El amigo de mi mujer llegó cuando ya era tarde
La luz blanquecina del refrigerador iluminó el rostro de Andrés cuando destapó la botella de gaseosa. Fría, oscura, burbujeante. Volvió a la sala arrastrando los pies, comparando en silencio lo que acababa de oír con su propia historia, intentando encontrar la grieta exacta por donde se le había escapado Camila.
Mateo lo esperaba en el sillón, con un vaso highball en la mano y un cigarrillo encendido entre los dedos. La llovizna golpeaba sin descanso los ventanales de la terraza, regulando con su tintineo monótono la temperatura de aquella madrugada incómoda.
—Lo felicito —dijo Andrés, llenando su vaso sin servirle al invitado—. Qué bonitos son los inicios de un idilio. La intensidad de los descubrimientos, esa conexión casi efervescente cuando dos personas deciden, al unísono, construir algo nuevo.
Mateo sonrió, apreciando la ironía pero fingiendo no captarla.
—Así mismito se vive, hombre. La atracción, la conversación que te atrapa, el gesto sencillo que te abre el pecho. Uno cree haberlo encontrado todo de nuevo.
—Y los inocentes que esperamos en la normalidad —respondió Andrés con voz tranquila pero los ojos cargados— terminamos comprendiendo, tarde, que los cambios se produjeron por algo que no controlamos.
—Parece que está cayendo en los estigmas de siempre, y es un error. Yo no pretendí herirla, a Renata. Tan solo sucedió. Usted debería saberlo mejor que nadie: le pasó lo mismo con Camila en aquella fiesta.
—Para nada. El flechazo es diferente al enamoramiento. Entre ella y yo hubo un proceso largo, una conquista difícil. Y le aseguro, Mateo, que no fue suerte. Fue voluntad. Cuando uno está comprometido, el respeto es la coraza que protege lo prometido. El amor, el cordel rojo que te ata a la distancia y no te deja caer en el error.
—Admiro su autocontrol, Andrés. Pero a veces la presión de sentirnos distintos, excluidos, nos lleva a aceptar oportunidades que no buscábamos. Más de una vez quise hablarlo con Renata, pero sus convicciones me lo impidieron.
—Ahí está el detalle —dijo Andrés—. Antes de decidir traicionarnos, ni usted ni Camila nos tuvieron en cuenta. Eso es lo cobarde.
Mateo encendió otro cigarrillo y dejó que el humo se enredara con el aroma a cereza dulce que Andrés acababa de despertar al cargar su pipa. Por la ventana abierta entró un soplo húmedo que removió las páginas dejadas sobre el reloj rectangular del mesón. Andrés las miró de reojo y volvió a la conversación.
—Oiga, Andrés —dijo Mateo bajando el tono—. Tengo una pregunta. Si tuviera la oportunidad mañana, sabiendo lo que ella hizo ayer, ¿aún le daría la oportunidad de volver?
—No lo sé. Si la tardanza fuera de unas horas y viniera con arrepentimiento honesto en los ojos, quizá. Pero si tarda días, su faz traerá un aura distinta. Y sabiéndola otra, la devolvería por donde vino. O que se quede; igual es tan dueña de esta casa como yo. El que se marcharía sería yo.
El silencio cayó pesado. La llovizna persistió. Andrés clavó la vista en el fuego de la chimenea, donde una brasa anaranjada se resistía a apagarse.
—Es una sensación muy jodida, ¿verdad? —dijo Mateo, exhalando humo—. Que tu mundo se detenga mientras el de los demás sigue girando.
—Una hijueputa cagada. Como si el suelo se derrumbara y uno siguiera cayendo sin ver el fondo. Y uno busca razones, explicaciones a motivos que no comprende. Si lo tenía todo aquí, a mi lado.
***
Andrés bebió un trago largo y se acomodó en el sillón, dispuesto a contar lo que llevaba meses guardando.
—Cuando me separé de Camila por mis estudios y el trabajo, solo tenía en mente regresar siendo alguien importante. Ofrecerle un mejor futuro. Una vida a mi lado, si ella quería. Me fui a Bucaramanga con el ánimo de aprender. Y allá conocí a Lucía. Estudiábamos en la misma facultad. Tuvimos un cuento corto, intenso, pero me di cuenta de que extrañaba demasiado a Camila, sus desplantes, nuestras peleas chiquitas. Lucía pasó de ser mi amante a una excelente amiga. Fue ella quien me empujó a regresar.
—¿Lucía? ¿La mujer de la recepción del restaurante donde nos vimos la semana pasada?
—Ella misma. Siempre ha estado pendiente. Me quiere a su manera, honesta e incondicional.
—Hombre, todos tenemos un ángel de la guarda —sonrió Mateo, removiendo el hielo del vaso—. ¿Y entonces qué pasó?
—Regresé al terminar el segundo semestre. La visité, hablé con sus padres, salimos de fiesta con amigos. Y de charla en charla, ella me fue contando cosas sin mirarme. Un profesor de la Escuela de Aviación la había estado adulando, le explicaba en privado los asuntos técnicos. Camila confundió el agradecimiento con amor sincero y picó el anzuelo.
Mateo levantó el dedo índice, lo apoyó sobre los labios, alargó el brazo izquierdo hacia el anfitrión y exhaló el humo.
—No me venga a decir que ese profesor se le adelantó.
—¿Qué come que adivina? Así mismito.
—¡Miércoles! ¿Y qué hizo cuando se enteró?
—Tragar. Seguir con mis estudios, mi trabajo, mis metas. Si ella había evitado mirarme directamente, eso quería decir que yo le importaba tanto o más que ese profesor. La dejé vivir su romance. Seguí escuchándola, sin presionarla. Consejos vendo que para mí no tengo.
—¿Y funcionó?
Andrés alzó la vista, y en sus ojos azules brilló una chispa de rabia contenida. El recuerdo le ardía en el estómago. Intentó calmarlo con el sabor dulce de la gaseosa.
—Sí y no. Me pidió opinión sobre todo, menos sobre lo único importante. Le había recomendado cuidarse. No abrir las puertas si no estaba segura.
—¿Quééé?
—Con tres meses de retraso me lo confesó. Treinta días después, yo estaba hecho un energúmeno en las oficinas de administración, buscando al triple hijueputa. A finales de junio el malparidito había renunciado para irse a los Estados Unidos, dizque a mejorar el inglés. Le hizo la vuelta. La dejó viendo un chispero.
—¿Tuvo que abortar?
—Don Roberto, mi suegro, estaba muy enfermo. Lo habían ingresado por insuficiencia cardíaca aguda. Ni doña Marta ni su hermana Carolina sabían que Camila tenía noviazgo en la escuela. Solo Daniela, la menor, conocía el oculto romance. Para no agravar al viejo ni provocarle una rabieta a la madre, hablé con Camila y le propuse hacerme cargo. De todo.
—Entonces… ¿el muchacho no es hijo suyo?
—Tomás no tendrá mi sangre, pero tiene mi esencia. Es mi hijo, por decreto.
Mateo se quedó callado. Apretó la colilla contra el cenicero, girándola, asfixiando los restos. La verdad le aterrizaba con fuerza.
—Vaya, hombre. Eso no me lo esperaba. Se echó encima un gran peso, y lo admiro. Pero… ¿no piensa ahora que tomó una decisión apresurada? Porque Camila no lo amaba en ese momento. Tan solo había la atracción inicial.
—Exactamente, ese fue el debate entre los dos. Se opuso al comienzo porque, según ella, yo no debería desperdiciar mi vida. Le respondí con el mismo argumento que ella misma exige ahora, desde anoche, o desde hace muchos meses. Tiempo, Mateo. Tiempo para dedicarme a ella y toda una vida juntos para enamorarnos.
***
Mateo aprovechó la pausa para ir hasta el congelador y sacar tres cubitos de hielo. Desde el otro lado del mesón, agitó el vaso y volvió la mirada hacia Andrés, que ya estaba en otra parte.
—Nos casamos en la notaría primera, aquí en Chía. Ceremonia sencilla. Fiesta en la finca de mi abuelo. La luna de miel fue idea de mi hermano mayor y de Carolina: nos consiguieron habitación en un hotel de Santa Marta.
—Excelente elección, hombre. Una ciudad con sal y murallas es justo lo que necesita una pareja para sellar su amor.
—Esa noche en Santa Marta nos recibió con la cálida pesadez de los puertos viejos, tras un corto aguacero. Las calles de piedra reflejaban las ambarinas luces de los faroles, como si la ciudad entera nos susurrara secretos de otros amores. Caminamos cogidos de la mano por el centro, rodeados del perfume dulzón de las buganvilias que se trepan por los balcones coloniales. Yo solo pensaba en llevármela al hotel.
Mateo asintió, sin interrumpir. La curiosidad le brillaba en los ojos negros.
—Desde la distancia nos llegaban tambores. Ritmos ancestrales que se le colaron a Camila bajo la falda blanca, y de ahí, como por ósmosis, bajo la piel. Me llevó a bailar. Con cada nota, con cada vuelta, con cada caricia mía que de su cintura se me resbalaba más abajo, ella iba encendiéndose. Hasta que una mano mía se le fue más allá de lo permitido y nos volvió a distanciar.
—¡Ja! ¿Volvió a aparecer la Camila de antes, esa potra zaina que lo tropezó en la fiesta de quince años?
—Me demostró su rabia con los ojos apagados, pero enseguida la risa se los encendió. Y yo no necesité más brújula que esa para saber a dónde mis manos no deberían escabullirse sin su consentimiento, aunque ya andaba hambriento de probar con la lengua cada poro de su piel oscura.
—Continúe, hombre, continúe.
—Compartimos una arepa de huevo en un puesto de la esquina, riendo como si el lujo fuera tenernos así de compinches. Bajo un cielo extendido como manto de seda negra con lentejuelas, comprendí lo esencial que ella resultaba para mi vida. Después, sentados junto a las murallas con el Caribe estirándose hasta el horizonte, las palabras sobraron. Bastó el roce de sus dedos y el clamor silencioso de sus ojos para que yo le diera un beso más apasionado que el primero, sin temor a rechazo. El rumor del mar contra las piedras fue mi cómplice mudo.
—¿Y la noche?
Andrés sonrió torcido, con la pipa entre los dientes.
—Esa noche entendí que a veces el amor se dice mejor en voz baja, y se hace sublime sobre las sábanas, recitando anhelos entre susurros y jadeos. Conmigo de rodillas entre sus piernas, sin que los cuerpos estuvieran necesariamente entrelazados. El santuario privado tendría que esperar otra noche.
Andrés se perdió en el recuerdo. Veía a Camila intentando acurrucarse, recoger las piernas, esconder entre sus brazos lo que apenas se atrevía a sentir. Y sin embargo, su intimidad rosada e hinchada no se despegaba de la boca experta de su marido. Una mordida sobre la coyuntura del dedo índice para aguantar los gemidos. Hasta que vencida, con la voz acezante, deletreó cada vocal de su confesión:
«Ayyy, Jesusito bendito, ¿qué es esto que estoy sintiendo? Seguí así, monito. Me tenés a tres orgasmos de mandarlo todo a la mierda y enamorarme perdidamente de vos».
—¡No jodás, hombre! —rio Mateo desde la cocina—. ¿Entonces todo se redujo al sexo oral?
—Nuestra luna de miel fue distante. Mi fama de mujeriego provocó el hielo en la cama, la noche de bodas y las siguientes. Y la vergüenza de su embarazo se nos atravesó los primeros meses. Hasta que un día, dos o tres meses después del parto, ocurrió en el baño. Bajo la ducha. Me pidió ayuda. Entre el jabón resbaloso y el champú que le ardía en los ojos, yo le dije: «¿Tú aquí con todo eso, y yo abajo sin haberme desayunado?». Se carcajeó. Y aproveché la ocasión. Fue el punto de quiebre.
—Bien por usted —brindó Mateo en silencio—. Logró amansar su desconfianza.
—Después de eso, todo se incrementó. Hambrientos, sedientos de explorarnos. Terminamos las carreras, llegó nuestra hija Valentina. Tal vez ese parón fue lo que disparó la búsqueda de nuevos desafíos. Camila no me mintió en aquella ocasión. Me dijo que necesitábamos aventurarnos. Le di la razón.
—¿A qué se refiere con aventurarse?
Andrés, sin apartar la mirada del cuadro familiar entreabierto sobre la caja fuerte, escogió las palabras.
—A esa creciente espontaneidad pasional. ¿No es apenas obvio?
Mateo levantó una ceja y achinó los ojos negros.
—Pues ella es directa, franca y dominante, ¿no?
El repentino silencio le bastó al invitado para intuir el ceño fruncido del anfitrión.
—En el poco tiempo que llevo de conocerla, y con todo lo que usted me ha contado, me imagino que actuó como es la Camila que yo conozco. Ella es así, ¿o no?
Andrés no respondió. Afuera, la llovizna seguía contabilizando la madrugada. Las páginas escritas sobre el reloj rectangular esperaban, pacientes, a que él se decidiera a abrirlas otra vez. Y Mateo, desde la cocina, lo miraba con la lentitud de quien todavía no termina de cosechar lo que vino a buscar.
Camila, esa misma noche en Santa Marta, lo había arrinconado en la habitación apenas cerró la puerta. No hubo ternura de película ni pudor de recién casados: hubo hambre. Primero le quitó la camisa, tirando de los botones con impaciencia mientras le clavaba la mirada, como si necesitara comprobar que de verdad seguía allí, entero, para ella. Andrés levantó las manos, divertido, y ella le mordió la clavícula con fuerza suficiente para dejarle un rastro ardido.
—No te hagás el santo —le susurró al oído, empujándolo hacia la cama—. Vení. Quiero verte la cara cuando te atrevas a tocarme de verdad.
Él respondió con una sonrisa corta y la tomó por la cintura. Camila vestía un vestido liviano, todavía tibio del paseo, y debajo no llevaba casi nada. El corpiño mínimo apenas contenía el peso de sus tetas, y la curva de sus caderas se marcaba con una descarada suavidad que a Andrés le hizo doler la sangre. La sentó de espaldas sobre el borde del colchón y le subió la falda de un tirón, sin ceremonias. Las piernas de Camila se abrieron solas, obedientes y retadoras al mismo tiempo, como si estuviera ofreciéndole justo el castigo que ambos venían postergando.
—Así —dijo ella, respirando más rápido—. Tocame ahí. No con cuidado. Más abajo.
Andrés metió la mano entre sus muslos y encontró el calor húmedo empapándole la ropa interior. El gemido que le salió a Camila fue corto, ronco, obsceno. Él apartó la tela apenas lo necesario para verla de cerca: el coño ya brillaba abierto y sensible, hinchado de deseo, y la humedad le corría por la raíz del muslo. Se quedó un segundo mirándola, tragando saliva, antes de inclinarse y pasar la lengua por encima del pliegue más tenso, saboreándola con una desesperación que no intentó disimular.
Camila echó la cabeza hacia atrás y se agarró de sus hombros.
—Sí, hijueputa… así, así… chupame duro.
Él obedeció sin pausa, separándole los labios con la boca, lamiendo de abajo hacia arriba, metiendo la lengua donde ella más se estremecía. Cada vez que la presionaba con firmeza, Camila le apretaba la nuca y le hundía el coño contra la cara, buscando más. Le temblaban los muslos. Le temblaba la voz. Le temblaba todo el cuerpo con una urgencia casi agresiva. Andrés la hizo venir una primera vez con la lengua, sintiendo cómo se le endurecían los dedos en su pelo y cómo se le escapaba un quejido entre cortado, sucio, sin pudor.
—No pares —jadeó ella, todavía sacudiéndose—. No me dejes respirar todavía.
La desnudó del todo después, bajándole la tela húmeda por las piernas. Camila se incorporó lo justo para arrancarle el pantalón a él, desesperada, y cuando le sacó la verga, la agarró con ambas manos sin miedo, paladeando su tamaño, su calor, la dureza palpitante que le latía como un animal encerrado. Le pasó la punta por los labios, por el cuello, por el pecho, y se la llevó a la boca con una voracidad que le hizo cerrar los ojos a Andrés.
—Eso —gruñó él—. Chupámela bien. Toda.
Camila le mamó la polla sin delicadeza, con la lengua larga y la garganta abierta, alternando chupadas profundas con golpes rápidos de mejilla y lengua. Lo miraba de vez en cuando, desafiante, como si quisiera obligarlo a sostenerle la mirada mientras ella lo llevaba al borde. Andrés le sostuvo la cabeza un momento, sin empujar, solo guiando el ritmo, y cuando sintió que se le tensaban los huevos de pura ansiedad, la levantó y la tiró suavemente sobre la cama.
Entonces se puso entre sus piernas.
—Decime si lo querés así —murmuró.
—Lo quiero entero —respondió ella, y abrió más las piernas—. De una vez.
La penetró despacio al principio, pero no por ternura sino para saborearla. La puntica de la verga abrió el coño con una resistencia caliente, y luego todo cedió de golpe, tragándolo con un sonido húmedo y obsceno que llenó la habitación. Camila se mordió el labio inferior, luego le clavó las uñas en la espalda cuando él profundizó hasta el fondo. Andrés se quedó quieto un segundo, sintiendo cómo la envolvía por completo, cómo ella le apretaba el miembro desde adentro con una presión deliciosa que casi lo hacía correrse de entrada.
—Metele —dijo ella, con la voz rota—. No te me quedés mirando como bobo.
Él empezó a embestirla con ritmo firme, cadera contra cadera, golpeando cada vez más profundo. La cama crujía con cada vaivén. Los pechos de Camila rebotaban sin vergüenza al compás de los empujes, y él bajó una mano para apretárselos, pellizcarle los pezones hasta hacerla arquearse y soltar un chillido ahogado. Luego le agarró una pierna por debajo de la rodilla y se la alzó al hombro para abrirla más, para entrarle con más saña, y ella respondió alzando el culo, buscándolo, guiándolo con movimientos duros, mandones, obscenos.
—Eso, mono —gimió—. Dámela más adentro. Quiero sentirte hasta la garganta.
Andrés no le negó nada. La tomó por la cintura, le reventó el vaivén con empujes secos, bestiales, y Camila empezó a venirse otra vez, atrapándolo con contracciones tan fuertes que le arrancaban un gruñido a él en cada golpe. La cara de ella cambió por completo: ojos cerrados, boca abierta, la respiración deshecha, los senos enrojecidos por sus propias manos. Él se inclinó a besarle la boca mientras seguía follándola, y el beso fue tan sucio como el resto: saliva, dientes, gemidos mezclados, la lengua de Camila empujándole el sabor de su propia excitación.
—Me estás volviendo loca —dijo ella, temblando bajo él—. Seguí. No pares ahora.
Entonces Andrés la puso de costado, la dobló un poco sobre sí misma y volvió a entrarle desde atrás, viendo cómo el culo se le tensaba y se le hundía con cada estocada. El sonido del choque de piel contra piel era puro descontrol. Camila apoyó una mano en la cabecera y otra entre sus piernas, frotándose mientras él la llenaba por detrás, más hondo, más pesado, hasta hacerla sollozar de placer. Él se inclinó y le mordió el hombro, hundiendo la cara en su cuello, respirando ese olor tibio, a sexo y sal y perfume ya roto por el calor.
—Así me gusta —le dijo al oído—. Que no te hagás la decente conmigo.
—Nunca —contestó ella, apretando más el coño alrededor de su verga—. Nunca con vos.
Camila terminó por correrse con un grito bajo, torcido, agarrada a la sábana como si se le fuera la vida en eso. Andrés la siguió casi enseguida, sintiendo el espasmo ascenderle desde los testículos hasta la espalda, y antes de perderse por completo la sujetó por las caderas y la llenó con una corrida caliente y espesa, bombeándole el semen adentro mientras ella seguía temblando y riéndose a la vez, agotada, satisfecha, invencible. Quedaron un rato respirando descompuestos, sudados, pegajosos, todavía unidos, hasta que ella le acarició la mejilla con una ternura insolente y le susurró:
—Ahora sí. Ya me ganaste la guerra.
Luego, sin embargo, el tiempo siguió pidiéndoles más. En esa misma estancia, ya de noche cerrada, no se conformaron con una sola vez. Camila se sentó a horcajadas sobre él y lo montó despacio, guiando la verga con la mano mientras se dejaba caer centímetro a centímetro, mirando la cara de Andrés con una mezcla de desafío y hambre. Le pidió que no hablara, que solo la sostuviera, que la dejara usarlo como le diera la gana. Él le obedeció y la agarró de las caderas, marcando el ritmo desde abajo cuando ella empezó a rebotar, cada vez más rápido, con la falda ya hecha un desastre y el pelo pegado al cuello sudado. Se oían sus jadeos, sus uñas arañándole el pecho, el ruido húmedo de sus cuerpos encontrándose sin descanso. Camila se corrió encima de él, convulsionando con violencia, y él la sostuvo hasta que pudo bajar la cabeza y chuparle los pezones duros, uno y luego el otro, para devolverle el aliento con la boca.
Más tarde, en el baño, con el vapor empañando el espejo y el agua deslizándose por sus espaldas, volvieron a enredarse. Camila se apoyó de manos en la pared de azulejos, separó las piernas y le pidió que se metiera otra vez, ahora más lento, para sentirlo salir y entrar mientras la llenaba hasta dejarla temblando. Andrés le sostuvo la cintura y le golpeó el coño desde atrás con embestidas largas, sonoras, hasta que ella se miró al espejo y se vio hecha pura necesidad, el rostro enrojecido, la boca abierta, la mirada perdida. Se tocó ella misma, él le cubrió la mano con la suya, y los dos acabaron otra vez, jadeando contra el vidrio empañado, riéndose como si la vergüenza no existiera.
Y cuando por fin se quedaron en silencio, Andrés entendió que aquello no era solo un desahogo de luna de miel. Era la primera vez que Camila dejaba de medirlo, de desconfiar, de esconder el deseo bajo el orgullo. Había cedido por puro placer, sí, pero también porque lo quería adentro de su vida con la misma intensidad con la que lo quería dentro del cuerpo. Desde entonces, la cama dejó de ser una frontera y se volvió un campo abierto: Camila le pedía la boca, la verga, las manos, el culo a veces, si el atrevimiento del momento la encontraba de humor, y Andrés aprendió a leer cada respiración suya como una orden. Se turnaban entre la suavidad y la saña, entre el cariño y la ordinariez, entre lo doméstico y lo animal.
—¿A qué se refiere con aventurarse? —volvió a preguntar Mateo, todavía con la voz cargada de esa curiosidad incómoda que no lo dejaba tranquilo.
Andrés tardó en responder. Afuera, la llovizna seguía contabilizando la madrugada. Las páginas escritas sobre el reloj rectangular esperaban, pacientes, a que él se decidiera a abrirlas otra vez. Y Mateo, desde la cocina, lo miraba con la lentitud de quien todavía no termina de cosechar lo que vino a buscar.
—A que ella me pidió que no la tratara siempre igual —dijo al fin Andrés, mirando fijo la brasa de la chimenea—. Que a veces quería que la agarrara fuerte, que la pusiera contra la pared, que la hiciera callar con la boca llena. Que le gustaba sentir la presión de mis manos en el cuello, la respiración rota, el dolorcito justo antes del goce. Que no le alcanzaba con el amor; quería el hambre también.
Mateo no respondió. Dio una última calada y dejó el humo subir despacio, como si midiera la distancia exacta entre la confesión y el desastre.