Aceptó una copa con el nuevo de su oficina
Camila llevaba dos años con Rodrigo. No vivían juntos, pero se llamaban todos los días y cenaban tres veces por semana. Era el tipo de relación que ya no daba sobresaltos: estable, calmada, predecible. Trabajaba como analista en una entidad pública del centro de la ciudad, en un piso luminoso de techos altos y ventanales que daban a la avenida. Tenía treinta años, un cuerpo de caderas anchas y un trasero que los compañeros miraban cuando creían que no estaba mirando.
Rodrigo era distinto. Cuarenta y dos años, trabajaba por su cuenta desde casa, nunca había sido lo que las amigas de Camila llamaban un partidazo. De estatura mediana, blando en la cintura, modesto en todo. Pero era bueno. Le hacía café antes de cualquier cosa. Le había dicho «te quiero» a la tercera semana sin medir.
Camila pensaba que con eso bastaba. Hasta que entró Lautaro a la oficina.
***
Llegó un lunes a las nueve y media. Camila escuchó la voz antes de levantar la vista: grave, segura, con esa cadencia de los que crecieron sin preocuparse por la cuenta. Cuando miró, lo vio frente al escritorio de la jefa, asintiendo con las manos en los bolsillos del pantalón gris. Casi un metro noventa. Camisa blanca abierta dos botones, mandíbula marcada, el pelo todavía con sal del mar.
—Lautaro Salinas, el nuevo analista —lo presentó la jefa al pasar—. Camila te va a explicar el flujo de los informes.
Él sonrió, le tendió la mano y le sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario. Camila se ruborizó y odió ruborizarse.
Durante las dos semanas siguientes se cruzaron en pasillos, en reuniones, en la cafetería. Lautaro siempre encontraba la manera de sentarse al lado, de inclinarse a mirar la pantalla de Camila desde demasiado cerca, de rozarle la espalda al pasar detrás de la silla. Le hacía preguntas que nada tenían que ver con el trabajo.
—¿Saliste anoche? Tienes cara de no haber dormido.
—Esa falda te queda peligrosa, eh.
Camila se decía que era solo halago, que no significaba nada, que un hombre así nunca se fijaría en serio en ella. Y se repetía, todas las mañanas frente al espejo, que tenía novio.
***
Sebastián trabajaba dos pisos más abajo, en finanzas. Era amigo de Rodrigo desde el colegio. Conocía a Lautaro de jugar pádel los miércoles, sin saber que el tipo recién contratado arriba era el mismo del que su amigo hablaba como «mi vida con Camila».
Una tarde Sebastián se cruzó con Lautaro en la máquina de café del subsuelo.
—Oye, ¿viste a la analista del cuarto piso? —dijo Lautaro removiendo el azúcar—. La del culo. Camila, creo. Ya la tengo.
Sebastián se quedó con la taza en la mano.
—¿La estás encarando?
—Le tiré los perros toda la semana. Me come con los ojos. La saco a tomar algo el viernes.
Sebastián no dijo nada. Después, en el ascensor, mientras subía a su piso, pensó en llamar a Rodrigo. No lo hizo. Se dijo que tal vez Camila tendría más criterio. Que tal vez no pasaría nada.
***
El viernes a las siete y cuarto, Lautaro se acercó al escritorio de Camila con el saco en el brazo.
—Una copa, aquí enfrente. Para cerrar la semana. No te puedo dejar ir sin festejar tu informe.
Ella iba a decir que no. Sintió la palabra subir por la garganta y desviarse en la lengua.
—Una, nada más —se escuchó decir.
El bar quedaba a media cuadra. Pidieron vino. Hablaron del trabajo, después de la facultad, después de cualquier cosa. Lautaro sirvió la segunda copa antes de que ella terminara la primera. Cuando se inclinó para hacerle un comentario al oído, su mano cayó sobre el muslo de Camila debajo de la mesa.
—Ey —dijo ella, sin moverlo—. Ey, no.
—Solo charlamos.
La mano subió un poco. Camila bebió. La mano subió otro poco. Camila se rió de algo que no había sido gracioso. Si me levanto ahora, no pasó nada. Pensó eso con una claridad que después le daría vergüenza. Y no se levantó.
—Vamos a mi casa —dijo Lautaro a la tercera copa—. Vemos algo, escuchamos música, lo que quieras. Vivo aquí cerca.
—Es tarde. Tengo que volver.
—Un rato. Te juro que me porto bien.
Ella miró el reloj. Pensó en Rodrigo, que a esa hora estaría calentando lo que había sobrado del mediodía. Pensó en que nunca había hecho algo así. Pensó en que precisamente por eso, ahora.
—Un rato —dijo—. Pero te portas bien.
***
El departamento de Lautaro estaba en el piso veinte de una torre nueva. Todo gris, todo cuero, todo demasiado. Apenas cerró la puerta la besó contra el recibidor. Camila puso las manos sobre su pecho con una resistencia de utilería.
—Solo besitos —murmuró, ya sabiendo que no.
Él le abrió el cierre de la falda en el living. Le sacó la blusa en el pasillo. Cuando llegaron al dormitorio Camila estaba en sostén y bragas, y él todavía vestido de oficina, lo cual la hacía sentir más expuesta, más bajada de categoría, y al mismo tiempo más excitada de lo que recordaba haberse sentido nunca.
Lautaro la empujó suavemente contra la cama, le besó el cuello, le bajó los tirantes con los dientes.
—Por favor ve despacio —susurró ella.
—Despacio —repitió él, y no fue despacio.
Cuando se desnudó del todo, Camila vio lo que tenía delante y se le secó la boca. Había visto algo parecido en un video que Rodrigo le había mostrado una vez, riéndose de que esas cosas no existían. Existían. Lo tocó con la mano, sin poder rodearlo, y se rió nerviosa.
—No me va a entrar.
—Te va a entrar.
La puso de rodillas en el borde de la cama, las nalgas hacia él, y la penetró sin avisar. Camila se mordió la sábana. El primer empujón le sacó un gemido que no parecía suyo. Lautaro le agarró las caderas y entró del todo, hasta el fondo, y ella sintió por primera vez en años algo que se parecía al miedo, mezclado con un calor que la quemaba por dentro.
—Dime que te gusta —le ordenó él, embistiéndola.
—Me gusta —dijo Camila, y odió saber que era verdad.
La folló así, sin cambiar el ritmo, sin hablarle de más, durante un rato largo. Le palmeó las nalgas. Le tiró del pelo. Le mordió el hombro. Camila pedía que la abrazara y él no la abrazaba. Pedía que le dijera algo lindo y él le decía que era una traviesa, que era una caliente, que estaba esperando esto desde el día que entró a la oficina.
Cuando se vino dentro de ella, sin avisar, Camila tardó un segundo en darse cuenta.
—No tenías nada puesto —dijo, todavía boca abajo.
—Toma la pastilla mañana.
***
No se detuvo. La acomodó boca arriba, le abrió las piernas, y volvió a entrar antes de que ella terminara de protestar. Esta vez le sostuvo la cara con una mano y la obligó a mirarlo mientras la embestía. Camila se vino dos veces, una sobre otra, con los ojos llenos de lágrimas que no sabía si eran de placer o de algo más feo.
Después de la segunda vez, Lautaro se sentó contra el respaldo y la jaló del pelo hacia su entrepierna.
—Nunca lo había hecho —dijo ella en voz muy baja.
—Hay una primera vez para todo.
Camila lo metió en la boca con la torpeza de quien no sabe. Lautaro le marcó el ritmo con la mano. Ella tragó saliva, lágrimas, su propio sabor mezclado con el de él. Rodrigo jamás me habría pedido esto. Pensó en él, y pensó en que tal vez por eso, exactamente por eso, estaba ahí.
***
Lo del anal lo pidió él. Estaba todavía duro, apoyado contra su espalda mientras le besaba la nuca como si hubieran sido amantes toda la vida.
—Nunca lo hice —dijo Camila.
—Mejor.
—Va a doler.
—Te aguanto.
La untó con algo del frasco de la mesa de luz. Ella se aferró a la almohada cuando lo sintió presionar. Quiso decir que no y dijo otra cosa, dijo «despacio», dijo «no tan rápido», dijo «espera», pero Lautaro escuchó todo eso como si fueran instrucciones de cómo seguir y no de cómo parar. Cuando entró del todo, Camila lloraba en silencio, mordiendo la tela, y al mismo tiempo arqueaba la espalda buscándolo.
—Dime que eres mía —le pidió él al oído, embistiéndola lento.
—Soy tuya —contestó Camila, y no pudo creer que era ella la que lo decía.
Cuando él terminó, una hora después, ella no tenía idea de cuántas veces se había venido ni de qué hora era ni de quién era. Solo sabía que Lautaro la abrazaba ahora, por fin, y que esa palabra —tuya— le seguía latiendo entre las costillas como si hubiera sido un voto.
***
El sábado a las siete y media de la mañana, Sebastián se sirvió un café en su cocina y abrió el chat de Rodrigo. La foto la había tomado la noche anterior, parado del otro lado de la avenida, mientras los dos salían del bar tomados de la mano y entraban a un taxi. La envió sin texto. Solo la imagen. Después dejó el celular boca abajo sobre la mesa y se quedó mirando el techo.
A las nueve, Camila abrió los ojos en su propia cama, con el cuerpo doliéndole en lugares nuevos y la cabeza partida por el vino. En la mesa de luz había quince mensajes de Rodrigo y cuatro llamadas perdidas. No abrió ninguno.
Se sentó en el inodoro y pensó. Pensó con una claridad de resaca que confundió con valentía. Pensó que llevaba dos años con un hombre bueno y aburrido. Pensó que había sentido más en una noche que en dos años. Pensó que tal vez había estado equivocada todo este tiempo.
Le escribió a Rodrigo: «Amor, lo siento, pero necesito cortar. Quiero probar otras cosas. No es por ti, es por mí».
Apenas envió el mensaje, le escribió a Lautaro: «¿Almorzamos? Pásame a buscar».
Tomó la respuesta mientras se hacía un café. Era una foto. Lautaro estaba en el vestuario del club, con el celular en alto frente al espejo, y abajo, arrodillada, una chica rubia que ella no conocía le hacía lo mismo que ella le había hecho la noche anterior. Debajo, el mensaje: «Hoy no puedo, gatita. Estoy ocupado».
Camila miró la pantalla. Miró su mensaje a Rodrigo, marcado con doble tilde azul. Miró la foto de nuevo.
Pensó en llamar a Rodrigo y decirle que se había equivocado, que había sido un brote, que no había sido nada. Pero supo, antes de marcar, que Rodrigo no iba a contestar. Supo, antes de buscar la razón, que alguien le había mandado algo más concreto que una sospecha. Una foto, o un mensaje, o un favor mal hecho por un amigo demasiado leal. Y supo que esa cosa, sumada a su propio mensaje de las nueve de la mañana, le había explicado a Rodrigo todo lo que necesitaba saber.
Se sentó en el piso de la cocina. Lloró sin hacer ruido, con la taza todavía humeando sobre la mesa.
Después se levantó, lavó la taza, y se quedó mirando por la ventana cómo arrancaba un sábado al que ya no pertenecía nadie.