Aventura con el repartidor mientras él se duchaba
Aquella noche de sábado, el calor de Mendoza se colaba por la ventana abierta del living. Eran las diez en punto y el aire denso pesaba sobre el departamento de dos ambientes en el que Carolina y Diego llevaban viviendo casi tres años.
Carolina, treinta y dos años, enfermera en una clínica privada del centro, estaba hundida en el sillón con el celular en la mano. Tenía el pelo rubio atado en un rodete improvisado, una remera vieja de Charly García que le quedaba dos talles más grande y un short de jean tan corto que se le subía cada vez que cruzaba las piernas. Acababa de confirmar el pedido en la aplicación: una pizza grande de mozzarella, aceitunas negras, champiñones, tomate y anchoas. Su capricho semanal, el único lujo que se permitía después de doce horas atendiendo gente que la miraba como si fuera invisible.
Desde la cocina, Diego cerró la heladera con más fuerza de la necesaria. Treinta y cinco años, chofer de larga distancia, la espalda ancha y la mandíbula apretada de quien arrastra demasiadas horas al volante. En la mesa había un montón de facturas vencidas apiladas como un castillo a punto de caer.
—¿Otra vez pizza, Caro? —Le tiró la pregunta sin mirarla, abriendo una lata de cerveza—. En serio, ¿otra vez?
—Mhm —respondió ella sin levantar la vista.
—Te recuerdo que el alquiler sube el mes que viene. La luz la debemos hace dos vencimientos. El auto está parado hace una semana y todavía le tengo que pagar al mecánico. Y vos pidiendo delivery como si no pasara nada.
Carolina dejó el teléfono sobre el apoyabrazos y lo miró. Tenía esa media sonrisa que le crecía cuando se ponía sarcástica, la que Diego conocía y odiaba en partes iguales.
—Una pizza, Diego. Una pizza. No me estoy comprando un departamento en Palermo.
—Es comida cara. Hay fideos en la alacena.
—Hay fideos en la alacena hace tres semanas. Yo también laburo, por si te olvidaste. Yo también pongo plata acá adentro.
Diego dio un trago largo a la cerveza. El gas le burbujeó en la garganta y la lata se le aplastó entre los dedos.
—Disfrutar, decís. ¿Disfrutar qué? ¿Tener el culo tirado en el sillón mientras yo me parto el lomo manejando? Si no fuera por tus caprichos…
—¿Mi qué? —Carolina se levantó del sillón con las manos en las caderas, el cuerpo entero tensándose—. Decilo de nuevo.
—Tu culo gordo —dijo él sin filtro, ya enojado de verdad—. Tu culo gordo y caprichoso. ¿Querés que repita?
Algo se quebró adentro de ella. No fue tristeza. Fue otra cosa, algo más caliente y más oscuro que se le instaló entre las costillas y le hizo apretar los dientes. Sintió el latido en la garganta, sintió el calor que le bajaba desde la nuca hasta la cintura, y por un segundo, solo un segundo, le pasó por la cabeza una idea tan absurda que casi se rio sola.
Te la voy a cobrar.
—Andate al baño, Diego. Antes de que te diga algo de lo que te vayas a arrepentir.
Él tiró la lata vacía al tacho de un manotazo.
—Pagala vos eh, la pizza de mierda. Yo no pongo un peso. Y aprendé de una vez lo que vale la guita, pelotuda.
Le dio la espalda y desapareció por el pasillo. Carolina oyó la puerta del baño cerrarse de un portazo, y un minuto después el zumbido del calefón y el agua cayendo contra los azulejos. Cuando Diego se duchaba, se duchaba lento. Veinte minutos largos. Lo sabía de memoria.
Pelotuda. La palabra le rebotaba en la cabeza como un eco metálico.
***
El timbre sonó.
Carolina caminó hasta la puerta con el corazón haciéndole un ruido raro en el pecho. Sintió el cosquilleo entre las piernas antes de entender lo que estaba pensando. Antes de entender que ya lo había decidido. Los pezones se le habían puesto duros debajo de la remera vieja y notó la humedad tibia empapándole la entrepierna de la bombacha.
Se sacó el short en el pasillo. Lo dejó tirado sobre la mesita del teléfono. Se quedó con la remera larga y la bombacha negra debajo, sin pensar más, y abrió.
Del otro lado había un pibe. Diecinueve, veinte como mucho. Flaco, de ojos oscuros y un bigote apenas insinuado sobre el labio superior. Tenía la caja de pizza balanceada en una mano y la bolsa térmica colgando del otro brazo, y en la remera de la cadena de delivery, en letras amarillas sobre fondo rojo, decía «Nicolás».
—Buenas… —Empezó a hablar y se le quedó la voz en la garganta—. Buenas noches, eh, la pizza para… —Bajó la vista a la boleta y se le quemaron las mejillas—. ¿Para Carolina?
Ella no contestó enseguida. Apoyó un hombro contra el marco de la puerta y lo miró de arriba abajo despacio, como si lo estuviera midiendo. Después sonrió. Una sonrisa que ella misma se sorprendió de tener.
—Pasá, Nicolás. Dejá la caja sobre la mesa.
Él se quedó un segundo sin moverse, calculando si había escuchado bien. Después entró. Carolina cerró la puerta detrás de él sin hacer ruido. El murmullo del agua en el baño seguía constante al fondo del pasillo.
—No te traje la plata —dijo ella, acercándose—. ¿Hay algún problema?
—Eh… no, igual yo, eh… —Nicolás dejó la caja sobre la mesa ratona y se quedó con las manos vacías, sin saber qué hacer con ellas—. Capaz después la cobramos.
—Capaz después.
Le pasó un dedo por el cuello de la remera y subió hasta la mandíbula. El pibe se tensó, pero no se movió. Carolina bajó la mano derecha entre las piernas de él, le agarró el paquete por encima del jean y apretó. Sintió la polla creciéndole rápido contra la palma, engordando de a bocanadas, y cuando lo apretó más fuerte Nicolás cerró los ojos un instante y dejó escapar el aire por la nariz.
—Ya estás dura —le dijo al oído, mordiéndole el lóbulo—. Con solo tocarte por encima del pantalón.
—Tengo que volver a la moto —murmuró él con la voz rota—. Tengo otros pedidos.
—Mhm. Ya te vas.
Lo besó. Despacio al principio, casi probando, y cuando él le devolvió el beso con torpeza de pibe primerizo, Carolina entendió que esto iba a pasar de verdad. Le puso una mano en la nuca, le metió la lengua entera hasta el fondo de la boca, y sintió cómo la mano grande y todavía indecisa de él bajaba hasta agarrarle el culo con las dos manos y estrujárselo por debajo de la bombacha. Le clavó los dedos en las nalgas, le abrió la carne, y Carolina sintió el aire fresco del living metiéndosele entre las tetas.
—Sos hermosa —dijo Nicolás contra su boca—. Sos…
—Callate y chupame las tetas.
***
Lo llevó hasta el sillón sin dejar de besarlo. Le sacó la campera y la tiró al piso, y él, ya un poco menos tímido, le levantó la remera hasta los hombros. Carolina lo ayudó a sacársela del todo y se quedó en bombacha frente a él, con las tetas al aire, los pezones parados y rosados apuntándole a la cara, mientras el agua seguía cayendo al final del pasillo.
—Tocame —le pidió, agarrándole las manos y poniéndoselas sobre el pecho—. Tocame fuerte, no me vas a romper.
Nicolás la apretó. Tenía las manos tibias y un poco ásperas, y Carolina sintió la respiración del pibe acelerarse contra su cuello. Le agarró las dos tetas de una vez, se las juntó, y bajó la boca sobre un pezón y lo chupó como si lo hubiera esperado toda la vida. Le tironeó con los dientes, se lo soltó, le pasó la lengua alrededor y volvió a chupar. Después el otro. Carolina sintió las corrientes bajándole hasta el coño, cada tirón de la boca del pibe se le disparaba en línea recta hasta el clítoris.
—Así, la puta madre, así… —jadeó agarrándolo del pelo—. No me sueltes las tetas.
Le metió la mano derecha dentro de la bombacha y encontró todo mojado. Los dedos le entraron sin resistencia, dos de una, hasta los nudillos, y empezó a moverlos adentro mientras el pulgar le apretaba el clítoris. Movía la mano en círculos, lentos, después más rápidos, hasta que ella ahogó un quejido contra su hombro. El chapoteo de los dedos entrando y saliendo de ella era tan fuerte que Carolina tuvo miedo de que se oyera desde el baño.
—Así —dijo Carolina—, así. Metémelos hasta el fondo.
Le agarró la muñeca y le apuró el ritmo. Nicolás la miraba con los ojos muy abiertos, aprendiendo, y cuando ella le dijo «tres, ponéme tres», él le metió un dedo más y Carolina se dobló en dos, apoyándose en sus hombros para no caerse. El coño le hacía ruido de mojado, ruido obsceno, y notó la primera corrida asomándose en el fondo de la panza.
—Pará, pará, todavía no. —Le sacó la mano de un tirón.
Lo hizo sentarse en el sillón. Le desabrochó el jean con una eficiencia que no le conocía a sí misma y se lo bajó hasta los tobillos junto con el bóxer. La verga saltó afuera dura y venosa, la punta ya brillante, y Carolina sintió que se le hacía agua la boca. Cuando se arrodilló entre sus piernas, Nicolás dejó escapar un sonido que era mitad risa nerviosa, mitad otra cosa.
—No tardo mucho —le advirtió ella, mirándolo desde abajo con los ojos verdes encendidos, agarrándole la polla con la mano derecha y estrujándosela de arriba abajo—. Mi novio termina de bañarse en quince minutos.
El pibe asintió como si entendiera. No entendía nada. Carolina se escupió en la palma, se la refregó a él por todo el largo, y se lo metió en la boca de una sola vez. Lo hundió hasta la garganta, hasta que la nariz le tocó el vientre del pibe, y lo escuchó respirar fuerte y vio cómo se aferraba al respaldo del sillón hasta ponerse blancos los nudillos. Subía y bajaba con la cabeza despacio, dejándole sentir la lengua contra la vena de abajo, y de vez en cuando lo soltaba un segundo solo para mirarlo y sonreírle con la boca llena de saliva antes de volver a empezar.
—Mirá —le dijo, y sacó la lengua mostrándole la punta antes de pasarla entera de abajo hacia arriba, desde los huevos hasta el glande, sin apuro—. Mirá cómo te la chupo.
Le agarró los huevos con la mano izquierda y se los sopesó, se los masajeó, y con la derecha le empezó a hacer una paja mientras se metía la punta en la boca y la chupaba como un caramelo. Nicolás soltó un quejido largo. Tenía las dos manos hundidas en el pelo de ella, no empujando, pero tampoco lejos. Carolina aceleró el ritmo, la mano y la boca sincronizadas, la saliva chorreándole por el mentón hasta caerle entre las tetas. Lo sentía latir contra el paladar, lo sentía respirar cada vez más rápido, y supo que si seguía así el pibe iba a terminar antes de tiempo.
Se levantó. Se sacó la bombacha de un solo movimiento y la tiró contra la lámpara.
—Espe… —empezó él.
—No hables. Ni una palabra.
***
Se subió arriba. Se la acomodó con la mano, apoyada en su pecho, y frotó la punta de la polla contra los labios mojados del coño, arriba y abajo, empapándosela toda. Después bajó despacio hasta que se la metió entera de un solo golpe seco. Le tembló todo el cuerpo. Le tembló a él también. Se quedó quieta un segundo con él adentro hasta el fondo, sintiéndolo latir, sintiendo cómo el pibe apretaba los dientes para no correrse en ese mismo momento.
—Qué grande la tenés, hijo de puta —le susurró contra la boca—. Me llenaste entera.
Carolina apoyó las dos manos en sus hombros y empezó a moverse, primero ondulando las caderas, restregándole el clítoris contra la base de la verga, después subiendo y bajando con más fuerza, hasta que las paredes del living se llenaron del ruido seco de la piel contra la piel y del chapoteo del coño empapado. El sillón crujía con cada bajada, los resortes protestando bajo el peso de los dos.
—Aguantá —le ordenó—. Aguantame, no te me vengas todavía.
Nicolás aguantó. Le agarró las tetas con las dos manos, se las apretó, se las juntó para chuparle los dos pezones a la vez, y se la quedó mirando como quien no termina de creer dónde está. Carolina cambió de ritmo, se inclinó hacia adelante, le mordió el cuello y le clavó los dientes hasta dejarle marca. Después se enderezó, arqueó la espalda, se agarró las tetas ella misma y empezó a rebotarle encima como si la vida se le fuera en eso. La verga del pibe le entraba y le salía brillante de sus jugos, y cada bajada la sentía golpearle contra el fondo.
—Cogeme desde abajo —le exigió—. Movete vos también, no te quedés ahí como un pescado.
Nicolás la agarró de las caderas con las dos manos y empezó a empujarla contra él, coordinándose con ella, cada estocada más profunda que la anterior. Los ruidos que hacía el coño de Carolina eran de otro planeta, ruidos de mojado, de succión, y ella se dio cuenta de que en cualquier momento se le venía la corrida.
—Dame vuelta —le dijo saliéndose de encima—. Rápido, en cuatro, contra el sillón.
Se puso de rodillas sobre los almohadones, el culo bien parado en el aire, la cabeza y las tetas apoyadas contra el respaldo. Nicolás se paró atrás, se agarró la verga con la mano y buscó a tientas hasta encontrarle la entrada. Se la metió de una y empezó a garcharla fuerte, agarrándola de la cintura con las dos manos, tirando de ella hacia atrás con cada empujón. Los golpes de la cadera del pibe contra las nalgas de Carolina sonaban en toda la sala.
—Más fuerte —le pedía ella contra el almohadón, mordiendo la tela para no gritar—. Más fuerte, dale, rompeme.
Nicolás le dio más fuerte. Le agarró el pelo con una mano y se lo tironeó, le arqueó la cabeza hacia atrás, y ella sintió el calor subiéndole por la espalda como un incendio, sintió que estaba cerca, muy cerca. Se llevó la mano derecha entre las piernas y se refregó el clítoris al ritmo de las embestidas del pibe. Le llevó veinte segundos. Se le disparó una corrida bestial que la hizo apretar los dientes hasta hacerse doler la mandíbula, temblándole las piernas, el coño cerrándose alrededor de la polla del pibe en oleadas.
Y entonces se dio cuenta de que el ruido del agua del baño había cambiado. El chorro se había puesto más débil. Diego se estaba enjuagando.
Le sacó la verga de adentro de un movimiento, se dio vuelta, y se dejó caer de rodillas frente a él. Le agarró la polla con las dos manos, empapada de sus propios jugos, y se la metió otra vez en la boca hasta el fondo, la cabeza yendo de arriba abajo a velocidad de delirio. Nicolás abrió los ojos grandes, agarró el respaldo del sillón con las dos manos, y a los pocos segundos se le empezaron a doblar las rodillas.
—Me… me vengo —balbuceó.
Carolina no lo soltó. Se lo hundió aún más, le apretó los huevos con una mano, y un segundo después le terminó adentro de la boca con un quejido ronco que ella ahogó apretando la mandíbula contra él. Sintió los chorros calientes reventándole contra el paladar, uno, dos, tres, cuatro. Se quedó ahí quieta, con la boca llena, sintiendo cómo la verga del pibe latía todavía entre sus labios, hasta que el último espasmo pasó.
Carolina tragó. Todo. De una. Lo miró desde abajo, sacó la lengua para mostrarle que no había quedado nada, y se levantó pasándose el dorso de la mano por los labios.
—Vestite. Rápido.
Nicolás obedeció como un soldado. El jean, el cinturón, la remera del trabajo al revés y después al derecho. Carolina se puso la bombacha —le costó, porque tenía el coño hinchado y todavía chorreando—, el short, se acomodó el pelo frente al espejo del pasillo y caminó hasta la puerta. El agua del baño se cerró con un golpe seco.
—¿Cuánto era la pizza? —preguntó ella en voz baja.
—Eh… —Nicolás miró la boleta como si fuera la primera vez—. No, dejá. Va por la casa.
—Qué amable.
Le abrió la puerta. Nicolás dudó un segundo en el umbral, como si quisiera decir algo más, pero ella le puso una mano en el pecho y lo empujó suave hacia afuera.
—Andá.
***
Cerró la puerta sin hacer ruido. Caminó hasta el sillón, abrió la caja de pizza y agarró una porción. Cuando Diego salió del baño envuelto en una toalla, con el pelo mojado y la cara mucho más relajada que veinte minutos antes, la encontró mirando la tele con la pizza en la falda.
Él se quedó parado en el pasillo unos segundos. Carolina no levantó la vista.
—¿Querés? —preguntó, ofreciéndole la caja sin mirarlo todavía.
Diego dudó. Después suspiró, se acercó y agarró una porción.
—Está buena —dijo después del primer bocado.
—Mhm. Estaba puntual. —Carolina recién entonces lo miró y le sostuvo la mirada un segundo de más—. El pibe del delivery me hizo precio.
Diego sonrió sin entender y se sentó al lado de ella en el sillón.
—Bueno. Algo es algo.
Carolina pegó otro mordisco a la porción y se quedó mirando la pantalla con los ojos fijos. Sintió el cuerpo de Diego apoyado contra el suyo, el calor del agua todavía pegado a su piel, el olor a jabón de hombre que se le había impregnado en la toalla. Afuera, en algún lugar de Mendoza, una moto arrancó y se alejó por la calle vacía.
Carolina sonrió apenas, sin que él la viera, y le pasó la servilleta.
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