Mi madrastra y yo quedamos al descubierto esa tarde
La noche que Marina se entregó a mí no fue planeada. Fue vino de más, una conversación que se alargó hasta la madrugada y un deseo que llevábamos meses fingiendo no sentir. A la mañana siguiente me pidió tiempo para entender lo que sentía, y yo se lo di, aunque cada hora sin tocarla se me hiciera eterna. Lo que no calculamos fue que sus padres anunciarían una visita justo esa semana.
El segundo día los llevamos a recorrer el centro y almorzamos en una terraza concurrida, de esas con manteles blancos y camareros que se mueven entre las mesas como si bailaran. Yo me pegué a las niñas como táctica, haciendo de hermano mayor responsable, cualquier cosa con tal de no quedar a tiro de Renata. Esa mujer tenía una manera de mirarte que parecía leerte por dentro.
Marina me observaba de reojo desde su silla, contenta de que la ropa que había elegido para mí esa mañana fuera la acertada. Lucía y Emma se habían sentado a mi lado y jugaban conmigo, riendo y bromeando como si yo formara parte de su pequeño círculo desde siempre.
—Estás disfrutando —me dijo Marina en voz baja, casi sin mover los labios.
Lo estaba. Por primera vez desde que sus padres habían llegado, lo estaba de verdad.
Vi cómo ella me miraba interactuar con sus hijas y algo se le ablandó en la cara. Más tarde me confesó que en ese instante sintió un escalofrío, presintiendo que yo podía ser un buen padre para las niñas, mucho más que un hermano mayor. Pero apartó el pensamiento de inmediato, nerviosa, porque con lo bruja que estaba hecha su madre, era capaz de adivinárselo en la mirada.
Hasta Renata parecía haber bajado la guardia. Sus ojos, ayer afilados, hoy estaban más atentos que críticos. Quizá, solo quizá, empezaba a ver en mí algo que valía la pena.
En ese ambiente de paz, nada hacía presagiar el desastre. Lucía, la pequeña, estaba a mi lado cuando soltó la frase.
—Mañana volveremos a preparar tortitas, ¡y os las llevaremos a la cama a ti y a mamá!
—¿Cómo dices, cariño? —preguntó Renata desde el otro lado de la mesa.
—¡Sí, abuela! Adrián y mamá a veces duermen juntos, así que mañana les llevaremos las tortitas a la cama —aclaró la niña, orgullosa.
El color desapareció del rostro de Marina, que saltó como un muelle comprimido durante horas y liberado de golpe.
—¡Lucía! ¡No! —exclamó, pero ya era tarde.
La bomba había explotado. Renata me clavó una mirada helada mientras las niñas, confundidas, no entendían qué habían hecho mal.
—¿Qué significa esto, Adrián? ¿Tienes algo que explicar? —su voz seguía tranquila, afilada como una navaja, y precisamente por eso era más aterradora.
La mano de Marina encontró la mía por debajo de la mesa y la apretó con fuerza, como si se preparara para lo peor. Sus ojos verdes, siempre brillantes, ahora estaban ensombrecidos por el miedo.
—No es lo que parece. Fue un accidente. Bebimos la noche anterior y nos quedamos dormidos, nada más —dije, intentando sonar convincente y sabiendo que no lo conseguía.
Me giré hacia Marina. Tenía la cara pálida y los labios apretados en una línea delgada. Su madre nos miraba alternativamente, como si pudiera ver la verdad escondida tras mis palabras torpes.
—Un accidente, ¿eh? ¿Qué clase de accidente lleva a dos personas a la misma cama? —la voz de Renata era un látigo, cortante y sin piedad.
Las mesas vecinas, atraídas por el grito de Marina, empezaron a girarse hacia nosotros. Las niñas se encogieron en sus asientos, asustadas por la rabia de su madre. Emma, la mayor, se volvió hacia su hermana para reprenderla, y con eso confirmó todas las sospechas.
—Lucía, qué torpe eres. ¡Eso era un secreto!
Marina sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Me clavaba las uñas en la mano mientras notaba cómo decenas de ojos indiscretos se posaban sobre ella.
Su madre negaba con la cabeza, como si siempre hubiese intuido que entre nosotros pasaba algo raro y por fin tuviera la prueba. Gustavo, su padre, también negaba, dolido por lo que acababa de oír de la boca inocente de su nieta.
—Hijo, es lo peor que podías haber hecho —me dijo con una mirada de desaprobación—. ¿Qué va a pensar tu padre cuando se entere?
Apreté los puños bajo la mesa, tratando de contenerme, pero mi voz salió fría e implacable.
—Señor, con todo el respeto. Si alguien tiene que hablar con mi padre, ese seré yo. No se meta en mis asuntos.
Gustavo frunció el ceño, herido por mi reacción a la defensiva. Comprendía que la responsabilidad de asumir el error era mía, pero eso no cambiaba que me viera como el culpable de haber traído la desgracia a su familia. Después de todo, Marina era su hija.
Renata se inclinó hacia adelante. De una forma casi sádica, parecía estar disfrutando del momento de humillación.
—Entonces, Adrián, ¿cómo piensas solucionar este… «accidente»?
Su mirada giró hacia Marina, que seguía congelada, incapaz de defenderse o de defenderme.
—¿Y tú? ¿No tienes nada que decir? ¿Cómo has permitido que esto suceda?
Marina sacó fuerzas de flaqueza y levantó la mirada del regazo, fría y cortante, con un gesto que había aprendido de la propia mujer que la interrogaba.
—Mamá, tú siempre entrometiéndote en mi vida. Ningún novio te parecía bien, ninguno era lo bastante «bueno» para mí. Estropeaste cada relación que tuve, los alejaste a todos. En parte, mi marido también fue tu víctima. La responsabilidad de lo que hizo fue suya, sí, pero fuiste tú quien lo empujó.
Y entonces se rompió. La rabia la había mantenido firme hasta ese punto, pero su espíritu se resquebrajó de impotencia y una lágrima le corrió por la mejilla. Se apresuró a apartarla con el dorso de la mano.
Yo no le solté la mano. Entrelacé mis dedos con los suyos y apreté, diciéndole sin palabras: siento tu dolor, estoy aquí contigo.
Renata advirtió el gesto al instante y nos señaló con el dedo acusador.
—¿Y esa manita bajo la mesa qué significa? ¿Que os queréis? —preguntó con tono burlón.
A Marina le temblaba la mandíbula, pero no me soltó. Las mejillas de su madre estaban encendidas, los ojos convertidos en dos pozos de incredulidad. Su propia hija con un chico tan joven.
—Mamá, ya no te soporto —dijo Marina, levantándose furiosa—. Nos vamos. Papá, mamá, os podéis quedar disfrutando de la tarde o iros al infierno.
Pero su madre no era capaz de callar, ni siquiera con toda la terraza mirando el espectáculo.
—¡Insolente! ¡Tu padre te sacará del consejo de la empresa si sigues adelante con esta locura!
Marina me agarró la mano con tanta fuerza que me hacía daño. Tiré de Lucía y le hice un gesto a Emma para que nos siguiera. La mayor corrió a coger la mano de su madre mientras esta se alejaba de la mesa sin dignarse a responder a la amenaza.
Mi corazón latía al mismo ritmo que el suyo. Mientras nos íbamos, Renata seguía gritando improperios, y sus palabras afiladas rebotaban contra las fachadas de la calle mientras caminábamos sin mirar atrás.
—¿Por qué se ha enfadado la abuela? —preguntó Lucía con la carita a punto de llorar.
Emma aguantó estoica. Como hermana mayor, era más consciente de lo que pasaba, pero no dijo nada.
Por fin vimos un taxi. Marina levantó la mano con desesperación y el conductor se detuvo a nuestro lado. Sujeté la puerta para ella y las niñas y me senté delante.
—Mamá, los abuelos se han enfadado por nuestra culpa —dijo Emma, rompiendo su silencio.
—No, cariño, vosotras no tenéis la culpa de nada —respondió Marina, enjugándose una lágrima.
—¡Si no fueras tan bocazas! —le soltó Emma a su hermana en el asiento de atrás.
—Emma, no le hables así. Como ha dicho vuestra madre, no es culpa vuestra —intervine con autoridad—. Los abuelos no lo han entendido, eso es todo.
Me moría por abrazar a Marina. La había visto romperse por primera vez, y me costaba creer que una mujer tan segura de sí misma se mostrara tan vulnerable. Delante, junto al conductor, me sentí el hombre más solo del mundo. La rabia me consumía, pero también nacía en mí una culpa imposible de ignorar. ¿Y si aquella noche no hubiese pasado nada?
Me faltaba el aire. Intenté bajar la ventanilla y me hice un lío con los botones, hasta que el taxista la bajó desde su puerta.
—¡Vaya tarde, amigo! A veces pasa. Pero tiene usted una mujer y unas hijas preciosas. Consuélese, hombre, que eso es un regalo —dijo de pronto, desarmándome por completo.
Marina lo oyó desde atrás, abrazada a sus hijas.
—Tiene toda la razón —respondió—. No sabe lo afortunados que somos. ¿Verdad, niñas?
Oír su voz me reconfortó. Sin querer, recordé aquella mañana en el zoológico, cuando ella se enfadó porque un desconocido hizo un comentario parecido sobre nosotros. Hoy, en cambio, le daba la razón a un taxista. Nos miramos de reojo y compartimos una sonrisa de complicidad. Parecemos una familia, me decía sin hablar.
***
Cuando el hombre nos dejó en casa, Marina mandó a las niñas a lavarse las manos y cambiarse. Subieron corriendo por la escalera y nos dejaron solos en el recibidor. Entonces la abracé.
—Siento tantísimo lo que ha pasado. En el taxi me preguntaba qué habría sido de todo si aquella noche no me hubiera dejado llevar, si no te hubiese tentado.
—No, Adrián. Tú me devolviste a la vida. Iba como un fantasma al trabajo, con las niñas, sin sentir nada. Tu llegada me sacudió. Me entregué a ti porque quise. No te disculpes por eso.
—¿Y si te echan de la empresa por mi culpa?
—No digas eso —respondió ella, sollozando contra mi hombro—. Lo que pasó fue real y maravilloso. ¿Acaso no lo recuerdas?
Claro que lo recordaba. No había parado de soñar con aquella noche, con cada caricia, cada beso, cada mirada cómplice.
—No pasa un día en que no piense en ello —admití—. Sueño contigo, con volver a tocarte.
Me besó, desesperada, agarrándome la nuca con las dos manos.
—Yo también, Adrián. Pero todavía no me has dicho que me quieres —murmuró, y había una punzada de miedo en su voz.
—Claro que te quiero. Te quise desde el día en que me pediste tiempo para pensar. No dejé de quererte ni un segundo.
Se quedó sin palabras. Me miró un poco desde abajo, negándose a soltarme.
—Yo también te quiero. Lo negué como una estúpida, pero me descubría sonriendo cuando sonaba el teléfono y eras tú. No puedo seguir fingiendo.
Ahora el que se quedó sin palabras fui yo. La besé de nuevo y la apreté contra mí, embriagándome con su perfume, con su pelo en mi cara mientras hundía la boca entre su cuello y su hombro. La sentí estremecerse cuando le rocé la piel con los labios.
—Las niñas… —susurró, pero no me apartó.
—Tardarán. Siempre tardan —respondí contra su oído, y la noté sonreír.
La llevé de espaldas hasta apoyarla en la pared del recibidor. Mis manos le recorrieron la cintura por encima del vestido, y ella arqueó la espalda para pegarse más a mí. Le subí la tela despacio, sintiendo el calor de sus muslos bajo mis dedos, mientras su respiración se volvía corta y entrecortada contra mi cuello.
—Mírame —le pedí, y cuando levantó la cara le sostuve la barbilla y la besé sin prisa, saboreando cada segundo de algo que durante semanas habíamos tenido que esconder.
Sus dedos se colaron bajo mi camisa, buscando la piel, marcando el ritmo. Sentí cómo toda la tensión del día, la humillación, el miedo, se transformaba en otra cosa entre nosotros: en hambre, en alivio, en la certeza de que ya no había nada que disimular.
—Llévame arriba cuando se duerman —me dijo al oído, con la voz ronca—. Esta noche no quiero esperarte despierta. Quiero que vengas.
La miré a los ojos, todavía húmedos pero encendidos, y supe que después de aquella tarde no habría vuelta atrás. Que el secreto se había roto, sí, pero que con él se había roto también lo único que nos impedía estar juntos de verdad.
—Vendré —le prometí—. Cada noche.
Arriba se oyó la risa de Lucía y el agua del grifo. Marina se separó un instante, se arregló el vestido y me dio un último beso, breve y cargado de promesa.
—Anda, baja la guardia conmigo —dijo, repitiendo en broma las palabras de su madre—. Que esta familia es nuestra ahora.