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Relatos Ardientes

Grabé al serbio que mi novia eligió por encima de mí

Tres años follando solo entre nosotros. Tres años de mensajes a todas horas, escapadas baratas a la costa y un sexo que era cariñoso, constante y, sin que ninguno se atreviera a decirlo en voz alta, ya un poco predecible. Lucía tenía veintidós años, una sonrisa que te detenía en mitad de la calle y un cuerpo que pedía algo distinto a lo que yo le daba. Yo, Adrián, tenía veintitrés, era guapo —no me da vergüenza decirlo— y arrastraba miradas en cualquier bar de Gràcia. Vivíamos en un piso pequeño en Barcelona y la noche en que esta historia empieza nos quedaba pizza fría en la cocina y una luz tibia de lámpara de pie en el salón.

Esa noche follamos como siempre. Lucía a horcajadas sobre mí en el sofá, besos largos, manos que se conocían de memoria. Después, misionero en la cama, ella diciendo qué bien me llenaba mientras yo entraba despacio. Me corrí dentro, ella se corrió debajo, y me quedé mirando el techo con una inquietud que era nueva. Era guapa, era leal, era mía. Y aun así sentí que no le había dado algo que en algún rincón ya estaba pidiendo.

Bajé al salón con la polla pegajosa y el móvil en la mano. Solo quería algo que me apagara la cabeza. Lo que encontré me la cambió.

En la columna de vídeos sugeridos apareció una miniatura que me dio en el estómago: un hombre calvo, enorme, tatuado de los hombros a las muñecas, sostenía a una chica española contra una pared. El canal se llamaba algo así como «DraganBoyEU». El protagonista, un serbio afincado en Londres, miraba a la cámara con una sonrisa lenta, hablaba en un inglés grueso y enumeraba sus centímetros como quien presenta un coche. Yo le entendía cada palabra y a la vez no me lo podía creer.

El primer vídeo lo vi de pie, sin sentarme. El segundo lo vi con los pantalones bajados. El tercero, con la mano firme en la polla, era uno de esos en los que la pareja —caras borrosas, eso lo recuerdo bien— le entregaba la novia al serbio mientras el novio sostenía la cámara. Antes de empezar, Dragan se reía y le preguntaba al chico: «¿De verdad quieres ver esto? Después de probarme, ¿crees que ella va a volver contigo?». El chico, con la voz rota, decía que sí. La chica, de rodillas, le susurraba: «Su polla es más grande que la tuya, cariño». Me corrí en mi propia mano sin haberme dado cuenta de que estaba al borde.

Me quedé en el sofá un rato largo, jadeando, con vergüenza ardiéndome en la cara. Era la primera vez en años que no me corría pensando en Lucía. Era la primera vez que me corría imaginando a Lucía con otro. Y eso, en lugar de apagarme, me empezó a comer por dentro.

Durante una semana entera no hice nada. La besaba al volver de la facultad, le compraba flores, follábamos como siempre. Y por la noche, cuando ella dormía, bajaba al salón y abría el canal otra vez. Dragan hacía lo mismo en cada vídeo: humillaba al novio, dominaba a la chica, le arrancaba un orgasmo gritado y se corría dentro mientras el novio enfocaba el primer plano. Yo terminaba reventado, con manchas en el pecho y la sensación de ser cada día más pequeño en mi propia casa.

Aguanté ocho días. Al noveno se lo dije.

Fue mientras follábamos. Lucía iba encima, los pechos rebotando despacio contra mis manos. Le subí la cara hasta la mía y le susurré, con un hilo de voz que ni yo me reconocí:

—Imagina que ahora mismo entrase otro… alguien más alto, más fuerte, mucho más grande que yo.

Se quedó congelada. Sus caderas dejaron de moverse y sus ojos marrones me buscaron, confundidos.

—¿Qué dices? —preguntó muy bajito.

—Nada, olvídalo —murmuré, y empujé más fuerte para tapar el silencio.

Pero Lucía no me dejó. Se apartó, se sentó en la cama con las piernas cruzadas y la sábana apretada contra el pecho. La luz que entraba por la persiana le partía la cara en dos.

—Adrián. De dónde sale eso. —La voz le temblaba un poco, pero no era miedo. Era otra cosa—. Solo hemos estado juntos tú y yo. ¿Has visto algo raro? ¿Te has cansado de mí?

—No me he cansado —contesté, y se me quebró la voz—. Es justo lo contrario. Te quiero tanto que me pone imaginarte gritando con alguien que pueda darte lo que yo no. Yo mirando. Yo grabando.

Esperaba un grito. Esperaba una bofetada. Lo que vi me dejó mudo: Lucía cerró las piernas despacio, pero sus muslos brillaban. Tragó saliva. Apartó la mirada, avergonzada, y casi sin abrir la boca dijo:

—Es muy raro. —Una pausa larga—. Pero llevo dos semanas durmiéndome con la misma imagen.

Esa noche follamos como dos desconocidos. No me dejó decir más, no me prometió nada, pero antes de quedarse dormida me pidió, en voz baja, que no le metiera miedo. Que si íbamos a hablarlo, lo habláramos despiertos, con luz, vestidos. Tenía razón. Al día siguiente, mientras desayunábamos café con tostadas, le enseñé el canal de Dragan en el portátil.

Lucía pasó tres vídeos sin abrir la boca. Solo movía un poco las piernas debajo de la mesa y se mordía el labio igual que cuando estaba a punto de correrse. Cuando cerró la tapa del portátil, me miró y, con una mezcla de vergüenza y curiosidad que no le había visto nunca, soltó:

—Si lo hacemos, lo hacemos una vez. Y tú te quedas. Tú grabas. Tú no te vas.

Tres frases. Tres frases que me cambiaron la vida.

***

Le escribí esa misma tarde. Dragan respondía rápido cuando intuía pareja real. Pidió fotos, edades y un audio de Lucía aceptando todo. Le mandamos lo que pidió. Dijo que estaría en Barcelona el siguiente fin de semana, que cobraba en efectivo y que llevaba sus propias cámaras pero le gustaba más cuando el novio grababa con el móvil porque el material salía «más auténtico». Acordamos hotel en el centro, sábado a las once de la noche.

La semana se hizo eterna. Lucía y yo follamos cada noche, casi sin hablar de lo que venía, pero los dos lo pensábamos en cada beso. Una madrugada me confesó, hundida en mi cuello, que se había comprado un conjunto de encaje rojo solo para él. No me sentó como un cuchillo. Me sentó como una ola.

El sábado llegó. Lucía se duchó dos veces, se perfumó detrás de las orejas con esa vainilla suya y se puso el conjunto rojo bajo un vestido negro corto. Cogimos un taxi en silencio. En el ascensor del hotel le agarré la mano y se la apreté. Ella me miró, asintió y me la soltó antes de que se abrieran las puertas.

Dragan abrió la habitación en chándal gris, descalzo, con una sonrisa que llevaba ensayada. Era más alto en persona que en cámara. Olía a colonia cara y a algo más, algo animal. Me dio la mano —apretó más de lo necesario— y a Lucía le repasó el cuerpo de arriba abajo sin disimular, como quien mira algo que le pertenece desde antes de tocarlo.

—Tú al sillón —me dijo en su español roto, señalándome el rincón—. Tú, princesa, conmigo. ¿Tu novio te ha explicado las reglas?

Lucía negó con la cabeza.

—Yo te follo. Tú me dices lo que sientes. Si quieres parar, paras. Si no, no. Y a tu novio le hablas tú. No yo. ¿De acuerdo?

Lucía me miró a mí, no a él. Buscaba permiso. Le sonreí lo mejor que pude y monté el trípode con el móvil.

La desnudó despacio. El vestido cayó, el sostén rojo cayó, las braguitas cayeron. Lucía, mi Lucía de tres años, se quedó delante de un desconocido más alto que ella por dos cabezas, los pezones duros por el aire frío del aire acondicionado, los muslos juntos por instinto. Dragan se bajó el chándal sin teatro. Lucía cerró un instante los ojos y, cuando los abrió, no los apartó.

—Adrián… —empezó a decir hacia mí, con la voz pequeña.

—Habla más fuerte, princesa —pidió él.

—Cariño, es mucho más grande que tú.

Sentí un golpe en el estómago y la polla durísima a la vez. Asentí desde el rincón. Que siguiera. Que dijera lo que tuviera que decir.

Dragan la sentó en el borde de la cama y la guió hasta su boca. Lucía abrió todo lo que pudo, salivaba, se atragantaba, lloraba un poco por el esfuerzo. Yo grababa con la mano firme aunque por dentro me temblaba todo. Cada vez que ella levantaba la cabeza para respirar, me buscaba con los ojos. Yo asentía. Sigue. Sigue.

—Dile a tu novio lo que sientes —ordenó el serbio, agarrándole el pelo con una dulzura que era casi peor que la fuerza.

—Adrián, no me cabe. No me cabe entera.

—Lo estás haciendo perfecto —contesté, y mi voz también me sonó pequeña.

La tumbó después. Le puso las piernas sobre los hombros, esa postura que en los vídeos era su firma, y entró despacio. Lucía soltó un sonido que yo no le había oído nunca. No era dolor. Era otra cosa. Una mezcla de susto y de rendición. Dragan empujó, salió, empujó más profundo, y al tercer empuje ella le clavó las uñas en la espalda y le rogó, con la boca contra su oreja, que no parara.

La folló largo. La folló en misionero, de costado, a cuatro patas en el borde de la cama. La folló mirándome a mí cada vez que la giraba, como quien me enseña algo que no podré olvidar. Y yo grababa. Grababa el primer orgasmo de Lucía, el que la hizo arquearse entera. Grababa el segundo, en el que squirteó por primera vez en su vida y mojó la sábana blanca del hotel. Grababa la frase que me partió por la mitad cuando él le preguntó, despacito, a quién quería esa noche, y ella, con los ojos en blanco, contestó:

—A ti. Esta noche, a ti.

Se corrió dentro de ella sin sacarla. Me dijo «ven a ver» y yo, sin soltar el móvil, me acerqué hasta tener la cara a un palmo del coño de mi novia. Lucía me miraba desde la almohada, agotada, con el rímel corrido y una sonrisa rota que jamás le había visto. El semen blanco se le escapaba entre los muslos. Le besé el tobillo. No supe hacer otra cosa.

***

Dragan se vistió en cinco minutos, se metió el dinero en el bolsillo del chándal y se fue como había venido, sin decir gran cosa. Lucía y yo nos quedamos en esa cama enorme, ella todavía abierta, los dos en silencio, escuchando el aire acondicionado y el ruido lejano de la Diagonal. Le acaricié el pelo. Ella me cogió la mano y se la llevó al pecho.

—Una vez —me dijo, repitiendo las tres palabras de aquella mañana del desayuno—. Lo prometiste. Una vez.

—Una vez —contesté yo.

El vídeo lo guardamos los dos. No he vuelto a follar igual desde esa noche. Ella tampoco. A veces, cuando estamos tranquilos y la quiero más que nunca, le susurro al oído que se lo pasó bien con él y ella se corre encima de mí como si volviera a tener veintidós años y todo estuviera empezando otra vez. La quiero más que antes. La quiero distinto.

Y aunque dijimos una vez, los dos sabemos que el móvil con su número sigue cargando en la mesilla.

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Comentarios (4)

Riqui_89

tremendo!!! uno de los mejores que lei en esta categoria sin dudas

CuriosaLectora22

el titulo me engancho desde el primer segundo y el relato no decepciona. Muy bueno!

PabloRosario

Narrativa muy fluida, se lee sin parar. Que haya mas relatos asi por favor

nacho_bsas

jajaja ese titulo es de otro nivel. Muy bien contado, me tuvo pegado hasta el final

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