La madre de mi vecina vino a reclamarme furiosa
Todo empezó por Bárbara. Directora de una sucursal bancaria, un cuerpo hecho para el pecado y una cabeza que planeaba sus tardes de sexo con la misma frialdad con la que cuadraba un balance. Bisexual, adicta a un sexo que te deja los músculos doloridos al día siguiente, con un gusto por los clubes de intercambio que le daba un aire de peligrosa sofisticación.
El plan de aquella tarde era sencillo: ella y yo, los ojos vendados, un juego de sumisión y dominio que prometía ser memorable. Pero la vida tiene su propio sentido del humor y metió a Nerea en la ecuación. Nerea, mi vecina de al lado, recién cumplidos los dieciocho, una cara de niña buena que escondía a una fiera. Estaba en mi casa cuando Bárbara llegó, y en lugar de un escándalo asistimos a su iniciación.
Pasó de las manos torpes de su novio a ser el centro de todo: mi polla hasta el fondo, la lengua de Bárbara devorándole el coño. Para ella fue como pasar del catecismo a otro evangelio en una sola tarde.
Y justo cuando el olor a sexo y sudor flotaba en la habitación como un perfume, apareció la madre. Dolores. No nos pilló con las manos en la masa, pero no le hizo falta. El ambiente, nuestras caras congestionadas, el olor lo dijeron todo. Se llevó a su «ángel» con cara de funeral, y Bárbara se quedó con una rabia contenida que olía a venganza.
***
Tres semanas después, el karma volvió a llamar a mi puerta.
—Dolores está en el banco —me avisó Bárbara por teléfono—. Quiere hablar con nosotros o monta un escándalo que se oye hasta el otro lado de la ciudad. Mañana, a las dos, en tu casa. Escápate del trabajo.
Le mentí a mi jefa, inventé una cita con el dentista y me preparé para lo que imaginaba una reunión de quince minutos: una bronca, unas disculpas de rigor y a casa. En esas tres semanas con Bárbara había follado varias veces, siempre intensas. Con Nerea, que parecía tímida, solo coincidí una vez, y juraría que no fue casualidad. Fue en el garaje y acabó chupándomela sobre el capó del coche mientras yo le comía el coño hasta arrancarle dos orgasmos seguidos. Una cría endemoniadamente cachonda.
La busqué para avisarla.
—Nerea, tu madre le ha montado un buen pollo a Bárbara en el banco, y todo porque quiere hablar con nosotros. ¿Sabes de qué va? ¿Le has contado algo?
—Te juro que no tengo ni idea —respondió, con cara de no entender nada—. Mi madre, desde que se divorció, se ha vuelto rara y posesiva. Está feo que lo diga yo, pero hasta parece celosa. Para ella todos los hombres son unos cabrones.
***
Al día siguiente Bárbara llegó antes de tiempo, con una bolsa que parecía el inventario de una tienda de fetiches de lujo. Sacó de todo: pezoneras de acero, un látigo de cuero y dos arneses con consoladores de dimensiones bíblicas.
—Tu madre necesita un buen polvo —sentenció, mirando a Nerea—. Es una mujer caliente, se le ve a leguas. No es una amargada: es una mujer con el coño seco.
Nerea, ofendida, defendió a su madre. Bárbara la acarició con la condescendencia de quien lo sabe todo.
—Todas somos así, nena. Malo sería no estarlo.
Dolores llegó puntual, radiante en su indignación. Nerea se escondió tras la puerta entreabierta de su cuarto, convertida en voyeur de su propia tragedia. Yo serví agua para ella y un whisky para nosotros. El plan de Bárbara era claro: hablar poco, dejar que ella manejara la situación.
Dolores no perdió el tiempo.
—Sé lo que pasó aquí. Habéis aprovechado a mi hija. Sois unos degenerados. Mi Nerea es un ángel, no sabe nada de la vida. Os voy a denunciar.
Fue entonces cuando Bárbara se levantó. Con su metro setenta y cinco sobre tacones, parecía una diosa de la guerra.
—Vamos a ver —espetó, y su voz heló la habitación—. Primero, no vuelvas a mi trabajo en tu vida. Segundo, tu hija es mayor de edad, déjala follar con quien quiera. Tercero, tú estás amargada porque no te tocan desde hace siglos. Tienes celos de tu propia hija. Con ese cuerpo que tienes, te haría falta un buen revolcón. Fóllate hasta hartarte y verás cómo se te quitan las ganas de joderle la vida a los demás.
Dolores se quedó sin palabras. Bárbara se acercó, y su tono se convirtió en una caricia venenosa.
—Dime la verdad. ¿Cuánto hace que no follas de verdad? ¿Que no te corres como una loca, sintiéndote sucia y maravillosa a la vez?
La respuesta fue un susurro roto.
—Quince meses y doce días. Perdón, catorce.
Bárbara se sentó a su lado, la abrazó y le habló al oído como la serpiente del paraíso.
—Lo entiendo. Tu cuerpo te pide sexo, te pide orgasmos. Tus dedos ya no bastan, ¿verdad? Te da envidia pensar en tu hija, en el olor a hombre que había aquí. Te masturbaste imaginándola, imaginando cómo gozaría, ¿a que sí?
Dolores asintió, con los ojos llenos de lágrimas.
—Muchas veces.
***
Y entonces Bárbara la besó. No fue un beso tierno, fue una invasión. En un instante los pechos de Dolores estaban al aire, dos tetas perfectas temblando con la furia de tanta sequía. Miré hacia el cuarto de Nerea y la vi con el pantalón abierto y la mano dentro, frotándose como una loca al ver a su madre convertirse en la mujer que siempre había sido por dentro.
Nos pasamos al salón. La escena era tan obscena como hipnótica. Bárbara con las piernas abiertas sobre el sofá, y Dolores de rodillas, comiéndole el coño con avidez de hambrienta.
—Así, chúpamelo entero —le ordenaba Bárbara.
Nerea ya no aguantaba. Salió de su escondite, se desnudó y se arrodilló frente a mí para devorarme. Bárbara, en un alarde de crueldad, le gritó a Dolores:
—¡Mira lo que se está comiendo tu pequeña! ¡Mira qué maña tiene!
Y vi la cara de Dolores: encendida por la calentura, la vergüenza y un deseo tan profundo y oscuro que supe que a partir de ahí nada volvería a ser como antes. La madre protectora había muerto. En su lugar nacía otra mujer libre.
***
El cuadro que tenía delante era lo más excitante que había visto nunca. Bárbara retorciéndose en el sofá mientras Dolores se afanaba en su coño como si le fuera la vida. Nerea, de rodillas, me la chupaba tan profundo que sentía cómo su garganta se abría para darme paso, con los ojos llorosos y la barbilla brillante.
Me aparté de ella con un movimiento brusco.
—Ahora te toca a ti —le susurré.
La tumbé sobre la alfombra, le abrí las piernas y me clavé entre ellas sin previo aviso. Estaba empapada, un manantial que me mojó entero en cuanto entré.
—¡Así, fóllame! —gritó, mientras Bárbara y su madre nos miraban con los ojos encendidos.
Bárbara se levantó, dejó a Dolores con la cara hecha un desastre y fue a por uno de los arneses, el del consolador negro y enorme. Se lo ajustó con una agilidad asombrosa.
—Tu turno, mamá —dijo con una sonrisa cruel—. Ponte a cuatro patas y prepárate.
Dolores, sin decir nada, obedeció. Culo en alto, temblando entre el miedo y la pura lujuria. Bárbara se arrodilló detrás, escupió sobre aquel culo espectacular y empezó a masajearle el ano con la cabeza del juguete.
—¿Lo quieres? —le preguntó.
—Sí, por favor —suplicó Dolores, con una voz que era un ronquido de necesidad.
Bárbara no la hizo rogar más. De un empujón seco la penetró, y Dolores gritó, un grito a medio camino entre el dolor y el placer. Cada embestida hacía que sus tetas se balancearan y la empujaba contra el suelo, donde se frotaba el coño con la alfombra. La madre, sodomizada por la amante de su hija, mientras la hija se dejaba follar por mí a un metro escaso.
***
Me giré hacia Nerea.
—Que tu madre vea cómo disfrutan las que de verdad disfrutan.
La senté encima de mí, de espaldas, y volví a entrar en su coño. Empezó a cabalgarme mirando de frente a su madre.
—¡Mírame, mamá! —gritó—. ¡Mírame mientras me folla! ¡Así disfruta una mujer, no llorando como una amargada!
Bárbara redobló sus embestidas sobre Dolores.
—¿Lo ves? ¡Hasta tu hija sabe más que tú! ¡Disfrútalo de una vez! —Y me hizo un gesto—. Tú, ven. Vamos a hacerle un sándwich a esta mujer para quitarle la amargura.
Salí de Nerea, que protestó con un gemido, y me coloqué frente a Dolores, que seguía a cuatro patas con la cara llena de lágrimas y saliva. Le metí la polla en la boca y la tragó entera. Bárbara por detrás, yo por delante, deshaciendo a esa madre en mitad del salón mientras su hija se masturbaba viéndolo todo. El olor a sexo, sudor y semen era un veneno denso en el aire, y ninguno quería respirar otra cosa.
***
Mi resistencia era de hierro. Me follaban la boca, me follaban el alma, pero me negaba a correrme. Nerea lo notó. Vio en mis ojos que aún no cedía y su orgullo se sintió desafiado. Quería ser ella la que me rompiera.
Se acercó a su madre, que gimió con la boca todavía llena, y le besó las nalgas y la espalda. Después su mano bajó por el vientre sudoroso de Dolores hasta su coño, ya hinchado y empapado, y le frotó el clítoris con movimientos rápidos.
—¡No, Nerea, para! —chillaba Dolores, pero las piernas se le abrían solas, una traición de su cuerpo a su cabeza.
—Eso es, mamá, abre las piernas —siseó Nerea—. Deja que tu hija te enseñe lo que es el placer de verdad.
Y entonces Nerea hizo lo que me hizo temblar por dentro. Se apartó, se tumbó boca arriba delante de su madre y abrió las piernas.
—Ahora te toca a ti, mamá. Chúpamelo. Demuéstrame que puedes ser tan buena como yo.
Dolores vaciló un segundo, con la lucha pintada en la cara. Pero el olor, la cercanía y la lujuria la vencieron. Con un gemido de rendición total bajó la cabeza y hundió la cara entre las piernas de su hija. Empezó torpe, pero pronto el instinto tomó el control y se la comió con la misma avidez con la que había devorado a Bárbara minutos antes.
La escena era tan perversa que sentí cómo mi control se resquebrajaba. Bárbara se rió y empujó su arnés con más fuerza contra el culo de Dolores, como si quisiera clavarla aún más contra el coño de su hija.
—Ahora sí, cabrón —me dijo Nerea, con la cara de su madre enterrada entre sus muslos—. Ahora vas a darnos toda tu leche mientras te comes a una madre y a su hija.
Y le creí.
***
La imagen fue la puntilla. Dolores con el culo enrojecido por el juguete de Bárbara y la cara hundida en el coño de su hija. Mi polla palpitó, una bestia a punto de soltar la carga.
—¡Me corro! —gruñí.
El primer chorro le dio de lleno en la cara a Dolores, todavía brillante por los jugos de Nerea. El segundo cayó sobre el pelo de la chica, que levantó la cabeza con la boca abierta para recibirlo. El tercero y el cuarto le bañaron las tetas. Bárbara se arrodilló a mi lado, se arrancó el arnés y abrió la boca para capturar los últimos restos.
Cuando terminé, las tres eran un cuadro de desorden absoluto, jadeando, temblando, marcadas. Bárbara untó mi semen en la cara de Dolores como si fuera una crema.
—Ahora estás marcada. Eres nuestra. Y vas a seguir follando hasta que se te seque el coño.
***
Pero no habíamos hecho más que empezar. Bárbara volvió a su bolsa de perversiones y sacó una pequeña ventosa de silicona con mando a distancia. Se la dio a Nerea.
—Esto es para tu madre. Pónselo en el clítoris y no se lo quites hasta que yo lo diga. Quiero verla retorcerse, quiero oírla suplicar.
Nerea sonrió como si le hubieran dado el mejor regalo del mundo. Colocó el aparato en el clítoris hinchado de su madre y pulsó el botón. Un zumbido bajo llenó la habitación. Dolores arqueó la espalda con un grito ahogado.
—¡No, para, es demasiado! —suplicó, pero su cuerpo ya convulsionaba en el primero de una larga serie de orgasmos.
—Sube la potencia —ordenó Bárbara, y Nerea obedeció encantada.
El zumbido se hizo más intenso y los gritos de Dolores se volvieron un llanto incontrolable, mezcla de dolor y placer al límite. Mientras la hija torturaba a su madre, Bárbara se puso a cuatro patas junto a mí.
—Ahora tú y yo, cabrón. Quiero sentirte otra vez. Fóllame el culo y déjamelo tan abierto como el suyo.
***
Y así lo hicimos. Me clavé en el culo de Bárbara con una furia renovada mientras Dolores se retorcía en el suelo, víctima de un placer sin tregua, y su hija la observaba desde arriba, masturbándose.
—Así, mamá, gózalo —gemía Nerea—. Eres mía. Eres toda nuestra.
Pero Bárbara quería más. Señaló la bolsa.
—El látigo y el cinturón. Úsalos conmigo. Quiero que me marques.
Saqué un látigo de nueve colas, negro y pesado, y un cinturón ancho de hebilla fría. Bárbara se puso de pie, de espaldas a mí, las manos apoyadas en la pared, ofreciéndome la espalda desnuda. Alcé el látigo y lo dejé caer con un chasquido seco. Una línea roja marcó al instante su piel pálida, y ella gritó, pero fue un grito de puro placer.
—¡Más! ¡Más fuerte!
La azoté una y otra vez, cubriéndole la espalda y las nalgas con un mapa de marcas. Después cogí el cinturón, lo doblé por la mitad y la castigué con golpes secos que rebotaban en su carne. Madre e hija se habían quedado en silencio, absortas. El zumbido del juguete se detuvo. Nerea se sentó en el suelo, hipnotizada, y poco a poco su mano bajó hacia su propio coño.
Fue ella la que rompió el silencio, con un hilo de voz lleno de deseo.
—Marcos... hazme lo mismo a mí.
Me detuve, cinturón en mano, y la miré.
—Por favor —suplicó, levantándose y poniéndose de espaldas, como había hecho Bárbara—. Quiero sentir lo que ella siente.
Y entonces miró a su madre, que se masturbaba sin poder apartar la vista.
—Mírame, mamá. Mírame mientras me convierto en lo mismo que ella. Y disfrútalo.
Dolores sollozó, un sonido de rendición, y sus dedos se movieron más rápido. Me acerqué a Nerea, su espalda joven temblando frente a mí, y descargué el primer golpe. Un grito agudo escapó de su garganta, pero no era de dolor: era de liberación.
***
Bárbara me tiró del brazo.
—Necesito una ducha. Y tú también hueles a pecado.
Tenía razón. Nos encaminamos al baño, dejando atrás el campo de batalla. El agua caliente fue un bálsamo. Bárbara se frotaba las marcas de la espalda con una mezcla de dolor y orgullo.
—Lo has hecho perfecto, como siempre. Ni una marca se me verá vestida. —Me besó, profundo y largo—. Pero creo que esas dos de ahí fuera acaban de robarnos el espectáculo.
Salimos a medio secar, preparados para cualquier cosa. Menos para lo que vimos.
En la alfombra, madre e hija estaban enredadas, devorándose la una a la otra con una ferocidad que era a la vez amor y hambre. Lo que nos heló no fue solo la imagen, sino las palabras entrecortadas que salían de la boca de Dolores.
—¿Lo sientes, nena? Tu madre te lame el coño que ella misma hizo. Eres mía, siempre lo has sido.
Y Nerea, con la voz rota por el placer, respondía:
—¡Sí, mamá! Nunca nadie me lo había chupado así.
Bárbara se acercó y me susurró al oído:
—Joder, Marcos. Nos han superado. Esto es de otro nivel.
Tenía razón. No éramos nosotros los amos de la ceremonia. Lo eran ellas, dos mujeres que habían descendido a un infierno personal que ni en nuestras fantasías más oscuras habíamos imaginado.
***
El final llegó como una explosión. Dolores se corrió con un espasmo que sacudió todo su cuerpo, y al sentir el sabor de su madre, Nerea se desintegró un instante después, gritando, temblando sin control. Se quedaron así, enredadas, una masa de sudor y fluidos, jadeando, riendo, llorando. Ya no eran madre e hija. Eran dos cómplices unidas por un secreto que las haría inmunes al juicio del mundo.
Bárbara apretó la mano alrededor de mi polla, que había vuelto a endurecerse.
—Nos toca a nosotros. Vamos a ponerle el broche.
Me arrodillé sobre los dos cuerpos entrelazados, apuntando. Me miraron con los ojos vidriosos, sonriendo.
—Danos todo —susurró Dolores.
—Sé nuestro último pecado —añadió Nerea.
Y con un rugido que salió de lo más hondo, me corrí sobre ellas, asegurándome de que a las dos les tocara por igual, de quedar impregnado en su piel para siempre. Cuando el último temblor abandonó mi cuerpo, caí hacia atrás, vacío. Bárbara me limpió los últimos restos con la lengua, un gesto de sumisión final que me hizo estremecer.
Nos quedamos los cuatro en silencio, en el suelo, rodeados por el desorden y el olor del sexo más absoluto. El anochecer empezaba a colarse por la ventana, tiñendo el cielo de un naranja perezoso. Nadie dijo nada. No hacía falta.
Miré a mi alrededor. A Bárbara, la directora de banco convertida en mi cómplice perfecta. A Dolores, la madre posesiva redimida en el vicio. Y a Nerea, la chica tímida transformada en una mujer sin frenos. Y supe, con una certeza absoluta, que aquella tarde no era el final. Era el principio de algo prohibido, algo maravillosamente roto. Habíamos cruzado todos los límites, y en el proceso habíamos creado nuestro propio infierno. Un lugar donde, por primera vez, todos nos sentíamos como en casa.