Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La verdad sobre los tres hombres de mi esposa

Hace un par de años descubrí algo sobre mi esposa que ya nunca pude olvidar, y no fue ella quien me lo contó al principio. Fue Camila, su prima, en una de esas charlas que parecen inocentes hasta que se cae la primera pieza y arrastra a las demás.

Mi esposa había atravesado una etapa económica muy oscura antes de que nos conociéramos. Lo supe poco a poco, en fragmentos, en madrugadas en las que ella se sentaba en la orilla de la cama y miraba el piso como si buscara la salida de algo. En algún momento me dijo que había hecho «cosas» para sobrevivir. Que había aceptado dinero de tres hombres mayores. Que solo habían sido tres encuentros. Que después de aquello se había prometido no entregarse nunca más por necesidad.

Esa fue su versión. La versión que yo creí porque quería creerla.

La que me contó Camila era distinta.

Y cuando una pieza no encaja, las demás empiezan a moverse solas.

***

La conversación con Camila ocurrió una tarde larga en su apartamento de Cartagena, mientras mi esposa había salido a comprar algo a la esquina. Camila siempre fue la prima cómplice, la que sabía guardar secretos y la que sabía contarlos dependiendo del trago en la mano. Esa tarde había bajado dos copas de vino y se le notaba la lengua suelta.

—Hay algo que tu mujer nunca te va a contar —me dijo, mirándome con una sonrisa torcida que no supe si era burla o lástima—. Y no sé si soy yo la que tiene que decirlo.

—Si lo arrancaste, termínalo —le pedí.

Camila dejó la copa sobre la mesa, miró hacia la puerta para asegurarse de que mi esposa no estuviera regresando, y empezó por el principio.

Una noche, hacía unos cinco años, mi esposa se había ido a quedar a casa de Camila. Los padres de Camila habían salido a una fiesta y las dos primas iban a pasar la noche solas, como tantas otras veces. Cerca de las nueve, Camila escuchó el motor de un carro estacionarse frente a la casa. Se asomó por la ventana del segundo piso y vio a mi mujer adentro de un sedán oscuro, hablando con un hombre del que apenas se distinguía la silueta.

—Estaban besándose —me dijo Camila, como si describiera un detalle sin importancia—. No mucho rato. Pero se besaban.

Mi esposa bajó del carro diez minutos después. Camila la describió con una precisión que me dolió: minifalda blanca muy corta, una blusa de tiritas del mismo color, plataformas altas. Cuando se inclinó por la ventana del conductor para despedirse, la falda se le subió tanto que se le vio la mitad de las nalgas. Camila lo recordaba porque le había impresionado. Su prima nunca se vestía así.

—Entró a la casa con un tufo a whisky tremendo —siguió Camila—. Estaba mareada, pero contenta. Demasiado contenta para no estar a punto de contar algo.

Las dos primas se sentaron en la cocina. Camila puso a hervir agua para una aromática. Mi esposa, todavía con la minifalda blanca, se subió a la encimera y empezó a hablar.

***

—Primita, si te contara cómo la pasé hoy —dijo mi esposa, según Camila, con la voz lenta y los ojos entrecerrados.

—Pues cuénteme, prima. ¿De dónde viene tan feliz?

—Tienes que jurarme que esto no lo sabrá nadie. Nadie de la familia. Y mucho menos un novio futuro.

—Te lo juro.

Mi esposa entonces le confesó algo que Camila no se esperaba. Le dijo que estaba cansada de esperar al príncipe azul. Que solo le aparecían sapos. Que una conocida del trabajo le había hecho un comentario que no se le iba de la cabeza: «Nos acostamos gratis, pudiendo sacarle provecho a lo que tenemos». Y que ella había decidido, por necesidad y por orgullo herido, empezar a aprovechar lo que tenía.

—¿Y qué tienes de sobra, prima? —le preguntó Camila, mitad en broma.

—Tengo lo que ellos quieren —contestó mi mujer, sin reírse.

Le explicó a Camila el método que le había enseñado esa conocida. Antojarlos. Sacarles dinero de a poco. Inventarles una necesidad nueva cada vez. Vestirse provocativa siempre. No entregar el cuerpo completo de entrada: ir cediendo de a una caricia, de a un beso, de a un botón.

—Una mujer que se entrega rápido pierde su valor —le dijo a Camila, repitiendo casi palabra por palabra lo que aquella conocida le había explicado—. Una que se hace desear se hace pagar.

***

El primero, el que la había traído esa noche, era el que más le gustaba. Lo había conocido en un bar de la zona rosa, y desde la primera salida había empezado el juego. Primero una cena en un restaurante caro. Después dejarse manosear bajo la mesa. Después pedirle un dinero «para ayudarle a la mamá». Después, en el auto, dejarle bajarle la blusa hasta la cintura. Y así, semana tras semana, durante un mes entero, sin entregar todavía nada definitivo, mientras él le iba dejando billetes cada vez más gordos en la consola.

—Y hoy lo dejé que me lo metiera por atrás —le dijo mi esposa a Camila esa noche, con la naturalidad de quien cuenta una compra del supermercado—. Me dio una suma muy buena. Yo sé que sonará como si fuera una prostituta, pero desde mi punto de vista es un intercambio. Yo doy y él da. Cada uno ofrece lo que tiene.

Camila, según me contó, no supo qué responder. Le sirvió la aromática y la dejó hablar.

—¿Y los otros dos? —preguntó al fin.

Mi esposa habló entonces de un señor mayor, amigo de unos primos suyos, Andrés y Sebastián. Un hombre apuesto, bien vestido, con un Mercedes oscuro y una casa frente al mar, pero, según ella, muy egocéntrico. A ese lo llevaba despacio. Cenas, besos, alguna caricia sobre la tela del muslo. Nada más. Decía que con él podía esperar, porque pagaba bien solo por la compañía y porque la llevaba a sitios donde la veían bien acompañada.

—Al tercero lo conocí en una capacitación del trabajo —dijo mi esposa—. No es bonito. Está casado, tiene tres hijos y le falta pelo. Pero es el más generoso de los tres. A ese ya lo he dejado tocarme todo. Se la he chupado entera, con final y todo. La tiene grande, y a fin de mes me lleva a Medellín a comprarme ropa. Yo, por supuesto, le pagaré con mi cuerpo.

Camila me contó que mi esposa lo dijo sin culpa, sin vergüenza, con una sonrisa de alguien que acaba de descubrir un truco. La sonrisa duró hasta que la aromática se enfrió. Después se quedó callada un rato y, ya casi durmiéndose sobre la encimera, le pidió por favor que nunca más hablaran del tema.

Y no volvieron a hablar.

***

Camila me contó eso una sola vez, en aquella tarde de Cartagena, y nunca quiso repetirlo. Cuando le pregunté si estaba segura de las palabras exactas, me dijo que sí. Que cuando alguien te confiesa algo así, no se te olvida.

Lo más duro no fue enterarme. Lo más duro fue darme cuenta de que la historia que mi esposa me había dado años después encajaba sin demasiado esfuerzo con la de Camila. Tres hombres. Mayores. Y sin embargo, mi esposa me había dicho que «solo habían sido tres encuentros». Camila había descrito tres relaciones largas, planificadas, con métodos claros, con viajes a otra ciudad, con dinero, con ropa, con noches enteras.

Tres no eran encuentros. Eran arreglos.

Esa noche, después de que volvimos al hotel donde nos quedábamos, mi esposa se acostó a mi lado y me preguntó si me pasaba algo.

—Nada —le mentí.

Le toqué la espalda con la mano abierta. Ella se acomodó contra mi pecho como había hecho mil veces antes. Sentí su pelo en la cara, ese olor que conocía mejor que el mío propio, y por un instante quise olvidar todo lo que Camila me había contado. Quise creer que era la versión de una prima borracha, exagerada, celosa. Quise creer que mi esposa solo había vivido tres encuentros y que después había cerrado esa puerta para siempre.

Quise. No pude.

***

En los días siguientes empecé a hacer cuentas hacia atrás. Las salidas «con amigas» de los últimos meses. Las llamadas que cortaba en seco al verme entrar al cuarto. Los regalos que llegaban a casa con la excusa de un sorteo de la oficina. Una bolsa nueva de una marca que ninguno de los dos podía pagar. Un perfume importado que apareció una mañana sobre el tocador sin explicación.

Empecé a ver el patrón. O peor todavía: empecé a buscarlo.

Pensé en confrontarla. Lo pensé durante semanas. Cada noche me imaginaba la frase exacta: «Tu prima me contó». La ensayaba frente al espejo, en el baño, mientras me afeitaba.

Y cada vez la frase se quedaba pegada en el paladar.

Porque sabía que, en el momento en que esa frase saliera de mi boca, terminaba todo. No solo el matrimonio: terminaba esa versión de ella que yo había construido, la mujer que se había ido conmigo a un nuevo país a empezar de nuevo, la que me había dicho que conmigo, por primera vez, había aprendido a recibir sin cobrar.

Esa versión también era cierta, en algún sentido. O al menos yo había decidido que lo fuera.

***

Una noche, en la cama, mientras ella leía y yo fingía leer, le hice una pregunta cualquiera. La dejé caer como si nada, sin levantar los ojos del libro.

—Cuando estabas mal económicamente, antes de mí, ¿alguna vez te arrepentiste de algo?

Ella levantó la vista. Tardó un poco más de la cuenta en contestar.

—De algunas cosas —dijo—. De otras no.

—¿De los tres? —pregunté, sin mirarla.

—De cómo lo justifiqué, sí. De haberlo hecho, no.

Eso fue lo único que me dijo. No le pregunté más. No me atreví. Apagué la luz de mi lado. Ella siguió leyendo unos minutos más, con la lamparita encendida y la espalda recta. Cuando la apagó, no se acercó a mí como siempre.

Esa noche dormimos cada uno en su orilla.

Y, sin embargo, antes de quedarme dormido, sentí su mano buscando la mía debajo de las sábanas. Me apretó dos veces los dedos. No dijo nada. Yo tampoco. Pero entendí, en ese gesto mínimo, que ella sabía exactamente lo que yo había estado pensando todos esos días.

***

Han pasado dos años desde aquella tarde de Cartagena. Seguimos juntos. No he vuelto a mencionar el nombre de Camila ni el de los tres hombres que ella me describió. Mi esposa tampoco ha vuelto a hablar de su pasado. Es como si los dos hubiéramos firmado un acuerdo silencioso: lo que se sabe, no se nombra; lo que no se nombra, no destruye.

A veces, cuando veo a mi mujer arreglarse para salir, miro el largo de la falda y me pregunto, durante un segundo, si esta es la versión de ella que también ofrecía a otros. Después me obligo a mirar para otro lado. Aprendí que hay confesiones que uno escucha y nunca más debería volver a escuchar. Aprendí que la verdad, cuando llega sin avisar, deja un sabor que no se quita ni con años.

Pero también aprendí algo más incómodo. Aprendí que, en la cama, después de aquella conversación nocturna en la que ninguno de los dos se atrevió a decirlo todo, mi mujer me besó distinto. Me buscó con una urgencia que antes no tenía. Como si supiera que yo sabía. Como si, por primera vez en mucho tiempo, no estuviera cobrándome nada y eso, para ella, fuera el mayor lujo que se hubiera permitido en la vida.

Esa, al menos, es la versión con la que decidí quedarme.

Valora este relato

Comentarios

Sé el primero en comentar.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.