primero, después con más ganas, como si estuviera recuperando un tiempo perdido del que nunca me había hablado.
—Así, mi amor —susurró, inclinándose para que mi oído fuera el único lugar al que llegara su voz—. Tu padre hace años que no me presta atención. Necesitaba sentirme así otra vez.
—Bajá un poco —le pedí, agarrándola de las caderas—, o no voy a poder parar.
—No quiero que pares.
La cama crujía apenas y los dos nos esforzábamos por no hacer ruido, lo que de algún modo lo hacía todo más intenso. Cada vez que ella se movía yo tenía que apretar los dientes para no soltar un sonido que nos delatara. El silencio de la casa era una amenaza constante, y al mismo tiempo era parte de lo que nos tenía a los dos al borde.
No aguanté demasiado. Mi madre llevaba el control y, con cada movimiento, me arrastraba más cerca del límite. Le apreté las caderas, ella se mordió la mano para no gritar, y los dos llegamos casi al mismo tiempo, en silencio, temblando, conteniendo todo lo que el cuerpo nos pedía soltar.
Nos quedamos un rato así, agitados, tratando de recuperar el aire sin hacer ruido. Ella me besaba el cuello, despacio, con la respiración todavía rápida contra mi piel. Pasaron unos minutos largos antes de que se levantara, recogiera su bata del piso del pasillo y se la pusiera.
—Qué buen hijo me salió —dijo en voz muy baja, ya en la puerta, con una sonrisa que no le conocía—. Esto no le importa a nadie más que a nosotros, ¿está claro?
—Clarísimo —contesté.
—Andá a dormir. Y… —dudó un segundo— tenemos que repetirlo.
La vi alejarse por el pasillo, esa silueta que había mirado mil veces sin verla nunca de verdad, y entré a la cama con la cabeza dándome vueltas. No me dormí enseguida. Me quedé mirando el techo, pensando en lo que acababa de pasar, sabiendo que algo se había abierto entre nosotros que ya no íbamos a poder cerrar. Y supe, con una mezcla de culpa y deseo que todavía me acompaña, que esa no iba a ser la última noche de insomnio que terminara así.