Mi prima, la hija del pastor, y un deseo prohibido
El camión se detuvo en la plaza polvorienta y a Damián se le apretó el pecho antes incluso de bajar. Había vuelto a Villaseca por la llamada de su tío Joaquín, el pastor del pueblo, que necesitaba manos para remodelar la pequeña iglesia donde él mismo había crecido. Apenas pisó la tierra, el calor seco le golpeó la cara y la curiosidad lo invadió como una ola lenta.
Miró alrededor con ojos nuevos: las calles de tierra endurecida por el sol, las casas de adobe con techos de lámina que brillaban como espejos, los callejones estrechos donde de niño corría persiguiendo gallinas. Todo parecía igual y distinto a la vez.
¿Qué habrá cambiado en todo este tiempo?, se preguntó, con un nudo en la garganta. Las imágenes de la infancia volvieron en tropel: el olor a humo de leña y café al atardecer, los juegos, el parque… y de pronto la risa de una niña que siempre estaba a su lado. Renata. La prima de risas fáciles y rodillas siempre sucias, su sombra inseparable hasta los nueve años. El beso robado debajo de aquel mango todavía le quemaba en la memoria como un secreto, un roce torpe que ninguno de los dos había mencionado nunca más.
Bajó del todo y el sol le dio de lleno en la cara. Y entonces la vio.
Renata estaba allí, de pie junto a su madre, con las manos cruzadas sobre el delantal blanco. Veinte años. Menuda, de piel clara que parecía tener luz propia, el cabello castaño cayendo lacio hasta la cintura. Su rostro se había transformado, pero conservaba algo de aquella cara redonda, con esos ojos color avellana enormes y de pestañas espesas que le daban una expresión perpetuamente sorprendida.
A Damián se le secó la boca. El deseo fue inmediato, brutal, descarado. Era su prima, la niña con la que jugaba a las escondidas. Y ahora era esto: una mujer que lo hacía sentir culpable solo con mirarla, porque sus pechos tensaban la blusa de algodón hasta el límite, redondos, pesados, llenos de una promesa que lo golpeó directo en el estómago.
No podía dejar de observarla. Cuando se agachó a recoger una bolsa, sus senos colgaron pesados, balanceándose bajo la tela como si quisieran escapar. Cuando caminó hacia la casa, el vaivén natural de sus caderas los mecía de lado a lado, un ritmo lento y tortuoso que le aceleró el pulso.
Damián tragó saliva, sintió cómo se le endurecía el sexo dentro del pantalón y se odió por ello. Es Renata. No puede ser. Pero el pensamiento solo lo excitó más. El calor le subió por la columna como fuego líquido, ardiente y culpable. Cada paso que ella daba hacia la casa era una tortura.
Y Renata lo sintió en cuanto lo vio bajar. El corazón le dio un vuelco tan fuerte que pensó que se le saldría del pecho. No era el muchacho flaco de antes. Era un hombre, y caminaba como si supiera exactamente lo que quería. El calor le subió por el cuello hasta las mejillas, y entre las piernas sintió un latido repentino, húmedo. Bajó la vista, sonrojada, pero no pudo evitar mirarlo de reojo otra vez. Él la estaba devorando con los ojos. Y eso la hizo temblar.
Joaquín lo abrazó con fuerza, palmeándole la espalda como a un hijo pródigo, pero Damián apenas registró las palabras de bienvenida. Su mirada seguía a Renata, que entraba a la casa con el cabello moviéndose como una cortina oscura contra su espalda. Ella se giró un segundo en el umbral, sus ojos se cruzaron con los de él, y desapareció dentro.
La casa los recibió con olor a café recién hecho y pan horneado. Joaquín hablaba de los planes para la iglesia, de las ideas que había discutido con la congregación, de lo mucho que había cambiado el pueblo. Damián asentía, respondía con monosílabos, pero su mente estaba en el pasillo estrecho por el que Renata acababa de pasar. En la habitación que le habían asignado, justo al lado de la de ella. En la pared delgada que los separaría esa noche.
Renata, en la cocina, cortaba verduras con manos temblorosas. Cada ruido que venía del patio —la voz grave de Damián— le hacía apretar el cuchillo. Quería que la mirara otra vez. Quería que la tocara. Quería pecar. Ambos tenían la certeza de que, aunque intentaran resistirse, el deseo ya les había ganado. Y así, bajo el mismo techo, empezó el infierno dulce.
***
Los primeros días fueron una tortura lenta. Se cruzaban en el pasillo y sus cuerpos se rozaban más de lo necesario. Él la espiaba desde la ventana de su cuarto cuando ella colgaba ropa en el tendedero: la forma en que la blusa se pegaba a su espalda sudorosa, cómo los pechos colgaban pesados al inclinarse. Ella lo sentía. Sabía que la miraba.
Por las tardes, cuando Joaquín salía a hacer sus diligencias, se quedaban solos un rato. Hablaban de todo y de nada: del presente, de los recuerdos, de lo que habían hecho en esos años de distancia. Pero las miradas duraban demasiado. Las risas se volvían nerviosas. Un abrazo de saludo se alargaba. Un roce de manos al pasarse un vaso de agua se convertía en caricia disimulada.
En la tercera tarde, Damián estaba solo en el despacho del pastor. Acababa de extender los planos sobre el escritorio cuando la puerta se abrió sin ruido. Unas manos suaves le taparon los ojos desde atrás.
Sintió de inmediato la presión caliente y blanda de sus pechos contra su espalda. Pesados, suaves, con los pezones ya marcándose a través de la tela fina.
—Hola, Renata… —murmuró, girándose despacio.
Se inclinaron sobre los planos. Ella se acercó para ver las líneas y sus pechos se aplastaron contra el borde del escritorio. Damián ya no miraba los dibujos. La miraba a ella: la curva que asomaba por el escote, el modo en que la tela se tensaba, el calor que emanaba de su cuerpo. Hablaba despacio, intentando que su voz sonara profesional, como si explicara un proyecto más y no sintiera que el aire se volvía espeso cada vez que ella se acercaba un poco más.
Pero Renata quería probarlo. Quería ver hasta dónde llegaría, saber si él sentía el mismo fuego que la consumía desde que lo vio bajar del camión. Ya no le importaba el pecado ni lo que diría su padre si se enteraba.
Se inclinó fingiendo interés en lo que él señalaba. El olor de su cabello, jabón de rosas y piel tibia, lo envolvió. Damián dejó de hablar un segundo. Ella estaba tan cerca que su aliento le rozaba el cuello, cálido y acelerado. El aire entre ellos era denso, como si el despacho entero contuviera la respiración.
Él levantó la mano despacio y le acomodó un mechón castaño detrás de la oreja. Sus dedos temblaron al rozar la mejilla suave. Renata no se apartó. Al contrario: levantó la cara, los labios entreabiertos, los ojos fijos en la boca de él con una intensidad que no dejaba dudas. Estaba pecando. Lo sabía. Y ya no le importaba.
Él acercó su rostro milímetro a milímetro, dándole tiempo para huir. Ella no huyó. Sus labios se tocaron.
Fue un roce suave, reverente, como una oración susurrada. Damián sintió la textura aterciopelada de sus labios, el leve temblor que los recorría. Ella soltó un suspiro corto y caliente. No retrocedió. Se acercó más. Entonces las bocas se fundieron con fuerza.
La tomó de la cintura con ambas manos y la atrajo contra su cuerpo. Sintió cómo sus pechos se aplastaban contra el suyo, los pezones duros rozando con una fricción deliciosa a través de la tela. Su erección creció de inmediato, dura e insoportable, presionando el vientre suave de ella. Renata gimió dentro de su boca, un sonido largo y roto que lo hizo estremecer. Sus caderas buscaron la fricción por instinto, moviéndose contra él en pequeños círculos desesperados. Estaba empapada, palpitando tan fuerte que casi llegaba al borde solo con el roce y el beso.
Las lenguas se buscaban con hambre. Renata temblaba entera; era su primer beso real y su cuerpo lo gritaba. Una mano de él subió a su nuca, la otra apretó su trasero y la levantó contra su cuerpo. Ella se arqueó, gimiendo más alto, clavándole las uñas en los brazos.
Cuando por fin se separaron, apenas un centímetro, frentes pegadas y labios hinchados, Renata se aferró a su camisa y escondió la cara en su cuello.
—No me sueltes… —suplicó en un susurro roto.
—Nunca —murmuró él, besándole la sien con una ternura que le dolía en el alma.
Pero el motor de un coche se acercó por el camino de tierra. Se separaron de golpe.
Renata se acomodó la ropa con manos temblorosas y se peinó con los dedos el cabello que él le había alborotado. Se asomó, escuchó pasos acercándose y lo miró por última vez con los ojos brillantes de deseo y miedo. Salió del despacho sin decir una palabra.
Damián se quedó de pie junto al escritorio, con el pulso agitado. ¿De verdad había sucedido? El sabor de sus labios todavía le quemaba la boca. Entonces su tía entró sonriente, con una bandeja de empanadas de queso y galletas de canela que olían a hogar y a inocencia.
—Las hizo Renata para la reunión de más tarde —explicó con orgullo—. Dice que te van a gustar.
La muchacha entró detrás de su madre, sonrojada hasta las orejas. La mujer lo notó: las mejillas encendidas, el cabello revuelto, la mirada baja. Damián se aclaró la garganta y forzó una sonrisa.
—Se ven deliciosas. Gracias… a las dos.
Antes de cruzar el umbral, Renata se acercó un segundo, aprovechando que su madre ya le daba la espalda. Le colocó un papelito doblado en la mano, rozándole los dedos.
«Escríbeme. Deja las notas dentro del diccionario de la sala. No tengo teléfono».
El corazón de Damián dio un vuelco violento. Sintió su erección crecer de nuevo solo con esas palabras. La miró una última vez —ojos avellana brillantes, labios todavía hinchados— y ella salió tan sigilosa como había entrado. Sabía que esa noche escribiría. Y sabía que ella estaría esperando.
***
Renata no volvió a cruzar mirada con él esa tarde. Su madre la arrastró al mercado y se demoró más de lo habitual, pero la muchacha caminaba como un fantasma, la mente atrapada en el despacho de su padre. Pensaba en esos brazos rodeándola, en cómo la había atraído contra su cuerpo, en ese beso que empezó como una súplica y terminó como un incendio. No podría contárselo a nadie, ni siquiera a Camila, su mejor amiga, la única que conocía sus fantasías secretas. Ese beso era suyo. Y de Damián.
Estaba tan absorta que tropezó con una piedra y casi dejó caer la bolsa. Su madre la miró de reojo.
—Conozco esa mirada —dijo de pronto, cortando el silencio.
Renata se sonrojó hasta las orejas.
—¿Qué mirada, mamá? Solo estoy cansada…
—No me mientas. Estás así por Damián, ¿verdad?
El corazón se le detuvo un segundo. ¿Nos vio? ¿Ya lo sabe?
—No… claro que no, mamá —balbuceó, mirando al suelo—. Es mi primo… solo estamos contentos de vernos después de tanto tiempo.
La respuesta sonó falsa incluso para ella. Su madre no insistió, pero el silencio que siguió fue peor que cualquier regaño. Renata supo, en ese instante, que ahora habría un par de ojos vigilantes sobre ellos.
Al regresar ya había oscurecido. El pueblo estaba en silencio. Renata subió las escaleras casi corriendo, cerró su cuarto con cerrojo y se apoyó contra la puerta, respirando agitada. Estaba empapada. Desde el beso no había dejado de sentir esa palpitación constante entre las piernas. Se quitó el vestido con manos temblorosas y liberó los pechos al desabrochar el sostén; los pezones ya estaban duros, rosados, rogando por ser tocados.
Se acostó boca arriba sobre la cama revuelta y deslizó una mano entre sus muslos. Estaba chorreando. Empezó despacio, con dos dedos, círculos lentos sobre el clítoris inflamado, mientras con la otra mano amasaba uno de sus pechos y pellizcaba el pezón hasta que dolía rico. Sus caderas se levantaban solas, buscando más presión. El cuarto se llenó de sonidos húmedos y gemidos ahogados contra la almohada.
Pensaba en Damián. En cómo la había besado con hambre, en cómo su erección se había presionado contra su vientre, en cómo sus manos habían apretado su trasero. Imaginaba que eran sus dedos los que la penetraban, su boca la que chupaba sus pezones, su voz ronca la que le susurraba «no me sueltes nunca».
Aceleró el ritmo. El primer orgasmo llegó como un latigazo: el cuerpo se le arqueó, el sexo se contrajo en pulsaciones fuertes que le empaparon los muslos. Gimió su nombre contra la almohada.
—Damián… Damián…
No se detuvo. El segundo orgasmo llegó casi de inmediato, más intenso, y el tercero la atravesó como una ola lenta y profunda, con lágrimas de placer rodando por sus mejillas. Quedó jadeando, vacía y ansiosa. El deseo no se había apagado. Solo había crecido.
***
Los recados empezaron esa misma noche. Damián dejó la primera entre las páginas del diccionario viejo de la sala, en la «S» de «secreto». Era simple: «No dejo de pensar en ese beso. ¿Tú también?». La dejó antes de que la casa se durmiera, con el corazón latiendo tan fuerte que temía que alguien lo oyera.
Al día siguiente, Renata la encontró. Sus dedos temblaron al abrirla. Respondió en el reverso con letra pequeña y apresurada: «Sí. Todo el día. Quiero verte de nuevo». La dejó en el mismo lugar.
Pero su madre ya sospechaba. Desde la tarde del mercado la seguía como una sombra: aparecía en la cocina cuando intentaba pasar al pasillo, se sentaba en el porche cuando ella quería salir al patio, le pedía ayuda con tareas absurdas para mantenerla cerca. No le había dicho nada a Joaquín —conocía el temperamento explosivo de su esposo—, pero quería pruebas. Así que los primos aprendieron a comunicarse en silencios: miradas largas a través de la mesa, roces de dedos al pasarse el pan, sonrisas nerviosas que duraban un segundo de más.
Las notas se multiplicaron. «Te extraño aunque estés al lado». «Sueño contigo todas las noches». Renata las guardaba bajo el colchón y las releía en la oscuridad, tocándose despacio, imaginando que eran sus manos las que la acariciaban.
Hasta el sábado por la mañana, cuando encontró la nota más audaz: «Detrás del cobertizo, a las tres. Nadie va por ahí. Ven». El pulso le martilleó en las sienes. Su madre estaba ocupada con la preparación del servicio del domingo, su padre había salido a visitar a un enfermo. Era ahora o nunca.
Se escabulló por la puerta trasera. El cobertizo era un rincón olvidado: madera vieja, herramientas oxidadas, sombra fresca bajo el mango grande. Damián ya estaba allí, apoyado contra la pared, la mirada fija en el camino por donde ella vendría. Cuando apareció, él se enderezó. No dijeron nada. Solo se miraron un segundo eterno. Luego se lanzaron uno sobre el otro.
La pegó contra la pared de madera y sus labios se encontraron con hambre acumulada. Renata temblaba, las manos enredadas en su cabello. Él bajó las manos por su espalda, apretó su trasero, la levantó contra su cuerpo. Pero no se quedó ahí. Sus palmas subieron despacio por los costados de ella y, cuando llegaron a sus pechos, se detuvo un instante, respirando agitado contra su boca. Los tocó por primera vez sobre la ropa: dedos extendidos, sintiendo su peso, su calor, cómo se desbordaban contra sus manos. Renata gimió y arqueó la espalda, empujándolos contra él.
—Dios… Renata… —susurró con la voz ronca—. Son perfectos.
Entonces no aguantó más. Le subió el vestido hasta la cintura y le bajó el sostén de un tirón. Por primera vez vio sus pechos desnudos: redondos, pesados, pálidos, con los pezones erectos y duros. Soltó un gemido grave y los tomó con ambas manos, piel contra piel. Los levantó, los apretó, pasó los pulgares por los pezones con ternura y firmeza al mismo tiempo. Ella echó la cabeza hacia atrás, gimiendo, los ojos entrecerrados. Él se inclinó y besó uno: primero la curva superior, luego lamió el pezón con la lengua plana y lo succionó con hambre, mientras amasaba el otro con la mano.
Renata lo tomó de la mano y lo llevó a una colchoneta vieja y limpia que había escondido esa mañana detrás de unas cajas, cubierta con una sábana robada del tendedero. Lo empujó suavemente y se acostó a su lado.
Allí continuaron explorándose. Él seguía devorando sus pechos mientras su mano bajaba entre las piernas de ella; le apartó la ropa interior y deslizó dos dedos en su interior empapado, curvándolos para rozar ese punto que la hacía arquearse. Renata, temblando, metió la mano dentro del pantalón de él y liberó su sexo duro, acariciándolo con torpeza hambrienta mientras él la seguía tocando.
Se masturbaron mutuamente, mirándose a los ojos, las respiraciones entrecortadas. Renata se deshizo primero: el cuerpo se le arqueó, los pechos temblaron contra la boca de él, su sexo se contrajo alrededor de sus dedos en pulsaciones fuertes. Gritó su nombre ahogado contra su hombro. Damián la siguió segundos después, con un gemido grave, derramándose sobre la mano de ella y sobre su propio vientre.
Se quedaron abrazados sobre la colchoneta, jadeando, besándose despacio.
—Quiero más… —susurró ella, todavía temblando—. Quiero todo contigo.
—Pronto —prometió él, besándole la frente—. Pero hoy… esto ha sido perfecto.
Se arreglaron la ropa con manos temblorosas, se besaron una última vez, largo y profundo, y se separaron antes de que alguien los buscara. Pero ambos sabían que esa noche, cuando todos durmieran, dejarían otra nota en el diccionario. Porque ya no podían parar.