La vecina que obedecía delante de toda su familia
La tarde era de esas de finales de enero: sol tibio, aire fresco, el patio interior del bloque lleno de tendederos con la ropa ondeando y algún gato callejero merodeando entre los cubos. Estabas sentado en la terraza del bar de abajo, el de toda la vida, con sus mesas de plástico y las sillas que cojeaban. Una caña delante, charla de fútbol, las putadas del curro. Una tarde cualquiera.
Rubén, el hijo mayor de Pilar, había quedado contigo para desahogarse. Treinta y cinco años, barba de tres días, la camiseta de su equipo y esa cara de buenazo que había heredado de su madre. El trabajo lo estaba quemando, la novia lo había dejado hacía dos meses, lo de siempre. Iba por la segunda cerveza cuando ella apareció.
Pilar bajaba por la calle con una bolsa del súper en una mano y el móvil en la otra, intentando pasar desapercibida. Llevaba un vestido suelto de algodón azul marino, de esos que usaba para los recados, sin sujetador: se le notaba el balanceo de los pechos pesados con cada paso. La falda le llegaba por debajo de la rodilla, pero una abertura lateral dejaba ver los muslos llenos cuando caminaba.
El pelo corto y rizado lo llevaba algo revuelto. El maquillaje, el justo para disimular las ojeras. Aun así se le notaba algo en los labios, un brillo delator en las mejillas, el rastro de lo de la noche anterior.
Rubén la vio pasar, levantó la mano y gritó con esa voz despreocupada:
—¡Mamá! ¡Eh, ven, siéntate un rato con nosotros!
Ella se paró en seco, como si le hubieran dado un calambre. Giró la cabeza despacio, los ojos muy abiertos. Te vio a su lado, caña en mano, con esa sonrisa lenta que conocía demasiado bien. Tragó saliva. La bolsa le tembló en la mano.
—Eh… hola, cariño… no, no, que tengo que subir la compra…
—Venga ya, mamá, solo un ratito —insistió él, medio levantándose—. Hace siglos que no tomamos algo juntos. ¡Y está Damián!
Pilar miró alrededor. La terraza estaba medio llena: dos jubilados con el dominó, una pareja joven riéndose. Nadie prestaba atención todavía. Te buscó los ojos, suplicante. Tú levantaste la caña en un brindis silencioso y le guiñaste un ojo.
Dudó dos segundos eternos. Luego, con las piernas temblando, se acercó a la mesa. Rubén le apartó una silla justo enfrente de ti, le dio un beso en la mejilla y la sentó.
—Qué guapa estás hoy, mamá. ¿Has ido al súper? Relájate un rato.
Pilar se sentó rígida, las rodillas juntas, el bolso en el regazo como un escudo. La falda se le subió un poco. Tú estiraste la pierna por debajo de la mesa y le rozaste el tobillo con la punta del zapato. Ella dio un respingo mínimo, pero no dijo nada.
—¿Qué tomas, mamá? ¿Una caña? —Rubén ya llamaba al camarero.
—Un… un agua… estoy bien con agua…
—Venga, Pilar, no seas así —interviniste tú, tranquilo, simpático—. Una cerveza no te va a matar. Con este sol apetece. Invito yo.
Te clavó una mirada de pánico, pero asintió. El camarero trajo las bebidas. Le pasaste la caña rozándole los dedos a propósito. La cogió con las manos temblorosas, dio un sorbo mínimo y dejó el vaso.
Rubén empezó a hablar de tonterías: el trabajo, el fútbol, que si su equipo iba mal esta temporada. Tú asentías, reías en el momento justo. Pero por debajo de la mesa tu pie subía despacio por su pantorrilla, le rozaba la rodilla, se colaba entre los muslos.
Pilar apretó las piernas. Tú forzaste con el empeine y se las abriste lo justo. La punta del zapato se coló bajo la falda, rozó el interior del muslo. Ella soltó un jadeo corto que disfrazó de tos. Rubén ni se enteró.
—…y entonces el jefe me suelta que, si no vendo más este mes, me toca currar los findes. ¿Te lo puedes creer, mamá?
—S-sí… qué mal, cariño…
Tu pie subió más, hasta el sexo. No llevaba ropa interior: no la dejabas comprar desde que se la habías quitado, y ya estaba empapada solo de verte. Presionaste suave contra el clítoris hinchado, en círculos lentos. Ella se mordió el labio hasta dejárselo blanco, las manos clavadas en el bolso.
—Oye, Damián, ¿sigues con lo de la fontanería? —Rubén te miró—. Mi madre dice que le arreglaste las cañerías el otro día.
—Sí, claro. Un placer. Tu madre quedó muy agradecida. Le dije que, si necesitaba algo más, que me llamara cuando quisiera.
Pilar soltó un gemido ahogado que convirtió en carraspeo. Las caderas se le movieron solas, empujando contra tu pie. Estaba al borde, en plena calle, con el clítoris frotándose contra la suela de tu zapato.
—Pues gracias, tío. Mi madre siempre dice que eres un encanto.
Aceleraste el movimiento. Ella se corrió en silencio: el cuerpo rígido, los ojos cerrados un instante, un temblor que le recorrió las piernas y le apretó los muslos alrededor de tu pie. No dijo nada. Solo respiró fuerte por la nariz.
Sacaste el pie despacio, lo limpiaste disimuladamente en la pata de la mesa y levantaste la caña.
—Brindo por las madres que lo aguantan todo. Y por los hijos que no se enteran de nada.
Pilar te miró con los ojos vidriosos: vergüenza, rabia y deseo, todo mezclado. Rubén chocó su vaso con el tuyo, riéndose. Ella murmuró, solo para ti:
—Eres un cabrón.
—Y tú, mi favorita —respondiste bajito—. Esta noche, balcón. Puerta abierta. Y esta vez, con público.
***
Tomasteis tres o cuatro cañas más. El sol ya bajo, el aire de enero empezando a calar. Rubén, achispado y contento, miró el reloj.
—Venga, mamá, te acompaño. Subo a comer con vosotros, que papá seguro que sigue durmiendo la mona. Damián, ¿vienes? Así charlamos un rato más.
—Claro, por qué no —aceptaste sin dudar.
Pilar se puso pálida, pero no dijo nada. Se levantó despacio, el vestido arrugado, una mancha sutil en la tela. Rubén iba delante, abriendo paso entre las mesas.
Llegasteis al portal. El ascensor viejo esperaba con las puertas abiertas. Entrasteis los tres. Tú te pegaste al fondo, de espaldas al espejo rayado. Pilar entró después, casi empujada por su hijo, y quedó justo delante de ti, el culo ancho y blando pegado a tu entrepierna. Notó tu erección contra la tela fina y dio un respingo que disimuló girando la cara hacia Rubén.
Él entró el último y pulsó el cuarto. El ascensor era estrecho de cojones. Rubén quedó de espaldas, mirando el panel, murmurando algo sobre lo lento que iba el cacharro. Silencio. Solo el traqueteo del motor.
No perdiste el tiempo. Deslizaste la mano derecha por detrás, por debajo del vestido. Ella se tensó, respiró fuerte por la nariz, pero no se movió. Sin ropa interior, como siempre. Tu mano llegó directa: los labios calientes, empapados otra vez. Dos dedos dentro, sin aviso, frotando hacia arriba ese punto que la volvía loca.
—¿Estás bien, mamá? —Rubén giró un poco la cabeza.
—S-sí… estoy perfectamente…
Metiste un tercer dedo. Bombeabas despacio, profundo, el chapoteo apenas audible en el silencio. El pulgar le dibujaba círculos en el clítoris. Ella empujó el culo hacia atrás, rozándote la erección. Rubén seguía tarareando, ajeno. El ascensor pasó el segundo, el tercero, lento, eterno.
Le susurraste pegado a la nuca, casi sin voz:
—No grites. Tu hijo está a un palmo. Como se gire y vea cómo te corres con mis dedos dentro, se entera de todo.
Ella tembló entera. El sexo se le contrajo fuerte alrededor de tus dedos, un líquido caliente resbaló hasta el suelo del ascensor. Se corrió en absoluto silencio, mordiéndose el puño.
—Mamá, ¿seguro que estás bien? Pareces acalorada.
—S-sí… calor… el ascensor… está muy cargado…
Sacaste los dedos despacio y, cuando Rubén miró hacia el panel, se los pasaste por los labios. Ella los chupó rápida, los ojos clavados en el espejo del fondo, donde os veía a los tres: su hijo delante, inocente; tú detrás, con la mano todavía húmeda.
El ascensor llegó al cuarto. Las puertas se abrieron con su clang lento.
***
Rubén salió primero.
—Venga, mamá, entra. Damián, pasa, que te pongo un café.
Entrasteis al piso. Olía a café recalentado y a pacharán viejo. Tomás, el marido, seguía roncando en el sofá del salón, la boca abierta, la tele murmurando un partido en diferido. Cerraste la puerta con un clic y te pegaste a Pilar por detrás antes de que diera dos pasos.
Le rodeaste la cintura con un brazo, la otra mano directa al culo, apretando por encima del vestido. Ella se tensó, giró la cara, la voz un susurro desesperado:
—Estás loco, Damián… mi hijo está a dos metros…
Le hablaste pegado al oído:
—Dúchate. Hueles a lo de esta tarde de arriba abajo. Si no quieres que tu hijo y tu marido lo noten, ve y lávate. Pero no se te quiten las ganas. Cuando salgas, sigo.
Le diste un último apretón y la soltaste. Ella se tambaleó, la cara roja, y murmuró con la voz quebrada:
—Voy… voy a ducharme.
Se metió por el pasillo y cerró el baño con pestillo. Segundos después oíste correr el agua. Tú entraste al salón como si nada, ajustándote el pantalón.
Tomás se había despertado a medias, sentado en el sofá, rascándose la barriga, los ojos vidriosos.
—Eh, chaval… —gruñó, la voz pastosa—. Gracias por recogerme el otro día en comisaría, ¿eh? Menuda mierda de noche. Pero dime la verdad… ¿quién era la tía que llevabas en el asiento de delante? Iba borracho, pero no ciego. La oía gemir como una loca.
Silencio absoluto. Pilar, que justo entraba con una bandeja de galletas para disimular, se quedó paralizada en el umbral. Le temblaban las manos. La cara pálida, la respiración cortada.
Tú empezaste a reírte. Una risa baja al principio, que fue subiendo. Te recostaste en el sillón.
—Tomás, tienes que beber menos, tío. Ibas tan borracho que no te acuerdas de nada. Te montaste delante tú solo, íbamos los dos y nadie más. La «tía» que oías gemir eras tú mismo roncando.
Tomás frunció el ceño, parpadeó, se rascó la cabeza.
—¿En serio? Joder… pues juraría que… Bah, da igual. El alcohol es malo, chaval.
Pero Rubén ya no sonreía. Se había quedado tieso, la taza a medio camino de la boca.
—¿Qué? ¿Que te recogieron en comisaría? ¿Otra vez borracho al volante? ¿En serio, papá? ¡Mamá me dijo que estabas malo, no que te habían pillado conduciendo así!
—¡No me vengas con sermones, niñato! —Tomás se incorporó con torpeza—. ¡Que tú también te coges tus buenas cogorzas! ¡Y soy tu padre!
La discusión subió rápido. Voces altas, el dedo del hijo señalando, el padre soltando improperios. Pilar entró corriendo, la bandeja a punto de caérsele.
—¡Por Dios, bajad la voz! ¡Los vecinos van a oír!
Rubén, harto, dejó la taza de golpe.
—¡Que se jodan los vecinos! ¡Estoy harto de este desastre! ¡Me largo!
Cogió la chaqueta y dio un portazo que hizo temblar las paredes. Tomás, rojo de ira y alcohol, salió detrás tambaleándose.
—¡Vuelve aquí, desagradecido!
Los pasos resonaron escaleras abajo, los gritos perdiéndose. Y de pronto, silencio en el piso.
***
Te levantaste despacio del sillón. Caminaste hasta la puerta, que había quedado abierta de par en par, y la cerraste con calma. Giraste la llave dos veces, la tuya, la que le habías quitado, y echaste el pestillo. Te volviste hacia ella.
Pilar seguía en medio del salón, paralizada, envuelta en la toalla grande, el pelo mojado goteándole sobre los hombros, la cara entre el pánico y el alivio.
—Pues aquí estamos otra vez —dijiste, la voz baja y ronca—. Sin marido borracho. Sin hijo cabreado. Solo tú y yo.
Diste un paso. Ella retrocedió hasta chocar con la pared del pasillo. La toalla resbaló un poco, dejando ver el inicio de los pechos, los pezones duros.
—Damián… por favor… ahora no… acaban de irse…
Le quitaste la toalla de un tirón suave pero firme. Quedó desnuda, la piel fresca de la ducha, todavía con ese rastro de excitación que el agua no le había quitado. Le cogiste la barbilla y la obligaste a mirarte.
—Aquí mismo. En el pasillo. Con la puerta cerrada. Si vuelven y abren, que vean. Porque eso es lo que quieres, ¿verdad? Que te pillen.
Le metiste la mano entre las piernas sin aviso. El sexo empapado, el clítoris hinchado. Dos dedos dentro de golpe, curvados. Ella soltó un gemido largo, las piernas flojas, apoyándose en el muro.
—Dime que sí. O te dejo aquí desnuda y me voy.
—S-sí… —susurró, ronca, con lágrimas de vergüenza y deseo—. Aquí… ahora… soy tuya…
La giraste de cara a la pared. Le subiste los brazos por encima de la cabeza, sujetándolos con una sola mano. Con la otra te bajaste el pantalón. Le abriste las piernas con un toque del pie en los tobillos.
—No… por favor… —jadeó cuando notó hacia dónde apuntabas.
Escupiste en la mano, te lubricaste y empujaste de una embestida. Ella gritó, un grito que retumbó por el pasillo y seguramente se oyó en el rellano. El cuerpo se le tensó entero, dolor y placer mezclados, las lágrimas resbalando. Pero empujó hacia atrás, instintiva.
—Joder… sí… soy tu puta… —murmuró entre dientes.
Empezaste a bombear duro. Las embestidas profundas hacían que los pechos le golpearan la pared, el sonido de la carne resonando, clap, clap, clap, por el pasillo vacío. Cada empujón la levantaba de puntillas. Le estrujaste un pecho con la mano libre, le pellizcaste el pezón hasta arrancarle un grito.
—Grita —le ordenaste al oído—. Que se oiga. Que los vecinos sepan lo que estás haciendo mientras tu familia se pelea en la escalera.
Ella obedeció: gemidos altos, roncos, entrecortados.
—Más fuerte… me corro… me corro…
Se corrió brutal, sin que la tocaras siquiera, un temblor que le recorrió todo el cuerpo y le aflojó las piernas. Tú aceleraste, el sudor chorreando, hasta que descargaste dentro con un gruñido, vaciándote entero. La sacaste de golpe y la dejaste apoyada contra la pared, sollozando de placer y agotamiento, las piernas sin fuerza.
Te subiste el pantalón despacio y la miraste desde arriba.
—Dúchate otra vez. Esta noche vas a subir a mi piso. A mi cama. Toda la noche. Tu marido caerá redondo en cuanto le des un par de copas, y tu hijo no volverá hasta mañana.
Ella levantó la cabeza, los ojos vidriosos.
—Damián… no puedo… mi marido… mi hijo…
Le diste un azote en el culo. El sonido retumbó.
—Puedes y lo harás. O le cuento a tu hijo lo que pasa cada vez que su padre se queda roncando. Todo. Ahora dúchate y prepárate. Esta noche te quiero en mi balcón, con la luz encendida, gritando mi nombre tan fuerte que lo oiga todo el bloque.
Te diste la vuelta, giraste la llave y abriste el pestillo. Antes de salir, la miraste una última vez.
—Y ahora voy a calmar a tu hijo. Le diré que su padre es un desastre, pero que no se preocupe. Que su madre está muy bien atendida.
Saliste al rellano y cerraste con tu llave. Dentro, oíste a Pilar arrastrarse hacia el baño, el agua empezando a correr otra vez. Bajaste las escaleras.
Rubén estaba en el portal, fumando contra la pared, la cara descompuesta. Te vio bajar y levantó la cabeza.
—Joder, Damián… qué mierda de familia. Mi padre es un desastre.
Le diste una palmada en el hombro, la voz tranquila.
—Tranquilo, tío. La familia no se elige. Él es un borracho, pero tu madre es una santa. Se merece a alguien que la cuide de verdad.
Le ofreciste un cigarro, se lo encendiste y empezaste a hablarle despacio, calmándolo, mientras pensabas en cómo, esa misma noche, la subirías a tu piso y la tendrías hasta el amanecer.